La noche en que mi marido invitó a un extraño a mirarme
Llevábamos meses intercambiando mensajes con él. Lo conocimos en una red social donde mi marido y yo subíamos fotos sin mostrar el rostro, fotos atrevidas, jugando a ese coqueteo a distancia que tanto nos calentaba. Entre todos los que escribían, uno se distinguía. Sus mensajes nunca eran groseros ni vulgares. Le gustaba mirar, fantasear, imaginar. Era, como él mismo decía, un voyeur, un espectador silencioso al que la idea de tocar le interesaba menos que la idea de observar.
Lo llamamos Lobo, aunque no se llamaba así. Mi marido eligió ese apodo cuando aún no nos atrevíamos a poner cara a la fantasía. Pasaron seis meses de charlas, de audios, de fotos cada vez más explícitas, hasta que una noche, después del vino, propuse lo impensable: que se materializara la fantasía. Un encuentro real. Una sola condición: yo iba a escribir el guion.
Mi marido se rio cuando lo leyó. Después se quedó callado. Después me pidió que se lo leyera otra vez, despacio.
—Lo haremos —dijo al terminar—. Pero no le digas nada hasta el sábado.
***
El sábado le mandé el mensaje al mediodía. Una sola instrucción y una hora. Bar Las Cinco Lunas, a las nueve en punto. Mesa junto al ventanal. Una cerveza fría en la mano. Y, por encima de todo, ni una palabra antes del primer cruce de ojos.
Pasé la tarde encerrada en el baño. Me depilé con una calma de ritual, me hidraté la piel hasta dejarla tibia, me pinté las uñas de un rojo oscuro. Mi marido entraba y salía, fingiendo indiferencia, pero yo lo veía en el espejo: estaba tan nervioso como yo, y eso me encendía todavía más. El plan también era suyo, aunque hubiera sido yo quien lo escribiera.
A las ocho y media me puse el vestido. Negro, corto, con una transparencia que recorría el costado izquierdo y dejaba ver la piel desde el muslo hasta debajo del pecho. Debajo, una tanga mínima y nada más. Me miré en el espejo y entendí que llevaba puesto un disfraz: una mujer pública que en realidad iba a ser un secreto. Encima me eché un abrigo largo y me cerré los botones hasta el cuello.
—¿Lista? —preguntó mi marido desde la puerta.
—Lista no —contesté—. Pero quiero ir.
***
Llegamos al bar a las nueve y cinco. La música era tibia, las luces bajas, había tres mesas ocupadas y una pareja de pie en la barra. Lo vi enseguida, aunque no quise mirarlo. Estaba junto al ventanal, como le había pedido, con una cerveza recién servida y la espalda recta. Llevaba una camisa azul oscuro, las mangas remangadas hasta el codo. Más alto de lo que había imaginado.
Mi marido me apretó la mano y me llevó hasta una mesa diagonal a la suya, lo bastante cerca para que se notara cualquier gesto, lo bastante lejos para que el aire entre nosotros tres todavía no fuera evidente. Me ayudó a sacarme el abrigo. Sentí el frío del local y el calor de su mirada al mismo tiempo. Cuando levanté la cabeza, el cuello del vestido me cayó del hombro derecho. No me lo acomodé.
—No mires todavía —me susurró mi marido al sentarse.
—Ya sé —dije, y me crucé de piernas despacio.
El primer cóctel llegó pronto. Hablamos como una pareja cualquiera. Pero su mano izquierda no estaba sobre la mesa: estaba debajo, abierta sobre mi muslo, subiendo de a poco, con esa paciencia que solo tiene cuando quiere ponerme nerviosa en lugares donde no puedo reaccionar.
—Está mirándote —me dijo en voz muy baja, sin apartar los ojos de mi cara—. Acaba de soltar la cerveza para mirarte. ¿Lo sentís?
Asentí sin girar la cabeza. Lo sentía. No es una metáfora: la piel del cuello me ardía. Bajé la mano por mi clavícula como si me acomodara el vestido y noté el pulso disparado.
Está mirándome, está mirándome, está mirándome.
***
El juego empezó despacio. Crucé y descrucé las piernas un par de veces, dejando que la tela se subiera un poco más cada vez. Me reí más alto de la cuenta cuando mi marido me dijo algo al oído. Me incliné sobre la mesa para alcanzar el vaso y dejé que el escote se abriera todo lo que daba. Cada gesto era una palabra que él, sentado a tres mesas, leía sin equivocarse.
—Voy al baño —dije a los veinte minutos.
—Quitátela —contestó mi marido, sin levantar la vista de la copa.
No le pedí que repitiera. Me levanté con la naturalidad de una mujer que va a empolvarse la nariz y caminé por el pasillo estrecho que llevaba al fondo. Sabía que dos miradas me seguían: una conocida, la otra prohibida. En el baño me apoyé contra el lavamanos y, sin mirarme al espejo, me quité la tanga. La doblé en cuatro y la guardé en el bolsillo interior del bolso. Cuando salí, todavía caliente, la tela del vestido me rozaba donde antes había una protección mínima. Cada paso era una caricia.
Al volver, me obligué a cruzarme con su mesa. Solo un segundo. Lo miré directamente a los ojos. Él levantó la cerveza apenas. Yo le sonreí sin abrir los labios, con esa sonrisa que se dice por dentro, y seguí caminando.
Mi marido lo notó al instante.
—Estás roja —dijo, divertido.
—Estoy húmeda —le contesté.
