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Relatos Ardientes

Dejé que un desconocido mirara a mi novia en la playa

Volvimos al hostel casi sin hablar. La distancia desde el bar no era mucha y la zona seguía con movimiento, grupos que iban y venían entre los boliches de la costa. Hacía una noche tibia y mucha gente había salido a aprovecharla. Yo caminaba al lado de Carla con la cabeza a mil, repasando lo que había pasado adentro, en esa esquina oscura de la barra donde un extraño se había pegado a ella y yo, en lugar de frenarlo, había mirado.

Estaba excitado y un poco celoso, las dos cosas a la vez. Carla me buscaba la mano y cruzaba miradas cómplices cada vez que nuestros ojos se encontraban. Le brillaban como a alguien que acaba de hacer una travesura y todavía no decide si arrepentirse.

Le había gustado. Eso era lo que más me daba vueltas.

En la recepción había un tipo de unos cincuenta años que apenas levantó la vista de la pantalla cuando dijimos «buenas noches» casi al mismo tiempo. No me di vuelta, pero juraría que él sí estiró el cuello para mirarle la espalda a Carla mientras avanzábamos por el pasillo.

Abrí la puerta del cuarto con dificultad y la dejé pasar primero. Encendí la luz justo a tiempo para ver cómo la minifalda apenas le tapaba el culo mientras caminaba. No se detuvo: se sacó los zapatos de cualquier manera y se metió al baño.

Me quedé mirando por la ventana sin saber muy bien qué pensaba. Tenía ganas de cogérmela y, al mismo tiempo, de preguntarle qué carajo había sido lo del bar. Pero esa no era la noche para preguntas.

Escuché correr el agua, después la cisterna, y enseguida el ruido del picaporte. Carla salió a contraluz, prácticamente desnuda salvo por una tanga de encaje. Cruzó el cuarto, se puso en puntas de pie y me besó. Sentí sus manos buscar el botón de mi pantalón mientras jugábamos con la lengua.

Se separó sin dejar de mirarme y se agachó. Lo que hizo a continuación lo hizo con una entrega que no le conocía, lenta y al mismo tiempo voraz, como si quisiera devolverme con la boca toda la calentura que había juntado en el bar. La frené antes de tiempo y la tiré contra la cama. Ella sola se sacó la tanga.

Le besé el cuello, bajé a sus pechos, mordí apenas un pezón y después el otro, y seguí bajando. Estaba empapada. Apartó la mano con la que se tocaba y me dejó hacer. Se le escapaban gritos cortos; Carla siempre era silenciosa, pero esa noche no le importaba que la oyeran del otro lado de la pared.

Cuando me pidió que subiera, la puse al filo del colchón, le acomodé las piernas sobre mis hombros y entré despacio. Regulé el ritmo para aguantar, alternando embestidas duras con pausas en las que solo la rozaba. Tuvo un orgasmo largo, pidiéndome que no parara, y por una vez logré no acabar con ella.

La di vuelta, la puse en cuatro y seguí. Terminé mucho después, vaciándome en una sola descarga que me dejó tirado encima de ella, transpirado, sin aire. Nos quedamos haciendo cucharita. El viaje, el alcohol y todo lo que habíamos hecho nos pasaron factura y caímos dormidos de inmediato.

***

La mañana siguiente me despertó el sol pegando en la cara. Hacía calor; se notaba que iba a ser un día pesado. Carla seguía dormida, así que me levanté en silencio, esquivé la ropa tirada y me metí en la ducha. Cuando salí, ella recién empezaba a abrir los ojos, despeinada, con cara de noche larga.

Preparé unos mates y le acerqué uno. Lo tomó sin decir nada al principio. Después largó, riéndose, algo sobre cómo me había puesto de loco, y yo le contesté que no había sido el único. No hablamos del bar más que de costado; los dos sabíamos que el tema iba a volver, pero ninguno tenía ganas de arruinar la mañana.

Mientras armábamos las cosas para ir al mar, le tiré la idea casi en broma:

—¿Te animás a seguir jugando hoy? Algo más suave que lo de anoche.

Me miró por encima del mate, evaluándome.

—¿Te parece, después de lo de ayer?

—Estamos de vacaciones, somos grandes, no le hicimos mal a nadie —le dije—. Tuvimos más morbo en una noche que en todo el último año.

No me contestó, pero la sonrisa con la que se metió al baño a cambiarse fue toda la respuesta que necesitaba.

