Mi esposo quiso mirar cómo otro me tomaba
Mateo y yo llevábamos catorce años juntos cuando todo cambió. Nos conocimos en la facultad, fuimos novios casi cinco años y nos casamos demasiado pronto, como hacen los que están seguros de algo sin tener pruebas. Él fue el primer hombre con el que estuve. Y siempre juró, mirándome a los ojos, que yo había sido la única mujer en su vida.
Él coordinaba sucursales de una cadena de farmacias en toda la zona; yo, durante varios años, trabajé en una consultora hasta que decidí parar. Vivíamos cómodos, sin lujos absurdos pero sin apuros. Cuidábamos el cuerpo, íbamos al gimnasio tres veces por semana y nos gustaba gustarnos.
Nuestra intimidad siempre fue intensa, pero ordenada. Predecible, si tengo que ser honesta. Hasta que al cuarto año de casados nos enteramos de que yo no iba a poder quedar embarazada. Un problema en el útero, dijeron los médicos con esa frialdad de quien repite un diagnóstico todos los días. Me hundí. Más yo que él. Durante meses, el deseo se nos apagó como una vela que nadie se molesta en proteger del viento.
Lo superamos, a nuestra manera. Y cuando el deseo volvió, volvió distinto. Más hambriento. Más curioso.
Hay gente que prueba el agua con la punta del pie. Nosotros tardamos meses en animarnos a meter siquiera un dedo.
***
Empezó con una conversación en un almuerzo de domingo. Mateo jugaba con el tenedor sin comer, y yo ya sabía que algo le daba vueltas. Le pregunté qué le pasaba y, después de un rodeo larguísimo, propuso que habláramos de nuestras fantasías. Las que nunca habíamos dicho en voz alta.
—No sé cómo decirlo —arrancó, y noté que le temblaba un poco la voz—. Últimamente fantaseo con verte estar con otro hombre.
Me quedé con la copa a mitad de camino.
—¿Te aburriste de mí? —fue lo único que se me ocurrió.
—No, no, nada que ver —se apuró—. Te juro que estoy más enamorado de vos ahora que el primer día. No tiene que ver con eso.
—¿Entonces de dónde sale esto?
—No lo sé exacto —admitió—. Es la idea de verte disfrutar sin pensar en mí. Sin preocuparte por darme placer a mí. Verte entregada a otro, sin culpa. No sé si tiene sentido para vos, pero a mí me prende algo por dentro.
Nos quedamos callados un rato largo. Él se metió de lleno, como quien ya no puede frenar.
—Es una fantasía nueva, no te creas que la tengo hace años. Y no tiene nada de emocional. Sería puramente sexual.
¿A qué hombre puede excitarle ver a su mujer en brazos de otro?, pensé. No entendía nada y, sin embargo, algo en mi estómago se había puesto tibio.
—Lo pensaría —dije, y me sorprendí a mí misma.
***
La charla siguió esa noche, ya acostados, tomados de la mano en la oscuridad. Es más fácil decir ciertas cosas cuando no te ven la cara.
—No le demos tantas vueltas —murmuró—. Pero decime, ¿algo te preocupa?
—¿Qué pasa si te sentís amenazado? Si después no podés con la imagen.
—No me voy a sentir amenazado por nadie —dijo, seguro—. Lo único que me jodería sería que hubiera algo emocional. Que te quedaras enganchada con él.
—Entonces tiene que ser un desconocido —respondí, y me di cuenta de que ya estaba poniendo condiciones—. De otra forma ni lo pienso.
—Perfecto. Alguien a quien le paguemos. Lo tratamos como una transacción y listo. Cuando termina, se levanta y se va. Sin nombres, sin historias.
Lo dejé hablar. Yo seguía buscando el motivo verdadero, ese que ni él parecía conocer.
—¿Y si no me gusta? —pregunté.
—Nos aseguramos de que te guste.
—¿Y si me gusta demasiado?
Lo sentí sonreír en la oscuridad.
—Cuanto más te guste, más caliente va a ser para mí.
Me confesó que un compañero del gimnasio le había pasado el contacto de un servicio de acompañantes. Cuando se lo señalé —«ya lo venías planeando, ¿no?»—, no me contestó. Y ese silencio me dijo más que cualquier respuesta.
