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Relatos Ardientes

Subimos al ascensor sin nada bajo su abrigo

A los veintisiete años creía que ya lo había probado casi todo, hasta que Renata entró en mi vida y me demostró lo equivocado que estaba. Ella tenía veinticinco, era menuda, de esas mujeres que parecen frágiles hasta que las ves moverse y entendés que no hay nada frágil en ellas. Lo que más me gustaba no era su cuerpo, aunque su cuerpo me volvía loco: era esa manera suya de buscar siempre el filo, el borde exacto donde el placer se mezclaba con el peligro de que alguien nos descubriera.

Nos prendía lo mismo. Cuando salíamos a cenar, a veces le pedía que se quitara la ropa interior en el baño del restaurante y me la entregara debajo de la mesa. Y así pasaba el resto de la noche, sabiendo que bajo aquel vestido no había nada, jugando a meterle los dedos por debajo del muslo hasta rozarle el coño mojado mientras la mesera nos servía el postre. En el cine nos sentábamos siempre en la última fila, y yo terminaba con la mano metida entre sus piernas, masturbándola despacio, besándola más para ahogar sus gemidos que por otra cosa. Más de una vez terminó ella agachándose con la cabeza en mi regazo, sacándomela ahí mismo y chupándomela hasta hacerme tragar la corrida en silencio. Nunca supimos de qué iban esas películas.

Renata compartía un departamento en un cuarto piso con dos compañeras de la facultad. El edificio tenía ocho plantas y un ascensor viejo, lento, con espejos en tres de sus paredes y una luz amarillenta que zumbaba como un mosquito. Ese ascensor terminó siendo el escenario de una de las noches que todavía hoy, años después, me sigue acelerando el pulso cuando la recuerdo.

Habíamos quedado en salir a bailar. Esa clase de lugares no arrancaba hasta pasada la medianoche, así que matamos el tiempo viendo una serie en su sala, con sus compañeras ya dormidas en sus cuartos. A eso de la una nos preparamos para salir. Hacía frío, y Renata aprovechó para ponerse un abrigo largo, de paño, que le llegaba casi a las rodillas, y unas botas altas de cuero.

—¿Lista? —le pregunté mientras buscaba las llaves del auto.

—Casi —dijo, y se abrió el abrigo apenas un segundo, lo justo para que viera que debajo no llevaba absolutamente nada. Las tetas al aire, el coño depilado, las botas hasta la rodilla y nada más.

Iba a ser una noche larga.

Salimos del departamento conteniendo la risa como dos adolescentes. En cuanto las puertas del ascensor se cerraron detrás de nosotros, todo cambió. Renata apretó el botón del último piso, el octavo, y se recargó contra el espejo del fondo. A esa hora nadie usaba ese ascensor, y los dos lo sabíamos.

—Quitámelo —murmuró, refiriéndose al abrigo.

Deslicé las manos por las solapas y se lo abrí del todo. Verla así, completamente desnuda salvo por las botas, bajo aquella luz temblorosa, con su reflejo multiplicado en los tres espejos, fue como recibir un golpe en el pecho. Se me puso la verga dura de inmediato, apretada contra el pantalón, y ella lo sintió cuando la abracé y la besé despacio, restregándome contra su vientre.

Bajé por su cuello, mordiéndole apenas la piel, y seguí hasta sus tetas. Tenía los pezones pequeños, oscuros, y cuando se excitaba parecían crecer al doble. Los chupé uno a uno, tirándoselos entre los dientes, jugueteando con la lengua hasta sentirlos duros como piedritas entre mis labios. Ella arqueó la espalda contra el espejo y me buscó la mano, se la llevó entre las piernas y me obligó a meterle dos dedos de un empujón. Estaba empapada. Los dedos me entraron enteros sin resistencia y ella soltó un gemido bajo, mordido, mientras yo se los movía adentro, curvándolos, buscándole ese punto rugoso que la volvía loca.

—Más adentro —jadeó—, más fuerte.

Le metí un tercer dedo y empecé a follársela con la mano, rápido, mientras con el pulgar le apretaba el clítoris hinchado. Renata empezó a frotarse contra mi muslo al ritmo de mi mano, lenta al principio, después con más urgencia, mordiéndose el labio para no hacer ruido. Sentía cómo el coño se le contraía alrededor de mis dedos, chorreando, ensuciándome la muñeca.

