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Relatos Ardientes

Mi marido quería que su amigo me mirara desnuda

Nos quedamos callados en cuanto vimos a Daniel volver hacia la piscina. Marcos regresó al agua con él y yo me quedé en la tumbona, dándole vueltas a lo que mi marido acababa de confesarme. Me irritaba que se le ocurrieran esas cosas. Estaba enfadada y, al mismo tiempo, incrédula.

Miré a Marcos de reojo. Era un tipo atractivo, de eso no había duda. Tenía la espalda ancha y una sonrisa fácil, y cuando salía del agua fría lo hacía con esa naturalidad de quien nunca se ha avergonzado de su cuerpo. El bañador mojado se le pegaba al bulto y no había forma de disimular lo que llevaba entre las piernas: una polla gruesa, marcada bajo la tela, que se le adivinaba pesada incluso en reposo. Cualquier mujer lo habría mirado dos veces, y yo, para qué mentirme, lo estaba mirando tres.

Empecé a observarlo de otra manera, casi como si fuera una presa. Me imaginé por un instante esa verga en mi boca, dura, empujándome contra el paladar, y me di cuenta de que se me habían endurecido los pezones bajo el bikini. Y pensé que, si eso era lo que Daniel quería, le iba a dar una buena lección. A ver si, cuando me viera coquetear con su amigo, lo veía todo de otro modo y le podían los celos. Me fui calentando la cabeza de pura rabia y me dije que, si tantas ganas tenía de proponerlo, yo lo haría. A ver qué pasaba entonces.

Esperé un poco. No quería hacer nada con la mente todavía nublada por el enfado. Pero cuando por fin me levanté para refrescarme, me llevé las manos a la espalda, me solté el nudo del sujetador y lo dejé caer sobre la toalla. Después metí los pulgares por los lados de la braguita, me la bajé despacio, muy despacio, dejando que la tela resbalara por mis muslos hasta el suelo, y salí de ella con un pie tras otro. Me quedé completamente desnuda, de pie bajo el sol, con las piernas ligeramente separadas, mientras ellos dos me miraban desde el agua sin perder un solo detalle. Sentí el aire caliente lamerme el coño depilado y noté cómo una gota de sudor me bajaba entre los pechos hasta el ombligo.

Floté boca arriba en el agua fresca y ellos se apartaron un poco, no supe si para dejarme espacio o para verme mejor. Mis pechos sobresalían de la superficie, los pezones encogidos por el frío, oscuros y erguidos contra mi piel morena. Abrí un poco las piernas al flotar y noté el agua acariciándome los labios del coño, entrando y saliendo con cada movimiento. Me gusta que me miren, pensé, y por primera vez en toda la tarde no me sentí culpable por ello. Al contrario: me estaba mojando por dentro, y no era el agua de la piscina.

***

Solo le vi la cara un instante, al volver hacia la piscina, y me pareció que estaba enojada. Lucía apartó la mirada enseguida y se cubrió con los brazos. Daniel, a mi lado, se puso de pie y se quitó el bañador hasta quedar desnudo. Su polla colgaba pesada entre las piernas, todavía blanda pero gruesa. Me hizo una seña y yo lo imité, sacándome el bañador mojado y quedándome también en pelotas, como tantas otras veces que habíamos estado solos en aquella casa antes de aquel fin de semana.

No dijo nada, pero estaba claro que algo había pasado mientras ellos se quedaron sin testigos. Así que me limité a tumbarme sobre la toalla sin mirar a ninguno de los dos. El ambiente estaba tenso. Supuse que Daniel ya me contaría lo que fuera, y decidí no imaginar nada y seguir tan tranquilo como hasta entonces.

Me dediqué a observar el cuerpo de su mujer de reojo y a imaginar mil escenas. Me la imaginé a cuatro patas mordiendo la toalla mientras yo se la metía por detrás, me la imaginé chupándomela con esos labios carnosos, me la imaginé abriéndose de piernas para que le comiera el coño hasta hacerla gritar. La polla se me fue poniendo dura por sí sola, hinchándose contra el muslo, y noté cómo la punta se ponía brillante con la primera gota. Si me veía así, la cosa solo podía empeorar, y bastante tirante parecía ya el ambiente. De modo que me levanté despacio, tapándome con la mano lo mejor que pude, y me metí al agua casi sin hacer ruido, viendo cómo Daniel, con el mismo sigilo, me seguía.

Nadamos un poco. Cuando ya estábamos lejos de la orilla, me hizo un gesto de calma y me dijo en voz baja que después me lo contaría todo.

