Lo que mi novia hizo en la playa nudista
Todo empezó como cualquier otro domingo. Lucía llevaba semanas insistiendo en que teníamos que ir a la playa, que era sano, que la vitamina D, que necesitábamos salir de casa. A mí, sinceramente, el plan no me apetecía nada.
Al final cedí, supongo que porque todavía la quería y porque discutir un domingo por la mañana me parecía un desperdicio. Cogimos el coche y conduje hasta una cala que ella había encontrado, no muy lejos del pueblo. Yo habría preferido dormir hasta tarde, bajar a cualquier chiringuito, pedir una cerveza bien fría y devorar una paella de esas que solo saben hacer a orillas del Mediterráneo. Pero no había manera: tocaba arena, sol implacable y algas.
Cuando llegamos me llevé una sorpresa agradable. No era una de esas playas donde tienes que pedir permiso para meter un pie en el agua. Era amplia, bastante salvaje, con un puesto de salvamento y poco más. Mientras bajábamos por el sendero vi un cartel que no había visto nunca: una zona mixta, textil y nudista. No le di importancia y seguimos hasta la arena, dorada y no demasiado fina.
Nos descalzamos y caminamos cerca de la orilla, donde la tierra es más firme y más fresca. Esquivábamos conchas, alguna alga seca y las toallas de la gente que se había instalado junto al acceso.
—Vamos un poco más allá, que aquí hay demasiada gente —dijo ella.
—Lo que tú quieras —respondí—. Pero que sepas que esto me lo vas a pagar.
—A todo el mundo le gusta la playa. No sé por qué a ti no.
—Me gusta. Hoy no me apetece. Quiero una paella y una caña.
—Ya tendrás tiempo. Ahora calla y disfruta un poco, que lo merecemos.
Así que seguimos andando por la orilla. La playa parecía no acabarse nunca, y cuanto más nos alejábamos, menos gente había. De vez en cuando aparecía alguna mujer haciendo topless, algo que, lo confieso, me alegraba un poco la mañana. Una pareja jugaba a las palas, él con bañador y ella con una braguita mínima, y sus pechos se movían con cada salto como si tuvieran vida propia.
Y avanzábamos. Por alguna razón, cada vez veía menos bañadores y más piel. Una chica sola con unas mini bragas y el pecho al sol. Un poco más allá, dos mujeres de unos cincuenta charlando tranquilas con las tetas al aire, sin la menor pose. Un grupito de tres amigas que rondarían los veinticinco, tumbadas boca abajo. Cuál era el motivo de tanta desnudez tranquila, no lo sé. Pero, párrafo a párrafo, el plan empezó a gustarme bastante más de lo que esperaba.
Pasamos junto a otro cartel que no llegué a leer con calma. Supuse que sería un aviso de la cruz roja sobre corrientes o resacas, una de esas advertencias para quitarse responsabilidades. Y seguimos.
Lo que más me sorprendió fue ver a mujeres solas, leyendo o mirando el móvil con la parte de arriba del bañador quitada. No había nada forzado, nada de esas posturas del porno de internet. Simplemente eran mujeres que habían decidido que les daba igual lo que pensara el resto, que cada cuerpo es único y que, si querían mostrarlo al sol, nada iba a detenerlas. Había de todo: desde chicas de poco más de veinte años hasta señoras bien entradas en los sesenta. Y, por primera vez en mucho tiempo, agradecí haber renunciado a la paella.
No pude apartar la vista de una mujer de unos treinta y pocos que hacía yoga muy cerca de las olas. Su pecho era escaso, pero se le marcaban perfectamente las areolas oscuras. El hilo que llevaba apenas cubría lo justo, y por detrás la vista era igual de buena: un cuerpo atlético, de los que delatan ejercicio diario, con los cachetes del culo asomando a los lados de aquella tira minúscula.
Nunca había pensado que un cuerpo pudiera doblarse de esa forma. Me imaginé si se habría metido en el agua o si la humedad de su entrepierna era simple sudor de tanto esfuerzo bajo aquel calor pegajoso. Pensé en el olor de las gotas que le bajaban desde el pecho hasta el vientre, ese rastro salado que pasa desapercibido pero que pone a cualquier hombre a mil. Me habría gustado recorrerla entera con la lengua. No era especialmente guapa ni tenía un cuerpo de revista. Pero verla casi desnuda, moviéndose como si tal cosa, me dejó completamente trastornado.
—Es guapa, ¿eh? —dijo Lucía, siguiendo mi mirada.
—No es guapa, pero tiene algo.