***

Ese día la playa cercana estaba llena, así que no pasó nada. Pero a la mañana siguiente nos levantamos temprano y manejamos hasta una playa más alejada que nos habían recomendado, de esas que la gente de la zona se guarda para sí. Salvo por alguien que pasaba caminando muy de vez en cuando, estábamos solos.

Nos acomodamos en la arena, cebamos mate y nos pusimos protector. Carla llevaba un bikini blanco que, mojado, no dejaba nada a la imaginación, y una minifalda de jean que se sacó apenas se sentó. Pasamos un buen rato tranquilos, casi dueños del lugar, hasta que se me cruzó por la cabeza retomar el juego.

—No es una playa nudista —le dije—, pero no anda casi nadie. ¿Te animarías a hacer topless?

—Uy, no. Nunca hice, me da vergüenza.

—No te va a ver nadie. Y si aparece alguien, te das vuelta o te tapás.

—Algún viejo pasa cada tanto —dudó.

—Le alegrás la mañana —me reí—. Después de lo del bar, esto es un juego de niños.

Eso la terminó de convencer. Se rió, se desató sola el nudo de la espalda y me pidió que le pasara protector, advirtiéndome que si se sentía incómoda se tapaba y yo no insistiera. Por primera vez la tenía en tetas en una playa, frente a mí, con el sol pegándole de lleno. El morbo me agarró de una manera increíble.

Habrían pasado veinte minutos cuando vimos a un hombre acercándose, caminando por la orilla en nuestra dirección. Carla me miró, dudando si cubrirse. No le dije nada, y se quedó como estaba. A medida que se acercaba, vimos que era un tipo bastante grande, de unos cuarenta y largos, relajado, con una mochila al hombro.

—Qué vergüenza —murmuró ella, sin moverse.

—Dejalo que mire —le dije al oído—. Le alegrás el día.

El hombre pasó frente a nosotros y saludó con cortesía, sin despegar la vista del cuerpo de Carla, con esa tranquilidad de quien ya tiene una edad en la que le da igual lo que piensen. Devolvimos el saludo. Y entonces, para sorpresa de los dos, en lugar de seguir de largo bajó la mochila y se sentó a ocho o diez metros, en una posición desde la que podía vernos con solo girar la cabeza.

Sacó un mate y, después, un porro que prendió sin disimulo, mirando el mar un rato y a Carla el otro. Ella, divertida, estiró la mano y empezó a acariciarme por encima del traje de baño, despacio, con un movimiento mínimo que él no podía no estar viendo. Cruzábamos miradas y se nos escapaba una risita cómplice cada vez.

—¿Otra vez el mismo juego? —le pregunté, ya empalmado.

—No sé… jugar —dijo, con esa cara de no haber roto nunca un plato.

Se levantó y se metió al agua tal como estaba, en tetas. Nuestro vecino temporal no perdió un solo detalle. Carla se quedó a un par de metros de la orilla, se dio vuelta para quedar de frente a los dos y se tocó como si posara para una de esas fotos de revista en la playa. Era obvio que no había ido a refrescarse.

Cuando volvió, se sentó pegada a mí y retomó las caricias, ahora más decidida, sin disimular hacia dónde iban. El hombre, a unos metros, había dejado de fingir que miraba el mar. Carla, sin sacarme la mano de encima, giró la cabeza hacia él y le gritó si nos convidaba algo de lo que estaba fumando.

Él, sin moverse de su lugar, estiró el brazo con otro armado y un encendedor. Carla se levantó y fue hasta donde estaba, en tetas, con la tanga blanca todavía mojada. Hablaron un momento; yo, desde mi distancia, apenas escuchaba. Él le dijo algo y ella se rió, picante, antes de volver con el porro en la mano.

Se sentó otra vez a mi lado, prendió, dio una pitada larga y me lo pasó. Estaba armado grueso y pegaba fuerte. A los pocos minutos los dos estábamos flotando en esa mezcla de sol, calentura y humo que nos terminó de soltar. Carla se acomodó de costado, sin taparle la vista a nuestro espectador, y esta vez directamente me sacó la verga del traje de baño.

La miré sorprendido. Ella me besó la boca y el cuello, bajó, y empezó a chuparme ahí mismo, en plena playa, con la cabeza tapada por el pelo subiendo y bajando. No pude evitar mirar al hombre, que veía la escena con la respiración cada vez más agitada. La frené para no acabar y Carla se separó con los ojos brillándole, giró a mirar a su admirador y después volvió a mí.

—Estoy demasiado caliente —me dijo al oído—. Si querés frenar, es ahora. Yo no aguanto.

