El voyeur que pagó por mirarme
La semilla la plantaste tú, hace ya bastante tiempo. Mi cabeza funciona así: primero te digo que no, después lo pienso, lo sopeso, busco información y, al final, termino deseándolo hasta que se vuelve realidad. Tú lo sabes mejor que nadie, por eso eliges tan bien tus palabras.
Un día iremos a un club y te subastaré. No vas a poder opinar. La persona que más puje por ti te hará lo que yo quiera, y tú no protestarás. El dinero, por supuesto, será para mí.
Esa fue la semilla: dinero por mi cuerpo, y encima un cuerpo que ni siquiera podría usar a mi antojo. La idea quedó ahí, rechazada al principio, guardada en algún rincón, esperando la ocasión de germinar y echar raíces en mis ganas.
Pasó el tiempo. Un perfil en una red ofrecía algo que me encajó demasiado bien. Era un hombre solo que decía conocer a un voyeur. Buscaban parejas para follar y ofrecían una gratificación económica a cambio. Lo hablé con Bruno, le pareció morboso y escribió al chico. Al día siguiente nos llegó un mensaje de otro perfil, este sí declarado voyeur. Si sumas uno más uno, da dos.
¿Habrían hablado entre ellos? ¿Se conocerían? ¿Sería el mismo voyeur escondido detrás de dos cuentas? Nunca lo averiguamos del todo, porque el primero no nos dio buena espina y Bruno dejó de contestarle. Pero el voyeur, ese al que llamaré D, ese sí siguió ahí.
***
Es martes por la tarde. He salido del trabajo un poco antes, aunque apenas me da tiempo a comer algo y respirar antes de empezar a prepararme. El mismo ritual de siempre, el que me ayuda a entrar en modo zorra. Una ducha larga con el gel ese que huele tan bien. Rasurarme la vulva despacio, sin prisa. Crema hidratante por todas partes, sobre todo en las tetas y en el culo.
Subo al dormitorio. La lencería y la ropa ya están elegidas, extendidas sobre la cama desde anoche. Me hago unas fotos para mandártelas. En estos momentos siempre pienso en el día en que todo este ritual sea solo para TI. Va a ser raro saltarme este paso cuando ese día llegue.
Vuelvo al baño. Enchufo la plancha del pelo mientras me maquillo, siempre en el mismo orden: base, corrector, sombra, delineado, máscara de pestañas, colorete. El labial al final, lo último de lo último. Tan último que a veces, con las prisas de Bruno, he salido a la calle sin él.
Bruno entra en el baño con la cara torcida. El chico que iba a follarme acaba de poner una excusa a media hora de la cita. No lo conocíamos, le había hablado esa misma mañana y nos pareció apto para la tarde. Hasta había confirmado hacía un rato. Nos quedamos tensos, mirándonos en el espejo.
—¿Qué hacemos? —pregunta él.
Intentamos posponer, pero D no puede ningún otro día de la semana. Decidimos ir igual y ver si encontramos a alguien dentro del local. Me termino el pelo. Zapatos. Labial. Colonia. Un collar fino. Estoy lista, aunque algo inquieta, porque no tengo ni idea de cómo va a salir todo.
***
En el coche suena una notificación. Buenas noticias: un tal S, un conocido de D, sale antes del trabajo y se apunta. Se me cambia la cara de golpe. Mirada animal, cosquilleo subiéndome por las piernas. La zorra se ha despertado y tiene hambre.
Repasamos el plan, que básicamente consiste en no tener plan. D nos esperará en la puerta, se encargará de todo y nos paga la entrada. Con los nervios no damos con el sitio y tenemos que dar un par de vueltas a la manzana antes de localizarlo. Por suerte aparcamos cerca. Bruno baja primero a mirar. No ve a nadie. D nos había dicho que llegaba en cinco minutos, y con la racha del día llegamos a pensar que tampoco aparecería.
Pero ahí está. Bruno vuelve al coche a por mí. Me asaltan las dudas de siempre: si le gustaré, si estaré a la altura de lo que espera. Las descarto pensando que soy una diosa, que entro imponente, que el suelo es mío. En cuanto cruzo la mirada con D entiendo que le gusto, y nuestras energías se acoplan enseguida. Una charla corta basta para que me sienta cómoda. Se fija en mis tacones, una petición suya que he cumplido, y le digo que no es lo único: llevo el conjunto de lencería que me vio en una foto y que tanto le gustó.
Le hablo un poco de TI, de mi recorrido como sumisa, de quién manda de verdad en mí. Eso le añade un extra de morbo que se le nota en los ojos.
El local está vacío. Mientras nos sirven las bebidas llega S. Hacemos las presentaciones y salimos a recorrer el club. Ahora sí me siento poderosa: tres hombres me miran y veo el deseo crudo en cada uno. Me acarician la cintura para guiarme, cojo la mano de alguno para no tropezar en una rampa, miro, sonrío, zorreo. Ya no quedan nervios. Ya no quedan dudas. Voy a pasarlo muy bien.
***
Entramos en la sala de cine. Bruno se sienta en una de las butacas y me pide que haga lo mismo. S se acomoda al otro lado. D se queda de pie en la entrada, mirando, que es a lo que ha venido. Tras una mirada intensa ya sé lo que quieren, y se lo voy a dar.
Beso a S, nos comemos la boca con mucha saliva mientras mis manos se ocupan de las pollas de los dos, notando cómo se ponen duras bajo la tela. Los gemidos de la actriz en la pantalla nos acompañan como una banda sonora absurda. Me levanto para quitarme el vestido despacio, con la luz del proyector pintándome el cuerpo, moviendo las caderas. Me quedo en ropa interior: sujetador, tanga y medias subidas hasta la cintura. Mirada felina, indomable.
