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Relatos Ardientes

El bikini blanco que no ocultaba nada bajo el agua

Vuelvo a escribir después de un tiempo largo para contar una de esas anécdotas pequeñas que se quedan grabadas. Es de la época en que Marina todavía era mi novia, mucho antes de que fuese mi mujer y bastante antes de que se convirtiera en mi ex. Aquel verano descubrimos algo de ella que ninguno de los dos sabía que estaba ahí.

Llevábamos cosa de un año saliendo cuando un viernes por la noche se me ocurrió proponerle un plan.

—¿Te apetece que mañana subamos a la sierra, a una piscina natural? —le dije—. Es una poza que hicieron en el río, agua limpia, montaña alrededor, nada de cloro.

Se le iluminó la cara, pero enseguida torció el gesto.

—Me encantaría, pero no puedo. Todos mis bañadores están viejísimos, no me pienso poner ninguno.

—Pues solucionado —contesté—. Vamos ahora al centro comercial y te regalo uno.

Dicho y hecho. Nos montamos en el coche y media hora después estábamos entre percheros. Marina tardó lo suyo en decidirse: cogió dos bañadores enteros y un bikini, y se metió en el probador mientras yo me quedaba fuera como un pasmarote, custodiando su bolso.

Apenas se puso el primer bañador, uno negro, descorrió la cortina para enseñármelo.

—¿Cómo me queda? —preguntó girando sobre sí misma.

Para mí estaba espectacular. Y por lo visto no era el único que lo pensaba, porque a mi lado había un hombre de unos cuarenta esperando a su pareja, y se le fueron los ojos sin ningún disimulo. Marina captó esa mirada al vuelo. Se metió otra vez para dentro y, en voz baja, me pidió que entrara con ella.

—Así no me miran más —susurró, tirándome de la camiseta.

No me lo iba a pensar dos veces.

Entré en aquel cubículo diminuto, con la cortina como única frontera con el resto de la tienda. Marina empezó a quitarse el bañador negro y lo primero que apareció fueron sus pechos, pequeños y firmes. Me quedé esperando el resto, pero debajo seguía con la ropa interior puesta.

—¿Por qué te lo pruebas con las bragas? —pregunté en voz bajita.

—Por higiene, listo —contestó con una sonrisa.

Se probó el segundo bañador, uno de flores que me gustaba bastante menos, y en aquel espacio tan apretado apenas se podía apreciar bien. Se lo quitó y, por fin, cogió el bikini.

—Este pruébatelo sin nada debajo —le pedí—. A ver cómo queda de verdad.

Me miró con un brillo travieso, se bajó la ropa interior y se quedó completamente desnuda en aquel rincón. Se inclinó para meter las piernas por la braguita del bikini y yo ya no pude aguantarme. La rodeé por detrás, le cubrí el pecho con las dos manos y apoyé las caderas contra ella para que notara cómo estaba. Marina se enderezó despacio, fingiendo que solo se acomodaba la prenda, y yo aproveché para colar la mano dentro de la tela. Estaba empapada, y no por el calor de la tienda.

—Espérate un poco —me dijo casi sin voz—. Solo nos separa una cortina. Nos pueden oír.

Tenía razón. La dejé terminar de ponerse la parte de arriba. Era un bikini blanco, sencillo, y aunque no era el color que yo habría elegido, me encantaba porque enseñaba mucho más de su cuerpo que cualquiera de los bañadores. Se vistió, pagué la prenda en caja y nos largamos a buscar un rincón tranquilo donde quitarnos las ganas que habíamos acumulado en el probador.

***

Ya relajados, paramos en casa de sus padres. Marina entró ilusionada con la bolsa y le enseñó el bikini a su madre. Se metió un momento en su cuarto y salió al salón con él puesto, dando una vuelta como una niña con zapatos nuevos. Estaba preciosa, pero a los pocos minutos empezó a quejarse.

—El forro de dentro me roza los pezones, no hay quien lo aguante.

Volvió a su habitación, se cambió y regresó con el bikini en la mano y unas tijeras. Delante de su madre, sin darle mayor importancia, le recortó el forro interior de la parte de arriba. Después comprobó que la braguita tenía el mismo refuerzo y también se lo quitó de cuajo.

—No quiero rozaduras —explicó.

Ni ella ni yo caímos en lo que aquellos forros recortados iban a provocar al día siguiente.

***

El sábado por la mañana enfilamos hacia la sierra. Después de poco más de una hora de curvas llegamos a la poza, un sitio precioso encajado entre pinos, con el río cayendo en pequeñas cascadas y formando una piscina de aguas heladas. Marina se fue a los vestuarios a cambiarse y yo a los míos. Salí primero y la esperé en la zona de césped.

Cuando apareció, me dejó sin palabras. El bikini blanco le sentaba como un guante. Pero lo que me hizo abrir los ojos fue otra cosa: con la luz del sol de frente, la tela dejaba adivinar levemente la sombra de sus pezones y el triángulo entre sus piernas. Era muy sutil, había que fijarse, pero estaba ahí. No le dije nada para no incomodarla. Extendimos las toallas, dejamos la mochila y nos metimos en el agua.