—Seguí —le contesté.

El tipo no resistió más y se fue acercando, frenándose a un par de metros para mirar de cerca. En algún momento se sacó la verga del bañador y empezó a tocarse despacio. Carla lo vio, se quedó mirando un instante con la boca entreabierta y, sin dejar de masturbarme, corrió la tanga para tocarse ella también.

El hombre pidió permiso solo con la mirada. Ninguno de los dos lo frenó. Se agachó entre las piernas de Carla y empezó a lamerla como si fuera la primera y última vez. Ella le agarró la cabeza y la hundió, gritando sin pudor. Yo estaba pasmado, con la verga más dura que nunca, mientras con una mano ella me seguía masturbando como diciéndome que no se había olvidado de mí.

Estuvo así varios minutos, hasta que Carla empezó a retorcer las piernas en la arena y acabó con un temblor largo. Después giró hacia mí y me pidió, casi sin voz, que la cogiera ahí mismo.

No me pude resistir. Era una locura, en un lugar donde cualquiera podía aparecer, pero en ese momento no me importaba nada. Se puso en cuatro y entré casi de una; estaba tan mojada que no hubo resistencia. Empecé a bombear lento y parejo, aguantando, mientras ella apoyaba la cabeza sobre los brazos.

—Así… así… no pares… por dios qué bien se siente —jadeaba.

El hombre seguía de rodillas frente a ella, masturbándose a centímetros, mirando cómo yo entraba y salía. En un momento Carla levantó la cabeza y se encontró con su verga justo delante. Me miró por encima del hombro, se humedeció los labios y solo dijo:

—¿Puedo?

Yo estaba demasiado caliente para pensar en consecuencias. Asentí.

Carla empezó a masturbarlo con la mano derecha y después estiró el cuello para metérsela en la boca. El hombre gimió al sentir su lengua. Yo me salí un instante para no acabar y eso la acomodó más cerca de él. Sentí celos, lo reconozco, pero el morbo era total: mi novia entre los dos, repartiéndose, sin sacarme la mano de encima ni a mí ni a él.

Cuando le pidió a él que se parara, se puso de rodillas entre los dos y empezó a alternar, una verga y la otra, bajando a lamer y volviendo a subir, con la boca llena y los ojos encendidos. Sentí que no iba a aguantar más y se lo avisé. Carla me dedicó toda su atención, acariciándome mientras chupaba con ansias, hasta que terminé en su boca en varios chorros. No se le escapó una gota.

Después volvió con él, que ya estaba al límite. El hombre tuvo la cortesía de avisarle, aunque estoy seguro de que ella habría seguido igual. Se separó, le preguntó dónde quería que terminara y Carla le dijo que en la cara. Él cumplió, vaya si cumplió, y ella aguantó con los ojos cerrados hasta que pudo limpiarse.

Todo terminó tan rápido como había empezado. Le pasé un paquete de pañuelos de la mochila; ella se limpió como pudo. El hombre se vistió, esperó a que terminara y nos agradeció la tarde, sobre todo a Carla. Yo no dije casi nada, todavía sin caer del todo en lo que acababa de pasar. Ella se acomodó la tanga, le devolvió las gracias y se despidió de él con un beso, como de un vecino que te prestó una herramienta.

El tipo metió todo en su mochila y se fue por donde había llegado, dándose vuelta una sola vez para saludar con la mano.

Acabábamos de tener una especie de trío con un desconocido del que ni siquiera sabíamos el nombre. Me puse la remera, Carla se vistió y, antes de salir, pasó por el mar a enjuagarse la cara. El sol empezaba a caer sobre una playa que volvía a estar completamente vacía, como si nada hubiera pasado.

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Comentarios(7)

DiegoMdp92

Tremendo relato, no pude parar de leer. Mas de esto por favor!!

NocheLector_Ar

Se hizo corto... quede con ganas de saber como siguio la noche. Segunda parte urgente

SoleaLect

Que historia tan intensa. A mi me paso algo parecido en la costa una vez y todavia lo recuerdo jajaja. Muy bueno

MarceloR88

Bien narrado, se siente como si estuvieras ahi. Me engancho desde el primer parrafo

Cielito_BA

la tension del principio me mato!!! muy bueno

ColombiaFan23

Increible, de los mejores que lei en mucho tiempo en esta categoria. Saludos desde Colombia

RamonV_playa

Pregunta honesta: fue todo planeado o fue casualidad? Me quede pensando en eso despues de leerlo

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