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Relatos Ardientes

El vecino que nunca me miraba desde su balcón

Llegaba a su departamento desesperada por encerrarse, como si las paredes guardaran un secreto que solo ella conocía. Mariana dejó caer el bolso y el abrigo en el suelo del recibidor, se quitó los zapatos pisándose los talones y empezó a desabrochar la camisa con dedos torpes. La tela resbaló por sus hombros y sus pechos quedaron al descubierto. Después vinieron el pantalón y la ropa interior, en un solo movimiento impaciente.

Completamente desnuda, abrió la puerta del balcón de par en par y arrastró una silla hasta el umbral. Eran las seis en punto. El aire de la tarde le erizó la piel.

En el edificio de enfrente, a unos pocos metros, el hombre apareció puntual. Caminó desnudo frente a su ventana y se sentó en su propia silla, igual que ella, pero sin mirarla. Siempre indiferente, siempre ajeno.

Había empezado por casualidad, semanas atrás. Una tarde de calor abrió el balcón para ventilar y lo vio a él, también desnudo, también solo, repitiendo el mismo gesto. Desde entonces volvía cada día a las seis, puntual como una cita que ninguno de los dos había acordado nunca en voz alta.

Él tenía los ojos clavados en lo que ella suponía que era el televisor. Sin prisa, llevó la mano a su sexo afeitado y empezó a tocarse. Mariana, todavía sin entender por qué ese hombre nunca la veía, se acarició un pecho con una mano mientras la otra bajaba entre sus piernas. La frustración y el deseo se mezclaban en una misma corriente caliente.

Lo observó endurecerse. Los músculos de él se tensaban, la piel del pecho se le enrojecía, y ella reconocía cada una de esas señales porque llevaba semanas estudiándolas. Verlo cerca del orgasmo la encendió de golpe, y se metió dos dedos sin pensarlo. Era imposible que él no escuchara sus gemidos húmedos cruzando la calle. Imposible. Y aun así, nada.

El placer la atravesó al mismo tiempo que él terminaba. Quedó desparramada en la silla, con la respiración rota y los muslos temblando. Frente a ella, el hombre se levantó sin taparse y caminó hacia la ventana para cerrarla.

Creyó que esta vez sí la vería. Que sus miradas por fin se cruzarían y que aquella extraña «relación» a distancia daría un paso más. Pero él mantuvo la cabeza baja durante todo el proceso, sin notar siquiera que había una mujer desnuda y empapada a unos metros de su balcón.

Mariana se quedó decepcionada, a pesar del orgasmo. Disfrutaba de esa rutina que había construido sin querer, tarde tras tarde, pero que él la ignorara por completo empezaba a irritarla de un modo nuevo.

¿Lo hace a propósito o de verdad es tan ciego a lo que tiene enfrente?

Nada tenía sentido. ¿Por qué un hombre tan guapo y tan bien dotado pasaba sus tardes masturbándose solo, pudiendo tener a casi cualquier mujer? Pudiendo tenerla a ella, que atraía miradas en la calle, en el trabajo, en todas partes. La desnudaban con los ojos donde fuera que pisara, y él, en cambio, no la veía ni estando desnuda de verdad.

Era hora de tomar el asunto en sus manos. Literalmente.

***

El plan era simple en su cabeza. Primero, averiguar quién era ese hombre. Segundo, descubrir con qué se excitaba, qué imágenes miraba en esa pantalla, para saber cómo llamar su atención de una vez por todas.

Esperó frente al edificio hasta que él salió, una tarde, con un abrigo gris y paso apurado. Mariana cruzó la calle y tocó el timbre del portero. El hombre que la atendió, un tipo mayor de bigote descuidado, la miró con pocas ganas, hasta que ella le hizo una oferta. Entonces la pereza se le borró de la cara y sonrió de oreja a oreja.

Bajaron juntos a un cuarto de limpieza que olía a lavandina. Mariana se desabrochó la blusa despacio, y el portero soltó un suspiro ronco al ver sus pechos blancos saltar al quedar libres. Como decía el trato, le permitió tocar. Él le apretó uno con torpeza y le pellizcó el pezón rosado, y a cambio le entregó la llave del departamento que ella buscaba. Con una descripción había bastado: el portero supo enseguida de quién hablaba.

—El del cuarto piso —murmuró el viejo, todavía agitado—. Un tipo raro. Nunca habla con nadie.

Mariana terminó de abrocharse la blusa, recuperó la llave y subió las escaleras de dos en dos.

***

La cerradura cedió al primer intento. El departamento era inquietantemente normal. Mejor dicho, vacío. Tenía los muebles justos y necesarios: una mesa, dos sillas, los electrodomésticos básicos en la cocina. Nada que diera una pista sobre la clase de persona que vivía allí. Ni etiquetas, ni imanes en la heladera, ni una sola fotografía. Como si nadie viviera de verdad entre esas paredes.

