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Relatos Ardientes

El desconocido solo quería que ella mirara

Un par de mañanas a la semana, Marina se permitía un café fuera de casa. No era por el café, aunque lo tomaba con calma y lo agradecía. Era por lo otro: por sentarse junto al ventanal y mirar. Le gustaba estudiar a la gente de las demás mesas, inventarles vidas, adivinar quién mentía y quién esperaba algo que no iba a llegar. Era su pequeño ritual privado, una hora robada en la que nadie le pedía nada.

El camarero ya la conocía. En cuanto la veía cruzar la puerta levantaba la barbilla y, sin que ella tuviera que decir una palabra, preguntaba:

—¿Lo de siempre?

Marina sonreía y asentía. Le gustaba esa complicidad sin esfuerzo, esa rutina que la dejaba libre para observar.

Una de esas mañanas reparó en un hombre en el que nunca antes se había fijado. Llevaba un traje oscuro, bien cortado, y una camisa azul abierta en el cuello. Lo tomó por alguien de las oficinas de la zona. No tenía nada que llamara la atención: rondaría los cuarenta, algún kilo de más, una incipiente curva sobre el cinturón. Marina lo descartó en dos segundos y siguió con su ronda de miradas, repartiéndolas por el resto del local como quien hojea un periódico.

Lo que no advirtió fue que él, en cambio, no la descartó a ella.

Cuando fue a pagar, el camarero se entretuvo en charlar. Le preguntó cómo iban las cosas, y Marina, con la franqueza que da la confianza, reconoció que el mes venía flojo. Vendía piezas de cerámica hechas a mano, cuencos, jarras, pequeñas esculturas, y la gente ya no valoraba el trabajo lento. Iba a tener que recortar lujos, dijo medio en broma, empezando por ese mismo café. El camarero le restó importancia, le deseó suerte, y ella volvió a su taller con la sensación tibia de haber sido escuchada.

***

Esa tarde le entró un pedido por la web. Una jarra esmaltada en azul cobalto, una de sus favoritas. En las observaciones, el cliente pedía algo inusual: que se la entregaran al día siguiente, sin falta, porque era un regalo. Ofrecía pagar un extra generoso por la prisa.

La pieza costaba poco más de cincuenta euros, y el envío urgente, otros cuantos. Marina llamó a la mensajería, pero le dijeron que era imposible cumplir ese plazo. Miró la dirección. No quedaba lejos, apenas cuatro paradas de metro. Decidió llevarla ella misma. Telefoneó al número del pedido para confirmar, y una voz tranquila, de hombre, acordó verse al mediodía.

Un extra es un extra, pensó, y envolvió la jarra con doble capa de papel de burbujas.

***

Al día siguiente, después de adelantar tareas en el taller, salió con el paquete bajo el brazo. Llegó puntual al portal indicado, un edificio sobrio de oficinas reconvertidas en pisos. Subió, llamó, y cuando la puerta se abrió tuvo que disimular la sorpresa.

Era él. El hombre del traje, el del café.

Llevaba ahora una camisa blanca y el mismo aire sereno, como si la hubiera estado esperando toda la mañana. Marina le tendió el paquete, dispuesta a cobrar y marcharse, pero él no lo tomó enseguida.

—Pasa un momento —dijo—. Tengo una propuesta para ti.

Al fondo se oía el zumbido de una aspiradora. Alguien limpiaba en otra habitación. Aquel detalle doméstico la tranquilizó lo suficiente como para cruzar el umbral. Dejó la jarra sobre una mesa y esperó, de pie, con el bolso colgado del hombro.

El hombre se presentó como Esteban. Hablaba despacio, eligiendo las palabras.

—Me gustaría que me acompañaras hoy a comer —dijo—. No tienes que hacer nada. Solo comer y mirar. Te vi en el café: eres muy observadora. No hace falta que hables. Disfrutas de la comida, observas, y yo te recompenso por tu tiempo.

Marina lo miró sin entender del todo. Había escuchado proposiciones torpes mil veces, pero aquello no sonaba a las otras. Sonaba a un juego cuyas reglas él ya conocía y ella no.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer, si no puedo hablar? —preguntó—. ¿Solo comer?

Esteban esbozó una sonrisa breve.

—Solo quiero tu mirada.

Sacó dos billetes de la cartera y se los ofreció.

—Toma esto. Cómprate una blusa y una falda, lo que te guste. Te espero en una hora en el restaurante Kaede. Pregunta por mí en recepción; mi nombre está en tu pedido. Si decides no venir, quédate igualmente el dinero. Considéralo el pago por la jarra y por las molestias.

Era una cantidad absurda para un cuenco de cerámica. Marina debió haber dicho que no, debió haberse reído y bajado las escaleras. En cambio, cerró la mano sobre los billetes y notó que el corazón le latía un poco más rápido de lo razonable. Sintió también, para su vergüenza, un latido más abajo, una humedad tibia entre los muslos que la reconoció antes de que ella misma quisiera admitirla.

