No pude dejar de mirar al último donante
Odio el turno de tarde en el laboratorio. Se me hace eterno y termino agotada, con la espalda dura y los ojos cansados de la luz blanca. La última hora la paso mirando el reloj cada dos minutos, contando lo que falta para cerrar la puerta e irme a casa de una vez. Aquella semana ni siquiera me tocaba estar ahí, pero una compañera me había pedido el favor de cambiarle el turno y yo, tonta de mí, le dije que sí.
Así que ahí estaba yo, un viernes a las ocho menos cuarto, sola en un centro completamente vacío desde hacía una hora, haciendo la cuenta atrás de los últimos minutos como quien espera las campanadas en Nochevieja.
Y de pronto entró un chico. Espero que no me viera la cara, porque lo miré con un desprecio que no supe disimular. No se entra a un sitio que está a punto de cerrar. No es de buena educación. Mucho menos cuando soy yo la que tiene que atenderte.
—Hola, vengo a hacer una… eh… una donación —dijo con timidez—. Me registré hace unas semanas y ya pasaron… eh… los días, sí, los días que tenía que esperar para poder hacerla —terminó de explicarse, nervioso, tendiéndome unos papeles.
—Estamos a punto de cerrar —contesté seca, mientras leía por encima el formulario—. ¿No puedes venir mejor la semana que viene?
—¿La que viene? No, no. Por favor, tiene que ser hoy —respondió apurado.
Le eché otro vistazo al muchacho. Se llamaba Adrián, según la hoja. Imaginé la situación enseguida. La donación que venía a hacer era de semen. Se había anotado en cuanto cumplió la edad permitida y ya había completado el tiempo de abstinencia para la primera muestra. Supuse que, a su edad, la semana larga sin tocarse lo tenía al borde de la locura y no quería estirarlo unos días más. Eso, o tenía esperanzas de coger durante el fin de semana.
Viéndolo, no creí que tardara mucho en terminar, así que cedí. Cargué sus datos en el ordenador, imprimí las etiquetas identificativas y las pegué en un bote de plástico transparente. Se lo entregué y le indiqué que podía usar la sala uno de muestras, al fondo del pasillo.
Adrián me dio las gracias y se fue casi corriendo, aliviado de que le dejara hacerlo ese día. Mientras tanto, yo me dediqué a ir cerrando las secciones del centro, de modo que lo único que me quedara fuera clasificar la muestra, apagar las luces y marcharme.
Terminé las tareas pendientes y el chico todavía no había salido. Miré el reloj: ya eran las ocho pasadas. Le di un minuto de cortesía y, como no daba señales de vida, fui hasta la sala a ver qué pasaba. Estaba deseando cerrar, y solo me faltaba que el crío estuviera alargando la paja para disfrutarla a mi costa.
—¿Disculpa, hay algún problema? —pregunté, golpeando la puerta con los nudillos.
—No, no —contestó desde dentro.
—Tengo que cerrar. Por favor, date prisa —lo apuré.
Volví a recepción a esperar. Cinco minutos después seguía sin salir. Empezaba a perder la paciencia y a arrepentirme de haber cedido.
—Adrián, tienes que salir ya. La hora de cierre pasó hace rato y no puedo seguir esperando —insistí, otra vez con los nudillos contra la madera.
—Por favor, un poco más de tiempo —pidió, la voz tensa.
—No puedo darte más. Tendrás que volver el lunes.
—No, por favor, no puedo esperar al lunes.
—Tienes un minuto para vestirte y salir. No me hagas entrar y llamar a seguridad —amenacé.
Lo de seguridad era un farol. De esas cosas no tenemos, cuestan dinero. Si la cosa se complicaba, tendría que llamar a la policía, y no creía que fuéramos a llegar a eso. Lo más probable era que el chaval no consiguiera empalmarse. No sería el primero al que le pasa, cohibido al saber que la recepcionista del otro lado de la pared sabe exactamente lo que está haciendo y cuánto tarda en hacerlo.
