Nos miraste todo el día desde tu toalla en la playa
Llevabas un buen rato observándonos. Bianca y yo jugábamos dentro del mar, saltando las olas, y desde tu toalla no perdías detalle. Las dos rondamos los veinticinco, las dos llevamos los bikinis más pequeños que encontramos esa mañana en la tienda del paseo. Tatuajes, un par de piercings, la piel recién depilada y bronceada. Sabíamos perfectamente el tipo de chicas que parecíamos, y nos gustaba parecerlo.
Fingíamos pelearnos por quitarnos la parte de arriba la una a la otra. No era de verdad, era puro teatro, y el teatro era para ti. Cada vez que un tirante se deslizaba, tú te incorporabas un poco sobre los codos. Bianca se reía a carcajadas y me salpicaba agua a la cara.
—Nos está mirando otra vez —me dijo al oído, sin dejar de sonreír.
—Lleva mirando desde que llegamos —contesté.
Salimos del agua despacio, sabiendo que cada paso contaba. Y entonces te miramos las dos a la vez, porque tu bañador ya no disimulaba nada. Yo me pasé la lengua por el labio de arriba, lenta, mientras tú intentabas decidir hacia dónde mirar. Tenías un problema evidente entre las piernas y ninguna intención de taparlo.
Me coloqué detrás de Bianca y le rodeé el pecho con las manos, por encima del bikini rosa que el agua había vuelto casi transparente. Le pesaban las tetas en las palmas, los pezones se le marcaban a través de la tela mojada. Tú mirabas las suyas, así que giré apenas para que también vieras las mías, más grandes, aunque el bikini blanco todavía guardaba el secreto de lo duros que tenía los pezones.
Nos tumbamos en las toallas como si tú no existieras. Esa era parte del juego: ignorarte por completo y no perderte de vista ni un segundo. Cualquiera diría que estábamos a lo nuestro. Solo nosotras sabíamos que cada gesto iba dedicado a ti.
Lo habíamos hecho otras veces, en otras playas, con otros hombres. Buscábamos siempre al mismo tipo: el que se sienta solo, el que cree que mira sin que lo noten, el que se cree invisible detrás de unas gafas de sol. Tú cumplías el perfil a la perfección. Llevabas media hora sin pasar la página del libro que tenías sobre las rodillas.
—Échame crema —pidió Bianca, y se estiró boca abajo sobre la toalla.
Empecé por los tobillos. Subí por las pantorrillas, por la cara interna de los muslos, demorándome más de lo necesario. Me senté a horcajadas sobre sus piernas y le masajeé el culo sin prisa, apretando, separando, repartiendo la crema como si fuera lo más natural del mundo. Tú habías dejado de fingir que leías el móvil.
—Te desato esto, que no te queden marcas —dije, y le solté el lazo de la espalda.
—Guarra —se rió ella contra la toalla.
Le di una palmada en una nalga, sonora, y te busqué con la mirada justo en ese instante. Quería que oyeras el chasquido. Quería que entendieras hasta dónde estábamos dispuestas a llegar a plena luz del día, en una playa llena de gente.
Te vi meterte la mano dentro del bañador. No con disimulo, no como quien se acomoda. Te la metiste de verdad, y empezaste a moverla despacio, mirándonos fijo. Eso me encendió de una manera que no esperaba. Me tumbé boca arriba y dejé que fuera Bianca la que tomara el control.
Se puso encima de mí con el pecho al aire, las tetas balanceándose justo sobre mi cara. Cogió el bote de crema, se echó un buen chorro en las manos y, antes de que pudiera reaccionar, tiró de la parte de arriba de mi bikini hasta arrancármela.
—¡Oye! —protesté, más por la función que por otra cosa.
—Para que a ti tampoco te queden marcas —respondió, con una inocencia que no engañaba a nadie.
La dejé hacer. Me extendió la crema por el pecho con las dos manos, masajeando, apretando, hasta que me cogió los pezones entre los dedos y tiró de ellos. Se me escapó un gemido que no pude controlar. Por fin los viste duros, y cuando volví a mirarte estabas masturbándote sin ningún pudor. Se me pusieron todavía más duros solo de comprobarlo.
Bianca me pellizcaba, me amasaba el pecho, y mis gemidos empezaban a subir de volumen. No eras el único que nos miraba ya. Un par de chicos se habían acercado con la excusa de ir al chiringuito. La pareja mayor de la sombrilla de al lado nos lanzaba miradas escandalizadas. A mí me daba igual todo el mundo. Yo solo pensaba en lo que tendrías dentro de ese bañador.
***
Bianca deslizó una pierna debajo de la mía y bajó con las manos llenas de crema hasta el borde inferior de mi bikini. Tiró hacia abajo y me lo arrancó también, dejándome completamente desnuda sobre la arena, a la vista de quien quisiera mirar.
