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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la azotea con todas las ventanas mirando

—¿Qué te parece? —preguntó Bruno con los ojos encendidos al empujar la puerta.

Era la primera vez que me invitaba a su casa a comer. Llevaba semanas hablándome de un pequeño tesoro que había descubierto al mudarse, algo que según él tenía que ver con mis propios ojos. Cuando llegué, aquel piso viejo no me dio ninguna sensación de albergar tesoros. Mientras él terminaba de cocinar, yo espiaba por las esquinas tratando de adivinar de qué demonios hablaba.

Terminó la comida y nos repartimos los platos, los cubiertos, la fuente humeante y una neverita con bebidas. Salimos otra vez a la escalera de la comunidad y subimos hasta el último rellano. Allí había una puerta de chapa con los cristales rotos, mal encajada, de esas que tienen truco para abrirse. Bruno se peleó con la llave, la empujó mientras la levantaba y hacía movimientos extraños, ya bien ensayados, y ¡et voilà! Por fin el tesoro del que tanto me había hablado.

—¡Guau! —dije riéndome, con cierta sorna, aunque genuinamente satisfecha con «su tesoro».

Rodeada de edificios cuatro o cinco plantas más altos, la azotea de Bruno quedaba escondida entre el hormigón, pero con unas vistas impresionantes a toda la costa de la ciudad. Había montado allí una especie de jaima humilde con telas viejas, un sofá destartalado del que preferí no preguntar el origen y una mesita baja. Recorrí el lugar con la mirada, asentí con aprobación y él me pasó una cerveza. Para muchos aquello sería una cutrez; para dos pobres diablos como nosotros era un verdadero paraíso.

Brindamos con nuestras latas de marca blanca como si fueran un gran reserva y devoramos la comida con el hambre de dos perros. Cuando tuvimos la barriga llena, nos derrumbamos en el sofá, listos para una larga digestión bajo el toldo improvisado.

Tomándome una confianza que quizá no me correspondía, me desabroché el botón del vaquero y me remangué la camiseta, dejando la barriga al aire. Mi anfitrión, al verme tan dispuesta, soltó la hebilla del cinturón y siguió mi ejemplo sin decir palabra.

Desde las altas ventanas de los vecinos, que nos vigilaban como centinelas atentos, llegaba el ruido del fregar de los platos, de las familias frente al televisor en la sobremesa, de algún rezagado que recién entraba a casa y todavía colocaba los cubiertos. El sol del verano que se acercaba apretaba fuerte, pero las telas de la jaima y la brisa marina, que llegaba lo justo para dejar su olor a sal y templar el aire, convertían aquel rincón en uno de los mejores sitios para estar a esas horas.

Nos fuimos dejando caer y el sopor de la digestión hizo su trabajo. Casi dormida, me escurrí por el respaldo del sofá hasta que el cuerpo de Bruno me frenó. Al notar mi peso, ya batido en duelo con Morfeo, se recolocó y me echó el brazo por encima para que no quedara aplastada entre el respaldo y él.

No sé si fue intencionado o no, pero con esa mano que descansaba sobre mi costado desnudo empezó a hacerme unas cosquillas suaves, perezosas. Le respondí con caricias igual de lentas sobre su barriga. Los dos en estado de letargo, el mecer de nuestras manos se fue envalentonando y emprendió viajes más largos: la suya exploró mi cadera, la mía se coló bajo su camiseta, idas y venidas cada vez más amplias, hasta su pecho en una dirección y hasta el pantalón abierto en la otra.

Hacía rato que el sopor había quedado atrás. Mis viajes ya eran del todo conscientes, alentados por lo que descubrí asomándome al borde de su pantalón. Una risilla corta pero reveladora y unos dedos cada vez más juguetones confirmaron que no era la única que se había despertado.

Ya estaba bien de viajar por hoy. Planté la mano sobre su paquete hinchado y lo toqueteé despacio, sin destapar todavía el contenido. Su mano respondió deslizándose firme desde mi cadera, subiendo por la barriga como si me galoparan caballos salvajes por dentro, buscando la entrada de mi camiseta hasta dar con el sujetador.

