El vecino de enfrente me miraba sin que yo supiera
La cuarentena me agarró sola en el departamento, sin pareja, sin visitas y con un calor de marzo que no se iba ni con la ventana abierta. Soy de respetar las reglas, así que ni se me cruzó por la cabeza saltármelas. Pero hay una clase de hambre que las leyes no contemplan, y a mí me estaba comiendo viva por dentro.
El insomnio empezó la segunda semana. Me dormía rápido, sí, pero a las dos horas estaba con los ojos abiertos mirando el techo. Daba vueltas, contaba mentalmente las grietas, intentaba volver a esa zona blanda del sueño. Nada. Al final siempre terminaba con la mano en el cajón de la mesita de noche.
—Hay que relajarse, Carla —me decía en voz baja, como si fuera una receta médica.
Y sacaba el vibrador.
Era un aparatito tonto, de silicona color coral, que había comprado meses antes sin mucha expectativa y al que terminé tomándole un cariño peligroso. Lo paseaba por mi clítoris despacio, como quien acaricia algo querido, y dejaba que la vibración hiciera el resto. Nunca bajaba de tres orgasmos. Lo malo era que al final no me dormía más relajada: me quedaba más excitada todavía, y con media hora menos de noche para descansar.
Algunas noches abría el cajón entero. Sacaba todo: el vibrador, un plug anal de vidrio que era frío y pesado, un consolador más serio que no usaba seguido. Empezaba con los dedos, sin apuro, reconociéndome. Después me humedecía el plug en la boca y me lo metía despacio, sintiendo cómo me obligaba a abrirme. Cuando el cuerpo se acostumbraba, agarraba el consolador y me cogía con él hasta que los orgasmos se me amontonaban uno sobre otro, sin pausa entre ellos, como si fueran un solo temblor largo.
Esas noches gritaba. Me retorcía boca arriba en la cama, mordía la almohada, decía cosas que ni yo entendía. Después juntaba los juguetes, los enjuagaba en el bidet, me preparaba una taza de leche caliente y volvía a la cama hecha una nena buena, como si no hubiera pasado nada.
***
La noche en que todo cambió hacía calor. Calor de verdad. Había dejado la ventana del cuarto abierta de par en par, con la cortina recogida, porque el aire de adentro estaba pesado. Yo no estaba pensando en mis vecinos. Nunca antes había pensado en ellos. Vivo en un quinto piso y el edificio de enfrente está pegado al mío: se puede ver al otro lado de la calle como si fuera el living de al lado.
Saqué los juguetes. Empecé suave, con el vibrador, después el plug. Cuando ya estaba a mitad de sesión, con las piernas abiertas y la espalda arqueada, giré la cabeza hacia un costado por puro reflejo. Y entonces lo vi.
Estaba en la ventana de enfrente. Cabeza rapada, cara afilada, el torso desnudo iluminado por la luz amarilla de su velador. El brazo derecho se movía rítmicamente hacia abajo, y su mano envolvía una verga gruesa que ni siquiera intentaba esconder. Me miraba directo a los ojos.
Tendría que haber cerrado la cortina. Cualquier persona normal habría cerrado la cortina. Yo, en cambio, me giré hacia él.
Me acomodé en la cama de manera que tuviera una vista completa, de frente, con las piernas abiertas hacia su ventana. Tomé el consolador y me lo introduje despacio, sin apartarle la mirada. Lo vi sonreír. La mano de él se movía más rápido. Yo gemí, esta vez sin disimulo, dejando que la voz saliera para el otro lado de la calle.
Esa noche tuve tres orgasmos seguidos pensando en ese desconocido, en su cabeza rapada, en su mano. Cuando terminé, le mandé un beso con la mano y cerré la cortina. Me quedé un rato sentada en la cama, riéndome sola.
Quién sos vos, Carla, ¿en qué te estás convirtiendo?
***
Al día siguiente no pude sacarme al vecino de la cabeza. Hice las cosas de la casa pensando en él, cociné pensando en él, me bañé pensando en él. Le había regalado un show íntimo a alguien que no conocía y no me arrepentía ni un poco. Al contrario: estaba contando las horas para que volviera a oscurecer.
Cuando cayó la noche, me duché de nuevo y me puse mi conjunto preferido: un corpiño de encaje negro y una bombacha haciendo juego que casi no tapaba nada. Me solté el pelo, me puse una gota de perfume en el cuello y otra entre los pechos, abrí la cortina y me tiré en la cama.
Empecé a recorrerme con los dedos, despacio. Paseaba la yema por el cuello, bajaba por el esternón, rodeaba los pechos sin tocarlos, seguía hasta la cadera. Cada cierto rato miraba de reojo a la ventana de enfrente. Nada. La luz estaba apagada. Empecé a impacientarme.
