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Relatos Ardientes

Mi compañera me pidió que la fotografiara de espaldas

Desde hace años participo en un reto que circula por las redes y que casi nadie de mi entorno conoce. Consiste en hacerse fotos delante de paisajes urbanos o naturales con una condición muy concreta: estar de espaldas a la cámara y con el culo al aire. El reto tiene su propia etiqueta, un hashtag que ahora está mucho menos activo que en sus mejores tiempos, pero que en su momento llegó a tener miles de participantes.

La mayoría somos chicas, aunque también hay chicos y grupos enteros. Lo que une todas esas imágenes es lo mismo: un cuerpo de espaldas, un trasero descubierto y, detrás, un escenario que merezca la pena. Algunas fotos sorprenden por el lugar, otras por lo bonito del culo, y las mejores por las dos cosas a la vez.

En las mías nunca se me ve la cara. Las hago con el autodisparo de la cámara o del móvil, sujetándolos donde puedo. Solo en alguna ocasión, en algún viaje, me las ha sacado mi madre sin saber muy bien para qué eran. Hasta el día que voy a contar, jamás había tenido una amiga o un amigo con la confianza suficiente como para pedirle que me fotografiara así.

Todo cambió cuando entró a trabajar en mi equipo Greta, una chica de padre alemán y madre española. Sus padres y un hermano vivían desde hacía tiempo en la misma ciudad que yo, pero ella se había independizado y llevaba su propia vida. Desde el principio congeniamos. Resolvíamos juntas los líos del día a día sin roces, coincidíamos en demasiadas opiniones y había entre nosotras esa química difícil de explicar.

Una primavera el trabajo nos llevó a las dos a una capital del extremo norte de Europa, una de esas ciudades de luz pálida y agua por todas partes. Ni Greta ni yo habíamos estado nunca allí. Después de una comida de equipo nos quedaron un par de horas libres, y decidimos aprovecharlas por nuestra cuenta.

—Yo quiero ver el parque de esculturas —le dije, enseñándole fotos en el móvil de unas figuras de piedra enormes repartidas entre fuentes y senderos—. Llevo todo el viaje pensando en ese sitio.

—Me apunto —respondió ella sin dudar—. Pero antes acompáñame al puerto. Me crié al norte de Alemania y siempre oí hablar de los rompehielos. Nunca he visto uno de cerca. Dicen que en verano hay algunos atracados.

Miramos el mapa y trazamos la ruta. Primero los barcos, después las esculturas.

Cuando llegamos al puerto había dos rompehielos amarrados, cascos pesados y oscuros que no impresionaban tanto por su tamaño como por la fuerza que se les adivinaba. Estuvimos un rato admirándolos en silencio, apoyadas en la barandilla, con el viento del mar revolviéndonos el pelo.

—Antes de irnos —dijo Greta—, ¿te importa hacerme una foto delante de los barcos?

—Claro que no.

—Quiero una muy especial. Mira, yo me pongo de espaldas a ti, mirando a los rompehielos. Cuenta hasta cinco en voz alta para enfocar bien y disparas varias veces, así elegimos la mejor. Y una cosa importante: no te extrañes si ves algo raro por el visor. Saca cinco o seis y luego te lo explico.

Cogí su móvil y, mientras ella se colocaba dándome la espalda, una sospecha me cruzó la cabeza como un relámpago. ¿Y si quiere una foto para el reto? No puede ser. No puede ser que ella también… Seguí sus instrucciones sin decir nada.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Al llegar al cinco se levantó el vestido de un tirón. Debajo no llevaba nada. Su trasero quedó al descubierto contra el fondo gris de los barcos y el cielo blanco, y yo disparé una, dos, tres veces, casi sin pensar, con el corazón golpeándome en las costillas.

—Seis, siete, ocho —seguí contando para disimular, aunque ya no quedaba nada que disimular.

Ella se giró con el vestido todavía subido, sonriendo de oreja a oreja.

—Esta de regalo, para ti.

Me quedé mirándola un segundo de más. No iba tan depilada como yo, y ese matojito oscuro que le coronaba el coño, apenas recortado, me puso más cachonda que cualquier depilación perfecta. Me gustó de una manera que no esperaba sentir delante de una compañera de trabajo: se me contrajo el coño de golpe y noté cómo se me humedecían las bragas ahí mismo, en pleno puerto.

—Vaya culo bonito tienes —solté sin pensar, porque era exactamente lo que estaba pensando.

Entonces me eché a reír, una risa nerviosa que me salió de muy adentro.

