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Relatos Ardientes

Las cámaras del salón grabaron lo que hizo Lorena

Desde que descubrí lo que me hacía mirarla con otros, los polvos con Lorena habían cambiado. Eran más bruscos, más largos, con esa rabia buena que no sabía de dónde salía. La agarraba del pelo, le hablaba sucio, la embestía como si tuviera que recuperar algo. Y ella lo notaba. Tenía orgasmos más fuertes, más seguidos, y andaba todo el día encendida.

El problema era encontrar al hombre indicado. Calentar repartidores y vecinos era fácil; con ese cuerpo, cualquiera babeaba. Pero ninguno terminaba de gustarle lo suficiente como para llevarlo a casa. Habían pasado un par de meses desde la primera vez y no había vuelto a ocurrir nada que mereciera la pena contar.

Se me abrió el cielo cuando mi primo Unai me avisó de que venía un fin de semana a Logroño con unos amigos.

Unai tenía algo más de veinte años y siempre había sido un poco golfo. Recordaba su adolescencia, las cosas que contaba, y recé para que aquello no se le hubiera pasado. Un guarro se junta con otros guarros, pensé. A esa edad lo que sobra es ganas.

—Mi primo se viene unos días —le dije a Lorena.

—¿Aquí, al piso?

—No, viene con un grupo. Pero igual hay alguno que te guste, alguno al que te lo pueda servir en bandeja.

Me miró sorprendida y enseguida sonrió de medio lado.

—Eres un cerdo, Adri.

—No lo voy a negar. Son veinteañeros. Si alguno te agarra con ganas, igual te da guerra de verdad.

—Ganas y aguante seguro —dijo—. Pero los chavales así suelen ser pura velocidad. Mucha prisa y poco más.

—Bueno, bueno. Ya veremos.

Ya se me empezaba a poner dura solo de imaginarlo: a alguno de esos críos embistiendo a mi novia en mi propio salón mientras yo lo veía todo. En el dormitorio tengo una cámara conectada en directo al portátil, pero esa misma tarde coloqué dos más en el salón, disimuladas. Lorena lo sabía. Y le puse una sola condición: nada de apagar la luz.

***

Quedamos en la piscina con la excusa del calor. Era la forma perfecta de exhibirla y ver cuál de aquellos pajeros aguantaba mejor el tipo. Le pedí que se pusiera el bikini de hilo azul: la parte de arriba apenas contiene nada y la de abajo deja el culo entero al aire.

Los amigos de mi primo eran chavales de su edad. Unai, el más alto y desgarbado. Y había uno moreno, de ojos verdes, evidentemente el guapo del grupo, al que enseguida fiché como el ligón. Presenté a Lorena como una prima segunda que estaba unos días en la ciudad por trabajo. Todos saludaron muy correctos. Y todos, absolutamente todos, le dieron un repaso de arriba abajo.

—Voy un momento a la sombra a darme crema, que soy muy blanca y me quemo enseguida —dijo ella.

—Sí, sí, hay que protegerse —contestó el de los ojos verdes, sin perder detalle de cómo se le movía el culo al alejarse hacia un árbol.

Unai le dio una colleja.

—Tío, córtate, que es la prima de mi primo.

Me sorprendió que precisamente él, con lo golfo que había sido siempre, fuera el que reaccionara.

—No os preocupéis —dije yo—. Suele causar ese efecto. Si no fuera prima, hasta yo le tiraría los trastos.

El moreno, que se llamaba Marcos, soltó un suspiro.

—Menudo pibón. En Ourense no hay mujeres así, te lo juro.

Ya picas, chaval, pensé.

Cuando Lorena se quitó la parte de arriba para darse crema en el pecho, los cuatro se quedaron mudos. Hasta una pareja que tomaba el sol al lado se giró a mirar. Yo sentía el cosquilleo en la entrepierna solo de verlos comérsela con los ojos.

—¿Es que nunca habéis visto a una mujer? —preguntó ella al volver, divertida, mientras los sacaba a todos del trance.

—Así no —murmuró el más bajito, un tal Hugo.

Lorena no perdió la ocasión de calentarme.

—Oye, ¿me das crema en la espalda o se la pido a alguno de estos chicos tan amables?

—Que te la echen ellos —contesté—. Yo ya te he puesto en casa.

Marcos no esperó a que se lo dijeran dos veces. Cogió el bote.

