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Relatos Ardientes

La playa nudista donde no estábamos tan solos

La idea fue de Tomás. Llevábamos meses hablándolo entre risas, como quien comenta una travesura imposible, hasta que una madrugada de enero me sacudió el hombro y me dijo que ese día por fin iríamos. Había estudiado el mapa, había leído un par de reseñas, sabía que la cala era pequeña y que en verano se llenaba pero que de madrugada era de quienes se animaban a llegar antes que el sol.

Salimos de casa con la luz todavía azul. En el coche apenas hablábamos. Yo miraba por la ventanilla el campo amarillo, las vacas inmóviles, los carteles oxidados que indicaban el desvío hacia la costa, y notaba el corazón demasiado rápido para alguien que solo iba a la playa.

—¿Estás nerviosa? —me preguntó Tomás sin girar la cabeza.

—Un poco.

—Si quieres, nos quedamos vestidos hasta que vengan más personas.

Negué con la cabeza. No había recorrido cuarenta kilómetros para esconderme detrás de una toalla.

El sendero de bajada estaba empedrado y húmedo. Las primeras luces se metían entre los pinos y dibujaban manchas tibias en el suelo. Cuando aparecieron la arena y el mar, me detuve un segundo a mirar. La cala era exactamente como la había imaginado: una herradura corta, encajada entre dos peñascos enormes, con una franja de piedras grandes a la orilla y, más allá, una lengua de arena pálida que el viento había peinado durante la noche.

No había absolutamente nadie. Ni guardavidas, ni perros, ni huellas. Solo el ruido del mar.

Dejamos las toallas a la sombra del peñasco norte, donde el sol todavía no llegaba. Tomás se quitó la camiseta de un tirón y la lanzó sobre la mochila. Después el pantalón, sin ceremonias, como si lo hubiera hecho mil veces.

—¿Y tú? —preguntó, en calzoncillos, mirándome con esa sonrisa que conocía demasiado bien.

Me llevé las manos al borde del vestido y dudé un instante. Después tiré hacia arriba. El aire de la mañana me tocó los pechos al mismo tiempo que la mirada de Tomás. No llevaba sujetador. Me quité también las bragas, las dejé encima del vestido, y me quedé de pie, descalza, con la arena fría aún metiéndose entre los dedos de los pies.

—Eres lo más bonito que he visto a esta hora de la mañana —dijo él.

—Eres un cursi —contesté, pero me reí.

Caminamos juntos hacia el extremo sur de la cala, donde la arena se hacía más fina y las piedras dejaban paso a una pequeña duna. Era el rincón perfecto. Estaba protegido por una pared de roca a la espalda y por el peñasco a la izquierda, de manera que solo se nos veía desde el mar. Y el mar, a esa hora, estaba vacío.

Tomás se sentó en la arena con las piernas estiradas y los codos hacia atrás. Sin dejarme de mirar.

—Ven aquí —dijo.

Me arrodillé delante de él. La arena estaba todavía fresca y se me pegó a las rodillas, granos minúsculos que se metían en cada pliegue. Lo miré desde abajo, con la luz dorándole el pecho y los hombros, y sentí esa cosa rara que me pasa con él cuando todo está bien: la mezcla exacta de cariño y ganas.

Le pasé una mano por el muslo, despacio, hacia arriba. Lo tenía duro antes de tocarlo. Le besé el vientre, justo por debajo del ombligo, y oí cómo se le cortaba la respiración. Bajé un poco más. Lo lamí desde la base hacia la punta, una sola vez, lento, y volví a subir la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Por favor —murmuró.

Me lo metí entero en la boca. La piel le sabía a sal y a sol de madrugada. Cerré los ojos y empecé a moverme con un ritmo lento, ayudándome con la mano, sin prisa, escuchando el sonido del mar y el suyo, ese sonido bajo que hace en la garganta cuando se está aguantando. Tenía las piernas abiertas y la arena le crujía debajo cada vez que se removía.

