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Relatos Ardientes

Lo que vi desde la ventana de invitados

Aquel fin de semana el calor era insoportable. Mi mujer se había ido de viaje con sus hermanas y yo no aguantaba ni un minuto más el horno en que se había convertido nuestro piso. Así que cargué un bolso y me marché a la casa que teníamos en el valle, aunque llevara meses cerrada y oliera a humedad. Allí, al menos, no me derretiría entre sudores y silencio.

Cuando llegué, lo primero que me sorprendió fue la casa de al lado. Llevaba años abandonada y de pronto estaba recién pintada, con las ventanas nuevas y el césped plantado y cortado con esmero. Alguien había puesto dinero y ganas en aquel sitio. Supuse que también habrían arreglado la piscina del fondo, la que se veía desde la parte de atrás.

Estaba todavía con la llave en la cerradura cuando se abrió la puerta del jardín vecino. Salió una mujer: morena, de estatura media, en esa franja de edad en la que una mujer ya no finge nada y precisamente por eso resulta arrolladora. Llevaba un vestido ligero de verano que no conseguía contener su pecho. Los tirantes de un sujetador azul claro le asomaban por el escote, como anunciando que algo demasiado frágil intentaba sostener un peso considerable. Me vuelven loco los pechos grandes, y en una mujer madura me parecen sencillamente irresistibles.

—Hola, ¿qué tal? Soy Lucía, la vecina nueva —dijo, tendiéndome la mano.

—Andrés —respondí—. Vecino a ratos, porque ya habrás visto que esta casa casi no la usamos.

—Ay, qué pena. Yo llegué hace tres meses y estoy encantada.

—Es un sitio estupendo. Y con este calor, más todavía.

—Ya nos veremos, seguro.

Con ese cuerpo, ya me gustaría a mí verte, pensé mientras ella se subía al coche y arrancaba. Verte sin ese vestido, claro. ¿Cómo tendría los pezones? ¿Y las areolas? Entré rápido en mi propia casa porque, de solo imaginarlo, había empezado a empalmarme como un crío.

Abrí ventanas y dejé que corriera el aire mientras seguía dándole vueltas. Me la imaginaba con unos pechos pesados, de esos que hay que sostener con las dos manos, los pechos de una hembra de verdad. Y entonces recordé la ventana del cuarto de invitados, la habitación que casi nunca usábamos y que daba justo al jardín de al lado. Subí al segundo piso, levanté la persiana y, en efecto, comprobé que Lucía había arreglado la piscina. Desde aquella ventana se veía su jardín entero, con una nitidez perfecta.

Abrí la hoja con cuidado y dejé la cortina echada. Tragué saliva imaginándola bañándose desnuda mientras yo la observaba, escondido, como un mirón. ¿Le gustaría exhibirse? ¿O sería de esas que calientan sin querer y se escandalizan después? Joder, acababa de conocerla y ya estaba a punto de hacerme una paja con su recuerdo. El calor me estaba afectando. Eso, y los días que llevaba sin tocar a mi mujer.

Decidí quitármela de la cabeza. Encontré un par de cervezas olvidadas al fondo de la nevera y me senté en el sofá a beberlas despacio. Entre el bochorno y el alcohol, me quedé dormido sin darme cuenta.

***

Desperté con una erección considerable, empalmado como un adolescente. El bañador parecía una tienda de campaña. Las ganas acumuladas y la imagen de Lucía insinuada bajo aquel vestido me tenían la sangre revuelta. Salí al jardín a tomar el aire y vi que su coche había vuelto. La curiosidad pudo conmigo y subí de nuevo al cuarto de invitados.

Fue en vano. Lucía no había salido a bañarse y yo me quedé con las ganas mirando un jardín vacío. Y mira que me crecían las ganas. Y la entrepierna. Estaba mucho más excitado de lo que quería admitir.

Pero tuve mi recompensa. El calor jugó a mi favor y al poco rato empezó a sonar música en la parte de atrás de su casa. Subí otra vez al piso de arriba, sigiloso como un espía, cachondo como un crío que descubre por primera vez un cuerpo desnudo de verdad. A través de la rendija de la cortina, lo vi todo.