—Te entiendo. No soy lesbiana y hasta yo le daría un beso. Es preciosa.
—No me hagas hablar.
—Di lo que quieras. Está medio desnuda y no eres de piedra. Es normal que mires.
—Pues sí. Pero mejor sigamos, que me estoy poniendo malo.
—Aguanta un poco más.
***
Seguimos. Ahora eran dos mujeres entradas en los cuarenta. Algún kilo de más, sí, pero unos pechos preciosos, redondos y firmes. Una sostenía un libro que le juntaba el escote; la otra estaba tumbada boca arriba, con las tetas cayendo suavemente hacia los lados. Pensé en todo lo que habrían vivido aquellas mujeres y en que, probablemente, harían conmigo lo que les diera la gana. Una parte de mí deseaba ser un juguete en sus manos expertas. Y noté que la polla empezaba a crecerme, algo difícil de disimular dentro de un bañador. Con la del yoga había sentido un cosquilleo; con estas dos maduras, la cosa se desbordó. Logré contener a la bestia por los pelos.
Caminamos un poco más, hasta que Lucía decidió que ya estaba bien. Encontramos un claro moderadamente apartado. Y entonces vi a la primera persona completamente desnuda: un hombre de unos setenta años, barrigón y de hombros peludos, que se paseaba como quien no quiere la cosa. Admiré su valentía hasta que apareció su mujer, igual de desnuda, igual de tranquila. No había nada raro ni nada sexual. Solo dos personas caminando y charlando en un idioma que no reconocí.
Al otro lado había una pareja joven, también desnuda. Cuerpo delgado el de ella, curvas perfectamente dibujadas, pecho mediano y el pelo rizado. Jugaba a las palas con su novio y de vez en cuando se dejaba caer sobre la arena. Cuesta creer que existan mujeres tan bonitas dispuestas a desnudarse, y mucho más que tuviera la suerte de tener una a pocos metros. Ni siquiera reparé en ella hasta que Lucía me la señaló.
Extendimos las toallas, dejamos las mochilas en la arena y empezó el ritual de la crema solar. Lucía llevaba un bikini rosa bajo la blusa blanca. Yo me quité la camiseta. Ella se untó brazos y piernas y me pidió que le diera en la espalda. Mientras lo hacía, tumbada boca abajo, se desabrochó la parte de arriba. La primera vez que la vi hacerlo me volvió loco, pero ya me había acostumbrado: a Lucía le encanta el topless, y de hecho busca playas donde esté permitido solo para poder tomar el sol así.
Y eso que mi novia no es ninguna modelo. Tiene su carne de más. Pero sus pechos son una delicia: grandes, redondos, naturales y ligeramente caídos. No sé qué talla gasta, solo sé que le cuesta encontrar un sujetador que mantenga semejante cantidad en su sitio. El culo tampoco es pequeño, y eso hace que ambas manos tengan dónde agarrarse. Hay mucha mujer que disfrutar, muchas curvas que apreciar.
Y fue ahí cuando todo empezó a subir de temperatura. Hacía calor, sí, pero no era solo eso. Había gente desnuda alrededor y a ella no parecía molestarle; al contrario, criticaba pollas y tetas por igual, para bien o para mal. Yo no podía dejar de mirar a aquellas dos mujeres de cuarenta y tantos, los pechos algo caídos, los muslos abiertos hacia el sol. No eran perfectas, pero me parecieron bellísimas. Aguanté el tipo como pude.
—Joder, me estoy poniendo malo. ¿Has visto a esas dos señoras? Tienen sus años, pero me gustan.
—Ya me gustaría a mí estar así a su edad —contestó ella—. Son guapas y tienen buen cuerpo.
—Qué mala eres. Me traes aquí y luego a ver qué hago.
—Tranquilo. Mira al mar y descansa.
Miraba al mar. Pero no descansaba. Aquellas dos mujeres se habían tumbado boca arriba con las piernas extendidas, y yo, escondido tras las gafas de sol, recorría toda su anatomía: los pies, los muslos, los labios grandes y jugosos, el vientre, los pechos. De vez en cuando se cruzaba por delante la chica del pelo rizado y mis pensamientos se volvían imposibles de confesar.
***
—Debe de ser cómodo —dijo Lucía de pronto—. Eso de andar así.
—¿En serio? —pregunté, intentando que no me temblara la voz.
—Sí. Pero vamos, se lo dejo a ellos.
