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Relatos Ardientes

La mujer del probador de enfrente me devolvió la mirada

Soy un morboso. Sin remedio. Y con los años, en lugar de calmarme, voy a peor.

No sé si es por el desierto de cama al que me condena mi matrimonio, o porque desde siempre todo lo que tenga que ver con el sexo me ha tirado más de la cuenta. El caso es que con el tiempo me ha ido creciendo una vena exhibicionista que, hasta hoy, no me había atrevido del todo a soltar.

Lo que voy a contar pasó esta misma tarde. Y os juro que hay mucho de verdad en ello. Mucho.

***

Tarde muerta, sin nada que hacer mientras mi hija estaba en su clase de inglés. Decidí matar el rato dando una vuelta por un centro comercial grande, uno de esos a las afueras de Valencia donde uno puede pasear durante horas sin que nadie se fije en ti.

Iba entrando y saliendo de tiendas, mirando ropa de primavera sin intención real de comprar nada. En un outlet de esos con los pasillos estrechos y la ropa amontonada en barras, me crucé un par de veces con una mujer más o menos de mi edad. Nada de otro mundo a primera vista: vaqueros, una chaqueta de cuero gastada, el pelo castaño recogido a medias. Pero nuestras miradas se encontraron dos veces, y la segunda duró un segundo de más.

Hay miradas y miradas. La mayoría resbalan, se cruzan por accidente y se olvidan en el acto. Esta no. Esta se detuvo, me reconoció como reconoce un animal a otro, y me dejó un cosquilleo en el estómago que hacía años que no notaba. Ella siguió andando, pero giró apenas la cabeza antes de doblar el pasillo, como comprobando si yo seguía mirándola. Lo hacía.

Seguimos cada uno a lo nuestro. Pasillo arriba, pasillo abajo, fingiendo interés en prendas que ni tocábamos. Hasta que la vi coger un par de cosas del perchero y dirigirse hacia los probadores del fondo.

Yo ya conocía esos probadores de otras veces. Son de los antiguos: un pasillo central y cabinas a ambos lados, separadas solo por cortinas. Sin pensarlo demasiado —así me suele ir, por no pensar— agarré dos pantalones del primer montón que pillé y la seguí.

No sé qué interruptor se me fundió en ese instante. Algo se encendió y dejé de razonar.

***

Por debajo de las cortinas adiviné en cuál se había metido. No estaba seguro, pero por las botas marrones y los calcetines que asomaban me cuadraba que era ella. Me metí en la cabina de enfrente. Para mi suerte, las dos del fondo, las más apartadas, estaban libres.

Dejé la cortina mal cerrada. Muy mal cerrada, a propósito, con una rendija que recorría todo el lateral. Empecé a desatarme los cordones de los zapatos despacio, alargando cada movimiento para darle tiempo a ella a empezar a probarse lo que llevaba.

Me quité los zapatos. La chaqueta. Las gafas. El jersey. Lo iba colgando todo con una calma que por dentro no tenía, porque el corazón me iba a mil.

Oí el tintineo de las perchas al otro lado y deduje que ya se estaba probando la primera prenda. Aceleré. Me bajé el pantalón y, con un gesto rápido, también el calzoncillo, que enrollé y escondí en un bolsillo. Me quedé con la camiseta puesta y nada más. Y un morbo que no os podéis ni imaginar recorriéndome entero.

Un par de ajustes para colocarlo todo en su sitio y me puse el primer pantalón. Abrí la cortina para salir al pasillo y mirarme en el espejo grande, como hace cualquiera.

Quizá una talla más me habría quedado mejor. Entre lo justo del corte y lo acumulado por debajo, parecía uno de esos toreros antiguos embutidos en el traje de luces.

Al volver a entrar en mi cabina, miré de reojo hacia la de enfrente. Su cortina tampoco estaba del todo cerrada. Nuestras miradas se cruzaron por tercera vez, y esta vez fue distinta. Un calambre me bajó por la espalda y terminó justo donde no debía, despertándolo del todo.

Cerré mi cortina todavía peor que antes y empecé a quitarme el pantalón, mirando al frente, sabiendo que la rendija lo dejaba casi todo a la vista.

***

De nuevo prácticamente desnudo, colgué el pantalón con una lentitud absurda y estiré la mano para coger el otro. En eso oí descorrerse la cortina de enfrente. Alcé la vista.

Ella estaba de pie, mirándome. Bajó los ojos un instante, los volvió a subir hasta mi cara y puso una expresión entre sorprendida y algo más, algo que no supe leer. Me quedé congelado. No tenía ni idea de qué iba a pasar. Lo mismo salía gritando y me pillaban a mí, medio en cueros, con todas las de perder.

Pero, para fortuna de mi yo más morboso, no gritó. Hizo justo lo contrario.

Arrastró el pequeño taburete de su cabina hasta el borde de la cortina, se sentó y se quedó mirándome. Iba alternando: mi cara, lo de abajo, mi cara otra vez. Y mientras lo hacía, se mordía el labio inferior con una lentitud que me dejó sin aire.

