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Relatos Ardientes

Lo que mi marido nos preparó en la última fila del cine

Tomás llegó del trabajo esa tarde con la sonrisa que ya conocía de memoria, esa que siempre venía acompañada de la frase «tengo una idea para esta noche». Llevábamos meses jugando a sus ideas, y yo había aprendido a desconfiar de la palabra «cine» en su boca, porque nunca era solo cine.

—Vamos al centro comercial —dijo, mientras me servía una copa de vino—. Hace siglos que no vemos una película juntos.

Película. Ya.

Me indicó cómo vestirme, como siempre. Las medias con la entrepierna abierta, una mini que apenas me cubría a la altura del muslo, y un jersey ajustado que marcaba los pechos con una precisión casi grosera. El abrigo lo disimulaba todo, y eso lo disimularía hasta el momento exacto en que decidiera quitármelo.

—¿Y qué película es? —pregunté, sabiendo que no me importaba la respuesta.

—Una de la que no has oído hablar. La sala va a estar vacía.

Ahí estaba la verdadera idea. La sala vacía.

Cuando subimos al coche, Tomás añadió el segundo detalle como quien comenta el tiempo: pasábamos a recoger a Javier. Yo todavía estaba molesta con él desde la semana anterior, cuando me había prometido una tarde a solas y después se había desvanecido sin una llamada. No dije nada. Mi marido miraba la carretera con esa expresión de niño que prepara una broma y espera el premio.

Javier subió al asiento de atrás oliendo a colonia recién aplicada. Me saludó con un beso en la mejilla que duró un segundo más de la cuenta, y enseguida noté su mano apoyada en mi nuca, fingiendo casualidad. El cabrón sabía exactamente lo que se cocía esa noche, y aun así no me había llamado en toda la semana.

***

Cenamos rápido en un bar del centro comercial. Tomás insistió en que pidiéramos cerveza, varias rondas, hasta que noté la cara caliente y la lengua más suelta. Cuando ya teníamos las entradas, se las entregó a Javier y se inventó una excusa para que entráramos los dos solos.

—Os espero dentro. Tengo que pasar por el baño.

Lo dijo sin mirarme. Estábamos plantados en la puerta de la sala como si fuésemos una pareja, y Javier no terminaba de decidir dónde poner las manos. La acomodadora apenas levantó la vista cuando le tendí las entradas.

La sala estaba casi vacía, tal y como Tomás había prometido. Conté seis personas, todas dispersas en las primeras filas, ninguna mirando hacia atrás. Nos sentamos en los asientos del fondo, en la esquina contra la pared. Mi marido llegó cinco minutos después, se acomodó al lado opuesto, contra el muro, y me dejó a mí en el medio.

—Perfecto —susurró, y no se refería a la disposición de los asientos.

La película empezó con un plano larguísimo de un río o algo parecido; no presté atención. Tomás esperó dos minutos exactos antes de meter la mano bajo mi falda. La levantó hasta dejarme el coño al aire, y empezó a recorrerme con dos dedos, despacio, como si tuviese todo el tiempo del mundo.

Yo miraba la pantalla sin verla. Sentía cómo su mano subía y bajaba, cómo introducía los dedos y los volvía a sacar, cómo después me los acercaba a la boca para que los chupara. Javier observaba de reojo, fingiendo interés en la película, pero su respiración ya no era la misma.

—Súbete la falda hasta la cintura —murmuró Tomás—. Quiero que te sientes con el culo desnudo en la butaca.

Obedecí. Me levanté un par de centímetros, junté la falda en mi cintura y me dejé caer sobre el cuero frío. Después él mismo me subió el jersey, hasta dejarme los pechos al aire. La luz que escupía la pantalla los iluminaba a intervalos: blancos, después negros, después blancos otra vez.

—Voy a por algo de beber —dijo Tomás—. Cambiaos de sitio mientras tanto, para que no tenga que levantarme cuando vuelva.

Le hice un gesto con la cabeza a Javier en cuanto mi marido cruzó la puerta. Me incorporé desnuda en aquella penumbra, con las piernas temblándome un poco, y me cambié a la butaca pegada a la pared. Javier se deslizó hasta la mía. No esperó ni dos segundos antes de buscarme la boca.

***

Me besaba como si fuese la última vez que iba a hacerlo. Me toqueteó todo lo que pudo: las tetas, los muslos, el coño con dos dedos, después con tres. Me follaba con ellos al ritmo de la música de la película, lentamente, con la cabeza ladeada hacia la pantalla por si alguien giraba a mirarnos.

