Mi tía me enseñó a espiar a los vecinos del lago
Florencia jamás olvidaría aquel enero en la cabaña de la tía Lucía. Tenía diecinueve años, el cabello cobrizo cayéndole por debajo de los hombros y una idea bastante difusa de lo que era el deseo. Sabía que los chicos de su edad estaban siempre con la mente en una sola cosa, pero nunca se había detenido a pensar en qué pasaba dentro de su propia cabeza cuando los miraba demasiado.
La cabaña estaba en las afueras de un pueblo a orillas del lago, encajada entre pinos y dos chalets de fin de semana. Su tía la había dejado sola esa mañana para hacer unas compras en la ciudad. El plan era almorzar tarde, así que Florencia se quedó tumbada en el sillón del living con el ventilador apuntándole a la cara y una remera demasiado fina para cualquier visita inesperada.
Escuchó el chapuzón antes de levantarse. Un sonido seco, seguido de risas masculinas. Caminó descalza hasta la ventana del fondo y se asomó por entre las cortinas.
—Los vecinos —murmuró.
La cabaña de al lado solía estar vacía. Su tía le había explicado que pertenecía a una familia de la capital que apenas la usaba dos fines de semana al año. Pero esa mañana, en la pileta del jardín, había tres muchachos chapoteando como si fueran dueños del mundo. Florencia calculó que tendrían su edad, quizás un poco más. Y, lo admitía, tenían cuerpos lindos. Hombros firmes, espaldas anchas, esa piel quemada por el sol de varios días seguidos.
Apoyó el codo contra el marco y se mordió el labio. Estaba sintiendo un calor que no venía del verano.
Y entonces ocurrió.
Los tres salieron del agua a la vez, se miraron entre ellos con cara de complicidad infantil, y se bajaron los trajes de baño al mismo tiempo. Florencia se tapó la boca para no reírse. Era la primera vez que veía a un hombre desnudo de verdad, y la sorpresa fue doble: porque eran tres, y porque ninguno tenía nada que la impresionara demasiado.
Uno era rubio, con el pelo rizado pegado a la nuca por el agua. Los otros dos eran morochos, casi gemelos en la postura, parados con las manos en la cintura como si estuvieran posando para una foto deportiva. Apenas tenían vello en el pubis. Y entre las piernas, tres miembros pequeños que se balanceaban con la brisa como si fueran tres péndulos cortos.
Son chicos. Tres chicos jugando a ser hombres.
—¡La mía es la más larga! —gritó el rubio, agarrándosela con la palma abierta.
—¡Y la mía es la más gruesa! —respondió uno de los morochos, levantándola con orgullo.
El tercero, el más callado, ni siquiera entró en la comparación. Florencia se inclinó un poco más sobre el alféizar, sin poder apartar la vista. No había deseo en lo que sentía, todavía no. Había curiosidad pura, una mezcla de risa contenida y de una pregunta que le crecía en el pecho.
¿Esto es todo lo que tienen?
Sacó el teléfono casi sin pensarlo. Tomó una foto, luego otra. No pensaba mostrárselas a nadie. Solo quería poder mirar después, con calma, esa escena que iba a parecerle imposible apenas cerrara la cortina. Los chicos siguieron caminando desnudos hasta el porche, sin apuro, y entraron en la cabaña sin volver a vestirse.
***
La tía Lucía volvió cerca del mediodía con bolsas de pan y una sandía partida. Comieron en la galería, a la sombra. Florencia esperó hasta el postre para soltarlo.
—Tía… ¿sabés quiénes son los chicos de al lado?
Lucía levantó una ceja, divertida.
—Ah, ya. Los tres mosqueteros. Vienen de Mendoza, hijos de unos amigos. Tienen veintiuno los tres, pero la cabeza la tienen en los catorce. Cuando se juntan, parecen un programa de televisión malo.
—Hoy se bañaron desnudos —dijo Florencia, fingiendo concentrarse en la sandía—. Como si nadie pudiera verlos.