Entendí entonces que no era yo el único morboso de aquella tienda.

Esto no me está pasando de verdad.

Aproveché el momento. Me probé el segundo pantalón mostrándome todo lo que pude, girándome lo justo para que no se perdiera detalle. Subí la cremallera despacio, sosteniéndole la mirada. Nos miramos. Nos sonreímos, los dos, como dos críos que comparten un secreto que no deberían.

El silencio entre nosotros se volvió denso, cargado. Oía su respiración por encima del hilo musical de la tienda, cada vez más corta, más entrecortada. Yo notaba la mía igual. Cada crujido del taburete, cada roce de su ropa, me llegaba amplificado, como si el mundo entero se hubiera reducido a aquel metro escaso de pasillo que nos separaba.

Era la primera vez que mi vena exhibicionista encontraba respuesta. Siempre había fantaseado con que alguien me mirara así, con deseo en lugar de escándalo, pero una cosa es imaginarlo en la cama, a solas, y otra muy distinta tenerlo delante, real, respirando agitado a un palmo de ti.

Volví a despojarme del pantalón sin ninguna prisa. Me puse de medio lado para colgarlo en el gancho, ofreciéndole ese ángulo, dejándola mirar todo lo que quisiera. Cuando me giré de nuevo hacia ella, vi que tenía las mejillas encendidas y una mano apoyada sobre el muslo, los dedos clavados en la tela del vaquero.

No hubo palabras. Ninguna hizo falta. Toda la conversación pasaba por los ojos.

Me coloqué de frente, sin nada que me cubriera, y empecé un movimiento lento, deliberado, sosteniéndole la mirada. Ella entreabrió los labios. Boqueaba como un pez fuera del agua, la respiración disparada, el pecho subiendo y bajando bajo la camiseta. Una de sus rodillas empezó a moverse, inquieta, y la mano del muslo se cerró en un puño.

Por un instante creí que iba a levantarse y cruzar el pasillo. Y creo que ella también lo pensó. Vi cómo su peso se desplazaba hacia delante, cómo su mano dejaba el muslo y se apoyaba en el borde de la cortina, lista para descorrerla del todo. Contuve la respiración. Si lo hacía, no habría vuelta atrás para ninguno de los dos.

Pero no se movió. Se quedó al filo, igual que yo. Nos quedamos los dos al borde de algo, suspendidos en esa rendija de tela y luz fría de probador, mirándonos, deseándonos sin tocarnos, que a veces es lo que más quema. Había algo casi tierno en aquello, en compartir un secreto tan íntimo con alguien a quien jamás volvería a ver. Dos extraños dándose, durante unos minutos robados, justo lo que el resto de su vida les negaba.

***

Y entonces, claro, la realidad. Se oyeron voces y pasos entrando por el pasillo principal. Risas de dos chicas comentando un vestido. El ruido nos sacó a los dos del trance de golpe, como cuando enciendes la luz en mitad de un sueño.

Ella corrió su cortina del todo en un segundo. Yo me agaché a por mi ropa con el corazón retumbándome en las orejas. Empecé a vestirme deprisa, todavía temblando, mientras la oía a ella recomponerse al otro lado, recoger las perchas, recuperar el aliento.

Salió antes que yo. Pasó por delante de mi cortina entreabierta, se detuvo medio segundo y me dedicó una última mirada que valía más que cualquier frase. Solo dijo una palabra, en voz muy baja, casi un suspiro.

—Adiós.

—Adiós —contesté, con la voz tomada.

Y se fue.

Terminé de vestirme con las manos torpes, devolví los pantalones a una empleada que ni me miró y salí a buscarla por la tienda. No la encontré. Se había esfumado entre la gente del centro comercial, otra desconocida más entre cientos, una mujer cuyo nombre no sabré nunca.

Pero ese rato no nos lo quita nadie. Ese juego de miradas, de cortinas mal cerradas, de dejarse ver y mirar al otro sabiendo que cada uno disfrutaba con el atrevimiento del contrario, se me quedó grabado a fuego.

Conduje de vuelta a recoger a mi hija con una sonrisa idiota pegada a la cara. Y pensé, mientras esperaba en el coche, que espero que esa noche ella lo recordara igual que yo. Que disfrutara, con quien fuera o a solas, tanto como pensaba disfrutarlo yo.

Porque hay quien necesita tocar para sentir. A nosotros nos bastó con mirarnos.

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Comentarios(7)

nocturno77

Tremendo relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, sigue subiendo mas por favor

LectorRealBA

Que bien escrito. Se nota que hay talento, no es el tipico relato de aca. Me tuvo enganchado de principio a fin.

PatriV

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber como continuo todo

Claudio_Gba

Me recordo a algo que casi me paso en un shopping hace tiempo jajaja. Capaz deberia haberme animado mas en aquel momento

GabiLee

Lo que me gusto es que no es para nada vulgar, tiene onda y se disfruta. Muy bien!

FelixCba_ok

genial, sigue escribiendo porfavor

CarlosTraveler

Lo lei de un tiron y me quede queriendo mas. Buen trabajo! saludos desde lejos

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