Lo que descubrí mirando entre faldas y cortinas
Hubo una época de mi vida en la que no sabía qué me excitaba más: ver a una mujer completamente desnuda o sorprenderla apenas con la ropa interior puesta. Por mi obsesión casi enfermiza con la lencería, terminé inclinándome siempre por lo segundo. Una prenda mínima, un encaje, una tira de tela cubriendo lo justo: para mí, todo eso decía más que la desnudez total.
En aquellos años no existía la tecnología de ahora. No había cámaras escondidas en bolígrafos ni teléfonos capaces de grabar a escondidas. Tenía que arreglármelas con lo que estaba a mano, y lo más común era el viejo truco del espejo. Lo llevaba en el maletín, lo apoyaba con cualquier excusa, lo deslizaba sobre el piso de baldosas, y rezaba para captar, aunque fuera por una fracción de segundo, la curva de unas nalgas redondas envueltas en algún encaje delicado.
Esa pequeña fracción de segundo me alimentaba durante semanas.
Con el tiempo me fui volviendo más atrevido. Empecé a frecuentar pasillos donde sabía que había baños de mujeres, a quedarme en el ascensor cuando alguna compañera lo abordaba con falda corta, a inventar excusas para inclinarme bajo un escritorio si una secretaria llevaba minifalda. Me convertí, sin proponérmelo del todo, en un voyeur metódico.
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Recuerdo, sobre todo, una tarde en una tienda departamental del centro. Yo tenía veintipocos años. Pasé caminando por la zona de baños y vi que la puerta del baño de mujeres estaba mal cerrada. Me agaché con la excusa de atarme el cordón y miré por el resquicio inferior. Una mujer madura, de unos cuarenta y cinco años, se estaba bajando las medias y la tanga de algodón color durazno para sentarse. La vi durante unos segundos eternos. Ella nunca se enteró.
Lo que sí me enteré fue de que su hijo, un niño de no más de seis años, estaba justo del otro lado del pasillo y me había visto en cuclillas, mirando hacia adentro, con los ojos muy abiertos. El crío me miró sin decir nada, como si intentara descifrar qué hacía aquel señor en el suelo. Yo me levanté, sonreí lo más natural que pude y salí casi corriendo. No me delató. Durante días pensé en eso con una mezcla de vergüenza, susto y, debo confesarlo, un cosquilleo que no me dejaba dormir.
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En esa misma época vivía solo en un departamento estudio. Eran tres edificios paralelos con balcones que daban a un patio interior común. Una noche cualquiera, asomado a mi terraza a fumar, miré sin querer hacia el departamento de enfrente. Elena, mi vecina, estaba completamente desnuda sobre la cama, boca arriba, con las piernas ligeramente abiertas y el vello púbico apuntando directamente hacia mí. Llevaba el cabello castaño suelto sobre los hombros. Permanecí inmóvil, sin parpadear, hasta que su marido apareció en escena, caminó tranquilo hasta la ventana y corrió las cortinas.
Pasé el resto de la noche con la imagen fija en la cabeza, intentando reconstruirla detalle por detalle.
Lo más extraño vino unas semanas después. Esos departamentos eran tan pequeños que desde la puerta de entrada se veía todo: el comedor, la cama, la terraza al fondo. Aquella tarde subía con bolsas de compras y noté que la puerta de Elena y su marido estaba entreabierta, sin pestillo. Pensé que estarían fuera. Quise asomarme por simple curiosidad arquitectónica, para ver si tenían los mismos muebles que yo. Empujé apenas la puerta.
Lo que encontré me dejó clavado al piso.
Elena estaba arriba de su marido, montada a horcajadas, moviéndose con una furia silenciosa. Era delgada, de piel muy blanca, casi traslúcida bajo la luz tenue de una lámpara de mesa. Su cabello, larguísimo, le caía hasta la cintura y se movía al compás de sus caderas. El marido, debajo, le aferraba los pechos pequeños con ambas manos y, de vez en cuando, le clavaba los dedos en la cadera para empujarla hacia abajo con más fuerza.
Me quedé en la penumbra del pasillo, conteniendo la respiración. No podía dejar de mirar. Ella echó la cabeza hacia atrás y le surcó un gemido grave por la garganta. Y entonces, no sé cómo, sintió algo. Se detuvo de golpe, como un animal que escucha un crujido. Giró apenas la cabeza hacia la puerta.
