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Relatos Ardientes

Lo que mi marido planeó en aquella pesca

Mi marido estuvo de morros varios días porque me negué a acompañarlo a casa de sus padres, y desde entonces se dedicó a castigarme con la indiferencia. La condición para volver a quedar con Rubén era hacer algo que él tenía en mente, y mientras tanto el plan se iba alargando semana tras semana. Sin decirle nada, yo seguía intercambiando mensajes con su amigo, calentando el terreno a fuego lento.

Me llamo Marisa, tengo treinta y cuatro años, mido uno sesenta y cinco y mi marido siempre presume de que tengo «un culo de los que paran el tráfico». Esa semana, un jueves, me anunció que había quedado con Rubén para ir el sábado al río. Pensé que seguía castigada otro fin de semana, así que le respondí con frialdad que aprovecharía para salir con mi madre.

Me sorprendió cuando me preguntó si quería ir con ellos. Sabía de sobra que la pesca me aburre, y las pocas veces que lo había acompañado era porque tenía algún juego preparado. Sin mucho entusiasmo le pregunté a qué hora salían.

—A las ocho en casa de Rubén —dijo, como si nada.

—Madre mía, qué madrugón —protesté.

Si era por hacer algo con su amigo, valía la pena levantarse de noche.

Para que no me notara desesperada le dije que me lo pensaría, a ver si quedábamos el viernes y me ahorraba el sacrificio. Pero el viernes seguí castigada, y encima se dedicó a calentarme todo el día para dejarme con las ganas. A las siete de la mañana del sábado ya estaba en pie, segura de que aquella jornada terminaría con Rubén dentro de mí.

Me puse unas mallas finas y una camiseta de tirantes con un escote generoso. Por supuesto, nada de ropa interior, para que se transparentara todo. Hacía algo de frío, así que añadí una sudadera por encima; el frío marcaba demasiado los pezones y no era plan de ir provocando antes de tiempo.

Cargamos las cosas en la furgoneta y fuimos a buscar a Rubén. Cuando salió de su portal nos dimos dos besos y me confesó que no sabía que iba con ellos. Tardamos media hora en llegar. Dejamos atrás los coches del aparcamiento y cruzamos al otro lado, por un camino lleno de baches, hasta un rincón apartado, perdido entre la maleza y una pequeña arboleda.

Bajamos los bártulos. Ellos montaron las cañas y la mesa mientras yo colocaba las sillas y sacaba el termo de café con unos dulces. Desayunamos tranquilos y siguieron a lo suyo durante un buen rato. Hacia el mediodía empezó a apretar el calor.

—¿No tienes calor con la sudadera? —me soltó mi marido con una sonrisa torcida.

—Ahora mismo me la quito —respondí.

***

Vaya cara se le puso al verme. La camiseta apenas contenía nada y los pezones marcaban a través de la tela.

—Cariño, si te la quitas no hace falta cebo —se rió—. Los peces salen solos a verte. ¿A que sí, Rubén?

—Qué exagerado —murmuró su amigo, sin levantar la vista del agua.

Me hice la inocente y entré en el juego que mi marido tan bien conocía. Empezó a chincharme, a recordarme las veces que me había exhibido en el campo, a insistir en que me quedara desnuda como si estuviéramos en una playa nudista. Yo fingía pudor, decía que allí podía aparecer cualquiera, y él contraatacaba con la misma historia de siempre.

—Imagina que viene alguien y te ve desnuda con dos hombres. ¿Qué van a pensar?

—Que sois listos y habéis traído buen cebo por si no pescáis nada —respondió él, encantado de su gracia.

Rubén se sumaba a las bromas, recordando una vez que, según mi marido, dos jubilados se me habían acercado mientras orinaba entre los pinos. Yo seguía la corriente, exagerando la anécdota, mientras notaba cómo la conversación me iba poniendo a mil. Era exactamente lo que mi marido buscaba: encender la mecha delante de su amigo.

Recogiendo los restos del almuerzo, él metió las manos por debajo de mi camiseta y me la subió hasta dejarme los pechos al aire. Los sostuvo con las dos manos, jugando con ellos delante de Rubén.

—Mira qué pezones tiene. Así sí que pican los peces.

—Si se quita la camiseta, hasta yo pico —se atrevió a decir Rubén, con los ojos clavados en mí.

Me reí, y mi marido aprovechó para colar una mano dentro de las mallas y palparme entre las piernas.

—¿Ves, cariño? Si te las quitas, Rubén se anima.

—¿Y si nos pillan? —pregunté con una sonrisa pícara.

***

Me recordó que en la furgoneta tenía un pantaloncito corto, por si me daba vergüenza la desnudez total. Rubén ya me lo había visto puesto otra tarde; tapaba poco, pero era más morboso que estar completamente desnuda. Mi marido fue a buscarlo y me lo lanzó.