El ascensor se detuvo con una sacudida y sonó la campanilla. Los dos nos quedamos petrificados, mirando las puertas, el corazón a punto de salírseme por la boca. No se abrieron. Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo, sin sacarle los dedos.

—Casi —susurró ella, y se rió contra mi oreja, pero enseguida volvió a gemir cuando le clavé los dedos hasta el fondo.

Volví a apretar un botón, esta vez el de la planta baja, y el ascensor empezó a descender. Me arrodillé frente a ella, le levanté una pierna y la apoyé sobre mi hombro. Renata se sostuvo de la barra metálica y echó la cabeza hacia atrás contra el espejo. Le abrí los labios del coño con los pulgares y le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, saboreándola, llenándome la boca de su humedad tibia. Sabía a sal y a hembra caliente. Le chupé el clítoris con los labios, se lo tironeé con la boca, después le metí la lengua adentro tan hondo como pude mientras el ascensor bajaba piso por piso y la posibilidad de que las puertas se abrieran en cualquier momento lo volvía todo más intenso.

Levanté la vista sin dejar de comérsela. Ella se acariciaba una teta con una mano, apretándose el pezón entre los dedos, retorciéndoselo, y me miraba desde arriba con los ojos entornados, como pidiéndome que no parara por nada del mundo. Le metí dos dedos otra vez mientras seguía chupándole el clítoris, y sentí cómo el muslo que tenía sobre el hombro empezaba a temblar. Se vino en mi boca con un gemido largo, tapándose ella misma la boca con la mano libre, apretándose contra mi cara mientras yo tragaba todo lo que le salía. Cuando el ascensor llegó abajo y se detuvo, volvimos a mandarlo arriba.

***

Esta vez fue mi turno. Yo también llevaba una chamarra larga, de esas que llegan a medio muslo. Me desabroché el pantalón, me lo bajé hasta las rodillas y la verga me saltó afuera, dura, hinchada, con la punta ya brillando. Renata se agachó frente a mí y se relamió los labios. Sabía exactamente lo que hacía. Primero me recorrió a lo largo con la lengua, lento, besándomela desde la base hasta el glande, sin prisa, escupiendo saliva y esparciéndomela con la mano. Me lamió los huevos uno por uno, se los metió en la boca, tironeó con los labios hasta que pensé que iba a perder la cabeza.

Después se metió la polla entera en la boca de un solo movimiento y empezó a moverse, jugando con la lengua contra el frenillo, apretando los labios, hundiéndomela hasta la garganta y sacándola con hilos de saliva colgándole del mentón. Me miraba desde abajo con esos ojos que conocían perfectamente el efecto que tenían sobre mí, mientras se agarraba la base con la mano y me la masturbaba al mismo tiempo que la chupaba.

—Me vas a matar —le dije entre dientes, con una mano apoyada en el espejo para no perder el equilibrio y la otra hundida en su pelo.

Le agarré la nuca y empecé a moverle la cabeza yo, marcándole el ritmo, follándole la boca despacio pero hasta el fondo. Ella se dejaba, arqueando el cuello, tragando saliva, dejándome sentir la garganta apretada alrededor del glande. Le corría el maquillaje de los ojos, tenía la barbilla babeada y no le importaba nada.

El ascensor llegó al octavo y las puertas se quedaron cerradas. Esta vez no apretamos ningún botón. La saqué de mi polla tirándole del pelo, la levanté por las axilas y la aplasté contra el espejo. Ella me rodeó la cintura con las piernas y, recargándola contra la pared, me alineé con la entrada de su coño y la dejé caer con su propio peso. Sentí cómo me tragaba hasta el fondo, apretándome, empapándome.

El gemido que soltó junto a mi oído me prendió todavía más, si eso era posible. La sostenía de las nalgas, firmes, y la subía y la bajaba sobre mi verga, cada vez más rápido, hasta que el ruido húmedo de nuestros cuerpos empezó a mezclarse con el zumbido de la luz. Cada vez que le enterraba la polla hasta el fondo, los dos conteníamos la respiración, porque bastaba con que alguien, en cualquiera de los ocho pisos, llamara al ascensor para que las puertas se abrieran de golpe y nos encontraran así.

