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Relatos Ardientes

La limpiadora me descubrió desde el patio

El martes empezó como cualquier otro martes de teletrabajo. Marina salió a las siete y media, me dejó un beso distraído en la mejilla y la oí cerrar la puerta mientras yo aún hacía el remoloneo en la cama. A las ocho me levanté, me metí en la ducha y, como siempre, me puse el albornoz para bajar a por el café. Ni calzoncillos, ni pantalón, ni nada. En verano, con la casa para mí, ese era el uniforme.

Vivimos en un edificio raro, partido por la mitad. La parte de la izquierda son pisos de larga estancia, como el nuestro. La de la derecha son apartamentos turísticos, gente que entra y sale cada sábado con maletas, niños y toallas mojadas. En medio queda un patio interior, un rectángulo de baldosas blancas con cuatro macetas y un tendedero comunitario que casi nadie usa. Las ventanas de los dos bloques se miran de frente. Si tienes la persiana abierta y el del otro lado también, se ve perfecto lo que pasa en su cocina, en su salón o en lo que sea.

Yo lo sé porque hace tiempo que miro. No de forma sistemática, no soy un acosador, pero alguna vez he visto a una pareja discutiendo, a un señor en gayumbos preparándose un sándwich, a una chica secándose el pelo. Cosas inofensivas que registro de reojo mientras escribo correos.

Esa mañana la jornada estaba siendo larga. Una reunión por videollamada a las nueve, otra a las diez, y entre medias una hoja de cálculo que se me resistía. A eso de las once y cuarto decidí premiarme con un descanso a la antigua usanza. Cerré el portátil, me eché en el sillón del despacho y empecé a hojear vídeos en el móvil. Llevaba años haciendo esto y se me había agotado el catálogo. Lo había visto todo, o eso me parecía.

Y entonces me acordé del cesto.

El cesto de la ropa sucia estaba en el cuarto de baño, lleno de prendas de Marina del fin de semana. El sábado habíamos cenado fuera, el domingo habíamos paseado por la rambla y luego nos habíamos quedado en casa con las ventanas abiertas y un ventilador que apenas movía el aire. Marina llevaba dos días sin ducharse a fondo, había sudado, había estado pegada a mí en el sofá. Sabía exactamente qué tipo de braga iba a encontrar si revolvía un poco.

Las saqué con la mano izquierda, sin mirar. Unas de algodón gris claro, finas, con la goma un poco gastada. Me las llevé a la nariz allí mismo, de pie, junto al cesto. El olor estaba intacto, denso, salado, inconfundible. Sentí cómo se me iba endureciendo bajo el albornoz, todavía sin haberme tocado. Volví al despacho con las bragas en una mano y la otra ya por dentro del cinto, ajustando el rumbo.

***

Iba a sentarme y a poner cualquier cosa en la pantalla cuando, por puro reflejo, eché un vistazo a la ventana.

En el piso de enfrente, dos plantas exactas frente a la mía, estaba ella. La limpiadora del bloque turístico. Una mujer de unos cuarenta y tantos, delgada, de brazos largos, con el pelo rubio reseco recogido en una coleta baja. La había cruzado en el portal mil veces y nunca habíamos pasado del «hola, buenos días». Solía llevar una bata azul de uniforme por encima de un chándal viejo. Olía siempre a lejía y a colonia barata.

Esa mañana estaba sola en el apartamento de enfrente. Los turistas debían haberse marchado a la playa porque las maletas seguían junto a la puerta pero la cama estaba revuelta y vacía. Ella había entrado a hacer la limpieza intermedia, esa que se hace a mitad de estancia cuando los huéspedes piden más toallas o sábanas limpias.

La vi pararse frente a su ventana. Suspiró, se abanicó la cara con la mano, se apartó el flequillo. Hacía un calor de los que pesan, de los que se te pegan a los hombros. Ella miró un instante hacia el patio, no hacia mí, sino hacia abajo, y volvió a su tarea con un gesto de fastidio.

Y entonces se desabrochó los pantalones.

