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Relatos Ardientes

Mi marido quería que su amigo me mirara desnuda

Nos quedamos callados en cuanto vimos a Daniel volver hacia la piscina. Marcos regresó al agua con él y yo me quedé en la tumbona, dándole vueltas a lo que mi marido acababa de confesarme. Me irritaba que se le ocurrieran esas cosas. Estaba enfadada y, al mismo tiempo, incrédula.

Miré a Marcos de reojo. Era un tipo atractivo, de eso no había duda. Tenía la espalda ancha y una sonrisa fácil, y cuando salía del agua fría lo hacía con esa naturalidad de quien nunca se ha avergonzado de su cuerpo. Cualquier mujer lo habría mirado dos veces.

Empecé a observarlo de otra manera, casi como si fuera una presa. Y pensé que, si eso era lo que Daniel quería, le iba a dar una buena lección. A ver si, cuando me viera coquetear con su amigo, lo veía todo de otro modo y le podían los celos. Me fui calentando la cabeza de pura rabia y me dije que, si tantas ganas tenía de proponerlo, yo lo haría. A ver qué pasaba entonces.

Esperé un poco. No quería hacer nada con la mente todavía nublada por el enfado. Pero cuando por fin me levanté para refrescarme, me bajé la braguita del bikini y la dejé caer sobre la toalla. Me quedé completamente desnuda, de pie bajo el sol, mientras ellos dos me miraban desde el agua sin perder un solo detalle.

Floté boca arriba en el agua fresca y ellos se apartaron un poco, no supe si para dejarme espacio o para verme mejor. Mis pechos sobresalían de la superficie, los pezones encogidos por el frío, oscuros contra mi piel morena. Me gusta que me miren, pensé, y por primera vez en toda la tarde no me sentí culpable por ello.

***

Solo le vi la cara un instante, al volver hacia la piscina, y me pareció que estaba enojada. Lucía apartó la mirada enseguida y se cubrió con los brazos. Daniel, a mi lado, se puso de pie y se quitó el bañador hasta quedar desnudo. Me hizo una seña y yo lo imité, como tantas otras veces que habíamos estado solos en aquella casa antes de aquel fin de semana.

No dijo nada, pero estaba claro que algo había pasado mientras ellos se quedaron sin testigos. Así que me limité a tumbarme sobre la toalla sin mirar a ninguno de los dos. El ambiente estaba tenso. Supuse que Daniel ya me contaría lo que fuera, y decidí no imaginar nada y seguir tan tranquilo como hasta entonces.

Me dediqué a observar el cuerpo de su mujer y a imaginar mil escenas, hasta que me di cuenta de que volvía a estar excitado. Si me veía así, la cosa solo podía empeorar, y bastante tirante parecía ya el ambiente. De modo que me levanté despacio y me metí al agua casi sin hacer ruido, viendo cómo Daniel, con el mismo sigilo, me seguía.

Nadamos un poco. Cuando ya estábamos lejos de la orilla, me hizo un gesto de calma y me dijo en voz baja que después me lo contaría todo.

Seguimos en el agua, intentando no salpicar, cuando vimos que Lucía se levantaba. Se puso de rodillas sobre la toalla, dejó caer la parte de arriba del bikini y se sacó la cinta por encima de la cabeza. Sus pechos quedaron al descubierto, firmes y altos. Después se incorporó y, de espaldas a nosotros, deslizó los pulgares por los lados de la braga y se la fue bajando muy lentamente, como si supiera de sobra que la mirábamos. La arrojó junto al resto y se dio la vuelta para tirarse al agua sin dignarse a observarnos.

No perdí detalle de aquel momento, breve y fugaz, pero que a mí me pareció eterno. Vi sus caderas redondas, la curva de la espalda, la piel todavía clara donde el sol no llegaba. Daniel atravesó el agua con la mirada y la clavó en mí, luego señaló su propio estado para hacerme ver que él estaba igual.

***

Volvimos a movernos cuando el agua la cubrió. Lucía salió enseguida, apenas refrescarse, pero esta vez completamente desnuda, y se echó sobre la tumbona boca arriba, con los ojos cerrados. Daniel me hizo una seña apuntándola, como urgiéndome, y después salió él del agua y se dirigió hacia la casa.

Pude admirar su cuerpo entonces, sin el corte de tenerlo a él delante, y la verdad es que era para quedarse mirándolo el día entero. No era muy alta, pero sí proporcionada. Sus pechos eran de los que caben en una mano, firmes y redondos, y los pezones se habían distendido con el calor del sol. El vientre apenas sobresalía al estar tumbada, casi liso, y eso hacía destacar aún más la curva del pubis, suave y abultada. Desde ahí, los muslos fuertes se iban estrechando hasta los tobillos.