Pasó el minuto. Adrián no salía.
—Voy a entrar —avisé, ya enfadada, antes de abrir.
El chico había ignorado por completo mis avisos. Estaba sentado en la butaca, con los calzoncillos por los tobillos y la mano derecha sacudiendo un pene completamente flácido.
—Por favor, solo un poco más —volvió a pedir, sin dejar de frotarse, intentando lograr una erección que no llegaba.
—Déjalo por hoy, no pasa nada —intenté tranquilizarlo, mirando hacia otro lado—. No eres el primero al que le cuesta. Estas salas intimidan, es normal.
Él ignoró mis palabras. Por el rabillo del ojo alcanzaba a ver sus movimientos cada vez más desesperados. Cansada y con ganas de acabar con aquello, me agaché a recoger los pantalones que había dejado tirados en el suelo, dispuesta a lanzárselos para que se vistiera. Al inclinarme se me debió de abrir el escote de la blusa, porque cuando me incorporé lo encontré mirándome fijamente, y su pene se había endurecido un poco.
—¿Puedes… puedes volver a hacer eso? Eh… ¿Por favor? —tartamudeó.
—¿Qué? —pregunté, sin saber cómo reaccionar, con sus pantalones todavía en la mano.
—Agacharte. Es que cuando lo hiciste…
No se atrevió a terminar la frase, y yo no sabía dónde meterme. Por mucho que se me hubiera abierto la blusa, no podía haber visto más que un canalillo generoso, y me costaba creer que eso le hubiera servido para empalmarse cuando llevaba tanto rato luchando sin éxito.
Debería darme la vuelta y salir ahora mismo.
Lo sabía. Pero algo me subió el ego al comprobar que a un chico al que le sacaba tantos años que casi podría ser mi hijo le bastaba ver el comienzo de mis pechos para ponerse dura. Así que, como en un sueño, donde una hace lo que jamás se plantearía despierta, volví a inclinarme y le ofrecí una vista amplia y deliberada de mi escote.
Adrián, complacido, se acomodó en la butaca, abrió un poco las piernas y, sin perder detalle de mi pecho, siguió masajeándose el miembro, que ya alcanzaba una erección completa.
Me estaba gustando la atención, la cara de satisfacción que ponía al mirarme. Pero resultaba incómodo mantenerme tanto rato inclinada solo para forzar que la tela se abriera. Así que tomé una decisión: me erguí y empecé a desabrochar la blusa botón a botón, despacio. La expresión del chico pasó de la decepción —creía que el espectáculo se había terminado— a la incredulidad al ver lo que hacía.
—¿Mejor así? —pregunté con una sonrisa traviesa, abriéndome la blusa del todo, dejando a la vista el sujetador beige que sostenía mis pechos pesados.
—Guau. Muchísimo mejor —exclamó, acelerando el ritmo.
Dejé que me mirara con calma. Me moví, me giré, le mostré mis curvas desde todos los ángulos como si fuera lo más natural del mundo. El chico ya no tenía ningún problema de erección, eso estaba claro, pero por increíble que pareciera tampoco se corría, pese a no dejar la mano quieta ni un segundo.
Por mucho que me excitara ser la fuente de inspiración de alguien tan joven, la parte racional de mi cabeza —la que no se había apagado del todo— me recordaba que aquello no era prudente y que debía cerrar cuanto antes si no quería buscarme un problema serio.
—Deberías ir terminando ya —le dije.
—Lo sé, lo sé… pero no consigo llegar —contestó, sin apartar la mirada de mis pechos aún aprisionados.
—¿Si te enseño las tetas te ayudaría a correrte antes? —la propuesta se me escapó de los labios, apagando el último rastro de cordura que me quedaba.
—Buah, sí. ¡Por favor! ¡Sí! —gritó, entusiasmado.
