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Relatos Ardientes

El desconocido que nos miraba desde la ventanilla

—¿Te has vuelto loco? Creo que te estás pasando de la raya —me soltó Marta, cruzándose de brazos en el sofá.

—No te enfades, por favor. Era solo una idea. El otro día leí algo sobre el tema y no te voy a mentir, me puse cachondo. Pero ya está, olvídalo, como si no hubiera dicho nada.

—Es que lo que me pides es que me convierta en una cualquiera. Si me hubieras planteado un trío con un amigo tuyo, o un intercambio con Raúl y Carla, lo habría entendido. No digo que aceptara, pero al menos lo entendería. ¿Pero quedarme sola en el asiento del coche, esperando a que venga cualquier desconocido a meterme mano? Porque es eso lo que me propones, ¿no?

—No es exactamente así. Pero déjalo, de verdad. Lo último que quiero es que discutamos por una tontería.

—Siempre he aceptado todo lo que me has propuesto —siguió ella, bajando un poco la guardia—. Cosas que antes de conocerte ni se me pasaban por la cabeza. Y accedo porque a mí también me gustan. Pero esto es distinto, esto me da miedo.

—Ahora resulta que todo lo que hacemos es porque a mí me gusta. Pensaba que era cosa de los dos. Mejor lo dejamos aquí, salgo a dar una vuelta y no te preocupes, no te volveré a proponer nada.

Me había dolido más de lo que quería admitir.

—Perdona, cariño, no me he explicado bien —dijo, y me retuvo del brazo antes de que me levantara—. Quería decir que primero lo hago porque me lo propones, y si seguimos haciéndolo es porque a mí también me encanta. No te enfades. Anda, explícame eso del dogging. Esta vez prometo escucharte hasta el final.

—De verdad que se me han quitado las ganas.

—Lo siento, he reaccionado fatal. Venga, inténtalo otra vez —murmuró, y su mano se posó sobre mi muslo, subiendo despacio por encima del pantalón.

—Pues mira, no soy ningún experto. Hay sitios apartados, descampados, áreas de descanso, donde algunas parejas aparcan el coche y se enrollan dentro mientras otros miran desde fuera. A veces solo miran y se tocan. Nada más. Me pareció excitante, eso es todo.

—¿Y a ti no te importaría que un desconocido me viera desnuda? ¿Que viera cómo me tocas, cómo me abres de piernas con el asiento reclinado? —su voz había cambiado por completo; ahora era grave, sensual, y sus dedos ya buscaban el botón de mi pantalón.

—Al contrario, me pondría a mil. ¿Y a ti de verdad no te gustaría? Te pongo en situación, imagina. Llevas el vestido negro corto que te regalé, con las medias, el liguero y los tacones. Todo el conjunto, pero sin nada debajo. Vamos por la autopista de noche.

—Esto se está poniendo interesante —me interrumpió, riéndose entre dientes.

—Te empiezo a acariciar la pierna mientras conduzco. Me encanta cómo se siente la seda de las medias bajo mis dedos. Subo hasta donde terminan, donde la tela da paso a tu piel desnuda, todavía más suave. Te acaricio así un rato, sin prisa, hasta que mis dedos llegan a su destino. Tus piernas se abren solas. Te subes un poco el vestido para facilitarme la tarea, y quizá, sin querer, dejas que el camionero que pasa por el carril de al lado, más alto que nosotros, vea exactamente lo que te estoy haciendo.

Para entonces Marta ya me tenía en su mano, acariciándome despacio, escuchando con los ojos entrecerrados. Llevaba un pantalón corto de andar por casa y una camiseta vieja, nada que invitara a esto, y sin embargo no podía estar más metida en lo que le contaba.

—Quítate la ropa y túmbate aquí —le dije.

Obedeció sin rechistar. Se desnudó, apoyó la cabeza en el reposabrazos del sofá y dejó las piernas sobre las mías. Yo seguía sentado, vestido, observándola.

—Sigue, no pares —pidió.

—¿Te gustaría que ese camionero viera cómo te toco?

—Ya veremos. Tú sigue.

—Pues continúo acariciándote, ahora despacio, jugando con tu piel mientras conduzco con la otra mano —le decía, y mis dedos repetían en su cuerpo cada palabra—. De repente, un claxon. El tipo del coche de al lado se ha dado cuenta de la escena. Lo veo por el retrovisor, va más despacio, ajustando su velocidad a la mía para disfrutar del espectáculo. Lo dejo un par de minutos y luego acelero. Ya ha visto suficiente como para parar en la próxima área y desahogarse pensando en ti.

