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Relatos Ardientes

El cumpleaños en que se exhibió para el vecino

Hacía tiempo que no escribía nada de lo que me pasa por dentro. La última vez titulé aquel texto «Aprendiendo a bailar» y juré que sería el único. Mi terapeuta insiste en lo contrario. Dice que estos episodios, estos destellos que me asaltan sin avisar, conviene ponerlos por escrito y, si es posible, dejar que otros los lean. Él es siempre mi primer lector.

Tengo que aclararte algo antes de seguir. Estas vivencias que cuento son como fogonazos, momentos que revivo con una intensidad insoportable y que, sin embargo, parecen fallos de mi memoria. Son tremendamente reales, pero no pueden, no deben haber ocurrido. Casi todos giran en torno a Noelia, mi novia de entonces, sobre todo de la época en que aún éramos novios. Aparecen cuando menos lo espero, sin orden ni secuencia, los vivo entero y luego se quedan ahí, flotando, como historias imposibles.

Quiero contarte el último que tuve.

Sucede en mi antiguo apartamento. Es el cumpleaños de Noelia. Cumple veintidós. Venimos de cenar y, al entrar, voy directo a la habitación y me encuentro tres paquetes envueltos sobre la cama. Sé que son para ella. Lo que no recuerdo es haberlos comprado.

—Qué bonito has dejado el salón —dice ella desde la puerta.

¿El salón? Yo no he tocado nada.

Miro y veo decenas de velas encendidas, repartidas por las repisas, por el suelo, sobre la mesa baja. Dan una luz tibia, dorada, una penumbra cálida que tiembla en las paredes. Si acabamos de entrar. ¿Quién las ha encendido? La cortina del ventanal está subida del todo. Juraría que estaban bajadas. Mi memoria falla otra vez, como siempre, y decido no pelear con ella.

Noelia descubre los paquetes.

—¿Son para mí?

Mi sonrisa le basta como respuesta. Los recoge y se deja caer en el sofá, impaciente como una niña. Yo me siento a su lado, y la verdad es que tengo tanta curiosidad como ella. No sé qué contienen. Solo espero que le gusten.

Abre el primero. Por el peso y la forma adivino que es una caja de zapatos antes de que rompa el papel.

—¿Zapatos? —me mira extrañada.

Son unos zapatos de salón, rojos, de tacón de aguja, altísimos. Levanta una ceja y se le dibuja una sonrisa de niña mala.

—¿Los demás van a juego?

Abre el segundo con los ojos brillantes, anticipando.

—Me lo imaginaba —canturrea—. ¡Lencería!

Unas medias de rejilla, un conjunto diminuto, un liguero. Todo del mismo rojo encendido.

—Qué pervertido eres —dice, y me clava una mirada de medio lado—. Querrás que me lo ponga, ¿no?

Desaparece de un salto hacia el baño. Tarda. La espera vale cada segundo. Cuando vuelve, todo le queda perfecto, como si se lo hubieran cosido encima. Las medias de rejilla le trepan hasta la mitad del muslo, sujetas por el liguero, y el tanga diminuto apenas le cubre el coño. Las tetas se le desbordan por encima del sujetador rojo, los pezones marcándose duros contra la tela.

—Te has pasado con el color. Parezco una… ya sabes…

Termino la frase dentro de mi cabeza y me sorprende la facilidad con que aparece la palabra: puta. Parece una puta cara, una puta de las que se pagan bien, y la polla me late en el pantalón nada más pensarlo. Nunca la había visto con lencería de ese color. Le había regalado conjuntos negros, alguna vez burdeos, pero este rojo descarado jamás se me habría ocurrido. Y, aun así, tuve que comprarlo yo. No hay otra explicación posible. Está increíblemente follable.

—Trae algo de beber mientras me termino de poner esto.

La veo coger el pintalabios. Voy a la cocina y, cuando abro la nevera, hay una botella de champán enfriándose. Ya nada me sorprende. La saco. Ella me espera sentada, con los labios pintados de un rojo intenso, a juego con todo lo demás, y una sonrisa distinta, una que no le había visto antes. Una sonrisa de mujer que sabe que se la van a follar bien.

—¡Champán! —da un gritito—. ¡Qué grande!

