La azafata que no cerró del todo la cortina
Mi trabajo me obliga a viajar, y viajar significa dormir en hoteles ajenos un montón de noches al año. Por suerte la empresa nunca escatima con el alojamiento: siempre establecimientos correctos, de tres o cuatro estrellas, con buenas vistas y mejores camas. Esa vez el destino era un pueblo costero del sur, dos semanas para montar una instalación, configurar el software y comprobar que todo funcionara antes de dejarlo en manos de los técnicos del cliente.
El hotel estaba en plena zona turística, cerca de la playa aunque no en primera línea. Desde mi habitación, en una planta alta, se veía igual el mar entre los tejados. Mis compañeros habían salido de copas. A ver si pillamos algo con unas turistas, había dicho Rubén, que por algún motivo que nadie entendía jamás se comía un rosco por mucho que lo intentara. Yo preferí quedarme.
La semana había sido dura. Cables, reuniones, un servidor que se caía cada dos horas. Prefería descansar el viernes y guardar fuerzas para el sábado, cuando pensaba bajar a la playa a ver el ambiente con calma. Así que me hice con una cerveza bien fría del minibar, me puse el bañador para estar cómodo y salí al balcón a disfrutar de la brisa marina.
El fresco que subía del mar, la oscuridad tibia, la bebida helada en la mano. En ese momento no necesitaba nada más para sentirme a gusto. Me dejé caer en la tumbona, medio adormilado, escuchando el rumor lejano del oleaje y algún coche perdido por la carretera.
A diferencia de los hoteles de primera línea, llenos de chavales de fiesta, música y bocinas hasta el amanecer, este alojaba sobre todo a gente de mediana edad. Extranjeros tranquilos, de esos que a las diez de la noche ya están durmiendo porque madrugan para coger sitio en la arena. Por eso, cuando se encendió una luz en el ala de enfrente, me llamó la atención de inmediato.
Era una habitación de la planta justo inferior a la mía, en diagonal. Desde mi posición alcanzaba a ver casi todo el dormitorio, prácticamente idéntico al mío: la cama amplia, la moqueta clara, la mesilla, el armario empotrado al fondo.
Una figura femenina cruzó el cuarto. Veintimuchos, quizá treinta y pocos. Cabello castaño claro, piel pálida, ni alta ni baja. Reconocí desde lejos el uniforme de una compañía aérea: la falda ajustada, el pañuelo al cuello, esa elegancia un poco rígida de quien lleva horas de pie sonriendo a desconocidos. Dejó una maleta pequeña sobre la cama y desapareció hacia el baño.
Supuse que iría a ducharse y a dormir de un tirón. El ritmo de vida de los tripulantes de cabina es infernal; lo sé bien porque el marido de mi hermana trabaja en eso y siempre llega arrastrando los pies. Volví a mi cerveza, al fresco, a esa modorra agradable. Estaba a punto de quedarme dormido cuando un movimiento al otro lado me espabiló de golpe.
La chica había vuelto. Iba envuelta en una toalla grande de baño, el pelo todavía húmedo cayéndole sobre los hombros. Abrió la maleta, rebuscó un momento y sacó lo que parecía un lector de libros electrónico. Bajó la maleta al suelo y salió al balcón a apoyarse en la barandilla, supongo que buscando la misma brisa que yo.
Había una distancia considerable entre nuestros balcones, pero la suficiente luz como para confirmar que era guapa. Bajo la toalla se adivinaba una figura bonita, de líneas largas. No miró hacia arriba en ningún momento. Simplemente estaba allí, respirando el aire del mar, ajena por completo a que alguien la observaba unos metros más arriba.
Un par de minutos después entró y corrió la cortina. Pero solo corrió la fina, la blanca translúcida; la gruesa y oscura, la que sirve para cortar la luz del sol por la mañana, la dejó abierta. Y como la lámpara de la habitación seguía encendida, esa cortina blanca no ocultaba nada. Era casi un velo de teatro: yo seguía viendo el interior con una nitidez perturbadora.
Me dije que debía entrar, que aquello empezaba a ser indiscreto. Pero no me moví.
Ella se tumbó sobre el colchón y cogió el lector. Pasaba las páginas pulsando los laterales cada cierto rato, sin tocar la pantalla. Así estuvo un buen rato, leyendo absorta, hasta que la humedad de la toalla debió de empezar a molestarle. Abrió la tela, la sacó de debajo de su cuerpo y la lanzó al suelo de un manotazo perezoso.
Su silueta se recortó contra el oscuro de la colcha del hotel y pude apreciarla entera. Delgada, como suelen serlo todas esas chicas, supongo que por exigencias del oficio. Piernas largas y torneadas, cintura estrecha, caderas suaves, el vientre plano. Sujetaba el libro con la mano izquierda y mantenía la derecha bajo la nuca, como en un cuadro clásico de los que cuelgan en los museos.
En cierto momento bajó la mano libre hasta el pubis y se rascó brevemente. Nada sexual: el gesto distraído de quien todavía termina de secarse. Siempre me ha sorprendido cómo algunas mujeres consiguen hacer cosas tan prosaicas —secarse el sudor, rascarse, estirarse— sin perder ni un gramo de elegancia.
