La noche que me desnudé en el karaoke de la playa
Ingrid me invitó a la cena de su cumpleaños, que organizaban entre el chico con el que salía por entonces, su hermano y un par de amigos más. Sería en un restaurante junto al mar, de esos con la terraza casi tocando la arena. No sé quiénes van ni cuántos seremos, pero he contado contigo, me dijo. Y claro que acepté encantada.
Al final nos juntamos doce. Las personas que ella había nombrado y un puñado de chicos y chicas que yo no conocía de nada. Lo pasamos muy, muy bien, entre bromas, vino que no dejaba de subir y un ambiente que se fue soltando con cada plato. Cuando llegó la hora de las copas, los anfitriones anunciaron que iban a rescatar una costumbre vieja que, según ellos, encantaba sobre todo a los alemanes. De esos había cuatro en la mesa.
—Karaoke —dijo el hermano de Ingrid, levantando una copa.
Hubo risas, alguna queja teatral y al rato ya estábamos todos desafinando sin vergüenza. La mala voz era lo de menos. Lo divertido era ver quién se atrevía.
Pasado un rato, cuatro de los chicos desaparecieron sin que nadie les diera importancia. El novio de Ingrid entre ellos. Volvieron al cabo de unos minutos y se plantaron delante de nosotros con una sonrisa de quien trama algo.
—Ahora viene la sorpresa —avisó uno.
Apagaron las luces. La sala quedó a oscuras un instante y después la iluminación empezó a crecer despacio, como en un teatro, mientras por los altavoces sonaba la música de The Full Monty. Un clásico ya viejo, pero infalible. Los cuatro se lanzaron a un striptease completo, sin cortarse lo más mínimo, entre aplausos, gritos y cachondeo general. Cuando se bajaron el calzoncillo, las cuatro pollas quedaron colgando a la vista, dos ya medio duras, una gorda y venosa que se balanceaba de un lado a otro, y otra más fina que apuntaba hacia arriba como si le estuviera gustando aquello más de la cuenta. Hicieron una reverencia exagerada, mostrando el culo y los huevos, y se vistieron entre carcajadas y silbidos.
Salieron a cantar un par de canciones más, y yo, mientras los miraba, sentí esa cosquilla que conozco demasiado bien. La que me avisa de que no pienso quedarme quieta. Y también noté otra cosa, más abajo: el tanga se me estaba empapando, y podía sentir cómo el coño me palpitaba lento, pidiendo atención.
No puedo perderme una oportunidad así.
Me acerqué al encargado de la sala, que manejaba la música desde una esquina, y le pregunté en voz baja si tendría You can leave your hat on, la de Joe Cocker, la del striptease de aquella película de los años ochenta. La coreografía me la sé al dedillo, la he ensayado a solas más veces de las que admitiría, casi siempre metiéndome dos dedos en el coño frente al espejo del dormitorio.
—¿Cómo no la voy a tener, si la he puesto cientos de veces? —me contestó, divertido, mirándome de arriba abajo como si ya supiera lo que venía. Le vi de reojo el bulto marcándose en el pantalón cuando volvió a inclinarse sobre la mesa de mezclas.
Hizo lo mismo que antes. Apagó las luces, dejó la sala unos segundos en penumbra y fue subiendo la intensidad muy despacio, jugando con la atmósfera. Yo esperé el primer compás en el centro del pequeño escenario. Y cuando la música arrancó, empecé a desnudarme.
No con prisa. El truco está en la lentitud, en hacer durar cada botón, cada tirante que resbala. En la sala se hizo un silencio raro, denso, roto solo por algún silbido y por los aplausos que llegaban a destiempo, como si nadie quisiera apartar la vista ni un segundo para chocar las manos.
Yo no miraba a nadie en concreto. Los miraba a todos. Doce pares de ojos pendientes de mí, de mi ropa cayendo al suelo, de la piel que iba apareciendo bajo la luz cálida. Y ahí, precisamente ahí, está lo que me gusta. No es el cuerpo. Es saber que miran. Saber que en ese instante soy lo único que existe en la habitación.
Sentía el calor de los focos en los hombros y, debajo de ese calor, otro distinto que me subía desde el vientre, del coño hinchado y mojado que ya me pedía a gritos que alguien lo tocara. Cada prenda que dejaba caer era una pequeña victoria. La blusa primero, dejando ver el sujetador negro por el que se marcaban los pezones tiesos, duros como piedras. Luego la falda, resbalando por las caderas hasta caer a mis pies, con el tanga empapado tan pegado al coño que se me marcaban los labios de arriba a abajo. Después un tirante y otro. Estiraba los segundos al máximo, como quien sostiene una nota larga, y notaba cómo la respiración de la sala se acompasaba a la mía.
Vi al menos a tres tíos con la mano por encima del pantalón, apretándose la polla sin poder disimular. Uno de los alemanes se pasaba la lengua por los labios cada vez que me giraba y le enseñaba el culo. La novia de otro tenía la mano metida por debajo del vestido de su amiga, y ni siquiera intentaban esconderlo. Disfruté como pocas veces en mi vida.
***
Y entonces llegó la sorpresa que yo no había planeado.
