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Relatos Ardientes

Mi novio me hizo bailar desnuda sobre la barra del bar

—¡Que noooo!

—Venga, mujer, ¿qué más te da? Ya verás como te gusta.

—Pues hazlo tú.

—¿Si me quedo en pelotas, tú también?

—Noooo.

Maldita la hora en que vimos esa película de las chicas bailando sobre la barra. Bruno me preguntó al oído si me ponía y, joder, no paró de meterme mano en todo el cine de verano. ¿Qué esperaba que le contestara con su mano subiéndome por el muslo?

Desde aquella noche no hace otra cosa que repetirme que le encantaría verme bailar sobre una barra, como ellas. Pero desnuda. Solo para él, dice. Mentira. Lo que quiere es enseñarme.

Ya lo intentó una vez en un concierto del garito. Estábamos tan apretados que me bajó los tirantes del vestido como quien no quiere la cosa. Como pude me lo sujeté con las manos sobre el pecho y me aparté de él de un codazo. Un poco más y me quedo en bragas delante de todos: era un vestido suelto y debajo solo llevaba el tanga.

Desde entonces, cuando hay movida en el local, no se me ocurre volver a ponerme vestido. Vaqueros, suéter y sujetador. Armadura completa. Él se queja de que voy tapada como una monja. Pues te jodes, Bruno.

***

Pero hoy viene cargado. Y pesado. Acaba de llegar con sus colegas de una comida que empezó a las once de la mañana y… ¡son las ocho de la tarde! Algunos ya han caído y se han ido a dormir la mona, pero él y otros tres siguen en pie, agarrados a la barra. Y está insoportable. No debería haberle hecho caso. Con lo a gusto que estaba yo en casa.

—¡Si te pones en bolas en la playa, Marina!

—¡Pero esto es un bar!

—A Hugo seguro que no le importa que te subas a bailar enseñando las tetas. Es su barra.

—¡Que noooo!

Es un cabrón. No para de tirarme del suéter hacia arriba, riéndose, mirando de reojo a sus amigos para ver si le ríen la gracia.

—Va, mujer, que estamos entre amigos, que hay confianza.

—¿Amigos? Una cosa es la confianza y otra sacarme las tetas delante de ellos. Y hay desconocidos por todo el bar. ¡Qué vergüenza, por favor!

—En la playa también hay desconocidos y bien que andas suelta.

—¡Pero allí todos van desnudos! Es una playa nudista, no es lo mismo.

—Si empiezas tú, seguro que alguna más se anima. Tú dale.

La verdad es que me ha puesto de los nervios. Estoy acojonada de solo imaginarlo. Y sin embargo… sin embargo siento un cosquilleo entre las piernas que prefiero no mirar de frente. Ni loca. Ni de coña. Eso me repito.

—Venga, sácate al menos el suéter, que estás sudando.

Será cabrón. Claro que sudo. Llevo dentro un gin-tonic y dos chupitos de tequila, y este gin lo ha cargado Hugo más de la cuenta, lo noto. Pero estamos en la barra, a la vista de todos. Contrólate, Marina.

—Así mejor, ¿no? —dice, y me quita el suéter de un tirón mientras me distraigo—. Con ese top y el sujetador no se ve nada de nada. Podrías…

—Que nooo.

Lo ha conseguido. El suéter ya está hecho un ovillo en la banqueta, debajo de su culo, como un trofeo. Y mis pezones se han puesto duros. Lo noto bajo la tela fina del top. Menos mal que me queda el top.

***

—¡Que pares!

—Va, tía, enséñale el sujetador a Rubén. Oye, Rubén, ¿quieres ver qué chulo es el sujetador que lleva Marina hoy?

—Claro —respondió Rubén, como para decir que no.

—Pero ¿tú qué…? ¡Para!

Me está estirando del top hacia abajo. Que no, que no.

—Va, Rubén, échame un cable, sujétale las manos. ¿A que es chulo el sujetador?

—Sí, mola.