Pensé que tal vez había sido demasiado, que lo había asustado, que esa clase de cosas no pasan dos noches seguidas. Igual ya estaba encendida, así que decidí seguir sola. Una noche más sin público no me iba a matar. Puse un audio de un relato erótico en el celular, cerré los ojos y terminé como pude, sin la misma intensidad de la noche anterior.
***
Al otro día tenía que bajar al supermercado. Me puse el barbijo, las llaves, hice la fila de las personas mayores, todo el ritual de la cuarentena. Cuando volví, revisé el buzón antes de subir. Adentro había un papel doblado, con mi nombre escrito en birome azul.
«Hola, Carla.
Disfruté mucho la otra noche. La de anoche también la vi un rato, pero no quise asomarme porque no quería que pensaras que soy un acosador. Si tenés ganas de seguir jugando, este es mi Instagram.
Besos, Mateo.»
Me quedé parada en el palier con la nota en la mano y una sonrisa estúpida en la cara. Pensaba que ya no quería verme y resulta que lo que quería era seguir cogiéndome con los ojos. Y yo a él.
Subí las bolsas, las dejé tiradas en el piso de la cocina y antes de guardar la verdura ya estaba buscándolo en Instagram.
Mateo era mejor de cerca que a través de la calle. En las fotos se veía: hombros anchos, espalda trabajada, ojos verdes muy claros que contrastaban con la cabeza rapada, una sonrisa entre tímida y canchera. Llevaba cuarenta días sin tocar a nadie y, sinceramente, me hubiera servido con bastante menos que Mateo. Pero Mateo era mucho más que el mínimo aceptable.
A la mitad de la inspección de su perfil me di cuenta de que estaba mojada. Dejé las compras donde estaban, me fui a la cama y me hice una sesión rápida acariciándome con una mano mientras con la otra deslizaba sus fotos. Terminé, me quedé unos minutos boca arriba mirando el ventilador, y después fui a tocar el botón de «Seguir».
En menos de un minuto me devolvió el follow. Y empezamos a chatear.
***
El chico era simpático. Me contó que llevaba cuarenta días encerrado, sin ver a nadie, viviendo solo a tres ventanas de distancia. Que la otra noche había salido a fumar al balcón sin esperar nada y que cuando me vio le tembló todo. Que pensó en cerrar y no lo hizo. Que pensó en grabar y tampoco. Que solo se sentó y miró.
Mientras leía sus mensajes yo estaba echando humo otra vez. La cabeza me decía que no metiera a un desconocido en mi casa en plena pandemia, que era una locura, que estaba sola y nadie sabía nada de este tipo. El cuerpo me decía que ya estaba bien de subirme por las paredes.
—¿Vos saliste alguna vez en estos cuarenta días? —le pregunté.
—Para el supermercado y una vez a la farmacia. Nada más. ¿Vos?
—Igual.
Dos personas encerradas, sin contacto con nadie, no eran ejemplo de buen ciudadano si se juntaban. Pero tampoco le hacíamos daño a nadie. Así, con esa lógica medio tramposa pero honesta, dejé caer la guardia.
—¿Querés venir a ver una peli esta noche? —escribió.
—Solo si te encargás de la cena —contesté.
Cocinar nunca fue lo mío y, además, no quería regalarme tan barato. Prefería venderme por un plato de comida caliente.
Me preguntó qué me gustaba, le dije que sushi, que pastas, que cualquier cosa menos pizza, y quedamos a las ocho.
***
Pasé la tarde en una sesión de belleza completa. Me afeité hasta los empeines, me hidraté de pies a cabeza, me hice las uñas. Cuando faltaba media hora me probé tres conjuntos antes de quedarme con una remera de hombre, larga, blanca, que apenas me tapaba la cola. Abajo, nada.
Mateo tocó el timbre puntual. Cuando abrí la puerta, el chico se quedó dos segundos sin decir palabra. Yo le sonreí y lo dejé pasar. Caminé delante de él por el pasillo despacio, mostrándome, sintiendo su mirada caer sobre mí desde atrás.
En la cocina apoyó las bolsas y se quedó parado, sin saber qué hacer con las manos. Tenía la frente transpirada. Le agarré una servilleta y se la sequé yo misma. Estaba nervioso. Se había dado cuenta de que la cena, en realidad, era él.
Mientras le pasaba la servilleta, miré para abajo. En el pantalón se le marcaba un bulto que no se podía ignorar. Mi plan era cenar primero, juro que era ese, pero le miré los ojos verdes y supe que no íbamos a llegar a la mesa.