Le agarré la polla; él me agarró un pecho. Tiré del calzoncillo hacia abajo y quedó frente a mí, grande y tieso. Entonces un temor me alcanzó: las ventanas parecían cientos de ojos clavados sobre nosotros. Miré arriba y abajo, de izquierda a derecha. Se oían los mismos ruidos de siempre, familias comiendo, televisores encendidos. A estas horas nadie mira por las ventanas. Eso creí, o quise creer. Daba igual, ya estaba decidida.

Me lo metí en la boca y el corazón se me disparó; no tardó en sincronizarse con la sangre que latía en sus venas. Era la hora del postre. Me incorporé y puse toda mi dedicación en aquella mamada. Parecía ponerse más grande y más duro a cada segundo, hasta que su tamaño empezó a abrumarme. Me lo saqué, lo sostuve con una mano mientras recuperaba el aire y lo contemplé. Me encanta, joder.

En ese instante, Bruno aprovechó mi descuido para abalanzarse sobre mí, tumbándome de nuevo en el sofá y comiéndome la boca con la misma ansia con la que habíamos comido minutos antes. Tan concentrada estaba en el beso que no me di cuenta de lo que tramaba, y cuando sus dedos entraron por dentro de mis bragas se me escapó un gemido que debió oírse en toda la manzana.

Los sonidos de las ventanas parecieron apagarse de golpe. Frenamos los dos y buscamos, asomándonos apenas, a alguien que nos hubiera escuchado. Pero el muy cabrón, aunque suave, no paraba de dibujar círculos sobre mi clítoris.

No aguanté ni tres segundos. ¡Suficiente comprobación! Le devolví el golpe y ahora fui yo la que se abalanzó. Quedó recostado en el otro extremo y yo, a cuatro patas sobre el sofá, volví a por mi postre. Bruno resoplaba conteniendo los gemidos, sin olvidarse de echar un vistazo a las ventanas cada tanto.

Estando yo entregada a la mamada, estiró el brazo hasta mi trasero, me bajó el pantalón como pudo y llegó con esfuerzo hasta mi sexo. Tenía dudas, tenía vergüenza. Demasiados ojos alrededor. Pero no aguantaba más. De un tirón saqué bragas y pantalón juntos, hice un chequeo rápido y, al comprobar que estaba empapada, no dudé un segundo más.

Me escupí en la mano, le agarré la polla, tanteé el camino y —¡uf!— la gravedad hizo el resto. Sentí un calambrazo recorrerme entera, la confirmación de que la tenía bien adentro. Por un momento no pude moverme, sobrepasada por el placer; ni siquiera lograba abrir bien los ojos.

Bruno pareció decidido a echarme un cable: metió las manos bajo la camiseta —que no me había quitado por precaución— y, abriendo bien los dedos, me sostuvo para ayudarme a marcar el ritmo. Poco a poco, sin soltarme, fui encauzando la situación. Nos mordíamos la lengua intentando ahogar los gemidos, pero el chapoteo de mi sexo y el choque de mis nalgas contra sus muslos nos delataban. Me dio exactamente igual. Ya que había cogido el ritmo, no pensaba recatarme ahora.

«Conservé la camiseta por precaución», pensé, «pero él bien que puede quitarse la suya». Y así lo hice. Se la arranqué con violencia, contemplando al instante cada rincón de su pecho, agarrándole los hombros desnudos sin dejar de trotar sobre él. Después pensé que, aunque yo tuviera que conservar la camiseta, el sujetador sí podía quedar fuera. Apenas lo solté, sus manos se volvieron locas amasándome los pechos mientras levantaba la cintura y me la clavaba hasta el fondo.

***

Las voces de alerta dentro de nuestras cabezas tenían cada vez menos autoridad. A él no le bastó con amasar; tuvo que levantarme la camiseta, esa que yo me empeñaba en conservar como seguro, y devorarme los pechos con la misma pasión con la que yo le había comido la polla, sosteniéndolos como si fueran dos frutas preciadas.

Aprovechamos para respirar. Bajamos el ritmo y nos miramos a la cara. La golfería se nos había adueñado del rostro, nos retorcía las facciones, sudábamos como cerdos. Y aun así, él seguía estando guapísimo.

