Me dejó mirarla desnudarse en el probador
Era una mañana de mediados de mayo, mucho más calurosa de lo que solía pasar en esa época. La ciudad había despertado temprano y las calles se habían llenado de chicas estrenando las primeras faldas cortas y camisetas de tirantes de la temporada.
Yo había quedado con Lorena, mi exnovia, para hacer una de nuestras costumbres tontas: en vez de tomar un café como gente normal, nos íbamos de tiendas. Entre nosotros ya no quedaba nada serio desde hacía dos años, solo una amistad cómoda, sin malos rollos ni recaídas posibles. A ella no le importaba que yo la viera medio desnuda probándose ropa, y a mí me daba igual entrar con ella al probador de mujeres para darle mi opinión sobre cualquier prenda. Hasta lencería, si hacía falta.
Esa mañana estábamos en unos grandes almacenes del centro. Lorena se había liado con la sección de bikinis y arrastraba siete u ocho perchas en el brazo. Yo la seguía con la paciencia entrenada de quien lleva años bajando a la calle a las dos de la mañana porque a alguien se le antoja un helado.
—¿Me das veredicto, sí o no? —preguntó mientras buscaba un probador libre.
—Te doy veredicto. Como siempre.
La zona de probadores era una estancia alargada, con unos diez compartimentos a la derecha y, justo enfrente, contra la pared opuesta, una hilera de taburetes individuales para los acompañantes resignados. Lorena se metió en uno por la mitad del pasillo y yo me senté frente a su cortina, en uno de los taburetes. Estábamos casi solos: alguna otra pareja al fondo, un grupo de adolescentes que armaba más ruido del razonable en el otro extremo, y poco más. La mayoría de los cubículos estaban vacíos.
Estaba empezando a entretenerme con el móvil cuando entró otra pareja en la zona. Él, cara de funeral, cargado con tres o cuatro bolsas pequeñas de papel kraft. Ella, una chica más bien menuda, con el brazo cargado de prendas y caminando con prisa, como si quisiera acabar antes de que él perdiera del todo la paciencia.
Lo curioso fue que, pudiendo elegir cualquier probador de los siete u ocho libres, se metió justo en el de la izquierda de Lorena. Pegado al mío. Su novio se dejó caer en el taburete contiguo al mío con un suspiro audible, sacó el móvil del bolsillo y se sumergió en él sin volver a levantar la mirada.
Ella corrió la cortina, pero no del todo. Quizá por lo cargada que iba, quizá por despiste, el lateral derecho quedó dos palmos abierto. Justo el lateral que daba hacia mi taburete.
Desde donde estaba sentado podía ver casi toda la estancia interior del probador. Lo que no se veía directamente lo devolvía el espejo grande del fondo. Era como tener una platea de teatro y la entrada gratis.
La chica, sin reparar al principio en mi posición, empezó a desnudarse. Se quitó los pantalones y se quedó con unas braguitas color crema, de esas que tapan más bien poco y dejan medio culo al aire. Luego se sacó la camiseta por la cabeza y debajo apareció un sujetador a juego. El conjunto no era especialmente provocativo, pero le quedaba como pintado. Se notaba que el cuerpo era cuidado, fibrado, casi de bailarina. Ese tipo de figura que no se construye en un mes.
Tenía un culo bonito, redondo, con la forma exacta que las braguitas demasiado pequeñas terminan dibujando. Al girarse para colgar la ropa le vi también la parte delantera. Pechos discretos, sin relleno en el sostén, y los pezones diminutos marcándose suavemente contra la tela.
Y entonces me vio.
Levantó la cabeza buscando algo y sus ojos chocaron con los míos a través del hueco de la cortina. Yo no aparté la mirada. No sé por qué. Tendría que haber hecho lo educado: mirar al techo, sacar el móvil, simular interés en cualquier otra cosa. Pero no. Sostuve la mirada como si dijera «sigue, no pasa nada».