—Lo pensaré —dijo, y salió.

***

En la calle, el aire fresco no la despejó. Caminó hacia el metro repitiéndose que aquello era una locura, que el tipo podía ser un perturbado, que la gente sensata no aceptaba dinero de desconocidos para «solo mirar». Y, sin embargo, sus pies se detuvieron en una esquina, frente al escaparate de una tienda de ropa en liquidación.

Se quedó quieta, observando el reflejo de su propia cara sobre el cristal. Detrás de su imagen, un maniquí lucía una blusa color crema y una falda recta, oscura. Solo estoy mirando, se dijo, y casi se rió de su propia mentira.

Entró. Sin darse tiempo a recapacitar, compró exactamente lo que él había descrito y aún le sobró dinero. Se cambió en el probador, dobló su ropa de taller y la guardó en la bolsa. La mujer del espejo, con la blusa nueva, parecía otra: alguien más segura, más peligrosa, más dispuesta.

Quedaba media hora. Tiempo de sobra para arrepentirse. No lo hizo.

***

El Kaede estaba a diez minutos a pie. Por fuera se adivinaba un sitio caro: madera oscura, una cortina de tela con un solo carácter bordado, ninguna carta a la vista. Marina se sentó en un banco del parque de enfrente a dejar pasar los minutos. Cruzó las piernas, las descruzó, miró su teléfono sin leer nada. La intriga era una corriente baja que le subía por el estómago y le mojaba las bragas nuevas sin permiso, como si el cuerpo hubiera aceptado la cita antes que la cabeza.

Cuando llegó la hora, se levantó y cruzó la calle antes de pensarlo demasiado.

El portero le abrió y la dirigió a la recepción. Una mujer de gesto amable le preguntó por la reserva; Marina pronunció el nombre de Esteban y la otra asintió como si lo esperara.

—Acompáñeme.

El pasillo era estrecho y silencioso. A ambos lados se abrían reservados separados por paneles de madera y papel, cada uno con su propia mesa baja. Al pasar, Marina alcanzó a oír retazos de las salas vecinas: el tintineo de una copa, una risa contenida, una conversación en voz baja, y también —no pudo confundirlo— un jadeo largo, femenino, mal disimulado por una respiración masculina más grave. Los tabiques dejaban filtrar el sonido, como si el local entero compartiera un secreto a medias. Marina apretó los muslos un instante al caminar, y notó que ya estaba mojada de verdad.

Llegaron a un reservado al final del corredor. Él ya estaba allí.

***

Esteban se había quitado la chaqueta. Sentado sobre un cojín, junto a una mesa baja de madera lacada, la recibió con un movimiento de cabeza. Le indicó el sitio de enfrente. Marina entró, dejó la bolsa con su ropa a un lado y se acomodó sobre el tatami, las rodillas plegadas, la espalda recta.

—A partir de ahora no hables —dijo él en voz baja—. Quítate las bragas y dámelas.

No era una pregunta. Tampoco una grosería. Lo dijo con la misma calma con la que había pedido la jarra, y esa serenidad fue lo que la desarmó. Marina sintió el calor subirle al cuello. Miró hacia el panel cerrado, hacia el silencio cómplice del pasillo, y entendió que estaba a un gesto de cruzar una línea que no podría deshacer.

Deslizó las manos bajo la falda nueva. Lo hizo despacio, con cuidado de no levantar la tela más de lo necesario, y se las quitó. La tela estaba tibia y con una mancha oscura de humedad en el centro, imposible de disimular. Se las tendió por encima de la mesa. Él las recogió con dos dedos, notó la mancha sin cambiar de expresión y las dejó dobladas junto a su mano, como quien guarda una carta de la que aún no enseña el valor.

Un camarero asomó la cabeza. Esteban hizo una seña mínima y, poco después, empezaron a llegar los platos: pequeños cuencos lacados, pescado crudo brillante, verduras encurtidas, un caldo humeante. Marina probó uno. Estaba delicioso, y el contraste entre la exquisitez de la comida y la tensión de su propio cuerpo le resultó casi mareante. Cada vez que se movía sobre el tatami sentía el aire tocarle el coño desnudo bajo la falda, y le costaba mantener la cara neutra.

Entonces se descorrió el panel.

***

Una mujer entró en el reservado. Vestía una bata larga, de seda, ceñida a la cintura. Se arrodilló junto a la entrada, inclinó la cabeza en una reverencia silenciosa y, sin levantar la mirada, se acercó deslizándose hasta el costado de Esteban. Al llegar, aflojó ella misma el nudo del cinturón y dejó que la seda se abriera. Debajo estaba desnuda: pechos pequeños de pezones oscuros y erectos, vientre liso, un triángulo de vello negro cuidadosamente recortado. No mostraba prisa ni pudor, como si estar así, abierta y arrodillada junto a un hombre vestido, fuera su forma de saludar.