El sol terminó de pasar por encima del peñasco y nos dio de lleno. Sentí el calor en la espalda, en los hombros, en la nuca. Sudaba ya, sin haber hecho casi nada. Lo solté un segundo para respirar, le besé las ingles, le pasé la lengua por las bolas. Él me sujetó el pelo con una mano, no para empujarme, solo para tenerlo recogido y poder mirarme.

—Estás preciosa así —dijo, casi sin voz.

Sonreí con la boca llena. No le contesté. Bajé una de mis manos entre mis piernas y me toqué mientras seguía con él. Estaba empapada. La piel me ardía. La idea de estar haciendo eso ahí, con la cala entera para nosotros y el cielo abierto encima, me había puesto en un estado que no recuerdo haber sentido en ningún hotel ni en ninguna cama.

El primer orgasmo me llegó por sorpresa. Aceleré la mano, le apreté la base con la otra, lo chupé con más ganas de las que pretendía. Tomás se incorporó de golpe.

—Para —dijo, riéndose—. Para o acabo ahora mismo.

Lo solté. Me limpié la boca con el dorso de la mano y me dejé caer hacia atrás, sobre la arena, riéndome también. Él se inclinó encima de mí y me besó. Sabía a sal, a mí, al aire de la mañana.

—Date la vuelta —me dijo al oído.

Me giré sin pensarlo. Clavé las rodillas y los codos en la arena, dejé la cara apoyada en los antebrazos y miré hacia el mar. Desde ahí, la cala parecía más grande. El agua, plana, casi sin oleaje. Una gaviota cruzó el cielo con un grito largo.

***

Tomás me sujetó las caderas y entró despacio. Suficientemente despacio para que se me cortara la respiración. Lo hizo en dos movimientos, como si quisiera asegurarse de que yo estuviera bien, y solo entonces empezó a empujar de verdad.

—Así —le pedí, con la voz rara.

Me agarró del pelo, lo enroscó en su mano, y me hizo arquear el cuello. La otra mano la mantenía en mi cintura. Cada embestida me empujaba un poco hacia adelante; la arena me raspaba las rodillas, me ensuciaba la cara, se me metía donde no debía, y aun así no me importaba.

Lo escuchaba detrás de mí, respirando fuerte, soltando palabras sueltas que no eran ni frases ni groserías, solo sonidos. Yo gritaba. Por primera vez en mucho tiempo gritaba en voz alta sin acordarme de los vecinos, sin medir el volumen, sin pensar en nada. Gritaba porque podía.

El segundo orgasmo fue más largo que el primero. Sentí que me caía hacia adelante y él me sostuvo con el brazo por la barriga, sin salir, sin dejar de moverse. El tercero fue casi sin pausa. Algo se rompió en mí en ese momento. No supe si reía o lloraba. Las dos cosas, probablemente.

Y entonces, mientras Tomás seguía y yo intentaba recuperar el aire, lo vi.

Un destello pequeño, blanco, en lo alto del peñasco norte. Levanté la cabeza apenas. Y lo vi otra vez. Una figura, sentada entre las rocas, allá arriba, con algo que reflejaba el sol. Unos prismáticos. O un teléfono. No lo sabía. Solo sabía que había alguien y que llevaba ahí quién sabía cuánto tiempo.

Lo primero que sentí fue vergüenza. Lo segundo, una vergüenza distinta, una que me hizo apretar las rodillas contra la arena y empujar las caderas hacia atrás, contra Tomás, con más ganas. No me reconocí en esa reacción. Pero ahí estaba, en cuatro, sobre la arena de una cala desierta, con un desconocido mirándonos desde lo alto, y lo único que quería era que él lo viera todo.

—Tomás —dije, sin girarme, sin dejar de mirar el peñasco—. Nos están viendo.

Él tardó un segundo en responder. Bajó el ritmo. Levantó la vista. Después se rio, bajito, justo detrás de mi oreja.

—¿Quieres que paremos?

—No.

