El cámara que grabó algo más que nuestra película
Somos Sonia y yo, Andrés, un matrimonio que lleva tres lustros buscando formas nuevas de mantener la chispa viva. Hace años empezamos con los intercambios de parejas. La mayoría de las experiencias fueron buenas, alguna olvidable, pero todas nos enseñaron algo: que el deseo se alimenta de cosas que cuesta nombrar en voz alta. Esta historia ocurrió cuando Sonia rondaba los 45 y yo le sacaba dos años. Recién ahora me animo a contarla, porque todavía me cuesta creer cómo terminó.
Todo empezó una noche cualquiera, en el silencio de nuestra habitación, después de hacer el amor. Sonia me miraba con esa media sonrisa que conozco demasiado bien. La que avisa que algo va a salir de su boca.
—¿Y si grabamos una película? —dijo.
Me reí, pensando que era una broma de las suyas. Pero ella siguió mirándome igual.
—En serio. Una de las nuestras. Una para nosotros. Y, si alguna vez quisiéramos, para enseñársela a alguna pareja.
Sabía a qué se refería. Varios de los amigos con los que habíamos compartido fines de semana tenían sus propias grabaciones caseras. Las sacaban en sobremesas calientes, como quien comparte una botella reservada. Empezar una noche de intercambio con un vídeo así era abrir el apetito de la mejor manera posible.
—¿Y quién la graba? —pregunté.
—Eso lo dejo en tus manos —contestó, y se giró a dormir.
Estuvo unos días sin volver a mencionar el tema, pero la idea ya no se me iba de la cabeza. Empecé a buscar por foros, por anuncios discretos, por páginas donde la gente ofrece servicios de este estilo. Quería a alguien profesional, alguien que entendiera el ambiente, que no nos hiciera sentir mirones de nosotros mismos. Tras varios intercambios de mensajes, di con uno que me dio buena espina. Se llamaba Damián, tenía treinta y pocos, había trabajado en producciones de bodas y luego derivó hacia esto otro, donde, según decía, se sentía más libre. Hablamos por teléfono dos veces. Su voz era tranquila. Acordamos una fecha, dentro de dos semanas.
Esas dos semanas nos sirvieron para todo. Compramos lencería. Sonia se probó conjuntos delante del espejo mientras yo la miraba desde la cama y le decía cuál me gustaba más, aunque la verdad es que con todos me gustaba. Eligió tres: uno negro, uno rojo, uno blanco con encaje. Eligió también unas medias que se sujetaban con liguero porque sabía lo que me hacían esas medias. La excitación de planear cada detalle ya era media película.
***
El día llegó. Era sábado, principios de junio, una tarde calurosa. Habíamos dejado la casa preparada como un pequeño plató: ventanas cerradas, cortinas finas para que entrara luz natural, sábanas limpias, vino blanco en la nevera. Sonia se duchó dos veces, se perfumó con algo dulce y se puso primero el conjunto rojo.
A las cinco en punto sonó el timbre.
Damián era más alto de lo que imaginaba. Tenía el pelo oscuro, un poco largo, ojos castaños y esa sonrisa fácil de la gente que se gana la vida tratando con desconocidos. Llegó con una mochila pequeña y un trípode. Le ofrecimos algo de beber, y aceptó un vaso de agua. Sonia salió del dormitorio descalza, con una bata corta encima del conjunto rojo, y le tendió la mano.
Vi cómo él la miró. Una mirada de un segundo, profesional, pero también la mirada de un hombre. Después miró al suelo, sonrió y dijo:
—Encantado. Estáis en buenas manos.
Hablamos los tres en el salón durante media hora. Le explicamos qué queríamos: planos cercanos, ningún corte importante, libertad para acercarse cuanto hiciera falta. Le dijimos que la película era nuestra, que solo habría una copia y que firmaríamos un documento.
—Por supuesto —respondió—. Trabajo siempre así.
Le comenté que hacía calor en casa, que si quería ponerse cómodo no había problema. Damián miró a Sonia un instante, como pidiendo permiso. Ella se encogió de hombros con una sonrisa.
—Lo justo —dijo él, y se quitó la camisa.
Tenía el torso definido, no exagerado, con un tatuaje pequeño en el costado. Sonia bajó la mirada un segundo más de la cuenta. Yo también.
***
Empezamos en el dormitorio. La cámara estuvo primero en el trípode, abarcando la cama entera. Sonia se sentó en el borde, soltó la bata y yo me acerqué desde atrás. Le besé el cuello como tantas otras veces, pero esa vez sabía que alguien lo estaba registrando. Sentí su escalofrío inmediato. La cosa cambiaba.
—Mírame —le pedí en voz baja.
Ella alzó los ojos hacia el objetivo. Damián se había apartado, dejaba que la cámara hiciera el trabajo. Pero yo notaba que estaba ahí, respirando, atento.
Le solté el sujetador. La acaricié con calma, sabiendo que cada gesto quedaría guardado. Bajé por su vientre. Le quité las medias despacio, como si tuviera horas. Cuando estuvo desnuda, la tumbé y abrí sus piernas. Le pasé la lengua entera, sin prisa, y sentí cómo arqueaba la espalda.
—Damián —dijo Sonia—. Acércate.