Lucía estaba tumbada en una hamaca. Llevaba un bikini blanco de diseño que le sentaba de maravilla. Era una madura digna de la mejor película, de esas que recuerdas años después. La braga, de corte alto y antiguo, le dibujaba unos muslos perfectos. Y la parte de arriba no era capaz de contener su pecho: lo envolvía, lo redondeaba, lo subía, pero no lograba atraparlo del todo. Completaban el cuadro un sombrero blanco enorme y unas gafas de sol redondas, muy oscuras. Parecía sacada de una fantasía a medida.

Por un lado estaba decepcionado, porque había esperado verla desnuda. Por otro, ardía, porque una mujer bien vestida me resulta tremendamente excitante, y Lucía sabía vestirse incluso para estar sola junto a su piscina. La idea de mirarla sin que ella lo supiera lo volvía todo más sucio, más prohibido, más mío.

Mi entusiasmo bajó de golpe cuando vi salir a un hombre al jardín. Iba vestido de calle y no alcancé a oír lo que hablaban. Solo me llegó un «¡No me lo puedo creer!» exclamado por ella, seguido del portazo de él. Después, el ruido de un motor alejándose. Lucía se había quedado sola y furiosa. Se arrancó el sombrero y dejó su melena morena al aire. Se levantó, y al hacerlo pude admirar su cintura y el balanceo de su pecho mientras caminaba indignada hacia la casa, robándome el espectáculo.

***

Salió al poco con una copa bien servida, un gin-tonic a juzgar por el color. Se sentó en una silla, estiró las piernas y empezó a saborearlo a sorbos pequeños. Con el calor, un poco de líquido frío le resbaló por el escote y la noté estremecerse. Entonces cogió un hielo de la copa y lo acercó, despacio, a uno de sus pezones por encima de la tela.

Mi miembro ya no cabía en el bañador y tuve que liberarlo. Salió como un resorte, duro como una piedra, exigiendo atención. Empecé a tocarme muy despacio, recorriéndolo de arriba abajo, manteniendo un ritmo lento mientras la observaba. Pero Lucía me dio motivos para acelerar.

Excitada por el frío, se llevó las manos a la espalda y desabrochó la parte de arriba del bikini. La dejó resbalar por sus brazos y por fin vi su pecho en todo su esplendor. Las marcas blancas del bikini contrastaban con la piel bronceada de un modo que me puso a mil. Pero lo que de verdad me dejó sin aire fueron las areolas: enormes, de un tono chocolate oscuro, coronadas por unos pezones gruesos y firmes. Nada que ver con las de mi mujer, pequeñas y claras. Aquello era un territorio desconocido para mí, y empecé a masturbarme con más intensidad.

Lucía continuó su juego con el hielo. El pezón se le endurecía al contacto con el frío y era imposible no imaginar la escena: lamerlo, mordérselo, hacerla gemir. Después pasó el cubito al otro pecho y el efecto fue el mismo, otro pezón duro, desafiante. Mi mano iba cada vez más rápido y tuve que frenar para no terminar como un principiante. Ella no estaba dispuesta a permitírmelo.

El agua le bajaba por el vientre plano, se demoraba un instante en el ombligo y acababa colándose bajo la parte de abajo del bikini. Lucía notó ese frescor placentero y decidió que necesitaba más. Le dio un buen trago a la copa, la posó en el suelo y, con una agilidad sorprendente, se deshizo también de la braga. De nuevo las marcas perfectas, una isla de piel blanca en un cuerpo entero bronceado. Tenía un vello púbico recortado en triángulo, cuidado, que el contraste con la piel clara hacía todavía más llamativo. Otra diferencia con mi mujer, que se depilaba al milímetro, y otra razón más para que aquella visión me pareciera una rareza preciosa.

Abrió los muslos torneados y dirigió hacia allí el cubito de hielo, ya casi deshecho entre sus dedos. Lo apoyó en el clítoris con delicadeza y la vi morderse los labios para no gritar. Bajó despacio, pero la silla la incomodaba, así que se trasladó a la hamaca. Verla cruzar el césped completamente desnuda, con las gafas de sol como único adorno y el pecho meciéndose a cada paso, fue hipnótico. No podía apartar la vista. Estaba atrapado.