Cuando solo me quedaban el sujetador y el tanga, y creo que estaba entrando ya en una especie de éxtasis, con el coño chorreando por dentro del tanga y los muslos brillando de mis propios jugos, Ingrid se subió al escenario. Le hizo un gesto al encargado para que parara la música y pidió que empezara otra vez desde el principio.
—No quiero dejar sola a Nadia —dijo, sin más explicación.
La miré sin entender del todo, pero ella ya se estaba quitando los zapatos. Cuando la música volvió a sonar, empezó su propio striptease a mi lado, siguiendo mis movimientos con torpeza al principio y con una soltura cada vez mayor. Yo retomé la coreografía desde el compás de salida, y por un momento fuimos dos cuerpos moviéndose al mismo ritmo bajo la misma luz.
Llegó el instante en que tocaba quitarse lo último. Ingrid se acercó a mí. Entre caricias, algún roce que no era casual y un par de besos suaves en los labios, nos quitamos la una a la otra el sujetador y la ropa interior. Sus dedos tardaron más de la cuenta en el broche de mi espalda, y yo no hice nada por que se apurara. Cuando el sujetador cayó, sus manos vinieron directas a mis tetas, con los pulgares apretándome los pezones, tirando de ellos hasta hacerme soltar un gemido que se perdió en los aplausos.
Yo le devolví el favor. Le bajé el tanga muy despacio, arrodillándome, y aproveché para pasar la nariz por su coño depilado antes de terminar de sacarle la prenda por los pies. Olía a hembra caliente, y le vi los labios brillantes de humedad a un palmo de mi cara. Cuando me levanté, ella metió una mano entre mis piernas, como si buscara equilibrio, y me rozó el clítoris con los nudillos. Fue un segundo, un segundo apenas, pero se me escapó un jadeo tan claro que la primera fila lo tuvo que oír. Ella me miró a los ojos, sonrió, y volvió a pasar los dedos, esta vez dos, entre mis labios abiertos, hundiéndolos un centímetro dentro de mí antes de sacarlos y llevárselos a la boca para chuparlos.
Estaba al borde del orgasmo, allí de pie, delante de todos. Después ella me confesaría que le había pasado exactamente lo mismo, que se había corrido un poco solo con verme la cara cuando le metió los dedos.
Cuando quedamos las dos completamente desnudas, frente a frente, sonó un aplauso atronador que pareció no terminar nunca. Dejamos la ropa hecha un ovillo sobre el escenario y, todavía con la piel ardiendo y los coños empapados escurriendo por los muslos, salimos en tropel hacia la playa para darnos un baño nocturno. El agua estaba fría y negra, y nosotras reíamos como si acabáramos de cometer una travesura enorme. Bajo el agua, Ingrid me buscó, y esta vez sus dedos entraron en mi coño hasta el fondo, tres a la vez, follándome despacio mientras me mordía el cuello. Me corrí ahí mismo, agarrada a su hombro, apretándole los dedos con el coño y mordiéndole la boca para no gritar. Ella se corrió después contra mi muslo, restregándose el clítoris arriba y abajo hasta que se le doblaron las rodillas y tuve que sostenerla.
No olvidaré esa noche mientras viva.
***
Podría seguir contando, porque hay muchas más. Situaciones parecidas que repito cada vez que puedo, pequeños juegos que nadie sospecha salvo quien los está mirando.
Cuando viajo por carretera, por ejemplo, me detengo a hacer pis junto al coche disimulando, fingiendo que no quiero que me vean, mientras sé perfectamente que alguien en el arcén está disfrutando de la vista de mi culo abierto en cuclillas, con el chorro cayendo entre los labios del coño y salpicándome los muslos. Me tomo mi tiempo. Sacudo un poco las caderas al terminar, como si me secara, y me subo las bragas muy lento, dejando que el conductor de al lado se lleve una imagen que va a masturbarse durante semanas. Lo mismo cuando camino por la orilla y me paro un momento, como por casualidad, a la vista de cualquiera que pase, con el bañador metido tan arriba entre las nalgas que solo un hilo separa lo que se ve de lo que no. Lo he hecho con distintos amigos y amigas, y ninguno termina de saber si es teatro o verdad.
En los probadores de las tiendas nunca corro la cortina del todo. Me desnudo entera para probarme cualquier prenda y soy de lo más pesada con el personal, pidiendo ayuda constante para que me traigan otras tallas y me sorprendan sin nada encima, con las tetas al aire y el coño depilado a la vista.
—¿Verdad que esta no es la mía? Creo que necesito una más grande, ¿cómo lo ves, qué te parece? —digo, mientras llamo discretamente la atención de quienes se prueban ropa en los probadores de al lado, y también la de quienes los acompañan.
Una vez, una dependienta joven se quedó bloqueada mirándome los pezones cuando entró sin avisar. Se puso roja, se disculpó, y yo, en vez de taparme, me giré despacio para que también me viera el culo. Tardó tres segundos en cerrar la cortina. Tres segundos que valieron la mudanza, porque volvió a los diez minutos con la excusa de traerme otra talla, y esa vez cerró la cortina detrás de ella. Terminé con su cara enterrada entre mis muslos, comiéndome el coño en cuclillas mientras yo me mordía la mano para no gritar en la tienda, y ella se metió dos dedos por debajo de la falda para correrse a la vez que yo. Salió con la boca brillante y me pasó una tarjeta con su número escrito a mano.
