Nos miraban en la playa y a las dos nos gustó
Dejé pasar un par de días desde que surgió la idea de compartir mi piso con Lucía. No fue desconfianza, solo prudencia: quería darle vueltas, buscar algún inconveniente que al final no encontré. La llamé a la mañana siguiente para decirle que podía venirse cuando quisiera y, de paso, me ofrecí a echarle una mano con la mudanza.
El día acordado fui a la dirección que me había pasado. Era una casa enorme cerca del centro, con un garaje en el que cabrían diez coches y tres de gama alta aparcados sin aspavientos. Desde la entrada se veía el trampolín de una piscina rodeada de césped. Sus padres me recibieron con una cortesía algo tensa, repitiendo que les parecía muy bien que hubiera ido a conocerlos en persona. Lucía me confesó después que les había caído bien, que creían que esa nueva etapa le vendría de maravilla.
Mientras un operario cargaba las cajas en una furgoneta pequeña, vi acercarse a una mujer que, a la legua, no era del servicio. Iba demasiado arreglada, demasiado bien vestida para una tarde de mudanza. Desde lejos se dirigió a Lucía con un tono displicente, despidiéndola con una amabilidad fingida que yo leí sin esfuerzo: al final te sales con la tuya, haz lo que te dé la gana, allá tú.
—Y, bueno, por lo menos preséntame a tu compañera de piso —dijo, ya caminando hacia mí.
Estoy acostumbrada a lidiar con situaciones raras; si no, no sé cómo habría reaccionado. Nunca, jamás, habría imaginado que «la tía Nuria», de la que Lucía me había hablado tanto, fuera precisamente ella.
—Mira, tía, esta es Marina —dijo Lucía—. Y ella es mi tía Nuria, de la que ya te he hablado.
—Espero que hayas hablado bien de mí, ¿no? —soltó Nuria con una sonrisa que se le quedó a medias en cuanto me reconoció.
—¡Pero Nuria! —exclamé yo, fingiendo una sorpresa enorme—. ¡Jamás habría imaginado que fueras la tía de Lucía! ¡Qué alegría verte!
Me fui directa hacia ella y le di dos besos. Ella tampoco se inmutó; me devolvió la efusividad con la misma frialdad calculada. Comentamos lo pequeño que es el mundo, lo asombroso de la casualidad, mientras yo pensaba que claro que la conocía. La conocía demasiado bien. Además de todo lo que Lucía me había contado sobre lo impertinente y cruel que era con ella, yo conocía su cara, su cuerpo y muchas cosas más. La había visto en mi propio salón, de rodillas en el sofá, mientras mi ex la disfrutaba por detrás. Pero eso me lo guardé.
***
Salimos en mi coche, delante de la furgoneta. Vi a Lucía feliz, ligera, como si se hubiera quitado de encima un peso que llevaba años cargando. Hablamos de logística, de horarios, de cómo nos organizaríamos. Y, en un tono más personal, me dijo que pensaba cambiar de vida en muchos aspectos.
—Oye, ¿mañana vas a ir a la playa? —preguntó—. ¿Te importaría que fuéramos juntas? Sin compromiso, ¿eh?
—Claro que no me importa.
—Es que… no creo que te moleste que te lo diga, pero el otro día, en la ducha del gimnasio, me fijé en que estás morena por todo el cuerpo. No tienes ni un trozo blanco. ¡Qué envidia! —se rio—. Yo también quiero broncearme así. ¿Te crees que desde que volví de Toronto no he pisado la playa?
Enlazó aquello con su tía. Cuando regresó del extranjero, contó, se puso en topless junto a la piscina familiar y Nuria estalló: «¡Ahí, en cueros, hecha una guarra! Si te quieres bañar, ponte un bañador decente». Su madre oyó la bronca y miró para otro lado. Su padre habría hecho lo mismo.
—Por eso, y por mil cosas más, no aguantaba seguir allí —terminó—. Perdona que te dé la brasa con mis historias.
No me daba ninguna brasa. Le dije que por supuesto iríamos juntas, y así fue muchas veces después de aquella primera. Llegamos a casa, le di su juego de llaves y el mando del garaje, y la ayudé a colocar sus cosas. No traía demasiado. Encajó todo enseguida y me dijo que estaba encantada con su habitación, que se sentía cómoda por primera vez en mucho tiempo.
Más tarde salimos a dar un paseo por el barrio. Le gustó el entorno, y todavía más descubrir que podría ir a trabajar caminando en menos de un cuarto de hora. Nos sentamos en la terraza de un bar a tomar algo, y entonces ella volvió al tema de la casualidad.
—De verdad que el mundo es un pañuelo. ¿De qué conoces a mi tía? Si vuestros mundos no tienen nada que ver…
Respiré hondo y le conté la verdad, sin adornos: que la conocí en mi propia casa. Que el imbécil con el que salía entonces había hecho una copia de mis llaves sin decírmelo, y que una tarde volví antes de lo previsto del trabajo y, al entrar al salón, me encontré a su querida tía Nuria apoyada en el brazo del sofá, desnuda, mientras él la embestía con todas sus fuerzas.