Volvió a empujar, más fuerte. Tan fuerte que me empujó la cara contra los antebrazos. Yo le sostenía la mirada al desconocido del peñasco, o por lo menos a la silueta que adivinaba, y notaba cómo cada embestida me sacudía y cómo allá arriba la figura no se movía. No se escondió. No se fue. Se quedó quieto, mirando.

El cuarto orgasmo me cayó encima como una ola. Me agarré a la arena con las dos manos como si pudiera sujetarme de algo. Grité, esta vez sin disimulo, sabiendo que el grito viajaba por la cala y subía hacia el peñasco y se metía entre las rocas. Tomás se vino justo después. Lo noté en la presión repentina de su mano sobre mi cintura, en el modo en que se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, temblándole los muslos contra los míos.

Nos quedamos los dos en esa postura durante varios segundos. La respiración entrecortada, los corazones desbocados, la arena pegada a todas partes. Despacio, salió. Sentí cómo el calor le resbalaba por la cara interna del muslo, mezclado con sudor. Me dejé caer de costado sobre la arena, jadeando, riéndome sin saber por qué.

—Mira hacia arriba —le dije.

Tomás levantó la vista. El destello del peñasco había desaparecido. Tampoco se veía la silueta. Solo el cielo, ya completamente azul, y un par de gaviotas que daban vueltas a lo lejos.

—No hay nadie —dijo.

—Había alguien.

—¿Mucho rato?

—No sé. Lo vi al final.

Se tumbó a mi lado, boca arriba, con un brazo bajo la nuca. Me miró sin decir nada durante un rato largo. Después sonrió.

—¿Y te molestó?

Pensé la respuesta. La pensé de verdad. No la primera reacción de pudor ni la segunda de excitación, sino la que me quedaba ahora que el corazón empezaba a calmarse y la piel se enfriaba con la brisa.

—No tanto como debería —contesté.

Él se rio. Me pasó la mano por la cintura y me atrajo hacia su pecho. Olía a sal, a sudor, a sol.

***

Nos bañamos después. El agua estaba helada y nos arrancó un grito a cada uno cuando nos metimos hasta la cintura. Tomás me cargó en brazos como si fuéramos dos adolescentes y me dejó caer en una ola pequeña. La sal me ardió en las rodillas peladas. Me pareció lo más limpio que había sentido en años.

Volvimos a la toalla y nos secamos al sol. Hacia las once empezaron a llegar otras personas. Una pareja mayor, un hombre solo con un libro, un grupo de cuatro que se instaló al otro lado de la cala con una sombrilla naranja. Todos desnudos, todos tranquilos, todos saludando con la cabeza al pasar. Ya no había nada extraño en estar así. Tomás leía. Yo miraba el mar y miraba, de vez en cuando, el peñasco norte.

Nunca supe quién era. Si fue un excursionista que venía bajando por la cresta y se quedó pegado al borde. Si fue alguien que sabía exactamente lo que buscaba allá arriba. Si nos había seguido desde el sendero o si llevaba toda la noche esperando que alguien apareciera. Le di vueltas durante semanas. A veces, en la cama, se lo contaba a Tomás otra vez, con un detalle nuevo, con una sospecha distinta, y él me escuchaba sin interrumpirme y se reía al final.

—Te gustó —me decía siempre.

Y yo nunca terminaba de contestarle.

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Comentarios (5)

LuchoMdp

Buenisimo!!! me quede con ganas de mas

Cris_viajera

Me encanto como lo describiste, se sentia que estabas ahi de verdad. Por favor que haya continuacion!!

ElPacho_82

Me recordó a una vez que estuve en una playa naturista en el sur, aunque no tan interesante como este jaja. Muy bueno el relato

NocturnoLect

increible, uno de los mejores de la categoria voyerismo que lei en mucho tiempo

Rodrigo_Nar

Una pregunta, ¿sabian que los observaban o se enteraron despues? porque eso le da otro sabor a la historia. De todas formas muy buen relato

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