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Relatos Ardientes

Me dejé ver desnudo desde la ventana del hotel

Hola. Hoy quiero contarles algo que me pasó hace algún tiempo y que, aunque pueda sonar pequeño al lado de otras experiencias, todavía me pone la piel de gallina cuando lo recuerdo. Hay morbos que no necesitan mucho para encenderse, y a mí ese viaje me lo encendió por completo.

Los que me conocen de antes saben que tengo pareja y que somos bastante abiertos: nos gustan los tríos, los intercambios y, en general, vivir el sexo sin esconderlo. Pero esta vez la fantasía fue mía, solo mía, y va más por el lado del voyerismo y el exhibicionismo. Para quienes recién me leen, soy Tomás, treintaiún años, delgado, casi un metro ochenta, pelo castaño oscuro.

Todo sucedió en unas vacaciones con Lucía, mi novia, en una ciudad de costa que no viene al caso nombrar. El hotel donde nos hospedamos tenía cinco pisos y las habitaciones daban a un patio interno con piscina. Enfrente, otra torre idéntica, con cuartos espejados a los nuestros. Nos tocó una en el tercer piso, y desde el primer día me la pasé observando los movimientos del edificio de enfrente. Los horarios aproximados de la gente, las rutinas, las costumbres. Lo más constante era la limpieza: entre las ocho y las diez, las mucamas abrían las cortinas, ventilaban, tendían las camas y se quedaban un buen rato dentro de cada cuarto.

Entre los huéspedes que llegué a identificar esa semana había una familia asiática —una madre con dos hijas— alojada en nuestro mismo piso, en diagonal a la derecha. Eran muy reservadas en lo que dejaban ver, pero bastante curiosas cuando yo aparecía en ropa interior por mi terraza. Un piso más arriba vivía una pareja joven con un bebé; ella salía al balcón en bikini de tanto en tanto y nada más. Un piso más abajo, en diagonal izquierda, a mitad de semana llegó otra pareja: la mujer era especialmente descuidada con las cortinas, se cambiaba con todo abierto, y al menos en dos ocasiones la vi en corpiño y otras tantas probándose pantalones en tanga.

El resto de los cuartos estaban casi siempre cerrados, salvo en esa ventana matutina que abrían las mucamas. Yo me levantaba temprano mientras Lucía seguía durmiendo y me paseaba en bóxer por la habitación, fingiendo no mirar, mirando todo. Dos o tres veces logré cruzar la mirada con alguna de las chicas de limpieza y noté que se quedaban un instante más de lo necesario. Estábamos a unos veinte metros de distancia, lo justo para que no se distinguieran los detalles pero sí lo suficiente para entender qué estaba pasando.

El anteúltimo día, antes de volver a casa, decidí jugármela. No iba a regresar a ese lugar en años, quizá nunca, y la idea me venía dando vueltas hacía rato. Me levanté cerca de las ocho. Lucía dormía profundo, boca abajo, con la sábana enredada en las piernas. Caminé despacio hasta el sector del living que daba al balcón, descorrí las cortinas y abrí los ventanales. El aire de la mañana entraba tibio y olía a cloro, a desayuno lejano, a verano.

Hice un escaneo rápido del edificio de enfrente. Había chicas trabajando en el primero, en el tercero y en el cuarto, todas demasiado lejos o en ángulos cerrados. Pero justo a mi misma altura, en diagonal izquierda, recién entraba a una habitación una mucama flaquita, pelo castaño claro atado en cola alta. Acababa de abrir las cortinas y se inclinaba sobre la cama para desarmarla.

Era perfecta. Misma altura, ángulo diagonal, sin obstáculos en el medio. Ajusté las cortinas de mi habitación de manera que dejaran ver solo una franja del interior desde su posición, y nada más. Yo todavía podía verla a ella a través del tul, traslúcido, pero ella no podía adivinar que la observaba. Llevaba puesto un slip negro ajustado, casi una sunga, que marcaba todo y no tapaba mucho. Me colgué un toallón en el cuello, como si estuviera por ir a ducharme, y empecé a caminar de un lado a otro, fingiendo buscar algo entre la ropa apilada en las sillas.

Al principio no me prestó atención. Sacudió las sábanas, separó las almohadas, se inclinó para recoger una toalla del piso. Pero al cuarto o quinto paso míos, la vi quedarse quieta. Me había mirado. Estaba mirándome.

Se me cerró el estómago de los nervios. El corazón empezó a golpear contra el esternón con esa fuerza absurda que tiene cuando uno hace algo que sabe que no debería. Y al mismo tiempo, una corriente caliente me bajó por la espalda. Era la combinación exacta que estaba buscando: el miedo y el morbo trenzados.

Traté de actuar como si nada. Fui hasta una silla, levanté una remera, la doblé, la volví a dejar. Me paré en el lugar donde, calculé, ella podía verme de cuerpo entero. De reojo, a través del tul, vi que seguía con la vista fija en mi ventana mientras juntaba las sábanas con movimientos lentos, demorados. No estaba apurada por terminar.

Si ella es la mirona, yo soy el que decide qué muestra. Estoy en mi habitación. A lo sumo cerrará las cortinas y se irá. Nada más.

***

Me saqué el slip muy despacio, casi de frente al ventanal, y lo dejé sobre la silla. Quedé desnudo, con el toallón colgando del cuello como única prenda. Tenía la pija medio dura ya, casi sin haberme tocado. Me incliné hacia adelante como buscando algo en el suelo, dándole tiempo a que asimilara lo que estaba viendo. De reojo, controlaba. Ella seguía ahí, parada al lado de la cama, sin moverse, con las sábanas a medio plegar en los brazos.