Pensé que se los iba a subir o ajustar, pero no. Se los bajó hasta los tobillos. Se quedó un momento así, con el chándal arremolinado en los pies y la bata corta cubriéndole apenas medio muslo. Se inclinó para quitarse las zapatillas y darme, sin saberlo, una imagen que tardaré meses en olvidar.

Su culo, asomando por debajo de la bata, embutido en unas bragas grandes, algodón blanco que ya no era del todo blanco. La goma le marcaba la piel. Tenía más carne de la que aparentaba con la ropa puesta. Las bragas se le clavaban en las cartucheras, formaban un surco en la parte de abajo, justo donde el muslo se une al glúteo. Había una mancha de sudor, una sombra húmeda, en el centro del tejido.

Mi polla empujó el albornoz hacia adelante como si tuviera vida propia.

***

Me senté en la silla de oficina, despacio, sin perder el ángulo de la ventana. Me coloqué las bragas de Marina sobre la nariz y la boca, como una mascarilla improvisada, y respiré hondo. El olor de mi mujer en la cara, la limpiadora desnudándose enfrente, mi propia mano cerrándose alrededor de la polla. Era una de esas situaciones que parecen guion barato hasta que te pasan a ti.

«Seguro que ella no se ha duchado tampoco», pensé. Seguro que esas bragas, cuando se las quite, huelen igual que estas. Esa idea me dejó la mente en blanco un par de segundos. Empecé a moverme la mano arriba y abajo con un ritmo muy lento, controlado, como quien se reserva.

Ella, al otro lado del patio, terminó de quitarse las zapatillas, salió de los pantalones y los dobló con cuidado sobre el respaldo de una silla. Se quedó así un rato, en bata corta y bragas, dándose aire con un trapo de cocina. Luego, como si la decisión la hubiera tomado el calor por ella, empezó a desabrocharse los botones de la bata.

Uno. Dos. Tres.

La bata cayó al suelo de un tirón.

No llevaba sujetador. Tenía los pechos pequeños, separados, con los pezones grandes y muy oscuros, casi marrones. La piel del torso era más blanca que la de las piernas, una franja que delataba años de bañadores enteros. La barriga le hacía un pequeño pliegue cuando se inclinaba. No era una modelo. Era una mujer real, cansada, sudada, que se había quedado en bragas en un apartamento ajeno porque no podía más con el calor.

Y a mí me estaba volviendo loco.

***

Cogió la fregona y empezó a pasarla por el suelo. Se agachaba a escurrirla cada poco, abriendo las piernas para mantener el equilibrio. Cada vez que se inclinaba hacia adelante, su culo apuntaba directamente a mi ventana. Las bragas se le tensaban, la tela mojada de sudor se le metía entre las nalgas. Una vez, al ponerse de cuclillas para sacar algo de debajo de la cama, alcancé a ver el rastro oscuro en la entrepierna, los pelos asomando por uno de los lados de la goma. No iba depilada. Era un coño descuidado, real, de mujer que vive su cuerpo sin pensar en quién la mira.

Yo me la pelaba con la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo de la silla, las bragas de Marina sujetas con la mano izquierda contra la cara, la derecha bombeando con un ritmo cada vez más urgente. Tenía la polla durísima, brillante de líquido preseminal, las venas marcadas.

La limpiadora se detuvo un momento. Dejó la fregona apoyada en la pared, se incorporó y se llevó la mano a la cintura de las bragas. Pensé que se las iba a quitar y casi me corro solo con la posibilidad. Pero no. Solo metió un dedo bajo la goma, las despegó del muslo y las acomodó con un pequeño tirón. Un gesto absurdo, doméstico, sin ninguna intención. Y aun así, me bastó.

Sentí el aviso subir por la base de la polla.

Me llevé las bragas de Marina hacia abajo a toda velocidad, las apreté contra el glande justo a tiempo. El primer chorro las traspasó, denso, caliente. El segundo se quedó en el tejido. El tercero resbaló y cayó sobre el parqué, en una línea que iba desde mi pie hasta la pata de la silla. Solté un gemido, más alto de lo que habría querido, mordí la tela para callarme y seguí apretando la polla con la mano hasta que dejó de salir nada.