Sirvo dos copas y brindamos. La situación es agradable, suave, casi irreal. La miro y no puedo evitar sentir cómo la polla se me endurece contra la bragueta. Le sirvo otra. El deseo se me despierta entero, pero ella, en plan provocadora, se hace la distante, la dura. Abre las piernas un momento, lo justo para que le vea el tanga rojo tensado sobre el coño, y las vuelve a cruzar. Sabe perfectamente lo que hace. Cuanto más la deseo, más se divierte. Mi impaciencia es su excitación. La conozco, ha jugado a esto muchas veces.

—¿Abro el tercero? —pregunta.

Me había olvidado por completo del último paquete.

—Claro, ábrelo.

Lo desenvuelve, lo saca y me mira sin entender. Es una venda negra, opaca, de tela gruesa.

—¿Quieres follarme con los ojos vendados? —se da la vuelta y me ofrece la nuca—. Pónmela.

Se la ato mientras habla.

—No sabía que te iban estos juegos. Mira que te lo tenías callado.

La verdad es que yo tampoco lo sabía. Pero me gusta.

—No se ve nada —dice, y mueve la cabeza a un lado y a otro.

***

Y justo cuando lo dice, lo veo.

En el balcón del edificio de enfrente hay un hombre mayor. Es un vecino que sale a fumar a todas horas; en su casa no le dejan hacerlo y no le queda más remedio que salir afuera, con frío o con calor. Desde su barandilla ve nuestro salón de lado a lado. Y, con la cortina subida y las velas encendidas, la ve a ella perfectamente.

Mi primer impulso es bajar la persiana. Pero mis manos no obedecen. En lugar de eso me descubro desabrochándole el sujetador, un gesto automático, como si lo decidiera otro. Las tetas le brincan libres, redondas, firmes, con los pezones rosados apuntando al techo. Se las cubro con las manos, como si la protegiera, apretándolas, sintiendo cómo los pezones se me clavan en las palmas. El viejo da una calada. Creo que sonríe.

Empiezo a acariciarla. Le pellizco los pezones entre el índice y el pulgar, tirando de ellos hasta que ella gime. Ella se extraña.

—Estás muy salido hoy.

Y entonces, sin pensarlo, retiro las manos y dejo que el de enfrente vea lo que yo tapaba. Las tetas de una chica de veintidós años ofrecidas a un viejo de sesenta y tantos. Le rozo los pezones con las yemas, dibujo círculos alrededor de las aureolas, se los humedezco con saliva, y ella jadea, ajena a todo, vendada, entregada al juego que cree que es solo nuestro. Le bajo una mano al vientre y la meto por debajo del tanga. Está mojada. Empapada. Le froto el clítoris con dos dedos y se le escapa un gemido largo que hace que el viejo dé un paso al frente en el balcón.

—Mmm, sigue así —susurra ella, echando la cabeza atrás.

No puedo dejar de mirar al hombre.

Hago que se ponga a cuatro patas sobre el sofá, de cara a mí. Le arranco el tanga por un lado, con un tirón seco, y el trozo de tela roja queda colgando del liguero. El coño le brilla, hinchado, con los labios abiertos y un hilo de humedad bajándole por la cara interna del muslo. Me bajo el pantalón y los calzoncillos de golpe. La polla me salta dura, apuntándole a la boca. Escucho un «qué malvado» entre risas y siento cómo cierra los labios pintados de rojo alrededor de mi glande, cómo la lengua me recorre despacio, cómo me va tragando hasta el fondo. Pero no lo he hecho por eso. Lo he hecho para que el del balcón pueda verle el culo levantado, redondo, enmarcado por el liguero, el coño abierto entre los muslos, todo el cuerpo de espaldas, completo, sin estorbos. No entiendo de dónde sale ese deseo, pero ahí está, y no lo controlo.

Ella me mama con hambre. Me la saca, me lame los huevos uno por uno, me la vuelve a meter entera, la garganta cediendo, hasta que se le escapa una arcada y un hilo de baba le cae por la barbilla y le mancha las tetas. Yo la agarro del pelo y le marco el ritmo, hundiéndosela hasta el fondo, mientras ella gime con la boca llena.

El viejo baja la mano y empieza a tocarse por encima del pantalón. Una voz dentro de mí, que reconozco y a la vez no, me dicta lo que debo hacer.