—Guarra —le devolví, y le pellizqué los pezones para igualar el marcador.
Nos reímos las dos, pero la risa se me cortó cuando ella me rozó el piercing del clítoris y tiró de él apenas un poco. El gemido que solté hizo que la señora de la sombrilla recogiera sus cosas. Bianca me pasó las manos por el sexo y por el pecho, esparciendo la crema, y yo estaba ya al borde de algo, con la respiración rota.
La agarré de las tetas y la obligué a tumbarse encima de mí. Me besó con lengua, profundo, y yo abrí los ojos en mitad del beso para seguir mirándote. Bajé las manos por su espalda y le arranqué la última prenda que le quedaba. Ahora las dos estábamos desnudas, piel contra piel, el sexo de una junto al de la otra.
Por tu cara supe que estabas a punto. Tenías la mandíbula tensa, la mano cada vez más rápida. Y entonces hice algo cruel: separé a Bianca de mí.
—Date la vuelta —le dije—. Sigue echándome crema en las piernas.
Se giró y me puso el sexo casi sobre la cara mientras me acariciaba los muslos. Fue así como descubriste que llevaba un plug a juego con el bikini rosa, encajado en el culo. Y por cómo abriste los ojos, supe que te imaginaste de inmediato que yo llevaría otro igual. Acertaste.
Saqué la lengua y empecé a lamerla mientras ella me devolvía lo mismo. La gente de alrededor había dejado de fingir que no miraba. Algunos sacaban el móvil para grabar, otros murmuraban entre dientes, una voz nos insultó desde lejos. Lejos de cortarnos, nos ponía aún más. Saber que toda esa gente nos veía, que tú nos veías, era exactamente lo que buscábamos.
Tiré de mis propios pezones cuando vi que sacabas el sexo del bañador, ya sin esconderlo de nadie. Y cuando te corriste sobre tu mano, yo exploté. Un chorro caliente me sacudió de arriba abajo y le mojé la cara a Bianca, que se corría al mismo tiempo contra mi boca, temblando entera sobre mí.
***
Nos levantamos riéndonos, agitadas, y fuimos al agua a darnos el último chapuzón. Tú seguías cada movimiento desde la orilla. Dentro del mar nos enredamos otra vez, ahora a medias escondidas por la superficie. No se veía gran cosa, pero nuestras tetas se frotaban bajo el agua y nuestras manos se buscaban entre las piernas. Volvimos a corrernos las dos, abrazadas, mordiéndonos los hombros para no gritar.
Salimos desnudas y empapadas, sin molestarnos en buscar los bikinis que habían quedado tirados en la arena. Recogimos las cosas a toda prisa, metiéndolo todo de cualquier manera en el bolso, y caminamos hacia las duchas del fondo del paseo. Antes de irme te busqué una última vez. Te guiñé un ojo y te hice un gesto con la cabeza para que vinieras. No hizo falta más.
Bianca ya se había quitado casi toda la arena cuando llegué. Estaba al otro lado de la barra de acero de la ducha, con los ojos cerrados bajo el chorro. Me coloqué bajo el agua y dejé que me cayera en la cara y en el pecho. Ella se acercaba de vez en cuando a darme un beso corto, sin abrir los ojos, y yo me dejaba llevar, relajada, pensando que el día ya había sido suficiente.
Lo que no esperaba era sentir, de repente, algo duro y caliente abrirse paso entre mis piernas por detrás. No me opuse. No hizo falta que me dijeras nada: supe que eras tú, y llevaba toda la tarde con ganas de ti. Me follaste sin compasión contra la barra de la ducha, comprobaste con los dedos que también yo llevaba un plug puesto y me diste un azote en el culo. Bianca, al otro lado, me estiraba de los pezones y me metía la lengua en la boca hasta el fondo.
No aguanté mucho. Me corrí gimiendo encima de ti, sin importarme quién pudiera entrar a las duchas. Cuando terminé, agarré a Bianca de la mano y la puse de rodillas frente a ti. Yo me arrodillé a su lado, en el suelo mojado, y entre las dos empezamos a chupártela, turnándonos, mientras nos masturbábamos y nos acariciábamos el pecho la una a la otra.
Te corriste sobre nuestras caras y nuestras bocas abiertas. Bianca y yo nos besamos sin tragar del todo, compartiéndolo, sin dejar de mirarte ni un segundo. Seguimos tocándonos hasta corrernos otra vez, las dos a la vez, con tu sabor todavía en la lengua y una sonrisa que lo decía todo.
—La próxima vez —dije, recuperando el aliento— te sientas más cerca.