Animada por su reacción, metí la mano dentro de la copa, me saqué un pecho y lo dejé colgando por encima de la tela. Mientras Adrián se lo comía con los ojos, repetí la operación con el otro y me quedé con los dos al aire, expuesta delante de él.
—¿Qué te parecen?
—Increíbles. Vaya tetazas tiene, señora.
Igual que antes, me moví e incliné para que pudiera apreciarlos desde distintos ángulos. Con cada cambio de postura se balanceaban pesados. Estoy bastante orgullosa de cómo los tengo; a mi edad ya no se mantienen tan firmes como antes, pero su tamaño sigue atrayendo miradas como la de aquel afortunado donante.
Adrián parecía a punto de arrancarse la polla de lo fuerte que se la frotaba. Me quedé de pie frente a él, con los pechos al aire, dejando que los contemplara extasiado mientras yo lo miraba tocarse. Me resultaba extraño ver masturbarse a alguien tan joven. Era como haber entrado a la habitación de un sobrino, haberlo pillado en plena faena y, en lugar de cerrar la puerta, quedarme dentro a observar cómo lo hacía.
—¡Ah, sí! ¡Me corro, ya no aguanto más! —gritó, sacándome de mis pensamientos.
—¡El bote, el bote! —exclamé.
En un golpe de lucidez reaccioné al instante. Corrí hacia la butaca y mis pechos saltaron con el movimiento, golpeándose entre sí con un sonido que resonó en la sala. Agarré el bote de las donaciones y, recordando de pronto la razón por la que estábamos ahí, lo apoyé en la punta de su miembro. Me quedé inclinada sobre él, con las tetas colgando y bamboleándose, la mano cubriendo su polla con el plástico.
Tras un gemido largo, escuché los impactos de los chorros golpeando contra el fondo del bote. Sentía el calor del líquido a través de la pared transparente mientras veía cómo el semen salía a presión y el recipiente se llenaba poco a poco. Se notaba que llevaba al menos una semana de abstinencia, porque la corrida era abundante. Conté media docena de descargas, fuertes, cada una acompañada de un espasmo que levantaba su pene y le hacía rozar el borde. Temía que en alguna se saliera del todo y terminara fuera.
Por fin el orgasmo cedió y dejó de escupir. Retiré el recipiente y lo sostuve bajo la punta mientras él empujaba el prepucio hacia delante para exprimir las últimas gotas. Me incorporé y comprobé que casi una cuarta parte del bote estaba lleno de aquel líquido espeso y blanco.
—Límpiate y vístete. Voy a clasificar la muestra —le dije, tratando de recuperar el tono profesional.
—Vale. Muchas gracias… por la ayuda —contestó, satisfecho.
Cerré el bote y volví a recepción. No fue hasta llegar a mi puesto cuando me di cuenta de que seguía con la blusa abierta y los pechos fuera del sujetador, de que me había paseado por todo el centro con las tetas al aire. Me recompuse la ropa agradeciendo que ahí no hubiera cámaras y guardé el recipiente en la nevera de donaciones, junto al resto de botes.
Cuando terminé de clasificar la muestra, Adrián ya estaba vestido al otro lado del mostrador. Le pasé el formulario para que firmara la confirmación de la entrega y se despidió contento, como quien sale de la mejor cita de su vida.
Tres cuartos de hora más tarde de lo que debería, por fin pude cerrar. Volví a casa pensando en lo que había pasado. Estoy acostumbrada a que cada día varios hombres me entreguen botes con su semen, a saber que acaban de tocarse, cuánto han eyaculado y qué aspecto tiene lo que dejan. Pero era la primera vez que participaba en la extracción de la muestra. Y no me quedaba más remedio que reconocer que, en el fondo, me había excitado: sostener el bote en la polla del chico, mirar de cerca cómo se corría, ver salir cada chorro.
Además, mi autoestima salía reforzada al comprobar que mi cuerpo todavía surtía efecto en chavales a los que les doblaba la edad. Parecía que, después de todo, había encontrado una razón para no odiar tanto el turno de tarde.