Él dudó un segundo. Después agarró la cámara con la mano y se acercó. Se agachó a un lado de la cama, a treinta centímetros de mi cara. Yo seguí lo que estaba haciendo. Oía a Sonia respirar entrecortada, y oía también la respiración de él, sostenida, junto a mí.
—Así —murmuró Sonia, sin saber a quién se lo decía.
La hice acabar con la lengua, sin meterle nada más, solo eso. Fue largo, intenso, le tembló todo el cuerpo. Damián siguió grabando sin moverse, con la cámara casi pegada a su muslo.
***
Cambiamos de postura. Sonia se incorporó, me empujó suavemente y se subió encima. La sentí mojada, caliente, deseando. La cosa empezó despacio. Damián grabó desde un lado, después se subió a la cama, de rodillas, para tomar un plano superior. Su pierna rozaba la mía. Ninguno de los tres dijo nada al respecto.
Sonia me miraba a mí, pero también lo miraba a él. De vez en cuando le dedicaba una sonrisa cómplice, como invitándolo a quedarse cerca. Cuando ella se inclinó hacia delante para besarme, su pelo cayó sobre la mano de él, que tuvo que apartarlo con cuidado para seguir enfocando.
Después le pedí que se pusiera de espaldas a mí. La penetré así, agarrándola por las caderas. Damián cambió de ángulo y se puso frente a Sonia, casi a la altura de su cara. Vi cómo ella, sin dejar de gemir, le miraba la entrepierna marcada bajo el pantalón.
—¿Por qué no te lo quitas tú también? —le dijo entre respiraciones.
Damián miró hacia mí. Yo asentí. No dije nada porque sentí que las palabras estaban de más.
Soltó la cámara sobre una almohada, sin apagarla, encuadrando lo justo. Se desabrochó el cinturón y se bajó el pantalón. Sonia, todavía con mi cuerpo dentro del suyo, alargó la mano.
***
Ahí dejó de ser una grabación.
Sonia lo cogió primero por encima del bóxer, después por debajo, hasta que él se desnudó del todo. Damián tenía algo parecido a lo mío, quizá un poco más grueso, eso pensé en ese momento por algún motivo absurdo. Sonia se lo metió en la boca sin soltar mi mirada, y yo seguí moviéndome despacio detrás de ella. La imagen de mi mujer chupando otra polla mientras yo la tomaba por detrás era una fantasía que llevaba años rondándome en silencio. No esperaba verla así, en mi propio dormitorio, sin haber planeado nada de eso.
Lo está haciendo. Y yo lo estoy mirando.
Estuvieron así un rato largo. Yo paré, salí de ella, me senté contra el cabecero. Quería ver. Quería ver de verdad. Sonia se dio cuenta de mi gesto y entendió. Se giró hacia Damián, se puso a cuatro patas y le pidió, sin palabras, que la tomara. Él me miró otra vez. Volví a asentir.
Cuando entró en ella, Sonia echó la cabeza atrás y soltó un gemido que conocía bien. Era el gemido que reservaba para los primeros minutos, cuando todavía está aprendiendo el ritmo del otro.
***
Fue una noche larga, aunque por el reloj duró poco más de una hora. Yo me acerqué después, cogí la cámara y grabé yo. Grabé a mi mujer disfrutando de otro hombre, primero a cuatro patas, después tumbada, con las piernas abiertas y la cara de quien ha perdido la noción del tiempo. Damián era cuidadoso, atento. Le preguntaba con la mirada antes de cambiar de postura. Sonia se corrió dos veces más, una de ellas con un grito ronco que no recordaba haberle oído nunca.
Cuando me tocó a mí volver, lo hicimos los tres a la vez. Sonia conmigo dentro, él en su boca. Yo no aguanté demasiado. Me corrí mirándola, mirándolo, mirando esa escena que sabía que no iba a olvidar. Damián se corrió poco después, fuera, sobre el pecho de ella, y Sonia se rió con esa risa suya de cuando algo le ha salido mejor de lo esperado.
***
Después, en el salón, vestidos otra vez los tres, con cervezas en la mano y la cámara apagada sobre la mesa, todo volvió a ser cordial. Damián era el mismo chico tranquilo que había entrado hacía unas horas, solo que con la camisa arrugada y el pelo revuelto. Firmamos un papel sencillo: una sola copia, master entregado, sin redistribución. Damián lo aceptó sin reparos.
—Voy a tardar unos cinco días —dijo—. La paso a un disco duro y os la entrego en mano.
—Perfecto —respondió Sonia—. Trae la cerveza la próxima vez.
Damián rió. Se despidió en la puerta con un apretón de manos para mí y un beso en la mejilla para ella. Cuando cerré, me quedé un momento apoyado en la madera. Sonia se acercó por detrás, me abrazó por la cintura.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Mejor que bien.
Y era verdad. No era celos lo que sentía. Era otra cosa, algo más cercano al asombro. Saber que llevábamos años juntos y que todavía éramos capaces de inventarnos noches como aquella.
Damián cumplió. Cinco días después nos entregó la película y el master. La vimos juntos esa misma noche, con una botella de tinto, y volvimos a hacer el amor con la pantalla encendida.
Esa fue solo la primera vez que la vimos. La primera vez que se la enseñamos a otra pareja amiga es otra historia, y también merece contarse. Pero esa, lectores, queda para otra entrega.