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Relatos Ardientes

Lo que descubrí mirando entre faldas y cortinas

Hubo una época de mi vida en la que no sabía qué me excitaba más: ver a una mujer completamente desnuda o sorprenderla apenas con la ropa interior puesta. Por mi obsesión casi enfermiza con la lencería, terminé inclinándome siempre por lo segundo. Una prenda mínima, un encaje, una tira de tela cubriendo lo justo: para mí, todo eso decía más que la desnudez total. Un coño tapado por un triángulo de hilo me ponía la polla más dura que un coño abierto de par en par.

En aquellos años no existía la tecnología de ahora. No había cámaras escondidas en bolígrafos ni teléfonos capaces de grabar a escondidas. Tenía que arreglármelas con lo que estaba a mano, y lo más común era el viejo truco del espejo. Lo llevaba en el maletín, lo apoyaba con cualquier excusa, lo deslizaba sobre el piso de baldosas, y rezaba para captar, aunque fuera por una fracción de segundo, la curva de unas nalgas redondas envueltas en algún encaje delicado, o mejor todavía, la marca húmeda del coño contra la tela.

Esa pequeña fracción de segundo me alimentaba durante semanas de pajas frenéticas.

Con el tiempo me fui volviendo más atrevido. Empecé a frecuentar pasillos donde sabía que había baños de mujeres, a quedarme en el ascensor cuando alguna compañera lo abordaba con falda corta, a inventar excusas para inclinarme bajo un escritorio si una secretaria llevaba minifalda. Me convertí, sin proponérmelo del todo, en un voyeur metódico, con la verga siempre a medio empalmar dentro del pantalón.

***

Recuerdo, sobre todo, una tarde en una tienda departamental del centro. Yo tenía veintipocos años. Pasé caminando por la zona de baños y vi que la puerta del baño de mujeres estaba mal cerrada. Me agaché con la excusa de atarme el cordón y miré por el resquicio inferior. Una mujer madura, de unos cuarenta y cinco años, se estaba bajando las medias y la tanga de algodón color durazno para sentarse. La vi durante unos segundos eternos: los muslos gruesos, blancos, con las medias enrolladas hasta las rodillas, y entre ellos, cuando se agachó, un coño abundante de vello oscuro y labios carnosos que colgaban un poco por el peso de los años. Me pareció ver, incluso, un hilo brillante de flujo colgándole del culo mientras se acomodaba en la taza. Escuché el chorro caliente golpear contra el agua y me la puse dura al instante, hasta el punto de tener que apretármela por encima del pantalón para que no se notara. Ella nunca se enteró.

Lo que sí me enteré fue de que su hijo, un niño de no más de seis años, estaba justo del otro lado del pasillo y me había visto en cuclillas, mirando hacia adentro, con los ojos muy abiertos. El crío me miró sin decir nada, como si intentara descifrar qué hacía aquel señor en el suelo. Yo me levanté, sonreí lo más natural que pude y salí casi corriendo, con la polla todavía dura pegada al muslo. No me delató. Durante días pensé en eso con una mezcla de vergüenza, susto y, debo confesarlo, un cosquilleo que no me dejaba dormir: cada noche me hacía una paja recordando el chorro, la tanga bajada hasta los tobillos, y el coño peludo de aquella señora desconocida.

***

En esa misma época vivía solo en un departamento estudio. Eran tres edificios paralelos con balcones que daban a un patio interior común. Una noche cualquiera, asomado a mi terraza a fumar, miré sin querer hacia el departamento de enfrente. Elena, mi vecina, estaba completamente desnuda sobre la cama, boca arriba, con las piernas ligeramente abiertas y el vello púbico apuntando directamente hacia mí. Llevaba el cabello castaño suelto sobre los hombros. Desde donde yo estaba se le veían las tetas pequeñas y erguidas, los pezones rosados apuntando al techo, y ese triángulo oscuro entre las piernas donde el coño se abría apenas, una raja rosada que se le adivinaba entre el vello. Se pasó una mano por el vientre, se acarició los pezones con dos dedos, y bajó despacio hasta hundirse un dedo entre los labios. Me quedé duro como una piedra, con el cigarrillo olvidado en la mano, viendo cómo se tocaba. Permanecí inmóvil, sin parpadear, hasta que su marido apareció en escena, caminó tranquilo hasta la ventana y corrió las cortinas justo cuando ella empezaba a arquear la espalda.

