El día que enseñé a mi mujer desnuda a otro hombre
Marina se movía por la habitación completamente desnuda, buscando con prisa qué ponerse. Llegaba tarde a su cita de compras con Lucía y, aun así, yo no podía apartar la vista de ella. Era una costumbre que ni los años ni la rutina habían conseguido quitarme.
Se puso el sujetador y, antes de hacer lo mismo con el tanga, se inclinó sobre el tocador para aplicarse crema en una cara que ya empezaba a tomar el color del sol de Lanzarote. La postura era una provocación involuntaria: las piernas entreabiertas, la espalda arqueada y, en el espejo, el reflejo de todo lo que ella fingía no estar enseñando.
—Cómo estás —murmuré casi sin querer, jugando con el tanga diminuto que pensaba ponerse.
—¿Otra vez? —preguntó con tono burlón, dibujando una mueca pícara en el espejo.
De Marina siempre me había excitado que supiera perfectamente lo guapa que era y que, de vez en cuando, disfrutara enseñándolo. Aquella mañana lo disfrutaba más que de costumbre. Se dio la vuelta y se acercó despacio a la cama desde la que la contemplaba, con la mano extendida.
—¿Me lo das o te lo vas a poner tú? —bromeó.
Es difícil de explicar, pero verla con los pechos cubiertos y el resto al descubierto despertaba en mí algo más sucio que de costumbre, si es que eso era posible. Le daba un aire lujurioso, ese punto de las viejas películas italianas que de tanto en tanto deseábamos que tuviera nuestra propia historia.
—¿Qué me das a cambio? —me hice de rogar.
—Yo, nada —contestó con sorna—. Si no me lo das, me voy sin él.
Mi erección no necesitaba la idea de dejarla salir sin ropa interior para llegar a su plenitud, pero, desde luego, la reforzó. Si ya me ponía imaginar a Marina y Lucía paseando con pantaloncitos cortos y camisetas ajustadas, la idea de mi mujer caminando por la isla sin nada debajo del vestido me volvió loco.
Cuando estuvo lo bastante cerca, empecé a acariciarla con la palma de la mano.
—¿No te preocupa coger frío ahí? —le pregunté.
—Seguro que encuentro a alguien que me dé calor —respondió, apoyando las manos en mis hombros.
A ella también le encantaba ese juego de provocación. Sabía lo que yo quería y estaba dispuesta a dármelo.
—Estamos de vacaciones, ¿verdad? —repitió la frase que en esos días lo justificaba todo.
Sentado en el borde de la cama, rocé con los labios la piel que ahora tenía a la altura de mi cara, notando con nitidez su aroma cálido. Deslicé un dedo dentro de ella, que estaba ya muy mojada, mientras empezaba a gemir y separaba un poco las piernas para facilitarme la entrada.
Todo ocurría de un modo distinto al habitual entre nosotros. Tenía la sensación de estar presenciando una especie de transformación en mi mujer. Cualquiera habría pensado que aquella postura —de pie, desnuda de cintura para abajo frente a la cara de su marido— le daría algo de vergüenza. Nada más lejos de la realidad.
Suspiraba despacio y balanceaba las caderas al ritmo que yo le marcaba. Pero lo hacía sosteniéndome la mirada en todo momento, mordiéndose el labio inferior, doblando las rodillas cuando quería sentirlo más profundo. Quería más, y siguió queriéndolo cuando le metí el segundo dedo.
—Me estás dando un poco de miedo —confesé—. Pareces otra.
—Pero te gusta —afirmó en un susurro, entre gemido y gemido, con la mirada clavada en mi sexo.
—Me encanta —dije, acelerando el movimiento.
De pronto, y para mi sorpresa, se corrió. Apretó mi mano entre los muslos al cerrar las piernas y, tras un último gemido, se dejó caer boca abajo sobre la cama. Digo sorpresa porque, cuando jugábamos así, casi siempre necesitaba algo más para llegar al final. Aquella mañana, no. Como ella decía: estábamos de vacaciones.
No se quedó mucho rato en la cama. Ni de lejos el que a mí, por razones que no hace falta explicar, me hubiera gustado.
—¡Madre mía, que no llego! —exclamó incorporándose.
Se vistió y se calzó en diez segundos, dejándome el encargo de recoger toda la ropa que seguía desperdigada por la habitación, incluida la interior. La despedí en la puerta y, mientras pensaba en la solución más evidente al problema de mi erección, la oí hablar con alguien en el pasillo.