El muy cabrón me ha bajado el top de un tirón. El sujetador a la vista de todo el bar. En cuanto me sueltan las muñecas me lo vuelvo a subir, roja como un tomate.

—¿Pero qué os pasa? ¿Queréis parar de una vez? ¡Que estamos en un bar lleno de gente!

—¿Y qué? Si no se te ve nada. Anda, deja que te quite el top.

—Que nooo… que me…

Hugo se acerca por el otro lado de la barra para rellenar los cinco chupitos de tequila. Los pone en fila como soldaditos.

—Hugo, ¿a ti te molesta que Marina se quede en sujetador? —le suelta mi novio a bocajarro.

—Como si quiere enseñar las tetas o ponerse en pelotas —responde Hugo encogiéndose de hombros—. Ningún problema, faltaría más.

—¿Lo ves, Marina? No pasa nada.

Ahora ha tirado del top hacia arriba. Que tenga los brazos apretados contra los costados no le impide enrollármelo por encima del pecho y dejar el sujetador al aire otra vez. Estoy a punto de llorar de rabia y de algo más que no quiero nombrar.

—Vamos a hacer una encuesta —anuncia Rubén, y se gira hacia el centro del bar pegando un grito—: ¡A VER! ¿A ALGUIEN AQUÍ LE MOLESTA QUE MARINA ENSEÑE EL SUJETADOR?

La respuesta era cantada. El «no» colectivo se mezcló con aplausos y algún «¡y las tetas también!» desde el fondo.

Lo único que me faltaba para que me diera una taquicardia: tener a todo el bar pendiente de mí. Pendiente de cómo Bruno me levantaba los brazos para sacarme el top mientras me daba un beso «de consuelo». Necesitaba un chupito. Me hice el mío y el de Bruno también. Que se joda. Hugo no tardó ni un minuto en volver a llenar los cinco vasitos.

***

—Va, tía, aparta el brazo, que no pasa nada.

El mamón de mi novio me cogió las dos manos con las suyas y me las llevó hasta las rodillas. No solo para que no me tapara el sujetador. También para algo más.

—¿Qué haces? ¡Para, para! ¡Estate quieto!

Notaba unos dedos maniobrando en mi espalda. No hacía falta ser muy lista para saber que Rubén estaba abriéndome el enganche del sujetador mientras Bruno me mantenía las manos clavadas en las rodillas con las suyas.

Los tirantes resbalaron por mis brazos. Tetas al aire. Mis insultos a ese par de guarros se confundieron con los vítores, los silbidos y los aplausos de todo el bar. Incluso de ellas. Noelia, mi íntima, mi queridísima amiga del alma, se reía a carcajadas, aplaudía y se metía los dedos en la boca para silbar más fuerte. Maldita, ayúdame en vez de reírte.

Bruno me soltó las manos, pero solo para arrancarme el sujetador de un tirón y agitarlo sobre su cabeza como una bandera de guerra.

—Hugo, ¿tú crees que la barra aguantará el peso de Marina? —preguntó Rubén.

Supongo que la respuesta fue que sí, porque en cuestión de segundos tenía dos pares de manos agarrándome el culo para sentarme encima de la barra, con Bruno besándome para que no pudiera seguir protestando.

***

Sentada sobre la barra, tapándome el pecho con los brazos cruzados, mirando aquella jauría humana que me gritaba y aplaudía desde todos los rincones del bar, notaba las mejillas ardiendo. Pero confieso —y me da una vergüenza horrible reconocerlo— que también notaba el coño palpitándome entre las piernas.

—¡LAS TETAS, LAS TETAS! —coreaban desde las mesas mientras Bruno me susurraba al oído que apartara los brazos y Rubén me ponía otro chupito de tequila justo delante de los labios.

Bruno no necesitó mucho esfuerzo para abrirme los brazos mientras su amigo me empinaba el vasito en la boca. Tampoco me resistí lo suficiente cuando entre los dos me sujetaron las piernas y me obligaron a ponerme de pie sobre la barra. Tetas fuera, descalza, temblando.