Lucía soltó una carcajada corta.
—Lo hacen siempre. Saben que vivo sola y se creen que no miro. Una vez, hace dos veranos, vinieron a pedirme sal con los trajes de baño bajos a propósito. Les di un buen tirón de orejas y desde entonces se portan un poquito mejor… pero solo un poquito.
—Son… chicos —dijo Florencia, dudando del adjetivo.
—No son chicos, mi amor. Son inmaduros. Que es distinto. Tienen veintiuno y siguen midiéndose entre ellos como si eso decidiera algo. —Tomó un sorbo de agua—. Esta noche, cuando los escuches reírse, te vas a dar cuenta de que están bebiendo. Y mañana van a estar otra vez en bolas, como si nada.
Florencia se quedó callada un rato, removiendo el hielo con la cuchara.
—Es la primera vez que veo a un hombre así.
Su tía la miró por encima del vaso, con una sonrisa que tardó un segundo en aparecer.
—Esos no son hombres todavía. Hombre es otra cosa. —Inclinó la cabeza hacia la cabaña del otro lado—. Hombre es eso de allá.
***
A la mañana siguiente, las dos estaban en el mismo lugar de la ventana. La tía con el mate en una mano y Florencia abrazándose las rodillas en una silla baja. Los tres muchachos volvieron al patio puntuales, esta vez ya desnudos desde antes, como si la pileta fuera una excusa.
—A estos les encanta que los miren —dijo Lucía en voz baja, sin dejar de sorber—. Una banda de exhibicionistas que no se animan a llamarse así.
Florencia intentó no reírse. Le costaba. Los tres se perseguían alrededor de la pileta, dándose palmadas en las espaldas y en otros lugares. Sus miembros, todavía blandos, se sacudían al correr de un lado para el otro. Era una imagen tan ridícula como hipnótica.
—Mirá —dijo de pronto la tía, girando la cabeza al lado opuesto.
Florencia siguió la mirada. En el jardín de atrás de la otra cabaña, salía un hombre que no se parecía en nada a los del primer chalet. Alto, hombros como vigas, espalda surcada de músculos largos y un bronceado profundo. No llevaba nada encima. Caminaba con la naturalidad de alguien que no necesita esconder lo que tiene, y lo que tenía era difícil de ignorar. Su sexo era largo, pesado, y le colgaba contra el muslo izquierdo con un balanceo lento. La mata de vello sobre el pubis era oscura, espesa, perfectamente recortada. Uno solo de sus testículos parecía tener el tamaño de lo que los tres mosqueteros podían sumar entre los tres.
Florencia tragó saliva sin querer.
Eso… eso sí es otra cosa.
—Se llama Joaquín —dijo Lucía sin dar más detalles—. Vive solo. Hace gimnasio en el galpón del fondo. Tiene cuarenta y dos años y la paciencia justa para no pelearse con los pibes.
—¿Lo conocés?
Lucía se demoró en contestar. Sonrió, como quien recuerda algo agradable.
—Lo conozco.
Mientras tanto, los tres del primer chalet seguían correteando como cachorros recién destetados. Uno de los morochos resbaló en una baldosa mojada, dio dos pasos cómicos intentando recuperar el equilibrio, y se desplomó hacia adelante. Aterrizó con la pelvis contra el borde de cemento de la pileta.
El grito que pegó fue tan agudo que se oyó dentro de la cabaña.
Florencia se llevó las dos manos a la boca. La tía soltó una risa larga y abierta, sin esconderla. Los otros dos amigos, en un acto reflejo idéntico, se taparon la entrepierna con las palmas y se quedaron paralizados.
—Listo —dijo Lucía, secándose una lágrima—. Esa caída valió toda la mañana.
El chico se levantó como pudo, doblado a la mitad, con la cara roja y las manos protegiendo lo que le quedaba. Los amigos lo ayudaron a entrar al living, todavía sin vestirse, en una procesión torpe que terminó de dejar a las dos mujeres llorando de risa.