Pasé el resto de la noche con la imagen fija en la cabeza, la verga en la mano, corriéndome tres veces seguidas, intentando reconstruirla detalle por detalle: el color de los pezones, el brillo del dedo saliendo húmedo del coño, la forma exacta en que arqueaba la cadera.

Lo más extraño vino unas semanas después. Esos departamentos eran tan pequeños que desde la puerta de entrada se veía todo: el comedor, la cama, la terraza al fondo. Aquella tarde subía con bolsas de compras y noté que la puerta de Elena y su marido estaba entreabierta, sin pestillo. Pensé que estarían fuera. Quise asomarme por simple curiosidad arquitectónica, para ver si tenían los mismos muebles que yo. Empujé apenas la puerta.

Lo que encontré me dejó clavado al piso.

Elena estaba arriba de su marido, montada a horcajadas, moviéndose con una furia silenciosa. Era delgada, de piel muy blanca, casi traslúcida bajo la luz tenue de una lámpara de mesa. Su cabello, larguísimo, le caía hasta la cintura y se movía al compás de sus caderas. El marido, debajo, le aferraba los pechos pequeños con ambas manos y, de vez en cuando, le clavaba los dedos en la cadera para empujarla hacia abajo con más fuerza. Desde mi ángulo veía perfectamente cómo la polla del tipo, gruesa y muy roja, entraba y salía del coño de Elena, brillante y ensopada de flujo, con un ruido húmedo, chapoteante, que rebotaba en las paredes vacías. Ella se dejaba caer entera, tragándosela hasta la base, y volvía a subir despacio, mostrando la verga entera cubierta de una película blanca de su propio jugo. El culo blanco se le abría cada vez que bajaba, y entre las nalgas se le veía el ojete apretado, contrayéndose con cada embestida.

Me quedé en la penumbra del pasillo, conteniendo la respiración, con la mano ya metida en el pantalón, apretándome la verga. No podía dejar de mirar. Ella echó la cabeza hacia atrás y le surcó un gemido grave por la garganta, un «ay, así, más fuerte, cógeme más fuerte» ronco que me atravesó de arriba a abajo. El marido levantó las caderas y empezó a embestirla desde abajo, en seco, con golpes secos que hacían saltar las tetas pequeñas de Elena. «Métemela toda, cabrón, hasta el fondo, ábreme bien», jadeó ella, y se llevó una mano al clítoris para frotarse en círculos rápidos mientras se dejaba empalar. Yo me la sacaba en el pasillo, con la polla afuera, meneándomela al mismo ritmo. Y entonces, no sé cómo, sintió algo. Se detuvo de golpe, como un animal que escucha un crujido. Giró apenas la cabeza hacia la puerta.

No esperé a saber si me había visto.

Me guardé la verga como pude, me retiré sin hacer ruido, dejé las bolsas en el rellano y bajé las escaleras corriendo. En mi departamento me terminé la paja en dos tirones, apoyado contra la puerta, y me corrí en el piso con la imagen todavía viva del coño de Elena tragándose esa polla. Esa misma noche, frente al espejo del baño, me afeité la barba que había llevado por dos años. Me convencí de que, si alguno de los dos me había alcanzado a ver, ya no me reconocería sin ese rasgo tan característico de mi cara.

Nunca cruzamos una palabra sobre el episodio. Pero durante meses, Elena me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta cada vez que coincidíamos en el ascensor, y yo, con solo verla, se me venía a la cabeza la imagen de su coño ensopado bajando y subiendo por esa verga.

***

En el trabajo, mi obsesión encontró un escenario fértil. Yo dirigía un área pequeña, recibía mucha gente en mi oficina, y aprendí pronto que un CD-Rom limpio, apoyado sobre el suelo en el ángulo correcto, funcionaba como un espejo discreto. Mis compañeras venían con expedientes, se sentaban frente a mí con las piernas cruzadas, y yo, mientras simulaba revisar papeles, observaba, con la polla haciéndose pesada dentro del pantalón.