Me puse otro bóxer, esta vez uno gris, y volví a caminar de un lado a otro. Quería confirmar que la cosa no había sido un accidente, que ella efectivamente estaba esperando ver más. Y así fue. Cada vez que pasaba por la franja visible, ella levantaba la cabeza. Cada vez que me alejaba, volvía a su trabajo con desgano. Estaba haciéndole la cama a un cliente cualquiera y, al mismo tiempo, estaba mirando un espectáculo privado del que yo era el único responsable.

Ya con el corazón a mil y la respiración corta, decidí ir hasta el final. Me planté otra vez en su campo visual y me bajé el bóxer. Esta vez no lo disimulé. Lo dejé caer, lo pateé hacia un costado y me quedé desnudo, con la pija completamente parada apuntando al ventanal. Hacía como que hablaba con alguien hacia el interior de la habitación, gesticulaba, me reía solo, daba vueltas. Le mostraba la espalda y el culo, me agachaba a juntar algo del piso, volvía a girar para que me viera de frente.

Ella no se movía. La mucama, que ya hacía rato había terminado de armar la cama, fingía estirar una arruga inexistente con la palma de la mano. Pero los ojos los tenía clavados en mi ventana. Lo sentía. Lo sabía.

Temblaba. No de frío, ni de miedo, sino de esa mezcla rarísima que da el saber que una desconocida te está viendo y no se va. Que se queda. Que mira durante minutos enteros, sin disimulo, una pija parada de un tipo al que jamás vio en su vida y al que probablemente nunca vuelva a ver. Calculo que pasaron cinco minutos así, quizá más. Mi noción del tiempo se había ido al carajo.

En un momento se llevó la mano al bolsillo del uniforme y sacó el teléfono. Lo miró, escribió algo rápido, lo guardó. Volvió a mirarme. Y siguió ordenando, despacio, como si quisiera estirar la mañana.

***

Un par de minutos más tarde noté movimiento en otra ventana. Me corrí detrás de las cortinas de un salto, intentando no ser obvio, y desde el costado espié. Dos pisos más abajo, dos cabezas más se habían asomado al borde de una cortina ajena. Dos chicas más, también con uniforme de mucama, escudriñando hacia mi habitación con la misma curiosidad descarada con la que la primera me había estado mirando.

La flaquita las había llamado. O les había mandado un mensaje. O las había arrastrado hasta ahí. Lo que fuera, ahora éramos cuatro en este juego: ella, las otras dos abajo, y yo, todavía desnudo y duro detrás del tul, dándome cuenta de que mi pequeño teatro privado se había vuelto colectivo.

Los nervios se me dispararon en otra dirección. Una cosa era jugar con una; tres ya parecía un poco más arriesgado. Me alejé de la franja visible, agarré el bóxer del piso y me lo puse de apuro. Encima me calcé un short de baño, me até el cordón con dedos torpes y me obligué a respirar hondo. Volví a colgarme el toallón en el cuello y, ya vestido, salí al balcón a tender el paño en la baranda, como si recién hubiese terminado de ducharme.

Las miré con disimulo. La flaquita de mi misma altura seguía en su ventana, ahora más prudente, mirando de costado. Las dos del piso de abajo se asomaron del todo apenas me vieron salir y se quedaron unos segundos esperando algo que ya no iba a pasar. Vi en sus caras una sonrisa media decepcionada, como si las hubieran convocado a un show que terminó antes de que llegaran. Solo un turista cualquiera, recién bañado, en short, colgando una toalla.

Me metí adentro, cerré las cortinas y caminé hasta el baño con las piernas todavía tembleques. Cuando salí, un par de minutos después, ya se habían ido las tres. La habitación de la flaquita estaba con las sábanas tendidas, las cortinas a medio cerrar y el carrito de limpieza estacionado en el pasillo, vacío.

Lucía seguía durmiendo. Ni se enteró.

***

Quizá a muchos les parezca poca cosa. Estuve en mi propia habitación, no toqué a nadie, no hablé con nadie. Pero a mí me prendió fuego por dentro. Saber que una desconocida me estuvo mirando completamente desnudo durante más de cinco minutos, sin pretextos, sin pudor, sin apartar la vista, es de las cosas más calientes que me pasaron en mucho tiempo. Y agregar a las otras dos al final fue casi demasiado.

Volví a casa con esa imagen tatuada: la cola alta, la mano fingiendo planchar una arruga, los ojos fijos. Más de una noche, en la cama con Lucía, le terminé contando alguna versión adaptada de la historia, lo justo para encender el morbo sin levantar sospechas sobre cuánto la había disfrutado solo. Siempre se calienta cuando le hablo de mujeres mirándome.

Espero repetirlo en otro lugar, con otra ventana y otra desconocida del otro lado. Ya me había exhibido antes, pero siempre en ropa interior. Quedarme completamente desnudo, parado en el medio de una habitación de hotel, a la vista de una mujer que no me conoce y que decidió quedarse a mirar, fue otra cosa. Otro nivel. Otra adicción.

Si esta clase de relatos les gusta, prometo contar las próximas. Tengo unas cuantas. Mientras tanto, gracias por leer.

Tomás

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Comentarios (5)

VoyeurArgento

increible, ser el observado sin buscarlo es lo mas morbo que puede pasarte en un hotel. Me encanto el giro del relato!!!

DiegoRn

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso con la chica de la ventana de enfrente. No puede quedar asi!

HotelViajero_BA

Me hiciste acordar a un viaje de negocios que tuve el año pasado, aunque en mi caso fui yo el que termino espiando sin querer jajaja. Muy bueno

LolaNocturna

Que bien armada la tension desde el principio. Te tiene pendiente hasta el final sin que te des cuenta. Sigo tus relatos con ansias

CarlitosR

jajaja el clasico, vas a mirar a las mucamas y terminas siendo vos el espectaculo. Tremendo

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