Recorrió la cocina abriendo cajones vacíos y un armario que solo guardaba ropa idéntica colgada en hilera. Cuanto más miraba, más se le encogía el estómago: nadie vivía así por descuido. Aquella ausencia de huellas era una decisión, casi un disfraz.

Frustrada, se concentró en la única habitación que le importaba: la sala que daba a la calle. Ahí estaba la silla que conocía de memoria, junto a la ventana, y enfrente el televisor.

El aparato tenía conectado un dispositivo extraño, parecido a un reproductor de video pero sin ranura para ningún disco. Solo un cable hacia la pantalla y otro hacia una computadora apagada. Mariana encendió la máquina y, con ella, todo el resto cobró vida. La computadora arrancó en blanco, el reproductor marcó la hora actual, y entonces apareció en la televisión la imagen que la dejó helada.

Una silla de madera frente a un balcón, filmada desde arriba, como si la cámara estuviera encajada en el marco de una puerta. Era su silla. En su departamento. El de ella.

Caminó hasta la ventana con el corazón golpeándole las costillas y miró hacia su propio balcón, al otro lado de la calle. En ese instante, un pájaro cruzó volando frente a la baranda, y la sombra del ave se proyectó también en la pantalla, en tiempo real. No había duda posible. La estaban filmando desde dentro de su propia casa.

Todo ese tiempo creyó ser ella quien espiaba. Creyó que él era el indiferente, el que no se daba cuenta de nada. Y resultaba que la mirada de verdad, la que importaba, venía desde una cámara escondida en su propio departamento.

***

Un sonido húmedo y rítmico le erizó la nuca.

Se dio vuelta despacio. El hombre estaba ahí, en el marco de la sala, con los pantalones bajos y la camisa abierta. La miraba directo a los ojos mientras se acariciaba el sexo con una lentitud deliberada, sin un gramo de vergüenza.

—Sabía que ibas a venir —dijo él, con una voz grave que Mariana escuchaba por primera vez—. Tarde o temprano.

Ella tenía decenas de preguntas atragantadas. Cómo había entrado a su casa, desde cuándo, por qué fingía no verla. Pero todas esas preguntas se disolvieron de golpe, porque había algo más urgente latiéndole entre las piernas.

Lo había deseado durante semanas a través de una calle entera. Tenerlo ahora a tres pasos, mirándola por fin, le borró el enojo y le dejó solo el hambre.

Se desabrochó la blusa lentamente, sin romper el contacto visual. Al ver de nuevo sus pechos, él aceleró el ritmo de la mano. Mariana siguió, bajándose el pantalón, deslizando la ropa interior por los muslos, y se abrió con los dedos para que él viera todo lo que durante tanto tiempo le había mostrado de lejos.

El hombre se mordió el labio y se tensó entero.

—No te detengas —murmuró ella—. Quiero que mires. De cerca, esta vez.

Mariana se acercó a la silla, esa silla, y apoyó un pie en el asiento para tener más espacio. Sus dedos encontraron la humedad enseguida. El clítoris le respondió con una descarga inmediata, y la imagen de él tocándose a tan poca distancia multiplicó cada sensación. La cadera se le movía sola, hacia adelante y hacia atrás, empujada por una necesidad que ya no le alcanzaba con los dedos.

Él avanzó un paso, y otro, hasta quedar tan cerca que ella podía escuchar su respiración entrecortada. No la tocó. Solo la miraba, devorándola con los ojos, y de algún modo esa mirada tan demorada era más íntima que cualquier caricia.

—Así —dijo él, ronco—. Justo así.

La piel del rostro de él empezó a enrojecerse, y Mariana reconoció la señal de siempre, ahora a centímetros en vez de a metros. Estaba por terminar. Unidos por la masturbación, igual que cada tarde pero sin un solo cristal de por medio, se acercaron juntos al límite.

El orgasmo la sacudió cuando él soltó un gemido grave y se vació entre los dos, manchándoles los muslos y el suelo de la sala. Mariana se mordió el dorso de la mano para no gritar, y aun así un sonido agudo se le escapó entre los dedos.

Quedaron los dos jadeando, cubiertos de sudor, con las piernas flojas y el deseo todavía sin saciar del todo. En ningún momento dejaron de mirarse, como si recuperaran de golpe todas las miradas que él le había negado desde su balcón.

Cuando por fin lograron recuperar el aliento, abrieron la boca al mismo tiempo y dijeron lo único que faltaba, lo que nunca se habían dicho a pesar de conocerse los cuerpos de memoria.

—Hola.

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Comentarios (5)

ValeRdz

Que buenisimo!!! me dejo con ganas de saber mas

Curioso_lector

El giro del final no me lo esperaba para nada. Muy bien jugado, en serio

Marita76

jajaja la ultima linea me mato!!! no lo vi venir. Genial

LectorBA22

Se me hizo cortisimo para lo bueno que esta. Espero la continuacion, quede muy intrigado

ClaraMirona

Esa sensacion de creer que sos vos la que mira y resultar siendo la mirada... muy bien capturado. Uno de los mejores de la categoria

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