Ese era justo el morbo. La idea de ser vistos, de que un vecino somnoliento apretara el botón y se topara conmigo cogiéndomela de pie contra el espejo, con las tetas rebotándole al ritmo de mis embestidas, nos tenía a los dos al límite. Renata estiró un brazo y apretó el botón de la planta baja sin dejar de rebotar sobre mi polla.

—Bajemos al piso —me dijo al oído, con la voz ronca—, quiero cabalgártela.

Me recosté sobre el suelo frío del ascensor y ella se sentó encima, en cuclillas, apoyando las botas contra el piso a los costados de mi cadera. Se agarró mi polla con una mano, se la restregó por los labios del coño mojado y se dejó caer de golpe, hasta el fondo. Empezó a cabalgarme mientras el aparato descendía con nosotros dentro, subiendo y bajando las caderas, apretándome adentro con cada movimiento. Desde abajo la veía completa: las tetas botando arriba y abajo, el vientre plano tensándose, mi verga entrando y saliendo brillante de su jugo, su reflejo repetido en los espejos, las botas todavía puestas, la luz amarilla recortándole la silueta. Era una de las imágenes más excitantes que recuerdo.

Le agarré las caderas y empecé a embestirla desde abajo, clavándosela con fuerza, haciéndola gemir con cada golpe. Ella se llevó una mano al clítoris y empezó a frotárselo mientras me montaba. Se venía de nuevo, la sentía apretarme adentro, y esa fue la señal.

Cuando sentimos que estábamos demasiado cerca del final, nos levantamos a toda prisa y nos cubrimos con el abrigo y la chamarra justo antes de que el ascensor se detuviera. Las puertas se abrieron en el vacío de la planta baja. No había nadie. Nos miramos y nos echamos a reír, todavía agitados, ella con las piernas temblándole y yo con la polla dura asomándome debajo de la chamarra.

—Otra vez —dijo ella, y volvió a marcar el último piso.

***

En esa última subida, Renata se dio la vuelta y se apoyó contra la pared, ofreciéndome la espalda y el culo. Se arqueó, separó las piernas y se abrió las nalgas con las dos manos, mostrándome el coño hinchado y brillante. La tomé de las caderas y le clavé la verga desde atrás de un solo empujón, entrando entero, hasta que sentí mis huevos golpearle el clítoris. Empecé despacio, entrando y saliendo, mirando cómo mi polla desaparecía dentro de ella y salía cubierta de su jugo. Después con más fuerza, agarrándola de la cintura, cogiéndomela a fondo, haciéndola chocar contra el espejo con cada embestida.

Ella apoyaba las palmas en el espejo y dejaba marcas de vaho con su respiración jadeante. Le pasé una mano por la espalda hasta agarrarla del pelo y tiré, obligándola a arquear más el cuello. Con la otra mano le di una nalgada seca que resonó en el ascensor y le dejó la huella roja sobre la piel blanca.

—Más —jadeó ella—, dame más fuerte.

Le di otra nalgada, y otra, mientras la seguía embistiendo. Le mojé el pulgar con la saliva y se lo apoyé contra el culo, presionando apenas, y ella se echó hacia atrás buscándolo, tragándomelo hasta la primera falange mientras yo le seguía metiendo la polla en el coño. No sé cuántas veces enviamos ese ascensor de un extremo al otro del edificio aquella madrugada. Perdí la cuenta entre subidas, bajadas y campanillas que nos detenían el corazón.

Cuando finalmente terminé, lo hice dentro, hasta el fondo, como a ella le gustaba. Le clavé la verga hasta las bolas y me vine ahí, en oleadas, sintiendo cómo el coño se le apretaba alrededor de mí ordeñándome cada gota. Casi siempre se venía de nuevo justo en ese instante, cuando sentía el chorro caliente llenándola, y esta vez no fue distinto: gimió largo contra el espejo mientras yo seguía embistiéndola, vaciándome adentro. Decía que lo que más la encendía era lo de después: la sensación de caminar sintiendo cómo el semen le resbalaba lentamente entre los muslos mientras nadie a su alrededor sospechaba nada.

Nos arreglamos como pudimos. Renata se cerró el abrigo con mi corrida todavía escurriéndosele por dentro de la pierna, yo me abroché el pantalón, y por supuesto ya no fuimos a ninguna parte. Salimos del edificio abrazados y cruzamos hasta el auto, que había dejado al fondo del estacionamiento, en el sótano, lejos de la rampa y de las cámaras.