***
La noche fue otra historia.
Florencia se acostó temprano, pero no logró dormirse. Tenía el cuerpo distinto, una especie de inquietud nueva instalada en la zona del estómago. Daba vueltas, escuchaba los grillos, intentaba no pensar en lo que había visto. Pero las imágenes volvían, una tras otra: los tres pendulares del primer chalet, los hombros de Joaquín, la forma en que su tía había sonreído al pronunciar ese nombre.
A las once y media, escuchó la puerta del jardín cerrarse.
Se levantó descalza, sin encender la luz, y caminó hacia la ventana del living. Su tía no estaba en la habitación. Florencia movió apenas la cortina y miró hacia el otro chalet.
Lucía caminaba por el sendero de piedra con un vestido fino, sin cargar nada. El portón del fondo de Joaquín se abrió antes de que ella tocara. Florencia se quedó mirando esa escena sin moverse.
Diez minutos después, una luz tenue se encendió en el ventanal del living de Joaquín. Las cortinas eran finas. Demasiado finas.
Florencia se acercó al vidrio sin saber si tenía permiso de mirar lo que estaba a punto de mirar. Pero miró igual.
Su tía estaba apoyada contra el respaldo de un sillón, de espaldas a la ventana, con el vestido subido hasta la cintura. Joaquín la sostenía por las caderas con las dos manos, sin apuro, marcando un ritmo lento que se notaba hasta desde afuera por la forma en que el cuerpo de Lucía se movía hacia adelante y hacia atrás. En un momento, él le agarró el pelo con suavidad, casi con respeto, y le tiró apenas la cabeza hacia atrás. Lucía abrió la boca, sacó la lengua, y volvió a inclinarse sobre el respaldo.
Florencia se quedó sin aire.
Mi tía. Mi tía haciendo eso.
Apoyó la frente contra el vidrio y se obligó a respirar. Y entonces, por el rabillo del ojo, captó otro movimiento.
Bajó la mirada hacia la valla de madera que separaba la cabaña de Joaquín de la del primer chalet. Tres siluetas, pegadas contra los listones, mirando por los huecos. Los tres mosqueteros, vestidos esta vez con pantalones cortos, pero con la mano hundida adentro. Se movían a tiempo con lo que pasaba al otro lado.
Florencia se mordió el labio.
Había algo casi cómico en esa escena: los inmaduros espiando al hombre adulto que tenía a su tía deshecha de placer. Algo cómico y, al mismo tiempo, profundamente excitante. Porque ahora ella entendía que estaba haciendo lo mismo que ellos. Estaba del otro lado de una ventana, mirando a escondidas, con el corazón acelerado y el pulso latiendo en lugares donde no había latido nunca.
Sintió el calor subirle por las piernas. Una humedad nueva, que no era sudor de verano.
Lentamente, sin despegar los ojos de la ventana de Joaquín, deslizó la mano por debajo del camisón. Encontró el lugar exacto sin tener que buscarlo. Y empezó, con dos dedos torpes y curiosos, a hacer lo mismo que hacían los chicos del otro lado de la valla.
Su tía gemía en silencio dentro de la otra cabaña. Joaquín seguía marcando el ritmo. Los tres del primer chalet se masturbaban contra la madera. Y Florencia, sola en el living a oscuras, descubrió esa noche que mirar también era una manera de tocar.
Cuando terminó, con la frente todavía pegada al vidrio y la respiración entrecortada, no se sintió culpable. Se sintió despierta, por primera vez en su vida.
Volvió a la cama sin hacer ruido. La tía no llegó hasta las dos y media. Florencia fingió dormir. Y al día siguiente, cuando se cruzaron en la cocina del desayuno, ninguna de las dos dijo una palabra de la noche anterior.
Pero la tía Lucía sonrió por encima del mate.
Y Florencia, por dentro, supo que ya no iba a volver a ser la misma.