—¿Tú sabías lo que iba a pasar esta noche? —le pregunté al oído, mientras le buscaba el cinturón con dedos torpes.

—Pensé que veníamos a ver una canoa para la pesca.

Casi solté una carcajada contra su cuello. Tomás nunca era sutil cuando preparaba sus jugadas, pero al parecer Javier prefería fingir hasta el último momento. Le saqué la polla del pantalón. Estaba dura, demasiado dura para alguien que «no sabía nada», y al pasarle la mano por el glande sentí la primera gota de líquido. La recogí con el pulgar, me la llevé a la boca y se la enseñé con la lengua.

—Te gusta hacerme esperar —murmuré—. El jueves te dije que podías venir a casa. Te dije a qué hora estaría sola. Y todavía estoy esperando.

Javier no respondió. Me besó otra vez, más fuerte, y volvió a meterme los dedos. No supe si era una disculpa o un cambio de tema.

El cabrón tiene esto y todavía duda.

Me preguntó de pronto si me gustaba que la gente me viera así, desnuda, dejándome hacer cosas en sitios públicos. Lo dijo con sarcasmo, no como una pregunta de verdad. Quería medir cuánta vergüenza me quedaba después de aquel mediodía en el merendero. Le contesté con la voz muy baja que prefería hacerlo en una casa, pero que él tenía miedo de quedar conmigo a solas y solo se atrevía cuando Tomás estaba delante. Tartamudeó algo sobre que no quería molestarme, sobre que no sabía si me apetecía. Le respondí que la conversación que estábamos teniendo, con sus dedos hasta el último nudillo dentro de mí, era ya bastante respuesta.

Cuando volvió Tomás con las bebidas, yo me había vuelto a bajar el jersey por encima de los pechos. Él lo notó de inmediato.

—¿Por qué te has tapado?

—Porque a tu amigo le da vergüenza que lo vean conmigo desnuda.

Javier abrió la boca para protestar, pero Tomás se le adelantó.

—Coño, Javier, al final tendrá razón Carla cuando dice que no quieres quedar con ella porque es mucha mujer para ti. Te la dejo en bandeja y le pides que se tape. Si la pillan los viejos de la petanca, te la devuelven follada por todos los agujeros.

La mención de los viejos me golpeó como un cubo de agua fría. La tarde del parque, mi marido y yo solos. Y a las veinticuatro horas ya se lo había contado a Javier. O peor: se lo había enseñado.

Javier no abrió la boca. Tomás me metió otra vez la mano bajo el jersey y siguió donde él lo había dejado, mientras la película avanzaba con planos largos de paisajes que nadie miraba. Solté una corrida silenciosa antes del cuarto de hora; apreté los dientes para no gemir, pero arqueé la espalda lo suficiente para que mi marido supiera lo que acababa de provocar. Y para que Javier también lo supiera.

***

—Vamos, Javier —susurró Tomás cuando se recompuso—. La tienes bien cachonda. Llévatela al baño y te la follas allí.

Pensé que se moría de ganas de aceptar. Pero la polla ya se le estaba aflojando otra vez, y balbuceó algo sobre que nos podían pillar, que mejor no, que tampoco era el momento. Lo miré sin disimulo. Tenía un cobarde sentado a mi derecha, y un marido que en cinco minutos había transformado esa cobardía en una humillación pública.

Propuse irnos del cine. Tomás aceptó a regañadientes y salió primero. Yo me coloqué la ropa como pude en la penumbra, y antes de que Javier se levantara le puse la mano en la rodilla.

—Tranquilo. Esto no se va a quedar a medias.

***

En el coche, Tomás insistió en que nos sentáramos los dos atrás. La carretera estaba vacía y encendió la luz del techo «para conducir mejor». Cualquier excusa para verme desde el espejo retrovisor.

—Quítate la ropa —dijo—. Vas a estar más cómoda.

—Pero a Javier le da vergüenza verme desnuda —respondí, con la sonrisa más inocente que pude fingir.

—Coño, Javier, entonces no podrás venir a la playa el año que viene. Ya viste en los vídeos cómo le gusta a Carla estar todo el día en pelotas.

El cebo funcionó. Javier reaccionó por fin: dijo que no le importaba, que aquello era una invención mía. Solté la carcajada que llevaba guardada toda la noche, y delante de los dos me quité la falda y el jersey. Las medias y los zapatos se quedaron donde estaban.

Le bajé el pantalón con las dos manos. La polla saltó como un resorte, dura otra vez, y la noté palpitar entre mis dedos. Bajé la cabeza para chupársela un segundo, no más, lo justo para humedecerla, y enseguida me subí encima de él.