—¡No te imaginas, Greta! ¿Cómo me voy a extrañar de estas fotos? Yo también participo en ese reto. Tengo unas cuantas colgadas con la etiqueta y pensaba pedirte hoy mismo que me sacaras alguna en el parque de las esculturas.

La cara que puso fue impagable. Abrió la boca, soltó una carcajada y se tapó los ojos con una mano, como si no terminara de creérselo.

—No me lo puedo creer —repetía—. Todo este tiempo y ninguna de las dos sospechaba nada de la otra.

—Y mira que disimulamos bien.

Le devolví el móvil y, sin pensarlo demasiado, me levanté yo también un poco la ropa allí mismo, lo justo, durante un instante, solo para que viera que hablaba en serio. Greta sonrió de una manera distinta, más lenta, y me clavó los ojos en el coño depilado con un descaro que me hizo apretar los muslos. Supe que aquel viaje había dejado de ser un viaje de trabajo.

***

Nos dirigimos al parque de las esculturas con la complicidad recién estrenada todavía caliente entre las dos. Por el camino no parábamos de reír, repasando los meses que llevábamos trabajando codo con codo sin imaginar que compartíamos exactamente la misma manía secreta.

El parque era enorme, sembrado de figuras de piedra y bronce entre fuentes y avenidas de árboles. Soplaba una brisa fina y tibia que nos levantaba un poco los vestidos veraniegos, ligeros, casi sin darnos cuenta. Caminamos hasta una de las fuentes más imponentes, donde el agua caía en cortinas brillantes y el sol del atardecer lo teñía todo de dorado.

—Aquí —dije—. Esta es la foto que quería.

Greta cogió mi cámara y seguimos exactamente la misma secuencia que en el puerto. Me coloqué de espaldas a la fuente, mirando el agua, y ella empezó a contar con esa voz suya un poco grave.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Me subí el vestido hasta la cintura y noté el aire fresco en la piel, el cosquilleo de saberme expuesta en un lugar público, esa mezcla de vértigo y placer que llevo años persiguiendo. Ella disparó varias veces, y oí cómo contenía la respiración detrás de la cámara.

—Y esta de propina —dije, dándome la vuelta con el vestido todavía levantado, riéndome de pura euforia—. Pero esta se queda entre nosotras. Esta no es para ninguna etiqueta.

—Esa va directa a nuestra colección particular —respondió ella, bajando la cámara despacio, sin dejar de mirarme.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no estábamos solas. A pocos metros, junto a una de las esculturas, una pareja de aspecto local nos observaba con mucha atención. No parecían escandalizados. Sonreían, cómplices, como si entendieran perfectamente el juego al que jugábamos. Sentí que me ardía la cara, pero también una punzada de excitación de la que no me avergoncé.

Me acomodé la ropa enseguida. Con aquella brisa tampoco era cuestión de andar enseñando el culo sin ton ni son delante de medio parque.

***

De vuelta hacia el centro fuimos comentando lo increíble de la coincidencia: las dos pensando en el mismo momento, en el mismo gesto, sin habernos dicho jamás una palabra. Acordamos no contarle nada a los compañeros, guardar aquello como un secreto solo nuestro.

—Cuando quieras te vienes a mi casa —me dijo, rozándome el brazo—. Avísame antes para asegurarte de que estoy. Ahora ando con la mudanza, voy y vengo de la casa nueva rematando detalles y comprando cosas, pero me encantaría que la vieras.

Volvimos con tiempo de sobra para reunirnos con el resto del equipo. Antes, entramos juntas a un baño a refrescarnos. Nos metimos en el mismo cubículo sin decirlo, como si fuera lo más natural del mundo. Greta cerró el pestillo, se apoyó contra la puerta y me miró con esa media sonrisa suya.

—Ayúdame —murmuró.

Se levantó el vestido y yo, sin pensarlo, me arrodillé delante de ella y le bajé las braguitas por los muslos. Al agacharme vi de cerca su coño peludito, oscuro, húmedo de excitación, y no pude evitar acercar la cara. La respiré primero, cerrando los ojos, y después le pasé la lengua de abajo arriba, muy despacio, saboreando lo salado de su piel y lo dulce del flujo que ya se le había derramado. Greta soltó un jadeo bajo, se mordió la mano para no gritar y me hundió la otra en el pelo.

—No pares —susurró—, no pares que me corro en dos segundos.

Le separé los labios del coño con los dedos y le busqué el clítoris con la punta de la lengua. Estaba hinchado, tieso, latiéndole contra la boca. Se lo chupé como si fuera un caramelito, primero con lametones amplios y después con la boca cerrada alrededor, mamándoselo suave, tirando de él con los labios. Metí un dedo, luego dos, y noté cómo se le apretaba el coño de golpe, cómo las paredes internas me apretaban los dedos con espasmos cortos. Se corrió sin dejar de mirarme, apretando los dientes sobre el nudillo, con las piernas temblándole tanto que tuve que sujetarla por el culo para que no se cayera.