Me bajé las mallas a la vista de los dos. Hice un poco de teatro, fingiendo que las zapatillas me dejaban atascada.

—Rubén, por favor, ayúdame con las zapatillas.

Cuando se arrodilló frente a mí, aproveché para acercarle la entrepierna a la cara, rozándolo varias veces. Al levantarse, restregué los pechos contra su pecho como si necesitara apoyarme.

—¿Ya estás contento? —le dije a mi marido—. Ya me tenéis casi desnuda.

—Todavía llevas la camiseta —me picó él.

Tiré de ella, me la saqué de un movimiento y la dejé caer. Él me agarró del culo y empezó a manosearme. Un buen rato de magreo y un beso largo y profundo, que yo le devolví mientras miraba de reojo a Rubén, que no se perdía un solo detalle.

La mano de mi marido pasó del culo al sexo, que ya estaba húmedo. Me metió los dedos y empezó a masturbarme despacio. Se me escapó un gemido y moví las caderas buscando más.

—Qué guarra eres —me susurró al oído—. Te estás deshaciendo solo de pensar en él.

Sacó los dedos, los llevó a mi boca y los chupé sin dudarlo.

—Anda, Rubén, el cebo ya está listo —dijo, y se marchó tranquilamente hacia las cañas—. Yo sigo con la pesca.

***

Rubén me miró sorprendido, sin terminar de creerse que su amigo le dejara el campo libre. No tardó en cogerme de la cintura, con una mano en el culo y la otra en el pecho. Tuve un momento de lucidez y le indiqué que fuéramos a la furgoneta; bastante había protestado por si nos veían desnudos como para que encima nos sorprendieran en plena faena. Me llevó agarrada del culo todo el trayecto, asegurándose de que no se me escapaba.

Abrió el portón trasero, plegó el asiento, extendió un par de esterillas en el suelo y me cedió el paso con una galantería exagerada. Me tumbé a un lado y él cerró la puerta tras de sí.

Lo primero fue un beso que me dejó sin aliento. Mis manos buscaron su sexo con urgencia y le bajé el pantalón de un tirón. La tenía dura, y empecé a acariciarlo mientras notaba la humedad asomar. Yo no dejaba de mojarme, y él lo comprobó cuando me metió los dedos.

—Quiero que me folles —le pedí con la voz quebrada—. Métemela.

Terminó de quitarse el pantalón y se hundió en mí casi de golpe, hasta el fondo. Solté un grito ahogado y encogí el cuerpo. Las embestidas eran fuertes, profundas, y mis pechos se sacudían al ritmo de la furgoneta.

Tuvo que parar para no terminar antes de tiempo. Se entretuvo con mis pechos, dejándome marcas, mientras yo pensaba en lo mucho que mi marido estaría disfrutando si pudiera vernos. Los cristales tintados no dejaban ver casi nada del exterior, y de él no había rastro.

Volvió a entrar y yo no paraba de moverme. Me pidió en voz baja que me quedara quieta o se correría. Me puse juguetona, me mordí el labio y seguí meneando las caderas hasta que tuvo que salir para aguantar. Otro beso, más corto, y yo cada vez más descontrolada.

—Ponte de rodillas —me pidió.

Obedecí, con los pechos colgando. Empezó besándome la espalda entera, bajando hasta el culo, sin dejar de acariciarme. Me separó las nalgas y, sin avisar, hundió la lengua en mi sexo. Solté un gemido que seguro se oyó hasta en el río.

Recogía con la lengua todo lo que yo soltaba, alternando con los dedos. La calentura me subía por momentos.

—Fóllame, Rubén, por favor —repetí.

***

Noté la punta presionando en un sitio que yo no había pedido. Me relajé y pensé, divertida, que había dicho que me follara pero no por dónde. Él, todavía inseguro, prefirió no arriesgarse y volvió a entrar por delante, agarrado a mis caderas, dándome embestidas que me dejaban sin aire cada vez que su pelvis chocaba contra mi culo.

De pronto me oí a mí misma diciendo barbaridades, pidiéndole más fuerte, que no parara. Tuve un instante de lucidez y me asusté de mi propio descontrol. Él me dio un par de azotes y aceleró el ritmo. Yo quería correrme con él.

Cuando hizo una pausa, le pedí que se tumbara. Salió de mí, me metió los dedos un rato más, me dio una palmada en el culo y por fin se dejó caer de espaldas. Sus ojos buscaron los míos. Pensé en bajar a probarla con la boca, pero las ganas de terminar pudieron más.