No esperé a saber si me había visto.
Me retiré sin hacer ruido, dejé las bolsas en el rellano y bajé las escaleras corriendo. Esa misma noche, frente al espejo del baño, me afeité la barba que había llevado por dos años. Me convencí de que, si alguno de los dos me había alcanzado a ver, ya no me reconocería sin ese rasgo tan característico de mi cara.
Nunca cruzamos una palabra sobre el episodio. Pero durante meses, Elena me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta cada vez que coincidíamos en el ascensor.
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En el trabajo, mi obsesión encontró un escenario fértil. Yo dirigía un área pequeña, recibía mucha gente en mi oficina, y aprendí pronto que un CD-Rom limpio, apoyado sobre el suelo en el ángulo correcto, funcionaba como un espejo discreto. Mis compañeras venían con expedientes, se sentaban frente a mí con las piernas cruzadas, y yo, mientras simulaba revisar papeles, observaba.
La esposa del director era una mujer espigada, de piel oscura y rasgos finos. Llevaba siempre minifaldas con vuelo, de esas que se levantan apenas con una brisa. Pasaba por la oficina dos veces por semana. Descubrí que se inclinaba por las tangas fluorescentes: rosadas, verdes neón, amarillas eléctricas. Resaltaban contra su piel canela como letreros de feria. Y como era flaca, desde el ángulo correcto se veía con nitidez la silueta de su vulva y la curva entera de las nalgas, apenas separada por una hebra de tela.
La secretaria del contralor era todo lo opuesto: rubia, mediana de estatura, con unas piernas largas y musculosas de quien sube escaleras de tacón todos los días. Su trasero era redondo, alto, esponjoso. Curiosamente, sus prendas íntimas estaban casi todas raídas. Más de una vez vi bikinis con agujeros disimulados o elásticos vencidos. Me hacía gracia: aquella mujer que entraba siempre impecable, con tailleur perfecto y peinado de salón, debajo usaba ropa que cualquier novia habría tirado a la basura.
La encargada de recursos humanos tenía un patrón aún más curioso. Cuando tenía pareja, se inclinaba por tangas mínimas, de colores vivos, de encaje. Cuando estaba soltera, volvía a las medias con faja y las bombachas de algodón sobrias. Era como si su vida sentimental se leyera a través de la ropa interior. Aprendí a saber, antes que el resto de la oficina, cuándo terminaba o empezaba un romance.
Y siempre, en cualquier reunión, no faltaba la compañera que, al agacharse a recoger algo o estirarse para alcanzar un archivo del estante alto, mostraba la famosa cola de ballena: esa franja de encaje asomando por encima del pantalón ajustado. Algunas lo hacían sin querer. Otras, lo intuyo, lo hacían a propósito.
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Renata era contadora del piso de arriba. Morena, alta, casi un metro ochenta, con cara de muñeca de porcelana y unas caderas que parecían dibujadas con un compás. Era extrañamente tímida para alguien con ese cuerpo. Vestía sexy pero no provocador: pantalones entallados, blusas con un botón abierto, jamás escote profundo. Iba al gimnasio cinco veces por semana y se notaba.
En una fiesta pequeña que organicé en mi casa, cuando aún estaba casado con mi segunda esposa, terminé sentado junto a Renata en la barra que tenía montada en el living. Hablamos de tonterías durante una hora. En un momento ella se estiró hacia atrás para alcanzar su vaso, levantó los brazos por encima de la cabeza y, con ese movimiento, sus jeans bajaron unos centímetros y la tanga de encaje negro le subió por la cadera, brillando bajo las luces amarillas del bar.
No pude disimular. Me quedé mirando, sin pestañear. Ella, instintivamente, pasó la mano por la espalda para acomodarse el pantalón y la prenda. Cuando volvió a sentarse, levantó la vista y nuestros ojos se encontraron. Yo seguía con la mirada fija en su cadera, embelesado.
Renata se ruborizó hasta las orejas. Soltó un quejido apenas audible, una especie de «uy» avergonzado, y bajó la cabeza con una sonrisita nerviosa. Yo le sostuve la mirada y le sonreí, sin disculparme. Ella no se ofendió ni se alejó. Se quedó ahí, terminando su trago, con las mejillas todavía encendidas.