Estaba helada. Yo me lancé de golpe, como siempre, y ella fue bajando poco a poco por los escalones de piedra hasta cubrirse. Nadamos un buen rato, riéndonos del frío, hasta que decidimos salir.

Salió ella delante de mí. Y cuando su cuerpo emergió del agua, lo entendí todo. La tela mojada se había vuelto prácticamente transparente. Por detrás se le marcaba cada centímetro; por delante, al volverse hacia mí, se le veían los pezones endurecidos por el frío y el vello oscuro entre las piernas como si no llevara nada encima.

—Marina —le dije bajito, señalando con los ojos—. Mírate.

Bajó la vista, vio lo que el agua había hecho con el bikini y se puso roja de golpe.

—Corre, vamos a las toallas —me apremió.

Pero no había sido el único en darse cuenta. Varias personas repartidas por el césped no le quitaban ojo. Marina se tumbó a toda prisa, me arrancó mi toalla de las manos y se cubrió con ella, con la cara ardiendo de vergüenza.

—Vámonos ya —me pidió—. Me está mirando todo el mundo.

—Hemos hecho noventa kilómetros para nada —protesté—. Tranquila, en cuanto te seques un poco deja de transparentarse.

Era verdad, aunque tardó. Unos chavales de nuestra edad y un par de hombres mayores seguían pendientes de ella desde sus toallas. Cada dos minutos Marina se retiraba un poco la tela del cuerpo para comprobar si ya estaba seca, comprobaba que todavía se intuía algo y volvía a taparse. Me tenía más nervioso a mí que a ella. Comimos los bocadillos sentados en el césped, y yo notaba de reojo cómo aquellos tíos esperaban, casi rezando, a que se volviera a meter en el agua.

***

Sobre las cinco de la tarde, ya con el sol cayendo, le propuse volver.

—Vale, pero yo me voy a dar un último baño antes de vestirme —añadí.

Yo daba por hecho que ella no se bañaría y me esperaría en la toalla. Me sorprendió.

—Pues me muero por meterme una vez más —dijo.

—Entonces vamos.

—Es que luego me da una vergüenza horrible salir —dudó.

—Aquí no nos conoce nadie —le contesté—. Mañana no vuelves a ver a ninguno.

Lo pensó un segundo y se levantó conmigo. Nos metimos en la poza, nadamos y jugamos un rato como dos críos. Cuando tocó salir, esta vez salí yo primero, a propósito, para verla emerger. Subió los peldaños despacio. Primero asomaron sus pechos, con esos pezones oscuros desafiando la gravedad, y después el resto, otra vez completamente a la vista bajo la tela transparente. Todos los hombres que llevaban la tarde esperando ese momento lo estaban disfrutando sin ningún pudor.

Y esta vez no hubo vergüenza ninguna.

Llegamos a las toallas, recogimos todo y enfilamos hacia los vestuarios. Quien conozca el sitio sabe que hay que rodear casi toda la piscina para llegar. Yo pensé que se envolvería en la toalla hasta cubrirse entera. Lo que hizo me dejó de piedra: se echó la toalla sobre un hombro, tapándose solo un pecho, y dejó que el otro, el vello y el resto quedaran a la vista de cualquiera durante todo el recorrido. Prácticamente todos los hombres del recinto la siguieron con la mirada hasta que desapareció por la puerta de los vestuarios.

***

Una vez vestidos, nos montamos en el coche, y antes siquiera de arrancar ya estábamos besándonos y metiéndonos mano. La desnudé a medias allí mismo, hasta que un grupo con niños cruzó el aparcamiento y nos cortó el momento. Arrancamos y nos metimos por el primer camino de tierra que encontramos para terminar lo que habíamos empezado.

Mientras lo hacíamos, con la respiración entrecortada, me confesó algo al oído.

—Me ha puesto muchísimo —dijo—. Saber que me estaban mirando todos. Muchísimo.

Aquel bikini blanco dio mucho juego durante el resto del verano, y algún verano más. Solo que, a partir de ese día, ya los dos sabíamos perfectamente lo que pasaba cuando se mojaba. Y dejamos de fingir que era un accidente.

Sé que es una historia bastante suave, como casi todas las que cuento. Pero me gusta contarlas como pasaron de verdad y no como me habría gustado que ocurrieran. Si os he aburrido, me lo decís y no escribo más.

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Comentarios(8)

Maxi_2077

que relato!!! me enganche desde la primera linea, tremendo

ValentinaRdP

Por favor que haya una segunda parte, quedé con ganas de saber que paso despues...

ClaudioR_75

ufff eso del bikini transparente... uno lo sueña pero nunca le pasa jajaja

SebaBaires

me recordo a una tarde en la playa con unos amigos, ese tipo de situaciones pasan y estan muy bien capturadas aca

Lautaro_Cba

buenisimo!!

RosaMargarita

Lo que mas me gusto es que no se vuelve burdo en ningun momento, tiene mucho morbo pero con clase. Ojala mas relatos asi de bien escritos

GuilleR

la reaccion de los que miraban me la imagine perfecto jajaja, muy bien logrado

NatiLectora

muy bien narrado, se siente todo muy real. Esperando el proximo!

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