Seguimos en el agua, intentando no salpicar, cuando vimos que Lucía se levantaba. Se puso de rodillas sobre la toalla, dejó caer la parte de arriba del bikini y se sacó la cinta por encima de la cabeza. Sus tetas quedaron al descubierto, firmes y altas, con los pezones marrones apuntando al cielo. Después se incorporó y, de espaldas a nosotros, deslizó los pulgares por los lados de la braga y se la fue bajando muy lentamente, doblándose por la cintura, ofreciéndonos la vista del culo entero. Vi la raja perfecta entre las nalgas, la sombra del coño asomando entre los muslos, los labios recogidos y depilados que se dejaban adivinar desde atrás. La arrojó junto al resto y se dio la vuelta para tirarse al agua sin dignarse a observarnos.

No perdí detalle de aquel momento, breve y fugaz, pero que a mí me pareció eterno. Vi sus caderas redondas, la curva de la espalda, el monte del pubis liso y suave, los pezones erectos, la piel todavía clara donde el sol no llegaba. Se me puso la verga tan dura debajo del agua que empezó a palpitar sola, hinchándose con cada latido. Daniel atravesó el agua con la mirada y la clavó en mí, luego señaló su propio estado para hacerme ver que él estaba igual: la polla dura, tiesa, apuntando hacia arriba bajo la superficie.

***

Volvimos a movernos cuando el agua la cubrió. Lucía salió enseguida, apenas refrescarse, pero esta vez completamente desnuda, y se echó sobre la tumbona boca arriba, con los ojos cerrados. Daniel me hizo una seña apuntándola, como urgiéndome, y después salió él del agua y se dirigió hacia la casa, dejándome la escena servida.

Pude admirar su cuerpo entonces, sin el corte de tenerlo a él delante, y la verdad es que era para quedarse mirándolo el día entero. No era muy alta, pero sí proporcionada. Sus tetas eran de las que caben en una mano, firmes y redondas, y los pezones se habían distendido con el calor del sol, gordos y oscuros. El vientre apenas sobresalía al estar tumbada, casi liso, y eso hacía destacar aún más la curva del pubis, suave y abultada, con los labios del coño juntándose en una raja perfecta que se me hacía la boca agua solo de verla. Desde ahí, los muslos fuertes se iban estrechando hasta los tobillos. Y entre esos muslos, entreabiertos por la postura, se adivinaba el rosa más oscuro de su carne interior.

Daniel no regresaba. Entendí entonces que su última seña había sido para que me atreviera, allí, sin testigos. Que me lanzara. Agarré el tubo de crema solar y solo se me ocurrió repetir la excusa tonta que ya había funcionado antes aquel día: que tenía que protegerle la piel del sol.

—¿Te pongo un poco más? —pregunté, con la voz más serena de la que era capaz—. Te vas a quemar.

Oí un murmullo apenas audible que yo entendí como un sí. Me coloqué con una rodilla a cada lado de sus caderas, abrí el tubo y me dispuse a recorrer aquel cuerpo con las manos hasta que ella, enfadada, me echara de allí. Mi polla, hinchada y gorda, se balanceaba a pocos centímetros de su pubis, y ella lo sabía, aunque siguiera con los ojos cerrados.

Lo hice con toda mi dedicación. Vertí una cantidad generosa de crema entre sus tetas y la fui esparciendo con las palmas abiertas, en círculos lentos, sintiendo cómo los pezones se le arrugaban y endurecían bajo mis dedos hasta ponerse como dos piedritas duras. Los pellizqué un instante, con la excusa de untarlos bien, y noté que ella soltaba un pequeño suspiro entre los labios. Se los pellizqué otra vez, más fuerte, tirando de ellos hacia arriba, y esta vez el suspiro se convirtió en un gemido apenas contenido.

Bajé por el vientre suave, que se movía con cada caricia, siguiendo la línea que iba del ombligo al pubis. Aparté los dedos, los volví a llenar de crema y fui descendiendo poco a poco hacia la parte más íntima. Le pasé las manos por el monte de venus, aplasté la palma contra el pubis, y noté cómo ella movía las caderas apenas un milímetro, buscando la presión. Le separé los muslos con cuidado, sin resistencia por su parte, y esparcí la crema a ambos lados, por la cara interna de los muslos, muy cerca de los labios del coño, demorándome más de lo que cualquier excusa podía justificar. Con el pulgar rocé, como sin querer, el borde exterior de sus labios, y los sentí resbalar entre sí, húmedos por dentro con algo que no era crema.

Y entonces sentí que algo cambiaba. Alcé la vista y me encontré con su mirada, interrogante y a la vez divertida. Mis manos se quedaron quietas, una en cada muslo, los pulgares a un dedo de su coño abierto. Esperé, sin atreverme casi a respirar, confiando en que no me expulsara del paraíso.