—Despacio —le pedí al oído—. Mi marido te está mirando.

Tomás llevaba el coche por una recta perfectamente vacía. Yo no veía su cara, pero veía la mía reflejada en la luna trasera cada vez que pasábamos bajo una farola. Una cara que ya no era la mía: era la de alguien a quien le estaban dejando, por fin, hacer lo que quería sin tener que disimularlo.

Javier me chupaba un pecho con tanta fuerza que sentí cómo me marcaba. Tomás lo vio por el espejo y soltó:

—Te va a sacar la leche de las tetas, Javier. Más despacio.

—Cariño —jadeé yo—. Para eso me has hecho desnudarme. Déjame que me disfrute.

Sus manos me agarraban las nalgas y guiaban mis caderas. Sentí, con esa claridad rara que se siente solo en esos momentos, cómo uno de sus dedos buscaba mi otro agujero. No le costó abrirse paso. Era la primera vez que me lo hacía con Tomás delante, y me golpeó el morbo de la imagen: yo penetrada por las dos partes, en el asiento trasero, mi marido conduciendo y mirándome cada tres segundos.

El olor a sexo se mezclaba con el del coche. Mis movimientos se aceleraron. Javier preguntó dónde quería que se corriera, y la respuesta salió antes de pensarla.

—Dentro. Pero pregúntalo más alto.

Lo repitió en voz alta, con la respiración entrecortada. Tomás contestó por mí desde el volante: que se corriera donde quisiera, que aquello era todo suyo esa noche. Sentí el primer chorro, después el segundo, después un orgasmo mío encima del suyo, y los gemidos esta vez los dejé salir sin filtrar.

***

Tomás aparcó en un camino lateral. Bajamos los tres, yo solo con las medias y los zapatos, las piernas todavía temblándome. La noche estaba helada, pero el frío era una sensación lejana, casi de otra persona.

Mi marido me apoyó contra el capó del coche, abrió mis piernas con la rodilla y me la metió de golpe. Notaba la mezcla de Javier todavía dentro de mí, y noté también cómo Tomás la usaba para deslizarse mejor. Tiró de mis pezones, me apretó las nalgas, me dio un par de azotes que me hicieron arquearme contra el metal frío.

—Mira qué bien la dejó tu amigo —le dijo a Javier, sin mirarlo—. Menuda corrida te ha sacado este coño. Y todavía cabe más.

Javier fumaba apoyado en la puerta del copiloto. No decía nada. Cada vez que yo giraba la cabeza para buscarlo, me lo encontraba mirando con la cara seria de alguien que acaba de entender algo que no quería entender. No me importó. Su silencio era el premio para Tomás, y el premio para mí era ese silencio convertido en otro orgasmo.

Mi marido terminó dentro. Salió, me dio la vuelta, me metió los dedos para recoger la mezcla y me los puso en la boca. Los chupé sin apartar la mirada de Javier. No por provocarlo, sino porque me apetecía dejarle claro, sin palabras, que la próxima vez que dudara en llamarme se acordaría de esa imagen.

Encendí el cigarro que Javier me ofreció, todavía desnuda contra el capó. El humo se enredaba con el vaho de la respiración. Tomás se reía solo, abrochándose el pantalón.

—Bueno, Javier. Ya no tienes excusa. Te acaba de decir delante de mí que la tienes a su disposición.

Javier asintió sin abrir la boca. Yo le sostuve la mirada un segundo más de la cuenta. Después me vestí, despacio, sintiendo cómo las piernas todavía me pedían un descanso que no iba a tener.

En el camino de vuelta, mi marido le preguntó si ya tenía decidido dónde llevarme por su cumpleaños. Por lo visto, la propuesta seguía en pie. Javier murmuró algo evasivo. Tomás me miró por el retrovisor, sonrió, y dejó la pregunta flotando en el coche como una promesa que ninguno de los dos pensaba romper.

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Comentarios (6)

PacoMdq

Que morbo!! sigue publicando relatos asi, de los mejores que lei aca

Carmela_77

Buenisimo! quede con ganas de saber como termino la noche. Segunda parte??

ElLector_97

Me encanto la dinamica entre los personajes, se siente creible. Muy bien narrado.

nocturno_44

increible, no esperaba ese giro al principio pero te enganchas enseguida jaja

LautaroCba85

el marido sabia exactamente lo que hacia jajaja que cabeza

MalenaMdq

El morbo de hacerlo en un lugar publico, con gente cerca que no sabe nada, es algo que pocas historias logran transmitir bien. Aca se siente de verdad. Excelente relato.

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