Paseé el dedo desde su hombro, bajé por el pecho, seguí por el abdomen y me detuve justo encima del bulto. Lo presioné apenas con la palma. Él tragó saliva.
—Hola, Mateo —le dije.
—Hola.
Reaccionó poniéndome las manos en la cadera. Yo me di vuelta para darle una vista completa de la espalda, me levanté apenas la remera y me apoyé contra él hasta sentir su erección contra mi cola. Ahí se desató. Una de sus manos me cruzó el vientre, la otra me subió a los pechos. Giré la cara y encontré su boca.
Nos besamos como dos personas que llevan demasiado tiempo sin besar a nadie. Las lenguas se buscaban con torpeza y con hambre. Me solté un momento para bajarle el cierre del pantalón. Quería verlo, comprobar que la promesa del bulto era cierta. Lo era. La agarré con la mano, sonreí, y tiré de él hacia el dormitorio como quien lleva un perro de la correa.
***
Lo empujé sobre la cama. Le bajé el resto de la ropa y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, despacio, todo a lo largo. Después de cuarenta días sin probar la piel ajena, el pecado tenía gusto a postre. Gimió, y yo trepé por su cuerpo besándole el ombligo, el pecho, los pezones, el cuello. Le gemí cerca del oído. Lo sentí estremecerse debajo de mí.
Estaba por dejarme penetrar cuando cambié de idea. Apoyé las dos manos en su cabeza rapada y seguí gateando hacia adelante hasta sentarme sobre su cara. Él entendió enseguida. Empezó a moverse abajo con una lengua firme y caliente, mientras una de sus manos subía a buscarme un pecho.
Yo llevaba días al filo. Bastaron unos minutos para que el clítoris empezara a latirme. Le apreté la cabeza contra mí, la cadera me tembló sola, y un escalofrío me subió desde la base de la espalda hasta la nuca. Grité. Fue mi primer orgasmo no solitario en cuarenta días y sonó como tal.
Cuando bajé la mirada y me encontré con esos ojos verdes, le devolví la sonrisa. Me había leído el pensamiento: ahora me tocaba a mí. Bajé gateando hacia atrás, besándole el cuello, los pezones, el abdomen, hasta llegar a su erección. La tomé con la mano, la lamí por el glande, la subí hasta el fondo de la boca tanto como pude. Él me miraba y se sonreía con esa cara de chico travieso que ya le conocía de la nota.
Me acomodé sentada y la encerré entre los pechos. Subía y bajaba, los apretaba con las dos manos hacia el centro, lo escuchaba gemir más fuerte cada vez. De pronto, con un movimiento rápido, me ganó la posición: terminé boca arriba con él arriba, todavía con su verga entre mis pechos, marcando ritmo desde la pelvis. Cuando ya no aguantaba más metió la punta en mi boca y me regó la lengua con su leche caliente, gimiendo bajito, todo el cuerpo en tensión, la espalda arqueada. Me limpié con el dedo una gota que quedó en el labio y me lo metí en la boca, mirándolo.
—Pensé que ya estábamos —le dije.
—Apenas empezamos.
Sacó un preservativo del bolsillo del pantalón, se lo puso, se acomodó entre mis piernas y me las levantó hasta apoyarme los pies en su pecho. Entró despacio, mirándome, disfrutando cada centímetro. Yo me agarraba sola los pezones, los apretaba, no podía estar quieta.
De golpe me dio vuelta. Me dejó boca abajo, con las piernas estiradas, y me penetró así, con un dedo perdiéndose en mi cola y la otra mano tirándome del pelo.
—Me encanta tu cola —dijo, con la voz rota.
Las embestidas se hicieron más fuertes, más profundas. La punta de su verga me llegaba al punto exacto. Apreté las sábanas con los puños, temblé entera otra vez.
—Vení conmigo —dijo—. Acabate conmigo.
Esa frase fue lo último que necesité. Mis gemidos pasaron de discretos a aullidos. Los de él se sumaron. Me clavaba los dedos en la cintura, me embestía hasta el fondo, y al final cayó sobre mi espalda con un gemido ahogado que sonó casi a dolor. Lo sentí latirle dentro, todavía erecto, mientras el corazón le golpeaba contra mi omóplato.
Nos quedamos así un rato largo, sin hablar, hasta que las piernas me dejaron de temblar. La cena se enfrió en la cocina y ninguno de los dos hizo nada por ir a buscarla.
***
Desde esa noche, Mateo viene una vez por semana. Trae la cena, se la cocina él, y después se convierte en el postre. La cortina del cuarto la dejo abierta, pero ya nadie nos mira: ahora los dos miramos al resto del edificio desde el lado seguro del vidrio.