—Ese tío no me pone nada —dijo ella, con una sonrisa—. Pero sigue, sigue explorando.

—No puedo más, tenemos que salir en la próxima —y aparté la mano de entre sus piernas.

—Serás malo. Me dejas así, mira cómo estoy —protestó, retorciéndose.

—En cinco minutos llegamos. Mientras tanto, tócate tú.

Y eso hizo. Empezó a acariciarse en el sofá, imaginando que iba en el coche, camino del descampado. Yo la miraba sin tocarla, solo guiándola con la voz.

—Parece que me está empezando a gustar —murmuró, con los dedos trazando círculos lentos.

***

—Ya hemos llegado —continué—. Hay varios coches aparcados entre los árboles, pero no se ve a nadie. Apago el motor, pongo esa canción que tanto te gusta y empiezo a besarte. Te pido que te quites el vestido y lo haces sin pensártelo. Reclinas tu asiento, yo el mío. Te acaricio los pechos, te muerdo los pezones, ya los tienes duros. Mi mano baja otra vez, despacio, jugando contigo.

—De momento me gusta. A ver si no lo estropeas —bromeó.

—Tienes los ojos cerrados, dejándote llevar. Y entonces, por el rabillo del ojo, veo cómo alguien se acerca al coche. Pero no te digo nada, sigo a lo mío. Se coloca a un palmo de tu ventanilla, en un ángulo desde el que yo no le veo la cara, pero él tiene una vista perfecta de todo tu cuerpo. Abres los ojos. Lo ves. Te sobresaltas un segundo.

—¿Y qué hago? —preguntó ella, casi sin aliento, jugando el papel.

—Me retiro hacia mi asiento y te dejo a la vista de aquel extraño. Pero ya estás demasiado excitada como para echarte atrás. Te pido que sigas tocándote, y lo haces. Yo me desabrocho el pantalón y empiezo a acariciarme mirándote, mirándolo a él. Porque él también se la ha sacado, y no es precisamente pequeña.

—Joder —soltó Marta, imaginando la escena—. Cuéntame más de ese hombre.

—La tiene grande, depilada, y se la acaricia despacio mientras te mira amasarte los pechos. Tú lo notas, sabes que está ahí, y lejos de cortarte, eso te enciende más. Te llevas un pezón a la boca y con la otra mano sigues entre tus piernas.

—Me encanta cómo lo cuentas —dijo, arqueando la espalda en el sofá—. ¿Y tú qué haces?

—Yo me masturbo mirándote a ti, sin apartar los ojos de ese desconocido. Y te confieso algo: empieza a entrarme la curiosidad de probar.

—No digas «también», que yo no he dicho nada —se rió, con la respiración entrecortada—. Pero saber que a ti te pondría... eso me pone todavía más.

Era verdad, y ella lo sabía. Nunca había estado con otro hombre, ni siquiera en un trío, pero era algo que de vez en cuando aparecía en nuestros juegos. A veces ella tomaba el control y yo me dejaba llevar. No era ningún secreto entre nosotros, y por eso podía contárselo así, sin pudor.

—Creo que le gustas mucho más tú que yo —seguí—. ¿Bajo la ventanilla?

—Me lo preguntas ahora, que estoy a punto de estallar... ¿Qué quieres que te conteste?

—Eso es un sí —y en mi relato bajo el cristal. Con ese gesto, nuestro mirón deja de ser un mirón y se convierte en un invitado. Alarga la mano y empieza a acariciarte los pechos. Tú no lo apartas. De vez en cuando me miras, ves cómo disfruto, y eso te da permiso para entregarte del todo.

—¿De verdad te has imaginado esto otras veces? —preguntó, saliendo un instante del papel.

—Alguna que otra —admití con una sonrisa.

—Eres un cerdo —dijo, riéndose, sin dejar de tocarse—. Pero no pares.

—El desconocido pasa de tus pechos a deslizar los dedos entre tus piernas. De vez en cuando los retira y se los lleva a la boca, como si le gustara el sabor. Y a ti también te gusta, porque te dejas hacer, mientras me miras a mí disfrutar del espectáculo.

—¿Te gusta ver cómo me toca este desconocido? —jadeó ella, cada vez más metida en la escena—. ¿Te gusta verme retorcer así?