Así, así. Exhíbela. Que ese hombre se corra viéndola chupártela.

Y ella se contonea, sacando el culo, moviendo las caderas, sin saber por qué de pronto la sujeto distinto. Le meto dos dedos en el coño desde atrás mientras ella sigue mamando y noto que ya está tan mojada que los dedos entran y salen con un ruido húmedo, obsceno, que llena todo el salón. Lo hace bien, demasiado bien. Me sorprendo pensando que se le nota la experiencia, que esa boca ha mamado muchas pollas antes que la mía, y enseguida me asusta haberlo pensado. El cigarrillo se le consume rápido al de enfrente; debe de estar dando caladas muy hondas. Las velas le dan luz suficiente para verlo todo: cómo se la meto en la boca, cómo le abro el coño con los dedos, cómo se le derrite el pintalabios en mi polla.

Noto que estoy a punto y me detengo. Le saco la polla de la boca de un tirón y ella se queda con la lengua fuera, respirando fuerte. No quiero correrme todavía.

***

La incorporo y la acerco al ventanal. Ahora la ve aún mejor. La pego al cristal, de espaldas a mí, y le acaricio las tetas desde atrás, apretándoselas, ofreciéndoselas al viejo. Le susurro al oído que se toque por encima del tanga roto, que se meta la mano.

—Pervertido —murmura. Pero lo hace. Se mete dos dedos en el coño y empieza a moverlos, y desde donde estoy oigo el chapoteo húmedo mientras se los hunde hasta los nudillos.

—Pásate la lengua por los labios —le pido.

—¿Me imagino que alguien me está mirando? —dice de pronto.

El comentario me sobresalta tanto que casi me aparto.

—Mmm, hoy estás insoportable —ríe ella, y se lame los labios despacio, sacando la lengua rosada y paseándola muy lento por el rojo del pintalabios.

Bajo la mano y soy yo quien la acaricia ahora, apartándole los dedos, metiéndole los míos en el coño empapado. Le froto el clítoris con el pulgar mientras la penetro con el índice y el corazón. Ella, sin que se lo pida, se pellizca un pezón con la otra mano mientras juega con su propia boca, sacando y metiendo la lengua como si mamara una polla invisible.

—Mira que si alguien me estuviera viendo de verdad… —insiste—. Me correría en tu mano ahora mismo.

Me asusta cada vez que lo repite, como si lo intuyera, pero sigo. Sé que de alguna manera la estoy entregando, y una parte de mí no quiere hacerlo. Es mi novia. Y, aun así, la hago arrodillarse de cara a la ventana y le aparto el pelo castaño, abundante y rizado, para que el de enfrente le vea bien la cara. Le meto la polla en la boca de nuevo, esta vez despacio, y giro la cabeza hacia el balcón para asegurarme de que el viejo lo ve todo. Quiero que vea cómo me lame la punta, cómo baja por el tronco, cómo se traga los huevos uno a uno, cómo después, golosa, vuelve a metérsela entera y me la clava en la garganta.

Le agarro la cabeza con las dos manos y la follo la boca. Ella no se resiste. Deja que le marque el ritmo, que la use, y cuando le suelto el pelo se me queda mamando ella sola, con las manos apoyadas en mis muslos y los ojos vendados clavados hacia arriba, hacia mí, sin saber que en realidad está mirando de reojo la ventana.

El hombre ya lleva varios cigarrillos disfrutando del espectáculo. ¿Qué pensará de ella? ¿Cómo puedo hablar así de mi Noelia? Y entonces me llega un pensamiento que me hiela. ¿Y si se cruzan un día en la cola del supermercado? ¿Y si coinciden en la cafetería de la esquina? La ve tan bien, con la cara empolvada en semen que empieza a rezumarme por la punta y le mancha la mejilla, que la reconocería en cualquier parte.

Mejor parar. Mejor bajar la cortina.

La incorporo y la llevo de nuevo al sofá. Me tumbo y la coloco encima de mí, de espaldas a mí, de cara a la ventana. Le abro las piernas con las manos y le encajo la polla en el coño de una embestida seca, hasta el fondo. Ella grita, un gemido ronco que se le escapa desde el vientre. ¿No había decidido que era mejor que no la vieran? ¿No era eso lo que quería? Mis intenciones y mis actos van por caminos distintos.