Por un segundo se le mezcló en la cara la vergüenza y el enfado. Estaba seguro de que iba a cerrar la cortina del todo y se acabaría el espectáculo. Pero no lo hizo. Apartó la mirada, sí, pero solo para volver a coger una prenda del montón.
Y ahí empezó algo distinto.
Empezó a probarse cosas. Una falda, un top, unos shorts vaqueros, una camiseta cruzada. Lo hacía despacio, muy despacio, mucho más despacio de lo que necesitaba alguien que solo quisiera comprobar si la talla le sentaba bien. Cada cierto tiempo me lanzaba miradas rápidas, fugaces, comprobando que yo seguía ahí, comprobando que no le había quitado la vista de encima.
Su novio, mientras tanto, seguía con el móvil. Se reía solo de algún vídeo. No tenía la más mínima idea de lo que estaba pasando a dos pasos de él.
Lorena salía cada tanto a enseñarme un bikini nuevo, cada uno más mínimo que el anterior.
—¿Demasiado pequeño? —me preguntaba girando sobre sí misma.
—Tú póntelo y luego ya veremos.
Sonreía y volvía a meterse. Yo asentía con la cara más neutra que podía poner, mientras a dos pasos de mí pasaba lo que estaba pasando. Mi situación dentro del pantalón ya no daba para disimulos. Tenía media erección y la cosa subía sin freno.
***
Hubo un momento en que pensé que estaba forzando demasiado la suerte.
Mientras la chica se quitaba unos shorts y se inclinaba un poco hacia delante, le sostuve la mirada y me recoloqué la verga dentro del vaquero, con un gesto descarado, sin disimular nada. Apenas dos segundos. Me la acaricié por encima de la tela una vez, dos, mirándola a los ojos.
A ella se le abrieron los ojos como platos. Se puso roja hasta el cuello, una mancha que le bajaba desde la mandíbula hasta el escote. Y entonces lo vi: los pezones, debajo del sujetador, se le marcaron de golpe, de una forma que hasta ese momento no se marcaban.
Pero algo se rompió. Se puso la ropa de calle a toda prisa, sin doblar nada, salió del probador y agarró a su novio del brazo casi de un tirón.
—Vámonos, no me gusta este sitio.
Él, perplejo, dejó el móvil y la siguió arrastrando las bolsas. Salieron del pasillo de probadores como quien escapa.
Se acabó. Te pasaste tres pueblos.
Me quedé ahí sentado con la sangre todavía golpeándome en las sienes, intentando calmarme antes de que Lorena volviera a salir. Para mi vergüenza, no estaba arrepentido. Estaba decepcionado.
Y entonces, al cabo de un minuto largo, los vi volver.
***
Volvieron juntos. Él, otra vez con cara de aburrido. Ella, esta vez sin el brazo lleno: solo cinco o seis perchas. Todas, según pude comprobar, bikinis.
Eligió el mismo probador de antes. El novio se sentó en el mismo taburete. Y ella, esta vez, corrió la cortina menos que la primera. Mucho menos. Tanto que cualquiera que pasara por enfrente podía ver dentro si le daba la gana.
Pero el único que estaba en la primera fila era yo.
Se desnudó despacio, mirándome a los ojos. Esta vez no apartó la mirada ni una vez. Yo comprobé que el novio seguía absorto en la pantalla, metí una mano dentro del bolsillo del pantalón con disimulo y empecé a tocarme. A sus ojos era evidente lo que hacía: el movimiento de la tela me delataba sin remedio.
Cuando se quedó en bragas y sujetador, no se detuvo ahí.
Metió los pulgares por los costados del elástico de las braguitas y se inclinó hacia delante para deslizarlas hacia el suelo, despacio, dejando el culo en pompa hacia mí, en una postura de vulnerabilidad total. Desde mi taburete vi caderas anchas, un culo perfectamente redondo, el más bonito que había visto desnudo en mi vida.
Luego se enderezó, se giró del todo hacia mí y se llevó las manos a la espalda. Desabrochó el sujetador con los movimientos calculados de alguien que sabe lo que está haciendo. Soltó un tirante. Luego el otro. La pieza cayó al suelo.