Daniel no regresaba. Entendí entonces que su última seña había sido para que me atreviera, allí, sin testigos. Que me lanzara. Agarré el tubo de crema solar y solo se me ocurrió repetir la excusa tonta que ya había funcionado antes aquel día: que tenía que protegerle la piel del sol.

—¿Te pongo un poco más? —pregunté, con la voz más serena de la que era capaz—. Te vas a quemar.

Oí un murmullo apenas audible que yo entendí como un sí. Me coloqué con una rodilla a cada lado de sus caderas, abrí el tubo y me dispuse a recorrer aquel cuerpo con las manos hasta que ella, enfadada, me echara de allí.

Lo hice con toda mi dedicación. Pasé las manos resbaladizas por sus pechos, que noté endurecerse en cuanto los toqué, los pezones arrugándose bajo mis dedos. Bajé por el vientre suave, que se movía con cada caricia, y fui descendiendo poco a poco hacia la parte más íntima. Le separé los muslos con cuidado y esparcí la crema a ambos lados, demorándome más de lo que cualquier excusa podía justificar.

Y entonces sentí que algo cambiaba. Alcé la vista y me encontré con su mirada, interrogante y a la vez divertida. Mis manos se quedaron quietas. Esperé, sin atreverme casi a respirar, confiando en que no me expulsara del paraíso.

Lucía bajó los ojos. Yo seguí la dirección de su mirada y me puse rojo como un tomate: mi erección estaba rígida y evidente entre sus muslos, casi rozándolos cada vez que me movía para extender la crema.

—Perdona —murmuré apresuradamente.

Y me escapé de allí a toda velocidad, lanzándome al agua de cabeza. Aquel chapuzón debió de ser la señal, porque justo entonces Daniel apareció desde la casa, todavía desnudo, para unirse a nosotros.

No me preguntó nada ni me hizo seña alguna. Tal vez lo había visto todo desde dentro. Pero decidí que no iba a contarle nada. No sabía cuál podía ser su reacción, ni cuáles eran sus verdaderas intenciones con aquella invitación tan extraña.

***

Después de comer nos sentamos a tomar café en la terraza. Lucía se quedó dentro, tumbada en el sofá viendo la televisión. Daniel y yo permanecimos un buen rato en silencio, como si ninguno se atreviera a confesar lo que pensaba de verdad.

Solo por romper aquel silencio incómodo le pregunté si había ocurrido algo mientras estuve dentro de la casa, porque ella había vuelto del agua con cara de enojada.

Me contó parte de la conversación. La había animado a acercarse más a mí, y ella había reaccionado mal, preguntándole de mala manera si lo que pretendía era que se acostara conmigo. Daniel calló después de aquella confidencia. Tras otro largo rato, volví a preguntar si esa era, de verdad, su intención.

Parecía confundido, como si ni él tuviera claro qué buscaba al hablarle así a su mujer. Pero poco a poco fue desgranando una historia más verosímil, más corriente de lo que yo esperaba. Lucía estaba últimamente menos encendida, menos deseosa, y a él se le había metido en la cabeza que tal vez la culpa fuera suya: que ya no lo hacía bien, que ella se había aburrido, que él no estaba en forma. Todas esas cosas que un hombre empieza a temer cuando siente que su mujer se aleja.

De pronto pareció darse cuenta de que se había confesado más de lo que pretendía, de que había soltado ideas demasiado íntimas delante de alguien que, al fin y al cabo, era casi un extraño. Propuso que saliéramos a dar una vuelta por el monte mientras ella descansaba. Yo sospeché que era una excusa para alejarnos de la casa y, en un lugar más privado, decirme de verdad qué tenía pensado.

Salimos los dos desnudos, como habíamos hecho otras veces que lo había visitado. Cuando llegamos a un risco alto desde el que se veía la casa allá abajo, pequeña y lejana, Daniel pareció relajarse al fin. Y me confesó, de manera bastante torpe, cuál era su propuesta para aquel fin de semana y cuál sería mi papel.

Su idea era que Lucía se soltara, que se sintiera tranquila con mi presencia, que se desinhibiera y que todo pareciera natural. Pero que yo intentara algo. Que probara su reacción. Él se encargaría de darme ocasiones, momentos a solas, que yo debía aprovechar haciendo como si él no estuviera delante.

—Algo más sensual con ella —dijo, sin mirarme—. Hasta donde puedas, hasta donde ella te deje acercarte.

—¿Y los límites? —pregunté.

—No hay límites.

Se apartó de mí y echó a andar de vuelta hacia la casa, por delante. Ya no tenía nada más que decir, o no se atrevía, o le daba vergüenza haber hablado tanto. Lo vi alejarse mientras yo me quedaba en el risco, digiriendo aquella conversación tan extraña, con la certeza de que la noche que se acercaba lo iba a cambiar todo entre nosotros tres.

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Comentarios(1)

ClaraBaires

increible!! de los mejores que lei en mucho tiempo

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