Lucía bajó los ojos. Yo seguí la dirección de su mirada y me puse rojo como un tomate: mi polla estaba rígida, tiesa, apuntando derecha hacia su coño, la punta brillante de líquido preseminal, casi rozándole el pubis cada vez que me movía para extender la crema. Un hilo transparente me colgaba del glande y estaba a punto de caerle encima.

—Perdona —murmuré apresuradamente.

Y me escapé de allí a toda velocidad, lanzándome al agua de cabeza para que el frío me bajara aquella dureza imposible. Aquel chapuzón debió de ser la señal, porque justo entonces Daniel apareció desde la casa, todavía desnudo, para unirse a nosotros.

No me preguntó nada ni me hizo seña alguna. Tal vez lo había visto todo desde dentro. Pero decidí que no iba a contarle nada. No sabía cuál podía ser su reacción, ni cuáles eran sus verdaderas intenciones con aquella invitación tan extraña.

***

Después de comer nos sentamos a tomar café en la terraza. Lucía se quedó dentro, tumbada en el sofá viendo la televisión. Daniel y yo permanecimos un buen rato en silencio, como si ninguno se atreviera a confesar lo que pensaba de verdad.

Solo por romper aquel silencio incómodo le pregunté si había ocurrido algo mientras estuve dentro de la casa, porque ella había vuelto del agua con cara de enojada.

Me contó parte de la conversación. La había animado a acercarse más a mí, y ella había reaccionado mal, preguntándole de mala manera si lo que pretendía era que se acostara conmigo, que se la follara delante de él. Daniel calló después de aquella confidencia. Tras otro largo rato, volví a preguntar si esa era, de verdad, su intención.

Parecía confundido, como si ni él tuviera claro qué buscaba al hablarle así a su mujer. Pero poco a poco fue desgranando una historia más verosímil, más corriente de lo que yo esperaba. Lucía estaba últimamente menos encendida, menos deseosa, follaban cada vez menos, ella ya casi no se corría con él, y a él se le había metido en la cabeza que tal vez la culpa fuera suya: que ya no lo hacía bien, que ella se había aburrido de su polla, que él no estaba en forma. Todas esas cosas que un hombre empieza a temer cuando siente que su mujer se aleja de la cama.

De pronto pareció darse cuenta de que se había confesado más de lo que pretendía, de que había soltado ideas demasiado íntimas delante de alguien que, al fin y al cabo, era casi un extraño. Propuso que saliéramos a dar una vuelta por el monte mientras ella descansaba. Yo sospeché que era una excusa para alejarnos de la casa y, en un lugar más privado, decirme de verdad qué tenía pensado.

Salimos los dos desnudos, como habíamos hecho otras veces que lo había visitado, las pollas colgando al aire libre bajo el sol. Cuando llegamos a un risco alto desde el que se veía la casa allá abajo, pequeña y lejana, Daniel pareció relajarse al fin. Y me confesó, de manera bastante torpe, cuál era su propuesta para aquel fin de semana y cuál sería mi papel.

Su idea era que Lucía se soltara, que se sintiera tranquila con mi presencia, que se desinhibiera y que todo pareciera natural. Pero que yo intentara algo. Que probara su reacción. Él se encargaría de darme ocasiones, momentos a solas, que yo debía aprovechar haciendo como si él no estuviera delante.

—Algo más sensual con ella —dijo, sin mirarme—. Tocarla, besarla, meterle mano donde puedas. Hasta donde ella te deje acercarte.

—¿Y los límites? —pregunté—. ¿Puedo follármela si se deja?

—No hay límites. Métesela si te la abre. Córrete dentro si te lo pide.

Se apartó de mí y echó a andar de vuelta hacia la casa, por delante. Ya no tenía nada más que decir, o no se atrevía, o le daba vergüenza haber hablado tanto. Lo vi alejarse mientras yo me quedaba en el risco, con la polla otra vez dura entre las piernas, digiriendo aquella conversación tan extraña, con la certeza de que la noche que se acercaba lo iba a cambiar todo entre nosotros tres.

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Comentarios(8)

ClaraBaires

increible!! de los mejores que lei en mucho tiempo

PatriciaZ

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como sigue todo

Lectora_Entusiasta

jajaja casi no me atrevo a seguir leyendo de los nervios pero al final me alegre de haberlo hecho!!

Julieta_Cba

Me hizo recordar algo que me paso hace años. Esa sensacion de querer y no querer al mismo tiempo es muy real. Muy bien logrado

MartaLect_07

Lo que mas me gusto es que la protagonista tiene sus dudas, no actua como un robot. La narracion esta muy bien cuidada, se nota que hay trabajo atras. Sigan publicando relatos asi!!

ViajeroDelta

como termina?? me quede con intriga

Tati_Floripa

Puede ser fantasioso pero eso es lo de lindo, te deja imaginar. Bien escrito

PipoFlores

ese final me dejo pensando jajaja

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