Lo que vi en el escritorio de la nueva recepcionista
Desde que entró a trabajar como recepcionista, dejé de poder concentrarme. Renata tenía una de esas presencias que obligan a girar la cabeza cada vez que cruza frente a un escritorio. Rondaba los treinta, era conversadora hasta el cansancio y caía bien a todo el mundo, pero a mí me desarmaba por completo.
Lo primero que llamaba la atención era su estatura. Era la más alta de toda la planta, y como si eso no bastara, usaba tacones que la hacían parecer todavía más imponente. Lo que de verdad me encendía era verle las piernas, largas y firmes, levantadas por esos zapatos que se ponía para venir a la oficina.
Después estaba su forma de vestir. Siempre ropa ajustada que marcaba cada curva: faldas tubo, vestidos entallados con aberturas calculadas, blusas con transparencias bajo las que se adivinaba todo lo que uno no debería estar mirando un lunes a las nueve de la mañana. Cuando ella aparecía, la oficina entera cambiaba de temperatura.
Durante meses me conformé con eso: mirar de lejos, inventarme excusas para pasar por recepción, saludarla más veces de las necesarias. Nada más. Hasta que una mañana, por una de esas casualidades del azar, todo se torció.
Los de mantenimiento daban servicio al aire acondicionado y me obligaron a mover mi puesto. Lejos de molestarme, aproveché. Llegué más temprano que nunca, acomodé la computadora justo de frente a la recepción y me quedé esperando con una vista que jamás había tenido: la suya, sin obstáculos.
Pasaron los minutos y no aparecía. Su horario de entrada era antes que el de todos, así que cada vez que se abría el ascensor yo levantaba la vista, y nada. Empecé a impacientarme. ¿Justo hoy no iba a venir?
Y entonces, cuando ya renegaba en voz baja, las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba. Un vestido negro ceñido que dibujaba su silueta y unos zapatos altos que le levantaban el trasero de una forma casi injusta. Me acomodé de golpe, fingiendo una pose de ejecutivo serio frente a una pantalla apagada que ni siquiera me había molestado en encender.
Se acercó a saludarme. Me dio un beso en la mejilla y yo, envalentonado, le guiñé un ojo.
—Qué madrugador hoy —dijo con una sonrisa.
—Alguien tenía que cuidar la fortaleza —respondí, y ella se rió antes de ir a sentarse.
Apenas empezaba a llegar el resto del personal. De las jefas, ni rastro a esa hora. Desde mi nuevo ángulo noté que esa mañana había algo distinto en ella. La veía inquieta, removiéndose en la silla, mordiéndose el labio. Y de pronto, por una rendija entre los paneles de su escritorio, vi algo que me dejó sin aire.
Una de sus manos había desaparecido bajo el vestido.
No puede ser lo que estoy pensando. Forcé un segundo vistazo, más atento, y lo confirmé. Sus dedos se movían despacio, escondidos entre la tela, con un ritmo que no dejaba lugar a dudas. La sangre se me fue entera a un solo lugar.
No podía dejar de mirar. Era incapaz. Mi mente volaba: ¿qué estaría viendo en el monitor? ¿estaría recordando algo? ¿le faltaría acción, igual que a mí? Tantas preguntas a la vez, y mi cuerpo respondiendo a todas con el mismo entusiasmo.
En un momento sacó un yogur de su bolso, levantó la tapa y la lamió con la punta de la lengua sin dejar de moverse por dentro. Desde mi sitio la observaba meterse la cucharita en la boca, saborearla, humedecerse los labios y morderlos. Me estaba provocando, estaba seguro. Y si ella había llegado caliente, ya éramos dos en el mismo estado.
Terminó el yogur, se levantó y caminó hacia el baño junto a la escalera de emergencia. Al pasar frente a mí giró la cabeza y me devolvió el guiño. ¿Lo habré imaginado? ¿será una invitación? No lo sabía, pero entendí que era mi momento. Me lanzaba o no lo haría nunca.
***
Aproveché que la oficina apenas despertaba y fui detrás de ella. La puerta del baño de mujeres estaba entreabierta. ¿Casualidad? Lo dudaba. Ella se lavaba las manos en el lavabo, de espaldas, sin prisa, como quien sabe que están a punto de llegar.
Entré despacio, empujé la hoja para que se cerrara sola y me coloqué detrás. Le puse las manos en la cintura. Dio un pequeño respingo, nada más. No había sorpresa real en ella; me esperaba.
Empecé a recorrerla por encima de la ropa, muy lento, subiendo hasta sus pechos. Los tocaba por primera vez después de haberlos mirado y deseado durante meses. Hoy los tenía bajo mis manos.
Le aparté el cabello hacia un lado y le besé el cuello. Besos pequeños que subían hasta la oreja; cuando atrapé el lóbulo entre los labios, un escalofrío le atravesó la espalda. Repetí el juego del otro lado. Ahí fue cuando giró apenas la cara y me ofreció su boca.
La besé despacio primero, después con ganas. Más abajo, yo ya estaba duro como una piedra. Acomodé mi sexo contra su trasero y empecé a frotarme por encima del vestido. De su boca escaparon los primeros gemidos contenidos.
—Amanecí encendida —susurró con los ojos cerrados—. Necesitaba algo así. Ya, por favor.