Se le borró la sonrisa unos segundos. Después le volvió, más grande. Llamó al mesero y pidió otra ronda.
***
La segunda ronda la pidió mi marido a media voz, pero la tercera la mandó Lobo. Apareció en nuestra mesa un mesero con tres cervezas y un mensaje torpe: «Las invita el señor de la ventana». Brindamos en la distancia. Yo levanté la copa y le sostuve la mirada el tiempo justo para que dejara de ser un agradecimiento y se volviera otra cosa.
—Invitalo —dije sin pensarlo.
Mi marido lo hizo con un gesto sencillo. Lobo se levantó. Se acercó. Olía a algo amaderado, limpio. Le tendió la mano a mi marido primero, y después a mí, y cuando me la tomó tardó un poco más de lo necesario. Yo no le solté la mano antes que él.
—Encantado —dijo con una voz más grave de la que había imaginado en los audios.
—Igualmente —contesté.
Se sentó frente a mí, no al lado. Eso me gustó. Quería tenerlo de frente. Empezamos a hablar de tonterías para entrar en calor: trabajo, ciudad, viajes, cosas que en realidad a nadie le importaban esa noche. Pero entre frase y frase, sus ojos bajaban un instante a mi escote o a mi boca y volvían arriba. Cada vez que volvían, los míos lo estaban esperando.
—¿Puedo? —preguntó en algún momento, con la mano en el aire, cerca de mi rodilla.
Miré a mi marido. Mi marido le hizo un gesto pequeño con la barbilla. Lobo me apoyó la mano en la rodilla y subió dos dedos, no más. Después se quedó quieto. Esa quietud me volvió loca. Sentí su pulgar moverse, una sola vez, en círculo. Mi marido le acercó la cerveza.
—Brindemos —dijo—. Por los espectadores.
—Por los espectadores —repetimos.
***
El bar se fue apagando poco a poco. Una hora más tarde, mi marido propuso cambiar de aire. A dos cuadras había una discoteca que conocíamos los dos, La Caverna. Lo dijo como si se le hubiera ocurrido en ese momento. Yo sabía que estaba en el guion. Lobo asintió.
Salimos los tres caminando. Yo en medio, con un brazo en mi marido y otro libre. A Lobo no le di el brazo: se lo dejé como una promesa. Cada tanto sus dedos rozaban los míos al caminar. En cada roce yo sentía el aire frío de la calle directamente entre las piernas, recordándome que no llevaba nada debajo del vestido.
La discoteca estaba llena. Música densa, luces que cambiaban de azul a violeta cada cuatro segundos. Nos sentamos en un sofá redondo del fondo. Mi marido pidió tres margaritas con tequila doble y me las acercó a la boca una a una, mientras Lobo, sentado a mi otro lado, me apartaba el pelo del cuello con una sola mano.
Me terminé el primero rápido. Me terminé el segundo más rápido todavía.
—Voy a bailar —dije al levantarme.
***
La pista estaba a unos metros, lo suficiente para que ellos me siguieran con la vista sin tener que mezclarse. Me planté en el centro y empecé a moverme, despacio al principio. No bailaba para los desconocidos que había alrededor. Bailaba para esas dos siluetas del sofá.
Cerré los ojos un rato. Cuando los abrí, mi marido tenía un brazo extendido sobre el respaldo del sofá, detrás del cuello de Lobo. No se tocaban, pero esa cercanía me golpeó en el estómago como un trago. Era como si los dos hubieran acordado, en silencio, que esa noche eran cómplices y no rivales.
Subí las manos por encima de la cabeza, dejé que el vestido se trepara por los muslos. Sentí el aire mezclarse con el sudor entre mis piernas. Bajé despacio, una mano sobre el pecho, la otra cayendo recta hasta el borde del vestido. Cuando estuve a un palmo del suelo, me incorporé otra vez con una lentitud calculada, sosteniéndole la mirada a Lobo todo el camino.
Vi cómo mi marido le decía algo al oído. Vi cómo Lobo asentía sin sonreír. Y vi cómo, sin dejar de mirarme, mi marido le ponía a Lobo una mano breve sobre la rodilla. Una mano que decía «esta es nuestra mujer y te estamos invitando a mirarla un poco más cerca».
Bailé otra canción entera con ese pensamiento clavado en la piel.
***
Cuando volví al sofá, no me senté entre ellos. Me senté sobre las piernas de mi marido, dándole la espalda. Lobo estaba a medio metro. Mi marido me apartó el pelo y me besó la nuca. Su mano me bajó por el muslo y, sin pedirme permiso, me subió el vestido apenas dos dedos. Lobo lo vio. Lobo no se movió.
—Mirá lo que escondíamos —le dijo mi marido, con una sonrisa.
—Ya lo había imaginado —contestó Lobo.
—Lo imaginado es mejor que lo visto —dije yo, bajándome el vestido un centímetro—. Por ahora.
Lobo soltó la risa más honesta de la noche.
No diré cómo terminó esa madrugada. Diré que volví a casa caminando en medio de los dos. Diré que llegamos a la puerta del edificio y nos quedamos parados los tres en silencio bajo la luz amarilla, sin decidirnos a separarnos. Diré que esa noche, por primera vez en mi vida, supe lo que era ser, durante unas horas, el deseo entero de un hombre que no era mi marido, sin dejar de ser, ni por un segundo, la mujer del mío.
Diré también que esa no fue la última noche con Lobo. Pero esa es otra historia.