***
Los días siguientes fueron raros. Me descubrí pensando en cómo sería con otro cuerpo, otras manos, otro peso encima. La curiosidad crecía sola, sin permiso. Lo que me frenaba no era el desconocido: era la idea de tener a Mateo ahí, mirando, leyéndome la cara.
Una tarde lo pesqué por la rendija de la puerta del estudio. Estaba masturbándose frente a la computadora, viendo videos de eso que llaman cuckold. No me vio. Cerré la puerta despacio y me quedé del otro lado, con el corazón golpeándome, entendiendo por fin hasta dónde le importaba.
Pasaron las semanas. Acordamos hacerlo un viernes.
—¿Dónde preferís? —me preguntó—. ¿El hotel de siempre o un departamento que alquilé?
—¿Alquilaste un departamento? —me reí, nerviosa—. ¿Pensás que va a pasar más de una vez?
—No lo sé. Lo alquilé para que sea más íntimo. Más nuestro.
—El departamento, entonces.
***
El viernes no me bajó la adrenalina en todo el día. No sabía qué ponerme, y Mateo me sorprendió con un paquete. Adentro había lencería negra, de una marca que yo jamás me habría comprado. Sonreí. Nunca lo había visto tan ansioso, tan parecido a un chico la noche antes de un viaje.
Me bañé con tiempo. Me puse el corpiño, la tanga y el portaligas, enfundé las piernas en medias negras con liga. Encima, una blusa roja abotonada y una pollera tubo que apenas me tapaba las rodillas. Me calcé los tacos y me miré al espejo sin reconocerme del todo. Esa mujer parecía más valiente que yo.
Mateo se puso camisa y pantalón, y salimos hacia la zona norte. Un barrio tranquilo, de calles arboladas y poca gente. Subimos en ascensor hasta el séptimo piso, y cuando él abrió la puerta con una tarjeta magnética, sentí que el corazón se me trepaba a la garganta.
No había nadie todavía. Recorrí el lugar para calmarme: un living amplio, un sillón individual y otro de tres cuerpos, una cocina pequeña a un costado y, junto al ventanal, una cama enorme. Me acerqué a la ventana para disimular el temblor de las manos. Abajo, la calle vacía, escondida entre las copas de los árboles. Nadie iba a ver nada.
Sonó el timbre y las piernas no me respondieron. Me dejé caer en el sillón individual.
***
Mateo abrió. Lo invitó a pasar y lo hizo sentar en el sillón grande. Yo no me animaba a mirarlo a la cara. Mi marido se sentó a mi lado, torpe, y carraspeó.
—¿Querés que te pague ahora o después? —preguntó.
El hombre se encogió de hombros.
—Como te quede cómodo.
Mateo se levantó y le alcanzó un sobre. Mientras el otro lo revisaba sin apuro, yo solté el aire que tenía guardado hacía rato.
—¿Seguros que están listos para esto? —dijo el hombre.
Mi marido me buscó con la mirada. Yo asentí.
—Sí. Lo hablamos mucho. Queremos hacerlo —contestó él—. Pero somos nuevos, te aviso.
—Yo no —dijo el otro, y había algo de soberbia tranquila en su voz—. No es mi primera vez.
—Por eso te llamamos. Para que lleves vos las riendas.
El hombre se volvió hacia mí.
—Empecemos por que te acerques. Vení.
Miré a Mateo. Él sonrió apenas y movió la cabeza, alentándome. Tardé un instante, junté coraje y me senté en el sillón grande, al lado del desconocido. Él le habló a mi marido sin dejar de mirarme:
—Y vos quedate ahí, o vení cerca. Donde te sientas cómodo.
Me rodeó con un brazo y me besó. Le respondí el beso con los ojos clavados en Mateo, buscando en su cara una señal, lo que fuera. Lo vi sonreír de un modo que no le conocía.
—Decile que lo amás —me susurró el hombre al oído.
—Te amo —dije, y era verdad.
—Yo también, mi amor —contestó Mateo, con la voz tomada.
***
El hombre volvió a besarme y empezó a desabrocharme la blusa, botón por botón. Yo no le sacaba los ojos de encima a mi marido. Quería entenderlo, quería ver qué le pasaba mientras otro me desvestía a un metro de él. Lo único que veía era deseo, puro y sin máscara.