Volví a cubrirme entre gritos de «¡baila!», «¡muévete!», «¡el pantalón!». Rubén levantó un nuevo vasito hacia mí. Alargué la mano, lo cogí, me lo bebí de un trago y entonces, no sé qué me pasó, me puse las manos bajo los pechos y los levanté, gritándole a toda la sala:

—¡SOIS UNOS CERDOS! ¿Esto es lo que queréis ver, panda de guarros?

Más gritos, más silbidos. Alguien le pidió a Hugo que subiera la música para que bailara de verdad. «¿Para qué? —contestó él—, ¡con la que estáis montando no se oye nada!»

Le quité el sujetador a Bruno de las manos, lo hice girar en el aire y lo lancé hacia el público. El tequila, o la excitación de aquellos capullos, me había envalentonado de golpe.

—¡El pantalón, el pantalón! —insistía la sala.

—Anda, nena, quítate el pantalón —me dijo Bruno con su sonrisa de siempre.

—¡Y una mierda! —respondí levantándole el dedo corazón.

—Venga, tía, los tienes a todos embobados. Triunfa un poco más. Ábrete la cremallera al menos, bájatela un poquito, ponlos a cien.

Sí, cabrón, tú lo que quieres es ir forzando hasta el final, poco a poco, para que no me dé cuenta. Y el joputa de Rubén dándome chupitos sin parar.

—¡AL QUE VEA CON UN MÓVIL SE LO HAGO TRAGAR! —berreó Bruno mirando hacia los más exaltados.

Ese es mi chico, defendiendo mi «honorabilidad». Y una mierda. Lo que quería era que siguiera, que nadie lo grabara para poder seguir desnudándome a gusto, solo para los presentes.

—Venga, Marina, solo la bragueta. Ábretela.

Pues sí. Me solté el botón y bajé la cremallera hasta que asomó el inicio del tanga. Estaba lanzada. Como muestra de descaro, agité las caderas hacia el público, como si todos ellos me estuvieran follando con la mirada. ¿Es esto lo que querías, queridísimo capullo?

—¡Quítatelo! ¡Que se lo quite! ¡En bolas! —gritaban.

—Vale, ya está bien —dije, y me senté en la barra dispuesta a bajarme de una vez.

***

Rubén me ayudó «amablemente» dándome una mano para apoyarme, y Bruno la otra. Y la malnacida de Noelia aprovechó que me tenían las dos manos ocupadas para tirarme de los vaqueros hacia abajo. Maldita traidora.

—¡NOOO!

Pero la faena ya estaba servida en bandeja: con la cremallera abierta y esos dos hijos de puta sujetándome por debajo, levantándome del trasero. Las sandalias salieron volando, las correas no fueron obstáculo, y los pantalones se me fueron por las piernas hasta los tobillos.

Ahí estaba yo, sentada en tanga sobre la barra. Y al taparme con la mano noté lo empapada que estaba la tela. Nuevo chupito, nuevo manoseo, y la pregunta de siempre: ¿otra vez arriba, Marina?

—¿Y si echamos a Bruno y nos la repartimos entre todos? —se oyó desde el fondo.

Bruno se giró hacia el bocazas con cara de pocos amigos.

—¿Tú y cuántos más?

La verdad, por muy cabrón que sea, que Bruno estuviera ahí me tranquilizaba. Con aquella manada de lobos salidos, cualquier cosa podía pasar. Pero al armario de mi novio nadie le tose. En el fondo sabía que ni Hugo ni sus amigos dejarían que nadie se pasara de verdad conmigo. Para sobarme ya estaban ellos. Donde hay confianza da asco.

***

Y aquí me tienes, otra vez bailando sobre la barra al ritmo de unas palmas que alguien había arrancado y a las que medio bar se iba sumando. En uno de esos giros le di la espalda al público y saqué el culo. Craso error. El capullo de mi novio aprovechó para enganchar los laterales del tanga y tirar hacia abajo de golpe. Ni me dio tiempo a alcanzarlo con las manos. Ya lo tenía en los tobillos.