***
Sonó el timbre. Convencido de que se había olvidado algo, hablé en voz alta hacia la puerta para que me oyera.
—¿Qué se te ha olvidado, cariño?
—A mí, nada, guapo —respondió Rubén con guasa cuando abrí.
—¡Joder! —solté, sorprendido—. ¿Qué hora es? Si lo de los dardos no empieza hasta más tarde.
—Ya —dijo—, pero como estamos solos y hemos pagado el todo incluido, habrá que amortizarlo, ¿no? Nos tomamos algo para ir calentando.
—Estupendo —mentí.
No me apetecía salir, ni beber. Lo único que me apetecía era encerrarme con la imagen de mi mujer desnuda siendo acariciada por un dedo. Todavía no había decidido de quién sería ese dedo, porque la idea de que perteneciera a otro hombre también me resultaba demasiado sugerente. Pienso ahora que esa falta de desahogo influyó en lo que vino después.
—Pasa un momento —lo invité, disimulando la decepción y ajustándome la toalla que, por suerte, me había puesto para abrir—. Tengo que recoger un poco esto.
—¿Te ayudo? —preguntó.
Cuando me giré para decirle que no hacía falta, lo vi sonriendo con el tanga semitransparente de Marina colgando de un dedo. De por sí cualquier prenda así resulta sugerente; aquella, medio transparente, lo era todavía más.
—Trae para acá, guarro —le reclamé entre risas y cierta vergüenza, quitándoselo.
Metí toda la ropa suelta en una cesta con tapa que había junto al tocador y entré al baño.
—Un segundo —pedí.
Mientras terminaba de lavarme los dientes, Rubén empujó la puerta, que yo no había cerrado del todo, y preguntó si sabía contra quién nos tocaba jugar esa noche. Suelo ducharme en el gimnasio de mi club y nunca me ha incomodado estar desnudo delante de otros hombres. Sin embargo, aquella vez me sentí extraño. La erección de antes no había bajado del todo y la pregunta de Rubén me pareció solo una excusa para abrir esa puerta: ni sabía contra quién jugaríamos, ni podía saberlo.
Mientras le contestaba, noté con claridad que cada tanto miraba mi sexo. No sé si lo hacía aposta o si, sencillamente, no podía evitarlo, como nos pasa a todos en situaciones parecidas. Lo cierto es que no me molestó. Al contrario: empecé a regodearme en ello.
Sé que es infantil, pero saberme bien dotado era una forma de competir con él. Desde el principio, y como confirmé más tarde, intuí que le habría encantado acostarse con Marina; y él tenía la misma certeza respecto a mí y a Lucía. Era un modo silencioso de retarse, un «a ver si lo superas». No me hagáis mucho caso; algún experto en complejos sabrá explicarlo mejor que yo.
El caso es que cuanto más ufano me ponía yo, más nervioso se ponía él. Cuando sentí que mi erección volvía a hacerse evidente, decidí vestirme para no tener que dar explicaciones embarazosas. Aun así, recuerdo perfectamente que, mientras lo hacía, Rubén miró sin pestañear, y por un instante creí que iba a comentar algo.
De esas cavilaciones me sacó otra distinta. Al guardar mi ropa interior en la cesta, vi que el tanga transparente de Marina estaba encima de toda la ropa sucia, y no debajo, donde yo lo había dejado. Alguien lo había movido. Estaba claro quién, pero no me importó.
Hace tiempo me habría molestado que un extraño invadiera esa parte de la intimidad de mi mujer. Ya no era el caso. Rubén no era del todo un extraño: había visto a Marina desnuda en la playa y la deseaba igual que yo deseaba a Lucía. Me gustaba imaginarlo a solas con esa imagen. Me ponía y, de paso, me hacía valorar aún más lo que tenía. Además, me moría de ganas de contárselo a ella.
***
Fue una sorpresa que ganáramos el dichoso torneo de dardos. No éramos especialmente certeros y, sobre todo, habíamos empezado a «calentar» bastante antes de la competición. Al primer licor de hierbas que propuso Rubén le siguieron unos cuantos más de los que el sentido común recomienda para mantener la puntería.
Con la victoria nos vinimos arriba y pasamos una tarde magnífica. Mientras nos hacíamos fotos ridículas con el trofeo, vi en una mesa del fondo a la pareja de nórdicos rubios del primer día. Para mi sorpresa, me sonreían y hacían el gesto de aplaudirme. Tan sorprendido como satisfecho, les respondí levantando el premio con orgullo fingido, y volvieron a aplaudir. «Otra cosa que contarle a Marina», pensé.
