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Relatos Ardientes

El novio de mi amiga nos espió esa noche en el hotel

Este es el primer relato que me animo a contar, y todavía me cuesta creer que sea real. Pasó el verano en que terminamos la carrera, cuando todavía tenía veinticuatro años y creía que conocía mis propios límites.

Acabábamos de graduarnos y, como casi toda la generación, organizamos un viaje a la costa para celebrarlo. De mi grupo más cercano íbamos tres: Lucía, Daniela y yo. Solo Lucía tenía pareja en ese momento, un chico llamado Esteban que, para complicar las cosas, había sido novio mío unos meses antes de empezar a salir con ella.

Esteban era el único de nosotros que ya trabajaba, así que no podía viajar con el resto. La idea era que nosotras tres nos adelantáramos en el autobús y que él nos alcanzara al día siguiente, manejando hasta el hotel de la playa. Como seguíamos dependiendo del dinero de nuestros padres, decidimos ahorrar y meternos las tres en una sola habitación; cuando llegara Esteban, simplemente se sumaría.

Antes de seguir, conviene que nos imagines. Las tres somos bajitas, rondando el metro y medio. Lucía es morena, de cabello castaño hasta los hombros, pechos pequeños y firmes y unas caderas redondas que llamaban la atención. Daniela es más clara, de pelo corto y pechos también pequeños, pero con un trasero que cualquiera envidiaría. Yo soy la del busto más grande de las tres, aunque me falta un poco atrás; siempre digo en broma que la naturaleza repartió y a mí me tocó arriba.

Salimos un viernes por la mañana desde la universidad. El autobús todavía no había recorrido la primera hora y ya circulaba el alcohol de asiento en asiento. Para cuando llegamos, tres horas después, íbamos las tres bastante achispadas. Lo primero que vimos al entrar al hotel fueron las piscinas, una detrás de otra, brillando bajo el sol. No hizo falta hablarlo: subimos corriendo a cambiarnos.

La habitación tenía dos camas. Daniela y yo nos quedaríamos en una; Lucía guardaba la otra para cuando llegara Esteban. Como ya estábamos entonadas y con prisa por meternos al agua, nos desnudamos sin pudor para ponernos los trajes de baño. Nunca nos habíamos visto así, completamente desnudas, y reconozco que miré más de lo que debía.

Daniela tenía el pubis depilado por completo y unos pezones rosados, pequeños, casi infantiles en contraste con su mirada. Se puso una tanga negra y un top a juego. Lucía tenía los pezones más grandes y oscuros, y se había dejado una línea fina de vello; me gustó tanto cómo se veía que le pedí que después me enseñara a depilarme igual. Ella se acomodó un bikini blanco con un pareo del mismo tono. Yo fui la última: me puse uno azul, con la braga tan reducida que dejaba a la vista casi todo, y un top que apenas lograba contener lo mío.

Bajamos a la piscina y el alcohol siguió corriendo, esta vez sin freno.

***

Después de varias horas bebiendo y sin probar bocado, lo inevitable: estábamos borrachas perdidas. Cuando por fin salí del agua, noté que llevaba un pecho fuera del top. No supe cuánto tiempo había estado así, expuesta delante de todos, pero en lugar de avergonzarme sentí una corriente extraña. Esa sensación de estar mostrándome sin querer me gustó, y fingí no darme cuenta.

Uno de los chicos del grupo se acercó. Me preguntó, medio riendo, si lo dejaba besar lo que estaba enseñando. No sé si fue el alcohol o las ganas de seguir el juego, pero le dije que sí. Ahí mismo, frente a todos, bajó la cabeza y atrapó mi pezón con la boca. Lo dejé unos segundos, lo justo para sentir el calor de las miradas ajenas sobre mí, y después salí corriendo hacia la habitación, muerta de risa.

Daniela me siguió. Cuando cerramos la puerta, yo todavía me reía sola.

—Estás fatal —me dijo ella, dejándose caer en la cama—. No te vas a acordar de nada mañana.

—Mejor —contesté, y me tiré a su lado.

Me preocupaba un poco Lucía. Lo último que había visto era que se quedaba con un grupo de amigos cerca del bar. Quise esperarla, pero la borrachera pudo más que mis buenas intenciones y me quedé dormida sin saber dónde estaba.

***

No tengo idea de cuánto dormimos. Me desperté porque alguien me movía con cuidado. Abrí apenas los ojos y reconocí la silueta de Esteban inclinado sobre mí, en la penumbra. Había llegado de noche, sin avisar. Estaba quitándome la ropa.

Intenté tirar de la tela, pero el cuerpo no me respondía del todo.

—Déjalo —murmuró él—. Tienes el traje empapado, vas a enfermarte. La cama está toda mojada.

En medio de la borrachera me sonó perfectamente razonable, así que dejé de resistirme y me entregué a lo que estaba pasando, con los ojos casi cerrados.

Sentí cómo deslizaba la braga del bikini por mis piernas, despacio, dejando mi vello a la vista.

—Cómo extrañaba esto —dijo en voz baja, casi para sí mismo.

Era verdad: cuando éramos novios, yo me recortaba el vello igual que ahora. Que se acordara, que lo notara en la oscuridad, hizo que algo se encendiera dentro de mí. Noté cómo me humedecía sin poder evitarlo.