La esposa del director era una mujer espigada, de piel oscura y rasgos finos. Llevaba siempre minifaldas con vuelo, de esas que se levantan apenas con una brisa. Pasaba por la oficina dos veces por semana. Descubrí que se inclinaba por las tangas fluorescentes: rosadas, verdes neón, amarillas eléctricas. Resaltaban contra su piel canela como letreros de feria. Y como era flaca, desde el ángulo correcto se veía con nitidez la silueta de su vulva, el pliegue partido en dos, y hasta el bulto pequeño del clítoris marcándose contra la tela tirante. La curva entera de las nalgas quedaba desnuda, apenas separada por una hebra de hilo que se le hundía entre el culo. Una tarde, cuando se levantó de la silla, vi con claridad una manchita más oscura en el centro de la tela: flujo fresco, todavía húmedo. Estuve una hora con la verga dura sin poder concentrarme en los papeles.

La secretaria del contralor era todo lo opuesto: rubia, mediana de estatura, con unas piernas largas y musculosas de quien sube escaleras de tacón todos los días. Su trasero era redondo, alto, esponjoso, de esos que dan ganas de morder. Curiosamente, sus prendas íntimas estaban casi todas raídas. Más de una vez vi bombachas con agujeros disimulados o elásticos vencidos, y en más de una ocasión, por uno de esos agujeros, alcancé a ver un mechón de vello rubio o el color rosado de un labio mayor. Me hacía gracia y me calentaba a partes iguales: aquella mujer que entraba siempre impecable, con tailleur perfecto y peinado de salón, debajo usaba ropa que cualquier novia habría tirado a la basura, y encima me regalaba, sin saberlo, un pedacito de coño por cada visita.

La encargada de recursos humanos tenía un patrón aún más curioso. Cuando tenía pareja, se inclinaba por tangas mínimas, de colores vivos, de encaje, y el culo se le paseaba prácticamente al aire bajo la pollera. Cuando estaba soltera, volvía a las medias con faja y las bombachas de algodón sobrias que le tapaban hasta el ombligo. Era como si su vida sentimental se leyera a través de la ropa interior. Aprendí a saber, antes que el resto de la oficina, cuándo terminaba o empezaba un romance, y calculaba los días exactos en los que otra polla se estaba metiendo entre sus piernas.

Y siempre, en cualquier reunión, no faltaba la compañera que, al agacharse a recoger algo o estirarse para alcanzar un archivo del estante alto, mostraba la famosa cola de ballena: esa franja de encaje asomando por encima del pantalón ajustado, dejando ver el nacimiento de la raja del culo. Algunas lo hacían sin querer. Otras, lo intuyo, lo hacían a propósito, y algunas incluso me lanzaban una mirada por encima del hombro como diciéndome «sí, es para vos».

***

Renata era contadora del piso de arriba. Morena, alta, casi un metro ochenta, con cara de muñeca de porcelana y unas caderas que parecían dibujadas con un compás. Era extrañamente tímida para alguien con ese cuerpo. Vestía sexy pero no provocador: pantalones entallados, blusas con un botón abierto, jamás escote profundo. Iba al gimnasio cinco veces por semana y se notaba: el culo alto y duro, los muslos torneados, las tetas firmes marcándose contra la blusa cada vez que respiraba hondo.

En una fiesta pequeña que organicé en mi casa, cuando aún estaba casado con mi segunda esposa, terminé sentado junto a Renata en la barra que tenía montada en el living. Hablamos de tonterías durante una hora. En un momento ella se estiró hacia atrás para alcanzar su vaso, levantó los brazos por encima de la cabeza y, con ese movimiento, sus jeans bajaron unos centímetros y la tanga de encaje negro le subió por la cadera, brillando bajo las luces amarillas del bar. Vi el hilo hundiéndosele entre las nalgas duras, y por encima, dos hoyuelos perfectos en la base de la espalda, brillantes de sudor.

No pude disimular. Me quedé mirando, sin pestañear, con la polla creciéndome dentro del pantalón. Ella, instintivamente, pasó la mano por la espalda para acomodarse el pantalón y la prenda. Cuando volvió a sentarse, levantó la vista y nuestros ojos se encontraron. Yo seguía con la mirada fija en su cadera, embelesado, sin ocultar el bulto que se me marcaba en la entrepierna.

Renata se ruborizó hasta las orejas. Soltó un quejido apenas audible, una especie de «uy» avergonzado, y bajó la cabeza con una sonrisita nerviosa. Yo le sostuve la mirada y le sonreí, sin disculparme. Ella no se ofendió ni se alejó. Se quedó ahí, terminando su trago, con las mejillas todavía encendidas, y creo que las piernas apretadas debajo de la barra.