Volví a ponerme a tope sin avisar. Cerró los ojos, gozándolo, y sus manos enloquecieron por mi cuerpo. Un gemido pequeño se me escapó de nuevo, lo justo para que abriera los ojos y, con media sonrisa, me pidiera que tuviera cuidado. De verdad quería hacerlo. De verdad lo intenté. Cerraba la boca, apretaba los dientes, luchaba contra mí misma, pero no había manera. Un grito de gozo, un grito de verdad, se me escapó por la garganta, y justo después escuchamos el chirrido de una persiana abriéndose.

Eché el cuerpo contra el suyo, buscando refugio contra el respaldo del sofá, como si el enemigo nos disparara desde las fachadas. Escudriñamos las ventanas en busca del curioso. Nuestros corazones iban a estallar. ¡Seguro que nos habían visto! Ya no sonaban televisores ni cubiertos. Demasiado silencio.

Pero también demasiada lujuria.

Seguimos escondidos tras la trinchera, sabiendo que, si alguien nos espiaba, igual nos vería. No paramos de besarnos, de tocarnos, de masturbarnos el uno al otro. Tumbados los dos, él detrás de mí, alcé una pierna, le agarré la polla sin mirar y le indiqué el camino. No tardó en encontrar el ritmo y nuestras preocupaciones volvieron a disiparse.

Me dejé hacer, me dejé disfrutar y que me disfrutaran. Ahogaba los gemidos, pero no podía cerrar la boca ni esconder una respiración profunda y temblorosa que me delataba. Una de sus manos, que no había soltado mis pechos pese al cambio de postura, se ocupó ahora de sostenerme la pierna en alto, y aquello fue la señal. Sus embestidas se hicieron más fuertes, más profundas.

Yo, libre así de toda obligación, me zambullí en el placer y mi mente desapareció de aquel lugar. Fueron solo unos segundos en los que no veía ni escuchaba nada, en los que no sabría decir si contuve los gemidos o grité como una loca. La bomba del orgasmo estalló y me dejó deshecha; el cuerpo me pesaba cien veces más, pero me sentía volando.

Caí de golpe sobre el lugar que había abandonado, recordando de pronto todos los ojos que nos vigilaban. No sabía si había gritado o no, así que me llevé corriendo la mano a la boca para encerrar cualquier sonido que pudiera escapar.

Entonces vi a Bruno, ya con la polla fuera, masturbándose para acompañarme en el camino del orgasmo. Me giré para quedar de frente a él, pegaditos. Acerqué la mano hasta su miembro, pidiéndole el testigo. Me lo cedió y, tras unos segundos meneándosela con fuerza, sentí sobre la barriga los chorros calientes.

Nos besamos como guarros, sin decir una palabra, con los ojos brillantes de placer. De repente se oyó el ruido de un televisor; después otro, y otro, y decenas de vecinos retomando su vida rutinaria, como si los hubieran encendido todos a la vez. Nos reímos y nos abrazamos, mientras por mi mano goteaban las últimas gotas de él, esa polla que todavía no había soltado.

Mucho después, ya con la ropa puesta y otra cerveza tibia en la mano, mirábamos juntos las fachadas que minutos antes nos habían parecido un pelotón de fusilamiento. Ninguna ventana se movía. Quizá nadie había mirado nunca. Quizá todos habían mirado y callaban, como nosotros. Bruno me pasó el brazo por encima y sonrió.

—¿Te dije o no que tenía un tesoro? —murmuró.

Apoyé la cabeza en su hombro y miré una última vez hacia los cientos de cristales encendidos por el sol del atardecer. Esa azotea ya no era solo suya. Ahora también guardaba un secreto mío, expuesto al aire libre frente a media ciudad, y la sola idea de que alguien lo hubiera presenciado me encendía otra vez por dentro.

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Comentarios(7)

MiradorSilencioso

Dios mio que bueno estuvo!!! me dejo sin palabras

SofiaM

Me encantó como construiste la tensión, se siente que hay ojos por todos lados. Muy bien escrito.

Rodrigo_Mdq

Sigue así porfavor, quiero la segunda parte ya!!

LuisRomero_BA

Jaja esto me recordó a una situación parecida que viví en un depto de altura... pero lo tuyo es otro nivel. Tremendo relato.

VickyR22

Esto pasó de verdad? porque se siente demasiado real jaja

lectora_nocturna

Que bien escrito, me quedé enganchada hasta el final. La idea de las ventanas como testigos es buenísima.

PabloQ

bravo!!! tremendo

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