Después buscó los nudos de mi top y los deshizo. La tela cedió y mis pechos quedaron libres.

—Estos me vuelven loco —susurró, y me pellizcó un pezón.

Se me escapó un gemido pequeño, involuntario. Por un segundo reaccioné y pensé en Lucía. Giré apenas la cabeza y la vi: estaba en la otra cama, completamente desnuda, durmiendo tan profundo que parecía desmayada. Algo en mí, en lugar de detenerse, se calmó. Volví a recostarme.

—Daniela también va a mojar la cama —le dije, con la voz pastosa.

No fue inocencia. Fue una invitación, y los dos lo sabíamos.

***

Esteban no respondió. Se enderezó y me dejó ahí, desnuda, expuesta a su mirada en la oscuridad. Esa quietud suya, ese mirar sin tocar, me excitó todavía más que sus manos. Así que entrecerré los ojos y fingí dormir, decidida a ver hasta dónde era capaz de llegar.

Lo observé acercarse a Daniela. Lo primero que hizo fue bajarle la braga del bikini. Al descubrir que ella estaba depilada del todo, chasqueó la lengua.

—Me gustan más con pelo —dijo en voz baja, y giró la cabeza hacia mí, como si supiera que lo estaba mirando.

Contuve la respiración. Él volvió a lo suyo. Le quitó el top a Daniela y, al ver sus pezones rosados, dejó escapar un silbido apenas audible. Los pellizcó igual que había hecho conmigo, y Daniela soltó un suspiro suave sin llegar a despertar. Yo seguía inmóvil, con el corazón golpeándome el pecho, sintiéndome parte de algo que no debería haber estado presenciando.

Una vez que nos dejó a las dos completamente desnudas, recogió nuestra ropa mojada y la lanzó sobre una de las sillas de la habitación. Después se quedó de pie, en silencio, mirándonos. Tres cuerpos tendidos, indefensos, y él como único espectador.

Lo que pasó luego me revolvió el estómago y, a la vez, me clavó al colchón sin poder moverme. Sacó el teléfono. Vi la pantalla iluminarse en la penumbra y oí el clic apagado de la cámara. Una foto. Otra. Se movía despacio alrededor de las camas, buscando ángulos, robándonos pedazos de la noche. El muy descarado se estaba pasando de la raya, y yo lo sabía, pero estaba demasiado borracha y demasiado alterada como para abrir la boca.

Lo más perturbador no fue que nos fotografiara. Fue darme cuenta de que una parte de mí quería que lo hiciera. Quería ser mirada así, captada, guardada. Apreté los muslos bajo la sábana fina y sentí lo mojada que estaba.

En algún momento, entre el sueño de la borrachera y la excitación, no pude más y volví a cerrar los ojos de verdad. Nunca supe qué fue de esas fotos. Esa duda me persigue hasta hoy.

***

Por la mañana desperté con un dolor de cabeza monumental y la boca seca. Tardé unos segundos en recordar dónde estaba, y otros tantos en darme cuenta de que seguía desnuda bajo la sábana. Entonces volvió todo: las manos de Esteban, el teléfono, el clic de la cámara.

Giré hacia la otra cama. Lucía estaba ahí, desnuda y sola. De Esteban no había rastro, aunque sí una maleta apoyada contra la pared que no era de ninguna de nosotras. Me incorporé como pude y me acerqué a Lucía para despertarla. Fue al inclinarme cuando lo noté: entre sus piernas había rastros de humedad que no eran solo sudor. Imaginé enseguida lo que había pasado mientras yo fingía dormir en la otra cama.

Casi sin pensarlo, me revisé a mí misma. Estaba húmeda, sí, pero solo por lo que había sentido viéndolo. Nadie me había tocado de más. Respiré aliviada, y al mismo tiempo sentí una punzada absurda, algo demasiado parecido a los celos como para admitirlo en voz alta.

Intenté despertar a Lucía y a Daniela, pero ninguna de las dos reaccionaba; seguían hundidas en el sueño pesado de la resaca. Me puse algo de ropa, la primera que encontré seca, y salí al pasillo a buscar aire y a ordenar mis ideas.

Ahí, apoyado contra la pared junto a la puerta, con dos cafés en la mano y una sonrisa tranquila, como si nada hubiera ocurrido, estaba esperándome Esteban.

Me tendió uno de los vasos sin decir nada. Yo lo acepté, también en silencio, sosteniéndole la mirada. Ninguno de los dos mencionó la noche anterior. No hizo falta. En sus ojos había una pregunta, y creo que en los míos encontró la respuesta.

Pero esa, lo que vino después de aquel café en el pasillo, es otra historia que quizá me anime a contar otro día.

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Comentarios (5)

Kike_74

Buenisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Romina_pba

Me encanto como lo contaste, se siente real desde la primera linea. Sigue publicando!

Marcos_sf

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como termina todo

viajero_baires

La situacion del hotel me recordo algo que me paso hace unos años en un viaje... mejor no cuento jaja. Muy bueno el relato

ElOjo_Curioso

tremenda la tension que se va armando desde el principio, muy bien logrado

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