El desconocido que se detuvo a mirarme desde la calle
Hay una hora exacta, a media tarde, en que el sol entra de costado por mi ventana y deja la sala bañada de una luz dorada que me vuelve atrevida. Vivo en un primer piso sobre una calle tranquila, de esas por las que la gente pasea sin prisa. Y desde hace meses descubrí algo que no me atrevo a contarle a nadie: me excita pensar que alguien, ahí abajo, podría levantar la vista y verme.
Esa tarde no fue distinta. Acababa de salir de la ducha y el cuerpo todavía me hormigueaba de calor. Me senté en el sillón frente al ventanal, con la persiana subida hasta arriba, y dejé que la toalla resbalara hasta la cintura.
Que mire quien quiera mirar.
Empecé despacio, casi sin tocarme, con las yemas de los dedos rozando la piel como si fuera otra persona la que me acariciaba. La música sonaba baja, lenta, una de esas canciones que parecen hechas para moverse sin pensar. Cerré los ojos y me dejé llevar, recordando una fantasía vieja, la de un hombre mayor que me observaba sin decir nada, y sentí cómo me iba mojando.
Cuando volví a abrir los ojos, me temblaban las piernas. Me había corrido sola, mirando el techo, con la sensación de que la calle entera podía escucharme. Y aun así no tenía suficiente. Mis dedos ya no me alcanzaban; quería algo más, algo de verdad.
Fue entonces cuando lo vi.
Un hombre se había detenido en la vereda de enfrente. No era ningún chiquilín: tendría unos treinta y tantos, alto, con una camisa arremangada y esa quietud de quien sabe perfectamente lo que está mirando. No apartaba la vista. Tenía una sonrisa apenas dibujada, entre divertida y descarada, y supe en ese instante que había visto todo.
Lejos de cubrirme, me incorporé. Dejé que la toalla cayera del todo y me quedé de pie frente al cristal, ofreciéndome a su mirada sin un gramo de vergüenza. Él no se movió. Apretó la mandíbula, se pasó la lengua por los labios, y eso me bastó.
—¿Te gustó el espectáculo? —dije, aunque sabía que no podía oírme.
Le hice una seña con el dedo. Una sola. Bajé hasta la puerta del edificio envuelta de nuevo en la toalla, descalza, con el corazón golpeándome en la garganta. Cuando abrí, él ya estaba ahí, parado en el umbral, sin saber muy bien qué hacer con las manos.
—Mateo —dijo, como si presentarse fuera lo más urgente.
—No me importa cómo te llamás —respondí, y lo tomé de la camisa para hacerlo entrar.
***
Lo dejé en medio de la sala, donde la luz seguía cayendo dorada sobre el piso de madera. Cerré la puerta a mi espalda y me apoyé en ella un segundo, midiéndolo. De cerca era todavía mejor: las manos grandes, la barba de dos días, esa forma de sostenerme la mirada sin pestañear. Subí el volumen de la música y le señalé el sillón con la cabeza. Él se sentó sin protestar, los ojos clavados en mí, las rodillas separadas.
—Vaya, así que sabés obedecer —dije, caminando alrededor de él—. Veamos hasta dónde llega tu paciencia.
Solté la toalla. Volví a quedarme desnuda, pero esta vez tenía público de carne y hueso, y eso lo cambiaba todo. Me moví al ritmo de la canción, lento, dejando que sus ojos recorrieran cada centímetro de mí. Vi cómo bajaba una mano hacia su entrepierna.
—Todavía no —lo frené—. Sacá la mano de ahí. Dejá que crezca solo, hasta que te apriete el pantalón.
Obedeció. Tragó saliva con esfuerzo y volvió a aferrarse a los brazos del sillón. Me di la vuelta, me incliné apenas y le mostré la espalda, las caderas, todo lo que había estado mirando desde la calle. Lo escuché soltar el aire entre los dientes.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunté por encima del hombro—. Porque a mí me encanta saber que te gusta.
No contestó. Apenas podía. Tenía la respiración entrecortada y una mancha de tensión marcándole el pantalón.
—Quitátelo —ordené—. La ropa interior también. Pero no te toques. De eso me encargo yo.
Se desvistió torpe, apurado, sin dejar de mirarme. Cuando quedó desnudo, me arrodillé frente a él y le abrí las piernas con las manos. No lo toqué todavía. Acerqué la boca a la cara interna de su muslo y soplé, despacio, viendo cómo se le erizaba la piel.
—¿Alguna vez te hicieron un baile así, de cerca? —murmuré.