No pasó nada más esa noche. Pero hubo entre los dos, durante meses, una corriente subterránea hecha de miradas y silencios.
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Algo parecido ocurrió con Carolina. Era amiga de mi esposa, recién divorciada, con una sonrisa fácil y una costumbre fatal: la de usar siempre tangas finísimas que se le marcaban por debajo de los vestidos ajustados. En un cumpleaños familiar, Carolina se estiró sobre la mesa para alcanzar una porción de torta y la franja negra de su prenda interior asomó intacta sobre la cintura del pantalón. Nadie más miró. Yo no podía mirar otra cosa.
Semanas más tarde, en otra fiesta, llevaba un mini vestido rojo de jersey ajustado. La música estaba alta y bailábamos en grupo. En algún momento de la noche terminamos abrazados de la cintura, fingiendo seguir el ritmo, y mis dedos se quedaron quietos sobre la tela. Sentí el contorno exacto de su tanga de hilo: una línea fina cruzándole la cadera, separando la espalda baja de las nalgas. Pasé los dedos una y otra vez sobre esa línea, con la excusa del baile, y ella no me apartó la mano. Solo apoyó la cabeza un segundo en mi hombro, como si estuviera cansada de la música.
Tampoco esa vez pasó nada más. Pero el roce de aquella tira de hilo bajo la tela del vestido me quedó grabado durante años.
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Mariana era distinta. Vestía con una sobriedad casi monjil: faldas largas, blusas cerradas, zapato bajo. Cuando hablaba de hombres, lo hacía con desdén, como si todos le parecieran torpes. Y, sin embargo, debajo de aquella ropa de directora de escuela, usaba exclusivamente tangas de hilo, finísimas, casi inexistentes. Lo supe porque alguna vez, sentada frente a mí en una visita a su casa, abrió las piernas sin darse cuenta y vi todo.
Lo confirmé del todo el día que me pidió ayuda para mudarse y yo, mientras ordenaba el lavadero, vi su cesto de ropa sucia. Cada una de sus tangas tenía el puente manchado de flujo. Tantos años de fachada para esconder, en realidad, a una mujer salvajemente sexual.
Daniela, una ucraniana que había trabajado de modelo en su juventud, me tenía tanta confianza que me dejó llaves de su departamento para que regara las plantas cuando viajaba. Yo entraba, hacía mi trabajo y, cuando me sobraba tiempo, exploraba con cuidado. En el cajón superior de la cómoda encontré un arsenal de Victoria's Secret: encajes blancos, satines color borgoña, ligueros sin estrenar. En el segundo cajón del baño, tres consoladores de tamaños diferentes, ordenados por longitud. Y debajo de la cama, dentro de una caja con tapa de cartón, un álbum de fotografías profesionales: Daniela en lencería, Daniela en bikini diminuto, Daniela mirando a cámara con una sonrisa que decía exactamente lo que tenía que decir.
Cerré la caja con cuidado, la dejé tal cual la había encontrado y salí del departamento como si nada hubiera pasado. Pero esa noche, en mi cama, no pude pensar en otra cosa.
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La vida de un voyeur fetichista de la ropa interior se resume, al final, en un puñado de instantes mínimos. Fracciones de segundo. Vislumbres en el reflejo de una vidriera, un destello al cruzar las piernas, una tira de encaje asomando bajo un pantalón. No son grandes escenas. Son destellos. Pero cada destello, sumado a los anteriores, construye una memoria erótica más vasta que cualquier película pornográfica.
Y siempre hay sorpresas. La compañera más recatada, la que se persigna al entrar a la iglesia, resulta ser la que usa ligueros bajo el traje. La que viste como modelo de revista, la que parece insaciable, lleva debajo unas bombachas de algodón gris de su abuela.
Conocer la ropa interior de una mujer es conocer un secreto que ella no le confiesa ni a sus amigas más cercanas. Es entender una pequeña parte de su intimidad, una que no muestra ni cuando hace el amor con luz apagada. Y, en más de una ocasión, ese conocimiento me sirvió para entender cómo acercarme, qué decirle, cómo seducirla.
En otra entrega les contaré qué pasó cuando, por fin, la tecnología empezó a estar de mi lado. Cuando los teléfonos comenzaron a tener cámaras decentes y las ventajas, y los riesgos, se multiplicaron.
Por ahora, saludos.