Vuelvo a sentarme. S me toca el coño, mete los dedos, los agita, para, los mueve otra vez, y llega el primer squirt. Siempre me sorprende el calor del líquido bajándome por los muslos. He empapado el asiento y hasta he salpicado a Bruno, que se ríe sin apartarse.
Nos vamos a una cama que hay detrás de las butacas. D se tumba en horizontal contra el cabecero. Yo me pongo a cuatro patas para que S me folle mientras le como la polla a Bruno. D me acaricia el pelo, me coge de la mano y yo se la aprieto en cada embestida. Me pregunta cosas, me obliga a hablar.
—Sí, me gusta. Dame más fuerte —jadeo—. Joder, fóllame.
—Eso, fóllatela —dice D—. Eres una diosa, Nadia.
Y eso, a mí, me enciende más todavía. Chupo la polla de Bruno con ganas, le lamo los huevos, hasta que se retira para no correrse aún. Yo no pienso parar. Quiero un orgasmo ya, lo necesito. Muevo las caderas contra S, reboto sobre él, mi coño húmedo, caliente, palpitante.
—Dame un azote —pido, a nadie en concreto.
Lo recibo en una nalga y pido más, más fuerte. Después me giro hacia D.
—Dime que soy una puta.
—Eres una puta —me complace, sin dudarlo.
Grito cuando me corro. La actriz de la película queda silenciada por mis chillidos; nadie ha vuelto a mirar la pantalla desde que entré yo en escena. Me acercan la bebida para que recupere el aliento. Estoy empapada, el coño y el culo me chorrean. Voy al baño a asearme y a cambiarme de modelo. La segunda parte está por empezar. Antes de salir me miro al espejo. Eres una guarra, pienso, y el reflejo me devuelve una sonrisa pícara.
***
Seguimos siendo los únicos en el club. Recorremos las habitaciones y encontramos una con una cruz de madera en la pared. Las pupilas se me dilatan de pura emoción. Sin pensarlo me coloco en ella, abro las piernas y engancho las muñecas a las cadenas. Los tres me miran desde el umbral.
S entra y empieza a comerme el coño. Arqueo la espalda, me froto contra su lengua, cierro los ojos y me dejo ir. Vuelve el calor, vuelve el grito, y mientras un nuevo squirt lo moja todo oigo la voz de D detrás de mí.
—Muy bien, Nadia. Mójate entera.
La zorra insaciable no quiere parar. Buscamos otra habitación, una grande donde quepamos todos cómodos. Quiero que no dejen de follarme, que me empotren como nunca. Me pongo otra vez a cuatro patas. Llevo un catsuit de encaje azul que deja el coño y el culo al aire. Ahora se turnan S y Bruno para darme duro; sudamos, jadeamos, el colchón cruje.
D me tapa la boca con la mano y yo se la muerdo, le pido que me ahogue un poco. Noto cómo se fija en mis tacones y en mis uñas rojas; le pierden los detalles, y yo siempre los cuido. Me embisten sin descanso, ya no distingo cuál me penetra y cuál me azota. Me chupo un dedo y me lo llevo al clítoris, me masturbo a la vez que me follan.
—Sí, tócate —dice D.
Me doy más fuerte mientras lo miro a los ojos, dejándole claro que este orgasmo que se acerca es para él, para vosotros, para TI a través de la pantalla de mi cabeza. Llega intenso, hace que me tiemble el cuerpo entero, que vuelva a gritar como un animal, que me quede sin aire.
Aún me quedan fuerzas y S todavía no se ha corrido.
—Córrete en mis tetas —le pido.
Se pone de pie sobre la cama y yo me arrodillo. Le chupo la polla desde el capullo hasta la raíz, una vez, otra, otra más. Lo miro cuando bajo a lamerle los huevos. Está al borde. Entierra la erección entre mis tetas, frota con fuerza y se derrama en ellas, en silencio, casi venerándome, dejando para mí sola todos los gemidos de la noche.
***
Cuando me recupero un poco veo que ha entrado una pareja en la habitación. Llevaban un rato mirando y se han calentado: se besan y se meten mano en un rincón. Todavía puedo un poco más. S se está despidiendo y me sorprende con una última petición.
—Quiero irme con tu sabor en la boca.
Y sin darme tiempo a reaccionar me tumba en la cama llena de fluidos y de sudor, y me hace una comida de coño final con la que me corro otra vez, inesperadamente, casi sin creérmelo.
Me tiemblan las piernas. Estoy un poco achispada por las dos copas. Me incorporo y me mareo. Bruno me sujeta con cariño por la cintura y me susurra al oído:
—Vaya la que te ha dado.
Le sonrío. Nos despedimos de los chicos y de D, que se queda mirando hasta el último segundo, como corresponde.
***
Estamos en el coche. Satisfecha, cierro los ojos. Fantasía cumplida y, sobre todo, disfrutada. No me siento mal, no me siento culpable, no me siento usada ni denigrada. He dado un espectáculo y me han gratificado por ello. Lo he hecho bien.
Al llegar a casa, lo primero que hago es ir al baño. Me desnudo y me hago una foto con la prueba: los billetes tapándome el coño, el olor del sexo mezclándose con el del dinero. Hoy hemos disfrutado todos. Me voy a la cama feliz, orgullosa y serena, sabiendo que estarás orgulloso de mí.