Negó con la cabeza. Me subí encima de él, a horcajadas, y empecé a mecerme, frente a frente, sin dejar que nuestros sexos se tocaran del todo. Él se inclinó para besarme y lo detuve con un dedo sobre los labios.
—Despacio —le dije—. Todavía no te ganaste eso.
Me movía contra él en círculos, rozándolo apenas, sintiendo lo duro que estaba contra mi vientre. Cada vez que aceleraba, se le escapaba un gemido ronco que me prendía más. Le mordí el lóbulo de la oreja, bajé por el cuello, dejé un rastro húmedo hasta su clavícula. Cuando volví a su boca y me detuve a un suspiro de distancia, fue él quien perdió la paciencia.
***
Me tomó de la nuca y me besó como si llevara horas conteniéndose. Su lengua buscó la mía con una urgencia que me arrancó un gemido. Ahí entendí que la quietud de la calle había sido pura fachada; debajo había un hombre con bastante más iniciativa de la que aparentaba.
Le pasé las uñas por la espalda y lo sentí estremecerse. Toda la calma con la que había mirado desde la vereda se le había evaporado de golpe, y en su lugar quedaba algo crudo, hambriento, que me gustaba todavía más.
—Así que no eras tan tímido —dije, sin aliento.
—No me gusta apurarme —respondió—. Pero vos lo estás pidiendo a gritos.
Me levantó del sillón sujetándome por las caderas y me llevó hasta la mesa de la cocina. Me recostó sobre ella de un movimiento, me separó las piernas y se quedó mirándome desde arriba con una sonrisa nueva, más oscura.
—De sumiso no tengo nada —dijo—. Pero te voy a lamer hasta que me supliques.
Solo de oírlo sentí una contracción entre las piernas.
Empezó por el vientre, con besos lentos que me hicieron arquear la espalda. Bajó por la cadera, por la cara interna del muslo, tomándose su tiempo, mientras yo me retorcía sobre la madera fría. Cuando por fin llegó adonde lo necesitaba, lo hizo despacio, recorriéndome entera con la lengua antes de concentrarse justo donde más ardía.
Pegué un grito cuando empezó a succionar. Le hundí los dedos en el pelo y lo apreté contra mí, y él respondió metiendo dos dedos, encontrando un ritmo que me hizo perder la cabeza. Me corrí así, sobre la mesa, con el cielo raso girándome encima y su nombre saliéndome de la boca sin que yo lo decidiera.
—Mateo —jadeé—. Ahora.
No esperó a que lo repitiera. Me jaló de los muslos hasta el borde de la mesa y entró de una sola vez, firme, hasta el fondo. La mesa crujió bajo nosotros. Él gemía tanto como yo, embistiendo con una fuerza que me hacía resbalar sobre la superficie y volver a buscarlo cada vez.
—Sos una provocadora —dijo entre dientes—. Me hiciste desearte desde la calle, me castigaste con ese baile y ahora me tenés así.
—Y vos —contesté, aferrándome a sus brazos— coges demasiado bien para haberte hecho el difícil.
Esas palabras nos terminaron a los dos. Sentí cómo se tensaba, cómo cada embestida se volvía más profunda, y me dejé caer en un último orgasmo que me sacudió de pies a cabeza mientras él se vaciaba dentro de mí, con la frente apoyada en mi hombro y el cuerpo temblando.
***
Nos quedamos un rato así, recuperando el aliento, todavía unidos, escuchando la música que seguía sonando como si nada hubiera pasado. Después me incorporé, lo empujé con suavidad para que se sentara en una de las sillas y me arrodillé frente a él.
—Una cosa más —dije, mirándolo a los ojos—. Quiero terminar lo que empecé en el balcón.
Lo tomé con la mano, despacio, y lo llevé a mi boca. Él echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, sorprendido de seguir tan sensible. Lo acaricié con la lengua, sin prisa, disfrutando de verlo deshacerse otra vez, hasta que el placer volvió a crecer y sentí que ya no podía aguantar.
—Dejame —pidió en un hilo de voz.
—Para eso te invité a subir —respondí, y no me detuve.
Terminó así, con un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo, y yo seguí acariciándolo con la mano hasta la última oleada, sintiéndome más viva y más caliente que nunca. Cuando levanté la vista, él me miraba con una mezcla de incredulidad y adoración.
—¿Vivís acá siempre? —preguntó, todavía agitado.
Me reí y me puse de pie, recogiendo la toalla del piso.
—A media tarde —dije, caminando hacia el ventanal—. Cuando entra esta luz.
Subí la persiana del todo y miré la calle, vacía y tranquila otra vez. En algún momento, lo sabía, alguien volvería a detenerse a mirar. Y yo estaría lista para devolverle la mirada.