Siguió leyendo. Pero poco después volvió a llevarse la mano a la entrepierna. Y otra vez. Y otra más. Empecé a preguntarme qué demonios estaría leyendo, porque cada vez tardaba más en retirar los dedos, hasta que sencillamente dejó de retirarlos. Desde mi atalaya, y pese a la cortina, distinguí cómo sus pezones se habían endurecido y oscurecido.
Contuve la respiración. Sabía perfectamente lo que estaba a punto de presenciar y, lejos de apartar la vista, me incliné un poco hacia delante en la tumbona.
Poco a poco, sus muslos se fueron separando. Soltó el lector sobre la cama, ya no lo necesitaba. Liberó la mano izquierda para acariciarse los pechos: los recorría, los apretaba, pellizcaba los pezones, incluso los retorcía un poco con una mezcla de cuidado y impaciencia. Después se llevó esa misma mano a la boca, los humedeció con saliva y volvió a bajarla.
La mano derecha empezó a moverse en círculos lentos sobre el clítoris. A ratos interrumpía el movimiento para darse golpecitos suaves y enseguida regresaba a los círculos, marcando un ritmo propio, ensayado, de quien conoce su cuerpo de memoria. En uno de esos instantes me di cuenta de que estaba depilada casi por completo, apenas conservaba una pequeña franja de vello.
No pude evitarlo. Llevé la mano a mi propia entrepierna y empecé a masajearme despacio por encima de la tela del bañador. Se me había secado la boca de golpe, así que di otro trago largo a la cerveza sin apartar los ojos de ella ni un segundo, con el corazón latiéndome contra las costillas como si fuese yo el que estuviera expuesto.
Ella se mojó otra vez los dedos en la boca y untó el pezón izquierdo, que luego acercó hacia sus labios para chuparlo en una postura imposible y deliciosa. La mano derecha seguía rotando, pero ahora descendía más abajo. Uno o dos dedos se perdían entre sus labios, recogían la humedad que su cuerpo ya destilaba y la repartían de nuevo sobre el clítoris antes de volver al movimiento circular.
Su espalda comenzó a arquearse. Las piernas se le tensaban, los muslos abiertos al máximo, apoyados con fuerza en el colchón mientras se entregaba por entero al placer que ella misma se administraba con una calma que me parecía hipnótica. Yo me había olvidado del mar, de la cerveza, del cansancio de la semana. Solo existía esa ventana de enfrente.
Los dedos de la derecha se hundieron más adentro mientras la mano izquierda tomaba el relevo sobre el clítoris. Lo castigaba cada vez más rápido. Los dedos iniciaron un vaivén que iba acelerando, mete y saca, mientras ella giraba la cabeza de un lado a otro sobre la almohada y empujaba los talones contra la cama.
Las dos manos alcanzaron una velocidad casi imposible de seguir. Y entonces, de pronto, echó la cabeza hacia atrás y arqueó la espalda hasta despegarla del colchón. Clavó los talones, alzó las caderas en el aire y se quedó así unos segundos, suspendida, temblando, antes de desplomarse de nuevo sobre la colcha, agotada y satisfecha.
Subió la mano derecha hasta la boca y se lamió los dedos con una avidez que me dejó la garganta seca. Ojalá fuera otra cosa lo que estuvieras saboreando ahora mismo, pensé, sin reconocerme del todo en aquel deseo tan crudo. Mientras tanto, la mano izquierda seguía dando vueltas perezosas y suaves sobre el clítoris, alargando el último coletazo de placer. Pasados uno o dos minutos, se giró de costado y apagó la luz.
Me quedé clavado en la tumbona, todavía alucinado por el espectáculo que acababa de regalarme una completa desconocida sin saberlo. El bañador me tiraba de un modo evidente y una mancha de humedad delataba lo lejos que había llegado yo también, solo de mirar.
***
Me levanté con las piernas algo flojas, entré en la habitación y cerré el ventanal a mi espalda. Fui directo al baño. Ahora me tocaba a mí imitar a mi vecina accidental, aunque en el orden inverso: ducha primero, lo demás después. Tampoco era cuestión de dejarle las sábanas hechas un desastre al servicio de habitaciones.
Bajo el chorro de agua caliente repasé cada gesto suyo, cada arqueo, cada pausa, y terminé en cuestión de segundos pensando en una mujer cuyo nombre ni siquiera conocía. Después me sequé, me metí en la cama fresca y me quedé mirando el techo, sonriendo como un idiota en la oscuridad.
Antes de dormirme deseé con todas mis fuerzas que llegara la mañana. Quería bajar temprano a desayunar y comprobar si, con un poco de suerte, coincidía con ella en el bufé. Ponerle por fin un rostro cercano al cuerpo y a las acciones que había disfrutado en la distancia. Saludarla como si nada, decirle buenos días, verla sonreír sin que ella supiera jamás que yo ya la conocía mucho mejor de lo que ninguna presentación permite.
No volví a saber si era pura casualidad o si una parte de ella, esa noche, había dejado la cortina blanca a medias sabiendo perfectamente que el balcón de arriba estaba ocupado.