Marina dejó los palillos quietos sobre el cuenco.

La mujer de la seda le desabrochó a Esteban el cinturón, luego el botón, luego la cremallera. Todo con la misma parsimonia con la que se sirve un té. Metió la mano dentro y sacó la polla ya medio dura, gruesa, con el glande brillante y descubierto. La sostuvo un instante con los dedos, mirándola como quien evalúa una pieza, y le pasó la lengua desde la base hasta la punta en un lametón largo, plano, sin cerrar los labios. La polla saltó con el gesto y terminó de endurecerse contra su boca.

Él no apartó los ojos de ella, de Marina, ni un instante. Mientras la mujer de la bata se inclinaba sobre su regazo, mientras se oía el roce de la tela y el chasquido húmedo del primer beso en la punta, Esteban la miraba a ella. Sostenía su mirada con una intensidad tranquila, como si todo aquello —la comida, la mujer arrodillada, el reservado de paredes de papel— existiera solo para ser visto por sus ojos.

Y Marina miró. Era exactamente eso lo que él había comprado: su mirada. No la tocaba, no le pedía nada más, no esperaba sonidos ni palabras. Solo que mirara. Y lo que la sorprendió, lo que la dejó sin aire, fue descubrir cuánto la encendía hacerlo.

La mujer se metió la polla entera en la boca. La tragó despacio, dejando que el glande le abriera la garganta, y Marina vio cómo se le hinchaba el cuello por dentro. Salió, respiró, volvió a bajar, esta vez con una succión ruidosa, obscena, que a Marina le llegó como si se la estuvieran haciendo a ella. La mujer chupaba con toda la cara, con las mejillas hundidas, con la lengua enrollándose alrededor del glande cada vez que subía. Un hilo espeso de saliva le colgaba del labio y le caía sobre el pecho desnudo. Con una mano se sostenía apoyada en el muslo de él, con la otra le apretaba la base de la polla y se la masajeaba al ritmo de la boca.

Sintió un latido sordo entre las piernas, ahora desnudas bajo la falda. La conciencia de su propia desnudez parcial, secreta, en aquella sala donde solo ella la conocía, le pareció más obscena que cualquier cosa que estuviera pasando al otro lado de la mesa. El coño le palpitaba, humedecido, apretado contra el tatami, y a Marina se le escapó un movimiento involuntario de caderas, mínimo, buscando fricción contra la tela de la falda.

Esteban se llevó las bragas a la cara y aspiró su olor sin dejar de observarla. Metió la lengua en la mancha húmeda, chupó la tela como si mamara de ella, y sus ojos se oscurecieron un tono. Fue un gesto íntimo, casi tierno en su descaro. Buscaba algo de ella mientras otra se la mamaba, y la mantenía a ella como testigo y como centro a la vez.

Marina decidió devolverle el juego.

Despacio, sosteniéndole la mirada como él hacía con la suya, separó las rodillas sobre el tatami. Apenas unos centímetros. Después un poco más. Lo suficiente para que la falda se tensara sobre los muslos, para que el aire le rozara el coño abierto, para que él entendiera que ella había comprendido las reglas y elegía jugarlas a su manera. Deslizó una mano bajo la mesa, se subió el borde de la falda hasta el vientre, y se dejó los muslos a la vista para él y para nadie más, escondidos por el tablero.

Vio el destello de sorpresa cruzarle la cara. Por primera vez, fue él quien tuvo que esforzarse en no apartar la vista.

Se llevó dos dedos a la boca, los mojó bien con la lengua, y los bajó entre las piernas. Se tocó al principio con la yema, en círculos suaves sobre el clítoris hinchado, y notó que estaba tan mojada que los dedos resbalaban solos. La mujer de la seda seguía chupando con ruidos húmedos que llenaban el reservado. Marina se metió un dedo, luego dos, y empezó a moverlos despacio, apretándose contra su propia mano, mientras seguía comiendo con la otra, con una serenidad de cara que le costaba mantener y le encendía más.

Esteban entreabrió los labios sin querer. La mujer, atenta al mínimo cambio en su respiración, cambió el ritmo: le sacó la polla de la boca, se la lamió por debajo, le chupó los huevos uno tras otro con la boca abierta, y volvió a tragársela hasta el fondo. La polla brillaba de saliva, dura, roja, apuntada hacia arriba. Esteban le puso una mano en la nuca sin apretar, solo indicándole el ritmo, y ella empezó a subir y bajar cada vez más rápido.