—¿En serio? ¿Mi tía? —Lucía se tapó la boca—. ¡La muy hipócrita! Siempre supe que llevaba una doble vida. ¡Y se atreve a llamarme guarra a mí por broncearme en topless en mi propia casa!
Pedimos otra ronda. Tardó un rato en calmarse, pero cuando lo hizo había en su cara una mezcla de rabia y de alivio, como quien por fin entiende que la persona que la juzgaba no tenía ninguna autoridad para hacerlo.
***
Al día siguiente fuimos a la playa en el autobús urbano. Como Lucía hacía tiempo que no iba, le insistí en que sobre todo se sintiera cómoda: que se pusiera y se quitara la ropa cuando y como le apeteciera, sin pensar en nadie. Alquilamos una sombrilla y dos hamacas. A nuestro lado se instaló una pareja de unos cuarenta años, extranjeros, hablaban entre ellos en alemán.
Hice lo de siempre. Extendí mi toalla, me quité el vestido y me metí en el agua a nadar un rato en bikini. Lucía entró poco después, algo más tímida, y salimos juntas. El sol pegaba fuerte y el mar estaba en calma, de esos días en que todo el mundo está a lo suyo y nadie mira a nadie. O eso creía yo.
Me quité el bikini y lo colgué a secar de la varilla de la sombrilla. Me tumbé del todo desnuda, al sol, sin más, como acostumbro. Lucía me preguntó en voz baja si me importaba que ella se quedara con un bikini seco.
—Tienes que estar cómoda, nada más —le repetí.
Nos pusimos boca arriba y cada una se aplicó su crema. Vi de reojo cómo se soltaba el sujetador y se bajaba un poco la braguita, hasta quedarse en topless. Se untaba con una lentitud que no parecía casual, recreándose, deslizándose las manos por el cuello y el pecho con una pereza deliberada. El alemán de la hamaca de al lado no se perdía un solo gesto. Yo tampoco.
Cuando llevábamos un buen rato, volvimos al agua a refrescarnos. A la vuelta le dije que me iba a poner boca abajo, que ese culito había que mantenerlo moreno.
—¿Me pones crema en la espalda, donde no llego? —pidió.
Lo hice despacio, extendiéndosela con suavidad por toda la espalda. Y entonces fue ella la que dio el siguiente paso.
—Y ahora, ¿te importa ponerme la protección por detrás? Pero bien, que no me quede ni un milímetro sin cubrir. No quiero ni la más mínima quemadura.
Claro que no me importó. Empecé por el cuello y bajé por la espalda hasta donde notaba la crema que ella misma se había puesto. Seguí por las piernas, desde la planta de los pies hacia arriba. Cuando llegué al borde del tanga, se lo bajé hasta la mitad y le separé un poco los glúteos para que no se le quemara nada. Con la propia suavidad de la crema, casi sin pensarlo, le rocé el centro con dos dedos. Noté un movimiento mínimo de sus caderas y un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.
—Perdona, ¿te he hecho daño? —susurré.
—No, ni mucho menos —respondió con la voz tomada—. Solo quiero que no quede nada sin proteger. Y estas bragas ya estorban. ¿Te importa quitármelas?
Fue entonces cuando oí a la mujer de la pareja de al lado decirle a su marido, en voz baja pero no tanto:
—Deja ya de mirar. Déjalas en paz.
Él estaba boca abajo y no encontraba postura. Resultaba evidente, hasta para mí, lo que intentaba disimular contra la hamaca. Nos había visto desde todos los ángulos posibles, y saber que él miraba, que no podía dejar de mirar, me encendió de una forma que no esperaba. Lejos de incomodarme, me gustó. Me gustó muchísimo.
***
Sin la prenda, extender la crema era mucho más fácil. Le abrí un poco las piernas y seguí, asegurándome de que no quedara ni un centímetro de piel sin cubrir. Cuando llegué a la parte más íntima, ninguna de las dos hizo nada por contenerse. Profundicé el masaje, ya sin excusas, mientras notaba cómo su respiración se aceleraba contra la toalla. En muy poco tiempo, todo su cuerpo se estremeció de arriba abajo. Tuvo un orgasmo silencioso, menos mal, mordiéndose el antebrazo para no hacer ruido.
En una playa así cada cual va a lo suyo, y nadie a nuestro alrededor se enteró de nada. Nadie salvo la pareja de alemanes, que para entonces ya ni fingían leer ni mirar el mar; estaban embobados, los dos, observándonos sin pestañear. Lucía y yo lo sabíamos, y eso lo hizo todo más intenso.
Después seguimos tomando el sol, tranquilas, como si nada hubiera pasado y a la vez todo hubiera cambiado. Cuando recogíamos, Lucía me dijo que era una playa estupenda, que allí nadie se metía en la vida de nadie y que se le había quitado de golpe la vergüenza de estar desnuda entre desconocidos.
—¡Y más cosas que ya sabemos las dos! —contesté riéndome.
Ella se rio también, con esa risa nueva de quien acaba de descubrir que ser mirada, en el lugar y el momento justos, puede ser el comienzo de algo. En el autobús de vuelta, su mano buscó la mía sobre el asiento y no la soltó en todo el trayecto. Ninguna de las dos dijo nada. No hacía falta.