Me senté sobre él casi de golpe, dejando que me llenara. Sus manos volaron a mis pechos. Cerré los ojos y me dejé llevar, moviendo las caderas para rozar el clítoris contra su pelvis. Necesitaba ese roce para llegar, así que le agarré las manos y se las puse en el culo para marcarle el empuje que yo quería.

—Me voy a correr —jadeó él—. ¿Dónde?

—Dentro —le dije abriendo los ojos—. Córrete dentro.

Apretó mi culo con fuerza, sin dejar de moverme, y noté la primera descarga. Llegaba mi turno.

—No pares, sigue, lléname —supliqué.

Terminamos los dos empapados. Me quedé un rato encima, con la respiración disparada y el corazón a mil.

—Vaya manera de dejarme —le dije con una sonrisa de oreja a oreja.

Su cara era un poema. Pero si mi marido le había enseñado los vídeos, ya sabía de antemano lo desbocada que me pongo cuando me caliento. Se incorporó y me robó otro beso, una mala costumbre que estábamos cogiendo los dos.

***

Cuando su erección empezó a bajar, llegó el momento incómodo de siempre: no tenía con qué limpiarme. Él me dio un último manoseo, se subió el pantalón, me besó y salió de la furgoneta sin esperar a que me vistiera. Total, mi ropa seguía fuera.

No había terminado de bajarse cuando apareció mi marido.

—Menudo polvo, Rubén, casi volcáis la furgoneta —bromeó mientras se metía dentro—. Huele a sexo que tira de espaldas.

Antes de que pudiera responder, ya lo tenía con el pantalón abierto, tirando de mi cabeza para que se la chupara. No cerró ni el portón. Por primera vez me sentí de verdad como su juguete: acababa de terminar con uno y, sin pausa, entraba el otro. Mientras le hacía la felación, él no paraba de soltar comentarios provocadores, llamándome cosas que sabía que me encendían.

Saqué la boca para defenderme.

—Para esto me has traído. Para que Rubén me diera lo que llevas un mes prometiéndome.

—De eso no tengo duda —dijo, metiéndome la mano entre las piernas—. Te ha dejado bien llena.

Sacó el móvil para grabarlo todo sin perderse un plano, acompañando cada imagen con el nombre de su amigo. Luego me hizo ponerme a cuatro patas y, aprovechando la postura, sintió la punta presionando donde Rubén no se había atrevido. Apreté por instinto, recibí un azote y dejé de resistirme.

—Avisa que no tenemos nada para lavarnos —intenté una última vez.

—Da igual, ya vas con todo abierto —respondió, y empezó a entrar despacio.

Estaba todo tan resbaladizo que no le costó. Empezó con embestidas firmes, intercaladas con azotes, preguntándome si me gustaba, haciéndome decir su nombre cada vez más alto a propósito, para que Rubén lo oyera desde fuera. No duró mucho. Pronto me llenó por completo y se quedó dentro, disfrutando del momento.

***

Lo peor llegó después. Llamó a Rubén para pedirle papel, con la única intención de que su amigo me viera ensartada de aquella manera. Yo no quise ni mirarlos, muerta de vergüenza, mientras mi marido alargaba el proceso para que Rubén lo presenciara todo. Cuando por fin salió, sentí un alivio enorme y el fresco entrando por donde él había estado.

Rubén metió medio cuerpo en la furgoneta para darme el papel y aprovechó para robarme un piquito. Esperé a que se marchara para limpiarme a fondo con unas toallitas que guardaba en la guantera.

Salí descalza y desnuda, con molestias pero muy satisfecha, recogí mi ropa de la mesa y me vestí. Mi marido insistió en que dejara el pantaloncito corto puesto, para que Rubén no pensara que todo lo que le presumía era mentira.

Antes de irnos hizo un montón de fotos, unas de los tres y otras solo de Rubén y mía, que le pasó al móvil. Dejamos a su amigo en casa y quedaron en que se acercara sobre las nueve a picar algo y ver una película. Me imaginé perfectamente qué iban a picar y de qué iba la película.

Llegamos al garaje y él me obligó a subir por las escaleras, para tenerme más rato a la vista. Por fin en casa, me di una buena ducha y me tumbé en el sofá, descansando para lo que quedaba de jornada.

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Comentarios (6)

Gonza_rdp

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

PatriciaRos

Seguí escribiendo por favor, me dejaste con ganas de mas. Que buena pluma tenés

Lurker_nocturno

me recordo a una salida con amigos donde nada salio como estaba planeado jajaja. Lo de las excusas... muy real todo

CuriosoLector99

Esto te paso de verdad? porque se siente muy autentico. Saludos desde cordoba

Silvia_Mdq

Lo lei dos veces y las dos me sorprendio igual. Que buena narracion, de verdad

MarcosV

tremendo el final, no lo vi venir para nada

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