Marina se apretó el clítoris entre dos dedos y ahogó un gemido. Vio cómo a él se le tensaba la mandíbula, cómo se le movía la nuez al tragar, cómo los ojos se le encendían sin dejar de estar clavados en los suyos. Le pareció, por un instante, que se estaban follando a distancia con la sola mirada, y que la mujer arrodillada era apenas la mano de él, o la de ella, prestada.

Ella arqueó un poco la espalda. Metió un tercer dedo. El coño le apretaba, mojado, chapoteando en su propia mano, y sentía cada golpe de la boca de la otra en la polla de él como si le llegara directo al vientre. Se corrió antes de darse cuenta, mordiéndose el labio para no gemir, con un espasmo largo que le sacudió los muslos bajo la falda y le empapó los dedos hasta la muñeca.

Esteban lo notó. Lo notó en el temblor que le recorrió los hombros, en la forma en que se le humedecieron los ojos, y respondió con lo suyo. Apretó la nuca de la mujer contra él, la mantuvo abajo un segundo largo, y se corrió dentro de su boca con un gruñido bajo, casi contenido, sin dejar de mirar a Marina. La mujer no apartó la cara. Se tragó todo con la garganta pegada al glande, con dos o tres movimientos suaves que a Marina le hicieron apretar los muslos por segunda vez. Cuando por fin se separó, un hilo de semen le resbaló por la comisura y ella lo recogió con el dedo y se lo llevó a la boca sin ceremonia.

***

El resto transcurrió en un silencio cargado, espeso, donde cada sonido del pasillo —una copa, una risa, el roce de otra puerta— parecía formar parte de la misma escena. Marina se bajó la falda con la mano todavía pegajosa, comió sin dejar de mirar. Probó cada plato como si paladearlo fuera otra forma de participar, otra manera de estar presente sin tocar. Con la lengua se lamió el borde de un dedo donde aún le quedaba su propio sabor, y vio que a él se le dilataba la pupila.

La mujer de la bata terminó, se limpió los labios con el dorso de la mano, se cerró la seda sobre el cuerpo desnudo, se incorporó, hizo otra reverencia silenciosa y se marchó por donde había venido, dejando el panel corrido tras de sí. Como si nunca hubiera estado. Como si fuera parte del menú.

Esteban se recompuso la ropa con la misma parsimonia con la que había hablado en su piso. Dobló de nuevo las bragas, se las llevó una última vez a la nariz, y en lugar de devolverlas, se las guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Marina no protestó. No le quedaba ningún derecho sobre ellas, y, además, le gustó la idea de que se las quedara, empapadas como estaban, para que se las oliera después en algún despacho.

—Puedes hablar —dijo él al fin.

Marina lo pensó. Tenía mil preguntas: quién era, cuántas veces había hecho aquello, por qué la había elegido a ella entre todas las mesas del café. Pero ninguna le pareció lo bastante importante como para romper lo que acababa de descubrir sobre sí misma.

—¿Volverás al café? —fue lo único que preguntó.

—Un par de mañanas a la semana —respondió él—. Como tú.

Marina recogió la bolsa con su ropa de taller, se levantó y se alisó la falda sobre los muslos aún calientes. Junto al plato había quedado un sobre que no recordaba haber visto llegar. No lo abrió delante de él. Su dinero, sus reglas; y, por una vez, también las de ella.

Cruzó el pasillo de paneles de papel oyendo, en algún reservado, otra risa contenida, otro gemido apagado, otra historia que nunca conocería. En la calle, el sol del mediodía la recibió como si nada hubiera cambiado.

Pero algo había cambiado. Marina ya no era solo la mujer que miraba a los demás desde su mesa del café. Ahora sabía lo que se sentía al ser, a la vez, la espectadora y el espectáculo, al correrse en silencio mientras otro hombre se corría por ella al otro lado de una mesa. Y supo, con una certeza tranquila y una humedad renovada entre los muslos desnudos bajo la falda, que volvería a aquel café el martes, se sentaría junto al ventanal y esperaría a ver si una camisa azul cruzaba la puerta.

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Comentarios(7)

LunaRda22

que relato!!! me encantó de principio a fin

MiriamCba

me quedé con ganas de saber como termina el trato... ¿habrá segunda parte? por favor que sí

OjosCuriosos_

La idea del observador silencioso me generó mucha tensión jaja pero de la buena. Muy bien escrito

Fran_MDP

buenisimo!!! seguí escribiendo

NocheLetra_

Me recordo a una situacion parecida que viví. Esa sensacion de ser observada sin saberlo es increible, no se puede explicar con palabras.

SoledadK_lec

Lo que mas me gustó fue como arranca, esa imagen del café y la rutina que se rompe de golpe. Muy bien narrado y con mucho suspenso. Espero el siguiente

Matias_lector

corto pero intenso, me dejó con la adrenalina jaja. Esperando continuacion

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