No pasó nada más esa noche. Pero hubo entre los dos, durante meses, una corriente subterránea hecha de miradas y silencios, y más de una noche me hice la paja imaginando cómo sería arrancarle esa tanga de encaje negro con los dientes.

***

Algo parecido ocurrió con Carolina. Era amiga de mi esposa, recién divorciada, con una sonrisa fácil y una costumbre fatal: la de usar siempre tangas finísimas que se le marcaban por debajo de los vestidos ajustados. En un cumpleaños familiar, Carolina se estiró sobre la mesa para alcanzar una porción de torta y la franja negra de su prenda interior asomó intacta sobre la cintura del pantalón, junto con el nacimiento redondo del culo. Nadie más miró. Yo no podía mirar otra cosa, y me tuve que meter en el baño a acomodarme la polla contra la panza para que no se me notara la erección debajo de la camisa.

Semanas más tarde, en otra fiesta, llevaba un mini vestido rojo de jersey ajustado. Se le marcaba todo: los pezones erguidos apuntando contra la tela, las tetas moviéndose sueltas sin corpiño, la curva del culo perfectamente dibujada, y en la parte de atrás, la línea diminuta de un hilo cruzando la cadera. La música estaba alta y bailábamos en grupo. En algún momento de la noche terminamos abrazados de la cintura, fingiendo seguir el ritmo, y mis dedos se quedaron quietos sobre la tela. Sentí el contorno exacto de su tanga de hilo: una línea fina cruzándole la cadera, separando la espalda baja de las nalgas. Pasé los dedos una y otra vez sobre esa línea, con la excusa del baile, y ella no me apartó la mano. Fui bajando, milímetro a milímetro, hasta que la yema de los dedos se me metió entre las nalgas por encima del vestido, siguiendo el hilo hacia abajo. Sentí perfectamente el punto exacto donde la tela se hundía entre el culo y, más abajo todavía, el bulto tibio de su coño apretado contra el jersey. Ella solo apoyó la cabeza un segundo en mi hombro, como si estuviera cansada de la música, y yo pude sentir cómo se le humedecía la tela bajo mis dedos, cómo el calor subía desde su entrepierna hasta mi mano. Se me puso la verga tan dura que se le clavó a través del vestido, contra el vientre bajo, y noté que ella la sintió: apretó apenas las caderas contra mí, un empujoncito casi imperceptible, antes de separarse con una risa cortada.

Tampoco esa vez pasó nada más. Pero el roce de aquella tira de hilo bajo la tela del vestido, y la humedad tibia de su coño imprimiéndose en mis dedos, me quedaron grabados durante años.

***

Mariana era distinta. Vestía con una sobriedad casi monjil: faldas largas, blusas cerradas, zapato bajo. Cuando hablaba de hombres, lo hacía con desdén, como si todos le parecieran torpes. Y, sin embargo, debajo de aquella ropa de directora de escuela, usaba exclusivamente tangas de hilo, finísimas, casi inexistentes. Lo supe porque alguna vez, sentada frente a mí en una visita a su casa, abrió las piernas sin darse cuenta y vi todo: el hilo negro perdido entre unos labios gruesos, muy oscuros, apenas cubiertos, con el vello asomando por los costados de la tela. El coño le brillaba un poco, húmedo, como si el simple hecho de estar sentada la tuviera excitada. Me quedé mirando ese triángulo prohibido tanto tiempo que se me durmió el brazo apoyado en el sofá.

Lo confirmé del todo el día que me pidió ayuda para mudarse y yo, mientras ordenaba el lavadero, vi su cesto de ropa sucia. Cada una de sus tangas tenía el puente manchado: costras de flujo blanco reseco en unas, manchones amarillentos en otras, y en una en particular, una tanga de hilo rojo de encaje, un cerco parduzco todavía húmedo, como si se la hubiera sacado hacía apenas unas horas. Levanté esa tanga con dos dedos, me la acerqué a la nariz y aspiré fuerte: olía a coño, a coño encerrado y sudado, un olor ácido y espeso que me erectó la polla al instante. Me la guardé en el bolsillo, terminé el trabajo como si nada, y esa misma noche me pajeé con la tanga apretada contra la boca, chupando la tela hasta sacarle todo el gusto. Tantos años de fachada para esconder, en realidad, a una mujer salvajemente sexual, con el coño siempre en carne viva.