***

Se extendió sobre la hamaca y la suerte quiso que quedara orientada justo hacia mi ventana. La exhibición, sin que ella lo supiera, era perfecta. Cuando abrió las piernas y pude ver el espectáculo entero, no aguanté más. Solté el miembro un segundo y corrí a buscar los prismáticos de caza que recordaba haber visto en algún cajón de la casa.

Tardé un poco en dar con ellos y, cuando volví a la ventana, me encontré con que Lucía se había quedado dormida. Completamente desnuda, con las piernas abiertas, ofreciéndome sin saberlo una imagen que, vista a través de los prismáticos, aparecía empapada. Aquello no era solo el rastro del hielo. Se había corrido antes de dormirse, y el recuerdo de su orgasmo seguía visible.

Me costaba sostener los prismáticos y masturbarme a la vez, pero el calentón que arrastraba me empujaba a conseguirlo. Recorrí su cuerpo en primer plano, descubriendo detalles que antes no veía. Unos lunares pequeños le salpicaban el costado izquierdo del vientre, como una constelación que invitaba a seguir la ruta hasta su pecho. Y, en concreto, hasta el lunar que tenía bajo la areola izquierda. Mis ojos se quedaron clavados ahí. Apreté con fuerza, imaginando que era su mano la que me sujetaba.

Su pecho subía y bajaba con la respiración, desparramado con una naturalidad que solo tiene lo verdadero. La boca, llena y entreabierta, me pedía a gritos imaginarla cerca de mí. No pensaba en otra cosa. Estaba durísimo, no recordaba una erección semejante en mucho tiempo. Aquella mujer estaba borrando, sin tocarme, todo el agobio que arrastraba de la ciudad.

Lucía se despertó de pronto. El sudor le hacía brillar la piel. Era la viva imagen del deseo. Volvió a abrir las piernas, esta vez como si lo hiciera para alguien, y empezó a masturbarse de nuevo. Lo hacía como una experta: no había rincón de su cuerpo que no conociera. Sus dedos recorrían, separaban, entraban. Empezó a gemir y el sonido llegó nítido hasta mi ventana.

—Vamos, sí, así… —murmuraba entre jadeos—. Estoy harta de esperar a quien nunca llega… dame más, no pares ahora…

Joder con las fantasías de Lucía. Sus dedos iban a toda velocidad, acelerando camino del orgasmo, y mi mano seguía el mismo ritmo, idéntico, como si estuviéramos sincronizados a ambos lados de la ventana. De pronto su cuerpo se tensó entero. Los pezones se le dispararon todavía más. La mano apretó con fuerza entre sus piernas.

—¡Síiii!

Su grito desató el mío. Me corrí con tal violencia que los prismáticos se me escaparon de la mano y cayeron por la ventana, armando un estruendo imposible de disimular.

Lucía levantó la cabeza hacia el origen del ruido y descubrió mi ventana abierta. Yo seguía perfectamente visible, con el miembro todavía en la mano y la cara de quien ha sido cazado en el peor momento. Esperaba un grito, un insulto, una amenaza.

Pero por la sonrisa lenta que se dibujó en sus labios, no me pareció en absoluto que le molestara lo que acababa de descubrir.

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Comentarios (5)

MateoR_91

jajajaja ese momento en que te descubren... me imagino la cara de terror. Tremendo relato

LuciaMdz

Dios que tension en todo el relato, me quede con la boca abierta al final. Por favor seguí escribiendo así!

FedePampa

El final me mato jajaj, me recordo a una situacion parecida que tuve de chico espiando por un ojo de cerradura y me atraparon. No se lo deseo a nadie jajaja. Muy bueno

NocturnoBA

Muy bien escrito, sabés como mantener la tension hasta el ultimo momento sin pasarte de la raya. Se nota experiencia.

ValentinaGdl

Me encanto!!! Sigue subiendo relatos de esta categoria que hay muy poco material bueno por aca

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