Las manos del desconocido ya buscaban debajo de mi pollera, levantándome la tela. Yo me dejaba hacer, sin iniciativa, respondiendo apenas para no cortar el clima. Me quitó la blusa, se arrodilló frente a mí y me bajó el corpiño despacio, masajeándome los pechos. Después hundió la cara entre ellos, jugando con la boca en mis pezones. Ahí se me escapó el primer gemido.
Cuando se enderezó para sacarme la tanga, miré de reojo a Mateo: se había quitado la camisa y tenía la respiración pesada. Pude ver el bulto tenso bajo su pantalón.
El hombre me abrió las piernas y bajó con la boca entre ellas, lento, paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Los gemidos se me fueron de las manos. El primer orgasmo me agarró desprevenida y me arqueó entera contra el sillón.
Apenas recuperé el aire, se sentó en el apoyabrazos y me guio la cabeza hacia él. Recién entonces me di cuenta de que ya estaba desnudo. Lo tomé con la mano y lo llevé a mi boca, a medio metro de Mateo, que miraba el techo con una sonrisa boba, como agradeciéndole al cielo.
—¿Te gusta lo que ves? —le preguntó el hombre a mi marido.
Mateo asintió sin palabras.
—¿Y a vos? —me preguntó a mí.
Asentí también, con la boca ocupada.
—Qué bien lo hace tu mujer —le dijo a Mateo, y había algo provocador en cada frase—. Sacate la pollera —me ordenó.
***
Me levanté y forcé la pollera por encima de las caderas hasta dejarla caer a mis pies. Él se acomodó en el centro del sillón y me indicó que me subiera encima. Le obedecí. Arrodillada sobre él, lo tomé con la mano para guiarlo, y aunque sabía que iba a costar, estábamos los dos tan mojados que entró con una facilidad que me dio un poco de vértigo.
Bajé despacio. Y mientras lo sentía abrirse paso, tomé conciencia de que, por primera vez en mi vida, dentro de mí había alguien que no era Mateo. La idea me mareó tanto como el cuerpo.
Él me sostuvo de las caderas, marcando el ritmo, ayudándome a subir y bajar.
—Me encanta tu mujer —le dijo a mi marido.
El placer me llegó en oleadas, dos orgasmos pegados, uno detrás del otro, sin tregua. Por un momento me olvidé de Mateo. Cuando me acordé, giré la cabeza desesperada para buscarlo: tenía los ojos encendidos y ya se estaba tocando.
El hombre me sacó de encima, me llevó de la mano hasta la cama y me puso en cuatro al borde del colchón. Volvió a entrar desde atrás. Por la ventana vi que ya era de noche. En esa posición me vino otro orgasmo, y yo apenas podía sostenerme.
Me acomodó de costado y se recostó detrás de mí para seguir. ¿Este hombre no termina nunca?, pensé, agotada y empapada. Recuperé el contacto visual con Mateo, que se acercaba a la cama. Estiré el brazo y lo tomé de la mano. Necesitaba sentirlo cerca, anclarme a él en medio de esa tormenta.
—Tocala —le ordenó el hombre a mi marido.
Mateo me sostuvo la cara y me acarició los labios con el pulgar. Yo ya no distinguía bien dónde terminaba un placer y empezaba otro.
El hombre se detuvo de golpe, jadeando.
—¿Lo querés en la boca? Estirá la mano y agarralo.
No lo entendí del todo, pero obedecí. Me arrodillé frente a él y lo llevé a mi boca. En un par de movimientos lo escuché soltar un quejido ronco; un chorro tibio me golpeó el paladar. Retiró el miembro y siguió derramándose sobre mis pechos.
Miré a Mateo y le sonreí. Después jugué con mis dedos, repartiendo aquello sobre la piel, sin dejar de mirarlo a él, que tenía la cara descompuesta de éxtasis.
***
Cuando quise agradecerle al hombre, ya estaba medio vestido, juntando sus cosas. Se fue sin más, como habíamos acordado, sin nombres ni despedidas largas. Tal como Mateo lo había imaginado.
Mi marido se acercó y me besó profundo, como no me besaba hacía años. Me apretó contra él, me acomodó el pelo pegado a la frente y me habló bajito, al oído.
—Sé que lo disfrutaste —dijo—. ¿Lo repetimos?
Le sostuve la mirada y sonreí, sin contestar del todo. Una sonrisa que decía quizás, y los dos sabíamos que ese quizás ya era un sí.
Desde esa noche, algo se selló entre nosotros que no se podía deshacer. Esa fue la primera vez. No sería la última.