Me quedé un par de segundos con los ojos cerrados, respirando por la boca, mientras el corazón se me iba calmando. Levanté la vista para despedirme del espectáculo, para verla una última vez fregando ajena a todo, y entonces el aire se me quedó atascado en la garganta.

Ella estaba quieta. De pie. Mirándome de frente.

***

No sé cuánto tiempo llevaba así. No sé en qué punto exacto me había descubierto. Quizá el gemido, quizá un movimiento brusco al correrme, quizá el reflejo del sol en la ventana. El caso es que estaba ahí, plantada en el centro del salón ajeno, en bragas, con los brazos colgando, y me miraba con la misma cara de fastidio con la que antes se había abanicado.

No había sorpresa en sus ojos. No había escándalo. No había nada, en realidad. Era una mirada larga, fría, casi profesional, como la que se le echa a un grifo que gotea o a una mancha en la pared.

Yo no me moví. No sabía qué hacer. Tenía el albornoz abierto, la polla todavía a media asta resbaladiza de semen, las bragas de mi mujer colgando de la mano derecha como un pañuelo cualquiera, una pequeña charca brillante a mis pies. La situación era tan absurda que no me dio tiempo ni a sentir vergüenza. Solo la miré yo también.

Y noté, contra toda lógica, que la polla me volvía a despertar.

Ella tampoco se movió durante unos segundos eternos. Después, sin dejar de mirarme, se inclinó muy despacio, recogió la bata del suelo y se la puso sobre los hombros. No se la abrochó. Se la cruzó por delante con una mano, como quien sale a tirar la basura con prisa. Dio dos pasos hacia atrás, se perdió un instante en la sombra del cuarto y volvió a aparecer junto a la puerta del apartamento.

Antes de salir, hizo algo que todavía no he conseguido descifrar. Levantó la barbilla hacia mí, hacia la ventana, un gesto mínimo, ni saludo ni reproche, y bajó la persiana del apartamento turístico hasta la mitad. Justo hasta la mitad. Lo suficiente para taparle la cara, lo suficiente para dejar a la vista, todavía un rato, sus piernas y la goma de las bragas.

Después cerró del todo y la vi salir al patio, atravesarlo con su carro de limpieza y desaparecer por el portal del otro bloque sin mirar atrás una sola vez.

***

Me quedé mucho rato sentado en la silla, el albornoz abierto, las bragas manchadas de Marina sobre el muslo. Limpié el suelo como pude, con papel de cocina, con los movimientos lentos de quien todavía no termina de creerse lo que ha pasado. Cuando terminé, me duché. No me hice una paja. Me puse calzoncillos por primera vez en semanas y volví al despacho a contestar correos como si nada.

El miércoles, cuando bajé a sacar la basura a la hora del almuerzo, me la crucé en el portal. Estaba sacando una bolsa enorme del cuarto de los contenedores. Levantó la cabeza, me reconoció enseguida, y por un momento pensé que iba a decir algo. No dijo nada. Solo me sostuvo la mirada una fracción de segundo más de lo necesario y siguió a lo suyo.

El jueves, a las once y cuarto, las persianas del apartamento turístico de enfrente estaban abiertas de par en par y el sol entraba a chorros. La limpiadora estaba dentro. Tenía la bata desabrochada hasta el cuarto botón. Y miraba, exactamente, hacia mi ventana.

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Comentarios (5)

MiradorNoche

Muy bueno!!! Me dejó con ganas de saber cómo terminó todo eso

CordobesJR

jaja estas cosas pasan más de lo que uno cree. me reí con la situación

Ventanero_77

La tension que se arma con solo una mirada a traves de la ventana... increible. Muy buen relato

LucasBer_88

corto pero intenso, quede con ganas de mas. Seguí escribiendo!

Silvia_Lect

Se siente muy real, como si lo hubiera vivido de verdad. Felicitaciones

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