Empieza a moverse sobre mí, subiendo y bajando, empalándose ella misma en mi polla. Se le nota la experiencia, eso ya lo sabía. Se contonea, gira las caderas, aprieta el coño alrededor de mi verga con una habilidad que me obliga a morderme el labio para no correrme. Le agarro las tetas desde atrás, se las estrujo, se las ofrezco al ventanal. Ella cabalga cada vez más rápido y sus gemidos llenan el salón, chapoteos húmedos de su coño empapado tragándose mi polla una y otra vez.

El viejo de enfrente hace lo que haría cualquiera: se libera del pantalón y empieza a masturbarse abiertamente, sin disimulo. Le veo la polla en la mano, moviéndola rápido, los ojos clavados en Noelia. Verlo es como una señal, un resorte que se dispara dentro de mí. La cojo de las caderas y empiezo a follármela desde abajo con embestidas brutales, haciendo que las tetas le boten, que los gemidos se le desboquen, que todo el sofá cruja.

Y entonces mis manos suben hacia la venda, otra vez como si no fueran mías, como si pertenecieran a otro hombre. Justo cuando ella está a punto de llegar, cuando noto que el coño empieza a contraerse alrededor de mi polla en espasmos, le arranco la venda de los ojos.

Tarda un instante en entender lo que ve. Y, en lugar de gritar, en lugar de taparse, se queda mirando al vecino del balcón mientras él la mira a ella. Tiene un orgasmo salvaje, largo, con los ojos clavados en el desconocido. Se abre las piernas más, se toca el clítoris con la mano y empieza a frotárselo frenéticamente sin dejar de mirarlo, mientras yo se la sigo clavando desde abajo. El coño se le contrae en oleadas alrededor de mi polla y siento cómo me chorrea por los huevos.

—Que me vea, que me vea correrme —jadea, y es lo último que necesito.

Le clavo la verga hasta el fondo y me corro dentro de ella con espasmos que me sacuden entero. Siento el semen escapándoseme, llenándole el coño, desbordándose por los bordes, resbalándole por los muslos. Al otro lado del cristal, el viejo se corre también sobre su propia mano, la boca abierta, sin apartar la vista de nosotros. Los tres terminamos casi a la vez, solo que ella encadena uno tras otro sin apartar la vista del hombre, moviendo el clítoris con dos dedos, gimiendo cada vez más agudo, mientras yo sigo derramándome dentro y ella sigue apretándome con espasmos.

—Me gusta —dice al fin, sin aliento, con mi semen chorreándole entre los muslos—. Pervertido.

***

Y ahí termina el destello.

Es como salir de un trance. Me despierto sudando y, tal como me pidió el terapeuta, me siento a escribir y voy reconstruyéndolo punto por punto, todo lo que viví o creí vivir. Tengo una erección tremenda y me descubro imaginando que el mirón soy yo, que estoy en aquel balcón y veo a mi propia novia desde fuera, con las piernas abiertas, corriéndose sobre otra polla que en realidad es la mía, ofrecida por alguien que tiene mi misma cara.

No sé qué significa. No sé por qué mi cabeza inventa a Noelia exhibiéndose, ni por qué me excita ser a la vez quien la entrega y quien la mira. Me dijo el terapeuta que cuantos más comentarios lea, más rápido entenderé lo que mi inconsciente intenta decirme. Aunque para eso tenga que seguir teniendo destellos como este.

Así que esta vez sí: leeré todo lo que tengáis que decir.

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Comentarios(7)

cordobes_77

tremendo relato!!! me tuvo enganchado hasta el final

LectoraNoc

Por favor continúa esto, quedé con muchas ganas de saber qué paso después. Que morboso todo jajaja

JoakoRo

el detalle de la venda en los ojos lo cambia todo... muy bien jugado. Felicitaciones

Mirko_Baires

Que bien narrado, se siente real. Sin vulgaridades pero con un morbo increible. Felicitaciones.

nacho_bs

jaja este relato me hizo acordar a algo que me pasó hace años con un vecino curioso... aunque nunca llegó tan lejos. Bien narrado

Fercho_G

seguí escribiendo!! tremendoo

GaboNoche_33

Y ella se enteró que el vecino los miraba? Me quedé con esa duda jaja. Muy buen relato en todo caso.

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