Cuando entro al baño de un bar o un restaurante, jamás echo el pestillo. Cada vez hay más servicios unisex, y muchos locales pequeños tienen un único baño para todo el mundo. Me he visto «sorprendida» dentro un montón de veces, tanto por chicas como por chicos, y lo fascinante son las reacciones. Hay quien cierra de golpe en cuanto nota que alguien hay dentro, casi pidiendo perdón. Y hay quien se demora un segundo de más, recreando la vista antes de retirarse. Sinceramente, estos últimos son mis favoritos. En más de una ocasión, ese segundo se ha convertido en un tío entrando del todo, cerrando la puerta con seguro y follándome contra el lavabo con el pantalón por los tobillos, la polla dura empujando entre mis muslos hasta encontrar el coño sin bragas y metiéndola hasta el fondo con una sola embestida. Sin nombres, sin palabras. Me la meten, se corren dentro o encima del culo, se suben el pantalón y desaparecen. Yo me quedo un rato más frente al espejo, con el semen goteándome por el muslo, disfrutando de la cara que se me pone cuando acabo de follar con un desconocido.
Ese instante de duda en la puerta entreabierta es lo que persigo. Esa fracción de segundo en la que el otro decide si mira o aparta la vista, y en la que yo decido si me cubro o me quedo quieta. Casi siempre me quedo quieta. Me gusta sostener la mirada un momento antes de que cualquiera de los dos diga nada, porque en ese silencio está todo lo que no nos vamos a confesar. A veces me abro un poco más las piernas, para que vea bien el coño mojado antes de decidir. Y a veces me toco un segundo el clítoris con dos dedos, sin dejar de mirarlo, para que sepa exactamente lo que se le ofrece.
No soy mucho de discoteca, pero ya sabéis cómo es: colas enormes en el baño de chicas y nadie en el de chicos. En esa situación voy directa adonde no espera nadie, otra vez sin echar el pestillo. Alguna vez he salido con el tanga en el bolso y un tío detrás con la polla todavía húmeda de haberme follado de pie contra la pared del retrete. Lo mismo en congresos, festivales o cualquier celebración multitudinaria, esas ferias donde se junta tanta gente que una cara más pasa desapercibida. Pero yo no quiero pasar desapercibida. Quiero exactamente lo contrario.
***
Al principio, cuando me mudé aquí, iba a las playas urbanas, las más llenas. Fue en una de ellas donde me ocurrió algo que lo cambió todo: una ola me arrancó la parte de arriba del bikini y me quedé deliciosamente desnuda entre un montón de gente vestida, con las tetas al aire y los pezones tiesos por el agua fría. Aquel susto, que cualquier otra habría vivido como una vergüenza, a mí me dejó temblando de algo que no era miedo. Tardé más de la cuenta en buscarme la parte de arriba. Y cuando volví a la toalla, el coño me latía dentro del braguita del bikini como si acabaran de tocármelo.
Ahora voy, indistintamente sola o con algún amigo o amiga, a una cala con menos gente. Una donde las tres cuartas partes de las personas llevan bañador y el resto no, chicos y chicas por igual. Es una proporción perfecta. No pierdo el morbo de estar desnuda entre gente vestida, pero tampoco soy el centro absoluto de atención durante horas. Para mí es el ambiente ideal. Llevo un bikini en la mochila «por si acaso» y me meto al agua sin nada. Vamos en autobús, y a veces me pongo un vestido estampado que compré en un viaje, con una frase bordada que dice que me dejé el bañador en otra isla. A nadie le hace tanta gracia como a mí. En esa cala me he dejado follar por un desconocido detrás de las rocas, con la arena pegándose al culo y al coño mientras me la metía por detrás agarrándome del pelo, y he visto a más de una pareja correrse mirándome tomar el sol boca arriba con las piernas abiertas.
Y especialmente para vosotras, chicas, os cuento algo que aprendí con el tiempo. Para protegernos de las fotos que cualquiera puede hacernos en la playa con el móvil, que seguro que habéis temido tanto como yo, lo que hago es sencillo: voy sin maquillar, con una gorra o un sombrero ancho, gafas de sol enormes y ropa que jamás usaría para la calle. Así cambio por completo mi aspecto, hasta parecer otra persona distinta de la que soy en cualquier otro sitio.
Porque ese es el verdadero juego, ¿sabéis? No me expongo a pesar del riesgo. Me expongo justo por él. Por esa frontera fina entre mostrarme y desaparecer, entre que me miren y que nunca sepan del todo a quién acaban de mirar. Entre que se corran pensando en mí y no puedan reconocerme al día siguiente en el supermercado.
Y mientras siga habiendo ojos curiosos al otro lado, pollas duras marcándose en los pantalones y coños mojándose bajo la ropa, yo seguiré encontrando excusas para que se posen en mí.