Nos sentamos a hablar un rato, todavía con la respiración entrecortada, las ventanas empezando a empañarse por dentro. No tardamos mucho en volver a buscarnos. Ella me abrió el pantalón otra vez, me la sacó y me la agarró con la mano, dura de nuevo, y se la llevó a la boca un momento para dejármela bien mojada. Eché el asiento hacia atrás todo lo que daba, Renata se abrió el abrigo, se pasó al asiento del conductor, se montó encima y se dejó caer de un solo movimiento, tragándome entera hasta el fondo. También eso le gustaba: el golpe seco, la sorpresa, sentirme entrar de golpe sin aviso, notar cómo mi verga se abría paso a través de la corrida anterior que todavía tenía adentro.

La tuve así, desnuda en la penumbra del sótano, cabalgándome despacio con las tetas en mi cara, lamiéndoselas, chupándoselas, recorriéndole la espalda con las manos hasta agarrarle las nalgas y ayudarla a moverse. Ella me buscó la boca y me besó mientras se movía, mordiéndome los labios, susurrando guarradas contra mi oído. Me venía tan hondo que la punta de la polla le tocaba el fondo con cada bajada. Los dos terminamos otra vez, abrazados sobre el asiento del auto, con los vidrios completamente empañados y mi segunda corrida sumándose a la primera dentro de ella.

***

Eran casi las dos de la madrugada cuando por fin decidimos volver al departamento. Y ahí llegó el último golpe de suerte de la noche. Justo cuando entrábamos al edificio, se nos sumó un grupito de vecinos que regresaba de alguna fiesta: tres muchachos y dos chicas, todos más o menos de nuestra edad, riéndose fuerte, con esa euforia ruidosa de quien todavía no quiere que la noche termine.

Subimos todos juntos al mismo ascensor que, apenas un rato antes, había sido escenario de todo lo demás. Yo me ubiqué con la espalda contra el fondo y abracé a Renata desde atrás, conteniendo una sonrisa que no se me borraba. Ella, fiel a su naturaleza, no perdió la oportunidad de seguir jugando: deslizó una mano hacia atrás, disimulada por mi abrigo, me abrió el pantalón sin que nadie viera, me sacó la polla a medio endurecer y me la apretó en el puño mientras los vecinos charlaban a nuestro alrededor, completamente ajenos. Empezó a masturbarme muy despacio, con la mano escondida entre mi abrigo y su cuerpo desnudo bajo el suyo.

—¿Salieron a bailar? —preguntó una de las chicas, amable.

—Algo así —respondí, tragando saliva, sintiendo cómo Renata me apretaba con más fuerza justo en ese momento, y noté a Renata temblar de risa contenida contra mi pecho.

Los vecinos bajaron en el tercer piso entre despedidas y risas. Cuando las puertas se cerraron de nuevo y nos quedamos solos, los dos soltamos la carcajada que habíamos estado aguantando, ella todavía con mi verga en la mano. El ascensor siguió subiendo, vacío salvo por nosotros, hasta el cuarto piso.

La dejé en la puerta de su departamento. Nos besamos despacio, ya sin urgencia, con esa ternura tranquila que viene después. Bajé las escaleras de regreso al auto con una sonrisa idiota que no se me quitó en todo el camino a casa.

Con Renata vivimos muchas noches parecidas, cada una a su manera memorable. Pero esa, la del abrigo y el ascensor que no paraba de subir y bajar, sigue siendo la primera que me viene a la mente cuando alguien me pregunta cuál fue la vez que estuve más cerca de que nos atraparan. Y, si soy honesto, parte de mí siempre deseó que ese botón lo hubiera apretado alguien.

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Comentarios(7)

Kikita_77

Dios mio que relato!!! me dejaste sin aliento

CaminanteK

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo esto

Juanchi_del_sur

me recordo a algo que me paso hace anos jajaja, demasiado bueno esto

CuriosidadBA

¿y despues del ascensor que paso? me quede con la intriga!!

Vale_del_Mar

Se hizo cortisimo, quiero mas!!

NocheProlija

Muy bien contado, se siente real y no es para nada burdo. Uno de los mejores de la categoria sin dudas.

viciosin

la idea del ascensor es de lo mas atrevida que lei en mucho tiempo... aplausos de pie jajaja

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