No me dejaron agacharme. Entre Bruno y Rubén me levantaron un pie y luego el otro, y el tanga acabó en la mano de mi novio.

—¡Está empapado, guarra! ¿Te has meado? —me dijo guiñándome el ojo, y se lo acercó a la nariz a Rubén y a su panda de cerdos.

Las ganas de volver a ponérmelo se me quitaron en cuanto lo recuperé. Estaba hecho un trapo arrugado y mojado. Que lo disfrute la peña. ¡Allá va! Lo lancé también.

—¡Ábrete de piernas, que te veamos el coño! —pedía alguien.

Pues sí, hombre, para que vieran el charco que tenía montado entre las piernas.

—Va, nena, un bailecito más y listo —insistió Bruno.

—¡Marina, Marina, Marina! —empezaron a corear con aplausos.

Vale. ¿Otro bailecito? Tú lo has querido, capullo.

Me desmelené. Brazos arriba, que se me vea en todo mi esplendor, las caderas sueltas. Y unas sentadillas que, al separar las rodillas, dejaban ver mi coño depilado y se me abrían los labios. ¿No queríais espectáculo? Pues ahí va el remate: me llevé dos dedos a la boca, los mojé bien, y me los metí entre las piernas delante de todos.

El escándalo ya era monumental. Seguro que alguien seguía con las palmas, pero no se distinguía nada entre los gritos, los aplausos y los silbidos. En primera fila, partiéndose de risa y aplaudiendo como una loca, mi queridísima Noelia gritaba: «¡CÓRRETE, GUARRA!». A ti también te pillaré, traidora.

***

Parece que ese numerito porno que les regalé a mis «admiradores» fue lo que por fin decidió a mi novio a rescatarme. O lo que le dijo Hugo al oído, que entre el follón no oí bien. Algo de que la cosa debía terminar antes de que se desmadrara del todo. ¿Más todavía?

Me eché a los brazos de Bruno. En cuanto le enrosqué las piernas en la cintura, me agarró del culo y echó a andar hacia la salida.

—¡Mi ropa! Espera…

—Déjala. Tengo el coche en la puerta.

¿Pretendía sacarme a la calle en pelotas? Pues sí, empezó a caminar sin soltarme, un brazo bajo el trasero y el otro en la espalda, como si bailáramos. Vaya baile. Y en el trayecto, pegada a la barra, no faltó el comentario de turno.

—Va, tío, deja que la sobemos un poco antes de iros.

—Otro día —respondió Bruno sin detenerse—. Hoy no.

¿Otro día? ¿El mamón pretendía entregarme a esa manada de lobos hambrientos otro día? Y sin embargo, solo de pensarlo, con todo el cuerpo dolorido de imaginar a veinte tíos sobándome, estrujándome, el coño me hacía chiribitas. Acojonada estaba, sí, pero también empapada.

—Y que sepas que esta me la vas a pagar —le dije en cuanto mi culo desnudo asomó a la calle, al aire fresco de la noche.

—Claro, preciosa.

Y un morreo. Su lengua hasta la garganta. El muy tonto siempre sabe cómo callarme. Será un cabrón, pero se hace de querer. Le voy a dejar la tapicería del coche encharcada. Vamos, Bruno, arranca de una vez.

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Comentarios (6)

NocheMar

Increible!! me dejo sin palabras

Raul_lector

Por favor segui contando, quedé con ganas de saber como reaccionó él después de todo eso

Pablito_mdz

jajaja tremendo final, no me lo esperaba!!!

FlorMiranda

Me recordó a algo que me pasó en un bar hace tiempo, aunque yo no llegué tan lejos jaja. Muy bien contado

NachoCba22

excelente relato!!! seguí así

Tomas_noc

Y tu novio lo tenía planeado de antes o fue algo espontaneo? eso me intriga mas que el relato en sí jaja

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