Daniela, una ucraniana que había trabajado de modelo en su juventud, me tenía tanta confianza que me dejó llaves de su departamento para que regara las plantas cuando viajaba. Yo entraba, hacía mi trabajo y, cuando me sobraba tiempo, exploraba con cuidado. En el cajón superior de la cómoda encontré un arsenal de Victoria's Secret: encajes blancos, satines color borgoña, ligueros sin estrenar, corpiños que apenas tapaban los pezones. Me la puse dura solo con hundir las manos entre las prendas, oliéndolas una por una: algunas nuevas, con olor a fábrica, otras usadas, con el rastro inconfundible de su coño en el puente. En el segundo cajón del baño, tres consoladores de tamaños diferentes, ordenados por longitud: uno rosado y pequeño, uno gris de un grosor considerable, y uno negro descomunal, casi treinta centímetros, con venas marcadas en el látex. Los tres tenían restos secos en la base. Me imaginé a Daniela empalándose ella sola con ese negro, tirada boca arriba en la cama, gimiendo en su idioma. Y debajo de la cama, dentro de una caja con tapa de cartón, un álbum de fotografías profesionales: Daniela en lencería, Daniela en bikini diminuto, Daniela desnuda cubriéndose apenas las tetas con un brazo, Daniela de rodillas con el culo levantado hacia la cámara mostrando el hoyo entre las nalgas, Daniela mirando a cámara con una sonrisa que decía exactamente lo que tenía que decir. En las últimas páginas, más íntimas, aparecía con las piernas abiertas, el coño depilado y rosado abierto con dos dedos, el clítoris hinchado, un hilo de flujo colgando entre los labios.

Me bajé el pantalón ahí mismo, sentado en el piso de su habitación, y me hice una paja mirando cada foto. Me corrí con un chorro grueso sobre mi propia mano, apretando los dientes para no gemir en voz alta. Después limpié cuidadosamente, cerré la caja con cuidado, la dejé tal cual la había encontrado y salí del departamento como si nada hubiera pasado. Pero esa noche, en mi cama, volví a pajearme dos veces más, ya sin las fotos, solo con la memoria fresca de ese coño depilado abierto de par en par.

***

La vida de un voyeur fetichista de la ropa interior se resume, al final, en un puñado de instantes mínimos. Fracciones de segundo. Vislumbres en el reflejo de una vidriera, un destello al cruzar las piernas, una tira de encaje asomando bajo un pantalón, el olor de una tanga usada, el brillo húmedo en el puente de una bombacha. No son grandes escenas. Son destellos. Pero cada destello, sumado a los anteriores, construye una memoria erótica más vasta que cualquier película pornográfica, y una colección de pajas que ni yo mismo podría contar.

Y siempre hay sorpresas. La compañera más recatada, la que se persigna al entrar a la iglesia, resulta ser la que usa ligueros bajo el traje y tiene el coño empapado a las diez de la mañana. La que viste como modelo de revista, la que parece insaciable, lleva debajo unas bombachas de algodón gris de su abuela, con el elástico dado.

Conocer la ropa interior de una mujer es conocer un secreto que ella no le confiesa ni a sus amigas más cercanas. Es entender una pequeña parte de su intimidad, una que no muestra ni cuando la cogen con luz apagada. Y, en más de una ocasión, ese conocimiento me sirvió para entender cómo acercarme, qué decirle, cómo seducirla, cómo terminar con la polla hundida hasta las bolas en el coño de alguna de ellas.

En otra entrega les contaré qué pasó cuando, por fin, la tecnología empezó a estar de mi lado. Cuando los teléfonos comenzaron a tener cámaras decentes y las ventajas, y los riesgos, se multiplicaron.

Por ahora, saludos.

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Comentarios(8)

NicoVega_87

Tremendo relato, me enganche de principio a fin!!

Pato_nocturno

jaja me recordo algo que me paso hace años con una vecina... que tiempos aquellos

Luna_PBA

Por favor que haya segunda parte, necesito saber mas de la vecina jajajaja

Claudio_RD

Muy bien escrito, se siente real. Me tuvo pegado hasta el ultimo parrafo

GaboLeedor

excelente!!! uno de los mejores que lei ultimamente en esta categoria

MiguelAndaluz

Lo de los espejos fue un detalle que no me esperaba para nada. Se hizo cortito, queremos mas!

Cata_Rosario

Y que paso despues con la vecina? quede con intriga total, necesito la continuacion

ElenaM22

increible como algo tan simple puede volverse tan obsesivo. muy bueno!!

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