Lucía siempre ha sido bastante conservadora con la parte de abajo. Nunca lo entendí, porque lo único que la separaba de la desnudez total era esa fina tira de tela que le cubría el sexo y parte del culo. Todo lo demás estaba a la vista. Y, sin embargo, aquel pequeño triángulo la hacía sentir vestida.
Vi la oportunidad y forcé un poco la conversación.
—Se ve cómodo, sí. No te preocupas de la sal, ni de la arena, ni de la humedad. Si quieres, hazlo. Yo paso, me da igual.
—No, no. Me da muchísima vergüenza.
—Pues entonces no lo digas.
—Que no, que no. Ya sé que es gente normal, que nadie mira, que todos pasan de largo. Pero me da vergüenza. Además, seguro que hay algún pervertido por aquí.
—No te quepa duda —dije—. Pero no sabes quién será.
Así quedó la cosa, durante un rato. Seguía pasando gente desnuda delante de nosotros y yo cada vez me sentía peor. Llevaba más de diez años fantaseando con algo parecido, y por fin lo tenía al alcance de la mano.
—No sé —murmuró ella al fin—. Haz lo que quieras tú.
—Si quieres desnudarte, tú misma. Solo llevas una tira de tela en la entrepierna. Tú has empezado el tema. A mí me da igual.
—Que no, que no.
—A ver, Lucía, es ahora o nunca.
Me lo estaba jugando todo a una carta. Si entraba en el juego, sería el tipo más afortunado del mundo. Y si no, igual me ganaba un mal gesto para el resto del día.
—¿Sabes lo que te digo? —solté, quitándome el bañador de golpe—. Que a tomar viento. Fuera todo.
Sentí una libertad que no había sentido nunca, mezclada con vergüenza y una excitación que no debería haber estado ahí, no en aquella situación.
—¿Te has atrevido? —dijo ella, incorporándose un poco.
—Sí. Me da igual todo.
—No sé si debería...
—Haz lo que quieras. Ya estás casi desnuda. No te queda más que la braguita.
Se quedó callada unos segundos eternos. Luego, sin mirarme, se llevó las manos a las caderas.
—Pues adelante. Alguna vez hay que hacerlo.
Y se quitó la parte de abajo del bikini. Quedó completamente desnuda en la arena. Los dos lo estábamos. No tardó mucho en cogerle el gusto a su nueva condición.
—Esto es un poco excitante, ¿no crees? —dijo.
—Pues sí. Aunque no es nada del otro mundo, hay más gente desnuda alrededor.
—Seguro que alguien con alguna idea rara en la cabeza anda cerca.
—No te preocupes. Aquí todos son normales —mentí—. Aunque ahora mismo no puedes esconderte de ninguna mirada. Y seguro que hay alguien pensando algo.
Era la primera vez que veía a Lucía tan desinhibida. Me encantó y me preocupó a partes iguales. Habíamos guardado la ropa en las mochilas. Cualquiera podía vernos. Y, sin embargo, nadie parecía prestar atención.
Poco a poco se fue relajando. Le pregunté, medio en broma, si no le importaba que alguien le viera el sexo. En un extraño arrebato de calentura me dijo que no, que tampoco había nada raro en lo que estábamos haciendo. No sé describir lo que pasaba por mi cabeza: mi novia, la que siempre había sido tan recatada, estaba abierta al sol mientras yo la miraba y sentía que cualquiera podía hacer lo mismo.
Y entonces ocurrió. Lucía se dejó caer hacia atrás justo en el instante en que pasaba un hombre de unos cincuenta años, desnudo. Lo normal habría sido que siguiera de largo sin mirar. Pero yo, tras mis gafas de sol, lo vi todo perfectamente. El desconocido detuvo el paso y se quedó mirando fijamente el sexo de mi novia, las piernas ligeramente abiertas, el cuerpo ofrecido sin saberlo.
No puedo explicar lo que sentí. Ver a aquel tipo clavar la mirada en ella, mientras Lucía seguía con los ojos cerrados de cara al sol, me produjo algo que no había experimentado jamás. La mujer que quieres, totalmente desnuda, observada por un extraño que se relame en silencio, es lo más excitante que un hombre puede llegar a sentir.
El desconocido siguió su camino unos segundos después, como si nada hubiera pasado. Lucía ni se enteró. Pero yo me quedé con el corazón disparado y la certeza de que algo había cambiado para siempre entre nosotros.
Después de aquel día vinieron muchas más experiencias. Esta fue solo la primera, la tarde en que descubrí que mi novia escondía a una exhibicionista calentona y que yo disfrutaba mirando cómo otros la miraban. Pero eso ya os lo contaré en otro momento, por si os interesa seguir.