Le lamí lo que le chorreaba por el interior de los muslos antes de levantarme. Cuando le devolví la boca, la besé y le pasé por la lengua su propio sabor. Greta gimió dentro del beso.

—Ahora tú —dijo, con la voz ronca, y me giró contra la pared del baño.

Me subió el vestido de un tirón, me arrancó las bragas empapadas y me las metió en la boca como una mordaza improvisada. Me hizo separar las piernas y noté sus dedos abrirse paso entre mis labios ya resbaladizos. Me metió tres a la vez, sin miramientos, y empezó a follarme con la mano, rápida, curva, buscándome el punto de dentro. Con la otra mano me pellizcaba un pezón por encima de la ropa, retorciéndomelo hasta hacerme jadear en la mordaza. Después se agachó por detrás, me abrió las nalgas y me hundió la lengua entre el culo mientras seguía metiéndome los dedos. Me lamió el ojete y el coño alternándolos, sin ningún reparo, y a mí me temblaban las rodillas contra los azulejos.

Me corrí mordiendo la tela de mis propias bragas, con los ojos apretados y la frente pegada a la pared fría, expulsando un chorrito de flujo caliente que le mojó la barbilla. Ella se rió por lo bajo, se limpió con el dorso de la mano y se puso de pie para besarme otra vez.

—Guárdatelas puestas si quieres —dijo con sorna, refiriéndose a mis bragas empapadas—. O mételas en el bolso, como quieras.

Entonces, sin dejar de mirarme, se quitó del todo las suyas, que le colgaban ya de un tobillo, y me las puso en la mano.

—Mételas en tu bolso, que es más grande que el mío. Ahora mismo no me apetece llevarlas puestas. Ya me pondré otras en el hotel para el viaje de vuelta.

—Qué exagerada eres —le contesté, riéndome mientras las guardaba, con la voz aún entrecortada—. Si total, una braguita no ocupa nada.

—Pero hoy prefiero ir sin ellas —dijo, mirándome de reojo con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente.

Sentí el tejido tibio y mojado entre los dedos antes de cerrar el bolso, y se me secó la boca. Aquel gesto pequeño, tonto incluso, encerraba una promesa que las dos entendimos sin necesidad de explicarla.

—¿Esperamos entonces para lo de tu casa nueva? —pregunté, intentando que la voz no me temblara.

—Ya que hemos llegado hasta aquí —respondió—, prefiero que la veas pronto. Quiero que notes el contraste entre el piso de alquiler donde he vivido todos estos años, del que no pienso aprovechar nada, y la casa que me he comprado, nueva y hecha del todo a mi gusto. No está en el centro, pero es completamente mía.

El resto de la tarde transcurrió entre reuniones y conversaciones de trabajo, pero yo apenas estaba allí. Notaba el peso ligero de sus braguitas en el bolso cada vez que lo abría, y cada vez que mi mirada se cruzaba con la de Greta al otro lado de la mesa, las dos teníamos que apartar la vista para no echarnos a reír. Yo seguía sin bragas debajo del vestido, con el coño palpitando y los muslos pegajosos de todo lo que no había alcanzado a limpiarme, y cada cruce de piernas debajo de la mesa era una descarga que me recordaba lo que acabábamos de hacer.

En el avión de vuelta, con ella dormida en el asiento de al lado y la cabeza apoyada en mi hombro, no dejé de darle vueltas a la misma frase. Greta me ha dejado sus braguitas y me ha invitado a su casa. Me mordí el labio mirando por la ventanilla las nubes encendidas por el último sol del norte, y pensé, con una sonrisa que no podía contener: ¿qué podría salir mal?

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Comentarios(7)

Gustavo_87

buenisimo!!! mas relatos como este

NocheProfunda44

La escena frente a los barcos te la imaginas perfectamente, muy bien descripta. Espero que haya continuación

Martina_Mza

Me recordó a algo parecido que me paso con una amiga hace años... nada tan intenso pero esa sensacion de no saber que esperar es igual. Muy buen relato

RocioSF_lect

increible como lo contaste, senti que estaba ahi mirando. Sigue escribiendo!

FotoLoco77

uno empieza creyendo que sabe como termina y se lleva la sorpresa jaja. Genial

Niko77

La tension que construis al principio es perfecta, te mantiene enganchado. Muy bueno

DiegoCba91

que morbo el del titulo, te atrapa desde el principio. Bien narrado

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