—¿Admiradores? —preguntó Rubén, mirando en su dirección.
Le expliqué que nos habíamos cruzado el primer día en los refugios de piedra de la playa, pero me callé el pequeño juego de miradas que nos traíamos los cuatro.
—También hacen nudismo, ¿verdad? —insistió, dejando volar la imaginación.
Y como si lo hubiera oído, la nórdica se levantó en ese momento y, al girarse, nos dejó ver un trasero magnífico embutido en unos pantalones vaqueros cortos que quitaban el hipo.
—¡Joder! —exclamó Rubén—. Qué cuerpo.
Yo sabía de sobra a qué mujeres dedicaba Rubén su atención, la mía entre ellas, pero aquella fue la primera vez que lo dejó ver tan abiertamente delante de mí. Confirmaba, por si todavía hacía falta, que le había dedicado a Marina más de un pensamiento. Parecidos, por cierto, a los que yo le dedicaba a Lucía.
Ocurrió entonces que nuestra cordial amistad de turistas dio un paso decidido hacia otra dimensión que no sé bien cómo definir. Fue el alcohol, supongo. Fue también la tensión que arrastraba desde la mañana. O fue aquel trasero. No lo sé con certeza, pero, sin pensármelo dos veces, me oí hablar sin la prudencia que siempre había mantenido.
—Tú te quejarás de culos... —solté, convencido—. El que gasta tu mujer le da dos vueltas a ese.
Así, sin anestesia. A un tipo al que apenas conocía y con riesgo evidente de llevarme lo que mi impertinencia merecía. En eso pensé durante el eterno segundo que tardó Rubén en parpadear y responderme.
—Te gusta el culo de Lucía, ¿verdad? —preguntó sonriendo, para mi tranquilidad.
—Como a cualquiera —dije, intentando rebajar el tono sin echarme del todo atrás.
—Ya le dije a mi mujer que le habías dado un buen repaso el día que nos conocimos —siguió, divertido.
—Uno no es de piedra —alcancé a excusarme.
Entonces sacó el móvil del bolsillo y bajó la voz.
—Mira la foto que le he hecho hoy.
En la pantalla aparecía Lucía de espaldas, inclinada sobre la cama para estirar las sábanas, cubierta únicamente por un tanga finísimo que se perdía entre sus nalgas. Abrí la boca de pura admiración. Ya la había visto desnuda en la playa, en directo y a pocos centímetros, pero aquello era otra cosa. Los dos sabíamos que ya no se trataba de naturismo, sino de morbo, y disfrutar de esa imagen con el consentimiento de su marido resultaba brutal.
—Me gusta más sin nada —comenté, tanteando hasta dónde llegaba el juego.
Sin decir palabra, Rubén deslizó el dedo por la pantalla y me ofreció otra: Lucía completamente desnuda, a punto de meterse en la ducha. Y otra más, agachándose para descalzarse. Mirábamos las fotos sin pestañear, sin sonreír, en un silencio cargado.
—¿Y por delante? —pedí en voz baja.
Otro movimiento y apareció ella de frente, sonriendo bajo el agua, intentando sin éxito taparse el pecho con las manos.
—Dios, cómo está —se me escapó.
—¿Sabes quién más está buenísima? —preguntó él, señalando mi móvil sin disimulo.
No me sorprendió. Mientras miraba sus fotos, temía justo eso: que me pidiera corresponder a su generosidad. Y, sinceramente, no sabía qué hacer.
—Venga... —protesté para ganar tiempo—. Una más.
—Quid pro quo —replicó.
Con la intención de alargar un juego que me estaba encantando, cedí. Con las manos temblando por la excitación, busqué una foto de Marina posando en la playa con su bikini rojo. Era espectacular, pero estaba claro que tanto la situación como Rubén exigían algo más.
—¡Vamos, hombre, eso no vale! —protestó.
Entonces, con un arrojo que no sabía que tenía, seguí buscando. Descarté dos o tres demasiado sosas y llegué a un primer plano de Marina en el que se apreciaban sus pechos por completo. La primera vez que otro hombre ve el cuerpo desnudo de tu mujer, la adrenalina se dispara. Sientes una mezcla de vanidad y excitación imposible de explicar, que te empuja a seguir jugando hasta el final. Salvado ese primer obstáculo, lo demás fue inevitable.
—Qué pechos tiene tu mujer... —se relamió.