—Trae, te la echo yo, que si esperamos a estos tres te quemas.

Ella se tumbó boca abajo y dejó a la vista ese culo que yo no me cansaba de mirar. Marcos empezó con un masaje en los hombros y bajó, despacio, con la excusa de la crema, hasta el culo y los muslos. La manoseó a base de bien. Lorena respondió con un gemidito suave, fingiendo placer, aunque conociéndola igual ni fingía.

—Mmm, qué bien. Adri nunca hace esto.

Menuda mentirosa. Pero qué bien jugaba el papel. A mí se me empezó a poner dura y tuve que meterme en la piscina para disimular.

***

Dentro del agua hablamos de la noche. Resultó que se alojaban los cuatro en un hostal diminuto, con un sofá para repartirse. Vi mi oportunidad.

—Si no cabéis, que uno se venga a dormir a nuestro sofá. Por una noche no pasa nada.

—Voy yo —se ofreció Marcos, rapidísimo, antes de que los demás pudieran abrir la boca.

El chaval era listo. Cada vez me caía mejor. Los otros empezaron con las bromas, que si iba a presumir de haber dormido en casa de un pibón durante años, que si era lo único que iba a poder contar. Marcos se encogió de hombros, dijo que menos da una piedra y que aquello agrandaría su leyenda. Tenía gracia, el cabrón.

De camino al restaurante hablé con Lorena.

—¿Entonces Marcos?

—Es guapo y gracioso.

—Pues si lo vas a torturar y a follártelo, ya sabes: no apagues la luz.

—No se me olvida.

—Esta noche ponte la falda negra, la nueva.

Me dedicó esa media sonrisa sibilina que le sale cuando una idea la pone cachonda. La falda era una que se le transparentaba el culo entero; la había comprado por internet pensando que sería solo un poco fina, y resultó que se veía todo.

***

Quedamos a las diez y media para unas cervezas antes de salir. A las diez Lorena ya estaba lista y aquello era demasiado: el pelo semirecogido, una blusa blanca abotonada hasta justo donde empezaba el escote, la dichosa falda que no escondía nada y unas sandalias de tacón. Me costó no abalanzarme sobre ella allí mismo.

En el bar ninguno perdió detalle del escote, pero lo que de verdad les voló la cabeza fue cuando Lorena se levantó para ir al baño y descubrieron que la falda era transparente. Cada hombre con el que se cruzaba se giraba a mirarle el culo.

—Dios santo —exclamó Marcos, totalmente absorto.

—Está buena la cabrona, ¿eh? —pregunté.

—Está exageradamente buena.

Después fuimos a un local donde ponían reguetón. Quería que ella le restregara el culo a Marcos, y no tardó en hacerlo. Él le puso las manos en la cadera y los ojos clavados en el culo, y al rato ya simulaba embestirla al ritmo de la música. El pobre debía llevar la entrepierna dura como una piedra.

A mí se me acercaron un par de chicas. Terminé bailando con una de ellas mientras de reojo no perdía de vista a Lorena frotándose contra Marcos. Era una situación que me ponía muchísimo: yo con una desconocida, ella con un crío al que estaba volviendo loco. Cuando acabó la canción, Marcos tenía una erección imposible de disimular y Lorena vino hacia mí, sonriente.

—El pobre lleva tieso desde la primera canción —me dijo al oído.

—¿Y tú? ¿No te estarás mojando?

—Puede ser. No soy de piedra. No me ha soltado el culo en toda la noche.

—Aún no. Eso, en casa. En el sofá.

Le di una palmada en el culo y la mandé de vuelta a la pista. Cómo me ponía verla usada por otro. Al rato propuse que nos fuéramos: ella diría que estaba cansada y que los tacones la mataban, y se llevaría a Marcos. Los otros tres prefirieron seguir de fiesta.

—Claro, claro —dijo Hugo, que llevaba un buen pedo—. Tú lo que quieres es ver si te comes a la prima, cabrón.

Se rieron los tres. Habían dado en el clavo sin saber hasta qué punto.

***

Fingí ir mucho más borracho de lo que estaba y me fui directo al dormitorio, a observar el espectáculo desde el portátil. Tenía las dos cámaras del salón en pantalla, cada una con su micrófono. Marcos se sentó en el sofá. Lorena anunció que se daba una ducha rápida y él se quedó en calzoncillos, tumbado, mirando el móvil y apretándose la entrepierna cada dos por tres.