—Me acerco, te beso y te susurro al oído que ahora te toca a ti. Sin decir nada, levantas el respaldo y sacas la mano por la ventanilla. Él se queda de pie, esperando. Tú lo acaricias despacio, sin prisa, mientras yo sigo a lo mío, parando de vez en cuando para no terminar antes de tiempo.

Marta tenía los ojos cerrados, recreando cada frase con su cuerpo, y yo me acariciaba mirándola, mordiéndome los labios.

—Para mi sorpresa, te bajas del coche —continué—. Te apoyas contra la puerta, justo a mi lado, dejándote a su merced. Yo te sostengo de la cintura mientras él se coloca detrás. Tú gimes, echas la cabeza hacia atrás y me clavas la mirada. «¿Esto es lo que querías?», me dices. «¿Verme así, delante de un desconocido?».

—No puedo más, no tardes en acabar —suplicó ella desde el sofá, retorciéndose.

—Gimes cada vez más fuerte. Ya no te importa nada, ni dónde estás ni quién pueda verte. Tu cuerpo deja de obedecerte. Te corres...

—¡Ahhh! ¡Me corro! ¡Me corro! —gritó Marta, arqueándose, justo en el instante en que yo terminaba de narrarlo. Se quedó temblando unos segundos, con el pecho subiendo y bajando, y luego abrió los ojos y soltó una carcajada—. Lo has conseguido, cabrón. Me has hecho correrme pensando en el dichoso dogging.

—Pero todavía falta lo mío —le dije.

—Entonces ven aquí.

***

Me apoyó contra el sofá y se arrodilló frente a mí. Mientras lo hacía, me pidió que siguiera contándole, que no parara el relato.

—El desconocido se aparta —seguí, con la voz cada vez más entrecortada—. Yo me bajo del coche. No puedo evitarlo, la curiosidad ha podido conmigo. Me acerco a él y, delante de ti, lo pruebo. Tú lo miras todo, jadeando, sin poder creer lo que ves.

—Eso me pone tantísimo... —murmuró ella sin detenerse.

—No aguanto más, Marta. Me voy a correr.

Ella no se apartó. Al contrario, me sostuvo con firmeza, invitándome, y yo ya no pude contenerme. Me corrí con un gemido largo mientras lo que decían mis palabras se confundía con lo que estaba pasando de verdad. Se quedó quieta un momento y luego subió a apoyar la cabeza en mi pecho, los dos sin aliento.

—Bueno, ¿entonces qué? —pregunté cuando recuperamos el ritmo normal de la respiración—. ¿Cuándo lo probamos de verdad?

—No sé —dijo, dibujando círculos perezosos sobre mi pecho—. Hay que pensarlo bien. Me lo has contado de maravilla, con un desconocido de catálogo, pero seguro que la realidad no es tan bonita. Seguro que solo hay babosos.

—Pues que miren y ya está. Si no te convencen, que se queden con las ganas. Nadie te obliga a nada.

—Déjame pensarlo. Reconozco que me he puesto a mil. Pero me da que la realidad no se parecerá en nada a lo que me has metido en la cabeza.

—Lo que tú quieras. Tú propón, y si te gusta, adelante. Y si no, nos quedamos con la fantasía, que tampoco está mal —le dije, besándola en la frente.

—Mira que eres guarro... —murmuró contra mi pecho—. Y mira cómo me gusta.

—Anda que tú. Además, ahora tengo deberes: para un trío, hacen falta tres.

Marta se rió bajito, ya medio dormida, y no me contestó. Pero no hizo falta. Las dos cosas que más me gustaban del mundo estaban en esa frase a medias: que se quedaba con ganas de más, y que la puerta, esa noche, había quedado entreabierta.

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Comentarios(7)

ClaraV_99

Dios mio!!! que buenisimo, me quede sin palabras

PibeMdq88

Por favor seguí, me quedé con ganas de mas. Saludos desde mdq

Mariano_Cba

Me recordó a un viaje en ruta que hice hace tiempo, esa sensación de que alguien desde el otro carril te ve... uff. Muy bien contado.

TeresaGN

bueno bueno bueno!!!

LuigiMx77

increible como lo describiste, casi sentia que estaba dentro del coche jaja. Uno de los mejores que lei ultimamente

LectoraNocturna

¿tiene continuación? no puede quedar asi jaja. Me enganchó desde el principio

Terco88

jaja el final me mato, leer esto en el subte fue mala idea. Muy bueno

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