Tenía vía libre. Le subí el vestido por detrás para primero recrearme con la vista: su trasero apenas cubierto por una tanga negra de encaje, mínima, ridícula. Saqué la verga y la dejé deslizarse por ese surco que se formaba entre sus nalgas.
—Tengo unas ganas... —dijo entre jadeos, mientras yo seguía con movimientos suaves, sin entrar todavía.
Esa fue la señal. Aparté la pequeña prenda, ya húmeda, y la penetré desde atrás mientras ella se sostenía del lavabo con las dos manos. Lo disfrutaba sin disimulo; los gemidos contenidos se transformaron en algo mucho más franco.
—Así, sí, qué rico —dijo apretando los dientes.
—No tenés idea de cuánto deseaba esto —le respondí, embistiendo con más fuerza.
—¿Sí? ¿Y por qué nunca dijiste nada?
—Te creía inalcanzable. Pensaba que eras de las que ni miran.
—Pues mirá lo que te perdías —me cortó, mirándome por encima del hombro.
Sentía que estaba cerca de estallar. La sostenía de las caderas y me impulsaba una y otra vez contra ella. En un arranque levanté la mano y la dejé caer sobre una de sus nalgas. El sonido llenó el baño y la marca roja quedó dibujada en su piel, como una firma. Esa imagen me corrió por las venas y empecé a embestir con más ganas, hasta que de un tirón le rompí la tanga.
—Así, fuerte —jadeó—. No pares.
Yo estaba al borde, y ella lo notó. Antes de que terminara, me detuvo en seco, se dio la vuelta y me plantó un beso tan intenso que me hizo retroceder un par de pasos. Detrás de mí estaba la taza del inodoro, así que no me quedó otra que sentarme.
Terminé de bajarme el pantalón para acomodarme y darle paso. Se sentó a horcajadas sobre mí y se hundió hasta el fondo de una sola vez; con lo mojada que estaba, entró sin la menor resistencia.
—Lo siento adentro —murmuró pegada a mi oído—. Qué bien se siente.
En esa posición pude sacarle el vestido por arriba y dejarla solo con el sostén, que cedió de un movimiento. Sus pechos quedaron al descubierto, grandes y firmes, y perdí la cabeza. Los besé, los lamí, le mordí los pezones con un hambre que no recordaba haber sentido nunca.
—Hace tanto que quería esto —le decía entre besos, sin saber muy bien si lo pensaba o lo decía en voz alta.
***
Estábamos en pleno arrebato cuando escuchamos pasos en el pasillo. Se acercaban. Alguien intentó abrir la puerta. Nos quedamos petrificados. En ese instante me di cuenta de que no había echado el seguro y esperé, conteniendo la respiración, a que la puerta se abriera y nos sorprendieran en plena escena.
—Un momento, por favor —dijo ella con una serenidad que yo estaba lejos de tener.
Hubo un segundo de silencio absoluto. Eso significaba que la persona seguía ahí, esperando del otro lado. Renata se levantó con cuidado, se acomodó la ropa interior rota y empezó a vestirse. Yo intenté ponerme de pie, pero me había quedado pegado a la tapa, y al levantarme esta cayó de golpe con un estruendo que retumbó en todo el baño. No, justo ahora no.
Ella ya casi estaba lista; yo apenas me subía el pantalón. El alivio llegó cuando los tacones del otro lado empezaron a alejarse por el pasillo. Nos habíamos salvado por los pelos, y la adrenalina nos dejó a los dos mirándonos, agitados.
El susto, lejos de cortar el momento, pareció encenderla todavía más. Se arrodilló frente a mí, tomó mi sexo con la mano y se lo llevó a la boca.
—Qué bien lo hacés —le dije, perdido por completo.
—¿Así te gusta? —preguntó sin dejar de mover la lengua—. ¿Esto era lo que pensabas cada vez que te me quedabas mirando?
—Exactamente esto —respondí con la voz quebrada.
Como no había llegado a terminar por la interrupción, ella deslizó su otra mano entre las piernas y empezó a tocarse mientras seguía con la boca. La escena era de las que uno no olvida: ella mirándome desde abajo, una mano ocupada en mí y la otra en sí misma.
—Así me gusta —murmuré—. Quiero verte. Quiero ver cómo te corres conmigo.
—Mmm... no pares —pidió ella entre jadeos sofocados—. Yo tampoco aguanto mucho.
No aguanté. El orgasmo llegó como pocas veces en mi vida, y ella lo recibió sin apartarse, atenta a contenerlo para no manchar nada. Me quedé sentado, todavía temblando, y le acerqué un poco de papel para ayudarla.
Mi cabeza era un caos. ¿De verdad acababa de pasar lo que había pasado? Era como recibir, de golpe, el regalo que llevás años deseando sin creer que llegaría. Renata se incorporó, se acomodó el vestido y el pelo, y salió a paso rápido del baño, no sin antes darme un beso fugaz con el que probé mi propio sabor.
Esperé unos segundos, me arreglé como pude y salí hacia la escalera. Bajé un par de pisos para tomar el ascensor y aparecer luego como si recién estuviera llegando a trabajar.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, ahí estaba ella, en su lugar, tan compuesta como siempre, recibiendo a todos con la misma sonrisa de cada mañana. Nadie habría imaginado nada. Y yo, desde mi nuevo escritorio, supe que esa vista de frente a la recepción iba a convertirse en mi parte favorita del día.