Ella salió del baño solo con un tanga y se acercó a la cocina. Marcos no le quitaba el ojo de encima.

—¿Quieres agua? —preguntó ella.

—Sí, gracias.

Le llevó el vaso, lo recogió cuando terminó y volvió hacia él meneando esas dos tetas que tanto lo habían tenido en vilo toda la noche. Yo ya la tenía a medias, con la mano dentro del pantalón. Lorena se acercó despacio, se giró de espaldas y se bajó el tanga muy lentamente, con las piernas estiradas, dejándole el culo a un palmo de la cara.

Marcos no se lo pensó. Se lo agarró con las dos manos y empezó a lamerlo como si fuera lo único que hubiera deseado en su vida.

—Qué cochino eres —ronroneó ella.

Lorena empezó a frotarse mientras él la devoraba. Cuando tuvo suficiente, se giró y apoyó un pie en el sofá.

—Saca la lengua.

—¿Y tu primo? —dudó él.

—Está borracho. No se entera de nada.

Marcos obedeció y ella se frotó contra su lengua, adelante y atrás, gimiendo, agarrándose las tetas. Luego le dejó que se las amasara mientras lo sujetaba del pelo. Desde la cama, yo ya me la pelaba como un animal. No tenía ni idea de lo fotogénica que era Lorena en vídeo, ni de lo bien que se veía todo desde aquel ángulo.

—Quítate los calzoncillos —ordenó ella.

Él se los bajó con prisa, enredándoselos en un tobillo. Lorena se sentó encima despacio, guiándolo con la mano, abrazándole la cabeza contra el pecho. Entró sin esfuerzo: estaba empapada. Marcos le chupaba las tetas con desesperación mientras ella empezaba a moverse en círculos, con la cabeza echada hacia atrás.

—Así, qué bien lo haces —jadeaba ella—. Se nota que tenías ganas.

Era una versión de Lorena que yo casi nunca veía. En casa ella era la sumisa; allí, encima de aquel chaval, llevaba el mando con una calma dominante que me dejó hipnotizado. Lo cabalgaba como quien doma a un cachorro. Y yo seguía sin entender del todo por qué verla con otro me ponía tan brutal, pero a esas alturas ya había dejado de hacerme preguntas.

De repente lo empujó contra el respaldo y aceleró. Recorridos cortos y rápidos, esa cadencia con la que aprieta y vuelve loco a cualquiera. El crío abrió la boca y empezó a soltar gemidos ahogados. Se iba. Lorena, que sabía perfectamente lo que venía, se levantó a tiempo, lo apuntó y lo masturbó hasta dejarle el pecho marcado. Marcos se derrumbó en el sofá.

—No eres de este mundo —balbuceó—. Eres una diosa.

—Gracias, cielo —se rio ella—. No ha estado mal.

El chaval cerró los ojos y, en menos de un minuto, roncaba. Ni se subió la ropa interior.

***

Lorena vino al dormitorio. Me encontró con la mano todavía dentro del pantalón, durísimo.

—¿Has visto cómo lo he hecho?

—Lo he visto todo —dije, y la empujé sobre la cama.

Me abalancé sobre ella, le tapé la boca con una mano y empecé a embestir con toda la rabia acumulada de la noche entera. Con la otra mano le agarraba un pecho mientras ella chillaba contra mi palma. Castigué su coño con esa mezcla de golpes rápidos y profundos que sé que la enloquece. Me clavó las uñas en la espalda y se corrió largo, alargándolo cuanto pudo, hasta que yo no aguanté más y me vacié dentro.

Nos quedamos quietos, escuchando los ronquidos de Marcos al otro lado de la pared. Cinco minutos después los dos dormíamos también, con el portátil todavía encendido y las cámaras grabando el salón vacío.

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Comentarios (5)

NochesR

Tremendo relato!!! Me tuvo pegado hasta el final

suspiro_lector

La idea del portatil le da un morbo diferente a lo habitual. Muy buena pluma, en serio.

CarlosM_Bsas

Uno de los mejores que lei en mucho tiempo. Lo que mas me gusta es como mantenés la tension sin apurarte, se nota que sabes escribir. Esperando el proximo sin falta.

DiegoMdp

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber qué pasó despues

GustiRossi

Me encanto la premisa, original y bien ejecutada. 10 puntos

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