Era la primera vez que alguien elogiaba el cuerpo de Marina delante de mí. Rubén separó los dedos sobre la pantalla para agrandar la imagen y murmuró, con expresión lasciva, algo que no me molestó tanto como debería.
El bar se iba llenando y, de vez en cuando, teníamos que ocultar la pantalla para evitar miradas indiscretas.
—¿Nos vamos allí? —sugirió, señalando una mesa apartada—. Para más intimidad.
—Ve tú. Yo pido otra ronda —propuse.
Cuando llegué con las bebidas, temía que se hubiera roto el encanto. Yo no tenía la menor intención de cortar aquel intercambio, así que le enseñé otra foto de Marina en topless al borde del mar, que recibió un comentario parecido.
—¿Y por delante del todo? —añadió esta vez.
Con una excitación tremenda, busqué una en la que aparecía completamente desnuda. Era de las que le había hecho aquella misma mañana mientras se vestía, así que, dentro de lo que cabe, no era la más comprometida. Aunque, para ser sincero, fue la primera que encontré y me habría dado igual mostrarle cualquier otra.
Hay una sensación difícil de describir cuando, mirando el cuerpo desnudo de tu mujer, otro hombre te suelta algo así como «me encantaría comérmela entera». Al contrario de lo que siempre creí, me encantó oírlo. Medio arrepentido, intenté justificarme: ya nos habíamos visto antes, solo era un juego de vacaciones, nada importante. Era mentira, claro.
—Quid pro quo —le recordé, para apartar la mente de aquellos pensamientos.
Sonrió, enredó un instante con el teléfono y me mostró otra imagen. Lucía, tumbada en la cama del hotel, con las piernas dobladas y abiertas, las manos detrás de la cabeza y la mirada fija en la cámara. Volvieron mis dudas, porque enseñar aquello era un paso más, algo mucho más fuerte. Y todavía más cuando preguntó:
—¿Te gustaría acostarte con ella?
Antes de que yo respondiera, lo hizo él mismo.
—Sé que sí. Igual que yo me iría con tu mujer si me dejaras. Déjate de tonterías —siguió—: las dos están de cojones, y no hay nada malo en desearlas y contárnoslo. A mí me pone un montón que quieras a Lucía. ¿A ti no te pone que yo quiera a Marina? Además, ¿quién se va a enterar?
—Muy decidido te veo —fue lo único que acerté a contestar.
Pero, joder, tenía razón. Me encantaba poder recrearme en el cuerpo de Lucía delante de su marido. Y me encantaba que él admirara el de Marina, que la observara con detalle y la disfrutara frente a mí. Más aún cuando dijo que el primer día se había encerrado solo pensando en cómo se movería al hacerle el amor.
Estoy seguro de que por un instante perdí el bronceado de golpe. Era la primera vez que alguien me hablaba con esa sinceridad del cuerpo de mi mujer.
—Serás guarro... —protesté sin convicción, porque, la verdad, no me molestó nada.
Bajó aún más la voz.
—Si me enseñas algo más fuerte, te enseño un vídeo impresionante.
—¿Cómo de fuerte?
—No sé. Algo de vosotros dos. Tendrás, ¿verdad?
Y sí, claro que lo tenía. Solo tenía que buscarlo en la carpeta «especial» del correo que reservo para estas cosas.
—¿No nos estamos pasando? —pregunté—. Como ellas se enteren, nos cuelgan.
—¿Y cómo se van a enterar? —insistió, mientras se levantaba hacia la barra a por otra ronda—. Venga, que merece la pena, te lo prometo.
En ese momento no sé quién tenía más ganas: yo de ver lo que prometía Rubén, o él de enseñarlo y, de paso, mirar con detalle aquel vídeo nuestro. En eso pensaba durante los dos minutos que tardó en volver, y en lo sorprendentemente bien que me lo estaba pasando.
De pronto me sentí liberado. No tenía nada que temer: la única persona que lo sabía sentía exactamente lo mismo que yo y estaba sentada a mi lado enseñándome a su mujer. Así que pensé: «¿Quieres que compartamos a las dos? Pues sea», y me puse a buscar las imágenes más atrevidas que guardaba.
Pero era, sin duda, el día de los sustos. Por encima del hombro de Rubén vi a nuestras mujeres aparecer en la puerta, cargadas de bolsas, buscándonos con la mirada por todo el local. Cerré a toda prisa la pantalla, le avisé y las saludé con la mano, sin levantarme de la mesa para no delatar el bulto que aquella tarde de morbo me había dejado.
Joder, iba a ser una noche larga.