Pezones rosados, pequeños, totalmente erectos. Imposible disimular que estaba excitada.
Se quedó así unos segundos eternos, desnuda en mitad del probador, sin importarle que el novio estuviera a un metro o que cualquier desconocido pasara por delante de la cortina entornada. Yo dejé que la mirada le recorriera el cuerpo entero, sin prisa: el cuello, los hombros, los pequeños pechos en punta, el ombligo, las caderas, el monte de Venus con un vello corto y cuidado, los labios vaginales hinchados y brillantes por la humedad. Las piernas fuertes, las rodillas, los pies pequeños.
Era un cuerpo proporcionado, bonito en serio, sin retoques.
Me dolía la polla de lo dura que la tenía. A ella se le había soltado la boca, los labios entreabiertos, la respiración agitada de manera evidente. En ese instante no podría haber dicho cuál de los dos estaba más al límite.
—Marina, ¿te falta mucho? —se quejó de pronto el novio, sin levantar la vista del móvil—. Llevamos toda la mañana aquí, tía.
Aquella voz la sacó del trance. Se mordió el labio, parpadeó, pareció recordar dónde estaba. Empezó a probarse los bikinis a un ritmo más normal, pero sin dejar de regalarme cada cambio: se ponía el conjunto frente al espejo girando despacio el cuerpo, se bajaba un tirante para colocárselo bien, se ajustaba la braguita del bikini deslizándose un dedo por dentro del elástico.
Mirando, siempre mirando hacia mí.
***
Lorena, mientras tanto, estaba terminando. Iba a salir de su probador en cualquier momento y a mí no me iba a quedar otra que levantarme con una erección de caballo y largarme de aquel pasillo como si nada.
Piensa. Esta ocasión no se va a repetir.
Abrí la mochila que llevaba conmigo, busqué un lápiz que tenía guardado para apuntes del trabajo y una etiqueta de cartón que había arrancado de algún regalo días atrás. Apoyé la cartulina contra la rodilla y escribí mi número de móvil. Solo el número, sin nombre, sin una sola palabra más.
Esperé a que ella volviera a mirarme. Le mostré el papel entre los dedos, sin levantarlo demasiado, y luego, con el novio a medio metro absorto en el móvil, me agaché como si me estuviera atando el cordón y dejé caer el trozo de cartón dentro de una de las bolsas de papel que él tenía a los pies.
A Marina se le abrió la boca. Cara de estupefacción pura. Cara de «esto ya es pasarse».
Justo en ese momento se abrió la cortina del probador de Lorena.
—Listo, ya tengo dos —dijo ella, ajena por completo—. Vámonos antes de que me arrepienta y vuelva a por el otro.
Me levanté, le sonreí, le devolví el ritmo habitual, y salimos del pasillo de probadores. Antes de doblar la esquina giré la cabeza una vez. Marina estaba todavía detrás de la cortina entornada, vestida ya, mirándome con una expresión que no supe interpretar.
Pagamos los bikinis, salimos del centro comercial y nos despedimos en la boca del metro. Lorena se fue para su casa y yo para la mía, todavía con la mente puesta en el papel dentro de aquella bolsa.
***
Pasaron los días. Tres. Cinco. Una semana entera.
Cada vez que vibraba el móvil miraba la pantalla pensando que sería ella. Y cada vez era el pedido de fútbol del grupo del barrio, o mi madre, o el banco. Me convencí de que el papel se había caído por el camino, o de que ella misma lo había hecho una bola en cuanto llegó a casa. Peor todavía: que el novio lo había encontrado y se había armado una buena en cuanto llegaron al portal.
Al décimo día estaba en el sofá viendo una serie cuando vibró el teléfono. Número desconocido.
Abrí el mensaje con el dedo todavía mojado de la lata de cerveza.
«Hola, ¿eres tú? Soy la chica del probador».
Tardé un segundo entero en darme cuenta de que había dejado de respirar mientras leía.
Continuará…