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Relatos Ardientes

Espié a mi jefe con la nueva y no pude moverme

Me llamo Marina, tengo treinta y siete años y llevo casada once. La oficina donde trabajo es uno de esos espacios abiertos de moda: islas de cuatro escritorios, sillas tapizadas en gris, ventanales que dan a la avenida. Solo cuatro lugares rompen esa planicie: el despacho de Damián, mi jefe, que tiene cinco años más que yo; la sala de juntas; los baños; y un cuartito apretado con microondas, nevera y un fregadero donde apenas caben dos personas sin rozarse.

El martes apareció la nueva. Una chica recién salida de la universidad, todavía con esa seguridad rabiosa de quien cree que el mundo le pertenece. Llevaba pantalón de licra negro pegado a las piernas, una blusa blanca con el escote justo y el pelo castaño cayéndole en ondas hasta media espalda. Caminaba sobre tacones finos, y yo no pude evitar quedarme mirando cómo las nalgas le subían y le bajaban con cada paso hasta perderse en la puerta del despacho.

Diez minutos después salió sonriendo, escoltada por Damián.

—Esta es Camila. Una chica brillante, con ganas de comerse el mundo —dijo, mirándola más de la cuenta—. Trabajará en tu departamento, Marina. Bajo tu supervisión.

Le tendí la mano. Ella me la apretó con fuerza, sosteniéndome la mirada un segundo más de lo necesario.

—Voy a aprender mucho de ti —dijo, con una sonrisa demasiado ensayada.

Yo asentí en silencio. Algo en mi estómago ya se había encendido.

***

¿Qué podía decir de Camila después de una semana? Que era lista, sí. Que tenía hambre, también. Pero detrás de esa sonrisa de portada de revista vivía una calculadora fría que medía cada palabra, cada favor, cada ausencia de los demás. Cada consejo que le daba, cada atajo que le enseñaba, cada plantilla que compartía con ella, lo guardaba en algún cajón mental para sacarlo en el momento exacto en que pudiera hacerme daño.

El momento llegó pronto. El error había sido suyo, un descuido tonto con un cliente, pero supe que la situación me iba a salpicar en cuanto la vi salir del despacho de Damián con esa sonrisita que solo le había visto a los gatos antes de abalanzarse sobre un pájaro.

—Marina, ¿puedes venir un momento? —dijo él desde la puerta.

Me levanté procurando que no me temblaran las piernas. El nudo en el estómago fue tan apretado que durante un instante me costó respirar. Crucé la oficina contando pasos para no pensar.

Damián me reprochó no haber supervisado a la nueva. Camila, al parecer, había puesto cara de cordero degollado y le había contado una versión en la que yo aparecía como una jefa ausente, esquiva y poco generosa con su tiempo. La escuché sin interrumpir. Cuando terminó, lo miré a los ojos.

—Eres un ingenuo —dije, sin pensar.

—¿Cómo dices? —Damián levantó las cejas.

—Digo que a todos los hombres se les ablanda el cerebro cuando una chica joven les sonríe. Seguro que te ha mirado con esos ojos de huérfana y te ha contado un cuento. Pero los hechos son los hechos, así que déjame que te los cuente yo, uno por uno.

Después de aquel arranque, expuse lo ocurrido con calma, con datos, con fechas. No tuve piedad. Camila no la merecía. Cuando salí del despacho, Damián tenía el ceño fruncido y la mirada perdida en una carpeta cerrada.

Más tarde, después de recibir a un cliente y de hacer un par de llamadas, lo vi salir y plantarse frente al escritorio de Camila.

—¿Vamos a por un café? —dijo.

—Yo prefiero una manzanilla —contestó ella, parpadeando despacio.

—Lo que sea —respondió él, seco—. A la cocina.

No pude evitar sonreír mientras los veía desaparecer en el cuartito. Lo tomé como una victoria. Una pequeña, pero victoria.

***

Al día siguiente, Camila estaba seria. No me dirigió la palabra en toda la mañana y yo me dejé querer por la idea de que se había llevado un buen tirón de orejas. Hasta que, a media tarde, la pillé mirándome desde su sitio con una sonrisa rara, una sonrisa que no era de derrota sino de quien sabe algo que tú todavía no sabes. Algo se me removió otra vez en el estómago, pero esta vez no era miedo. Era algo más turbio.

A las siete y media, antes de irme a casa, fui al baño. Me entretuve más de la cuenta arreglándome el pelo, repasándome los labios, alisándome la falda gris que llevaba todos los jueves. Cuando salí, la oficina estaba a oscuras. Las luces automáticas se habían apagado y solo quedaba el resplandor de las farolas atravesando los ventanales.

Solo una franja amarilla salía de un sitio: la puerta del despacho de Damián, entreabierta.

Me acerqué procurando no hacer ruido. Las suelas de mis bailarinas casi no se oían sobre la moqueta. A medio camino me detuve, sin saber muy bien qué estaba haciendo ni por qué. Pensé en darme la vuelta y marcharme. Pensé en muchas cosas durante esos pasos. Al final, ninguna de ellas me detuvo.

—Ya sabes lo que toca —oí decir a Damián, en voz baja.

Después oí el sonido inconfundible de una cremallera bajándose. Y después un gemido apagado.

Me asomé apenas, con un ojo, calculando que la rendija de la puerta me dejara ver sin ser vista.

Camila estaba de cuclillas sobre la alfombra del despacho, sin blusa y sin sujetador. Tenía la espalda recta y blanca, y el pelo recogido en un moño rápido que dejaba al descubierto su nuca. Damián estaba de pie frente a ella, con los pantalones y el bóxer en los tobillos, las manos colgando sin saber muy bien qué hacer con ellas. Tenía los ojos cerrados.

Camila chupaba sin prisa. Subía y bajaba la cabeza con una cadencia lenta, casi de aburrida, como quien hace una tarea más. Y aun así él se mordía los labios y le temblaban los muslos.

Me aparté pegando la espalda a la pared del pasillo. El corazón me golpeaba contra el esternón con tanta fuerza que estaba segura de que se oía desde dentro.

«Ya sabes lo que toca». Esa frase me daba vueltas. No era la primera vez. Ni la segunda, seguramente. La idea se armó sola en mi cabeza: ayer, los dos, en la cocina estrecha. Ese «vamos a por un café». Esa sonrisa rara de hoy. Imaginé a Damián con las manos por debajo de su blusa, apretándole los pechos contra la pared del fregadero, mientras ella le susurraba al oído lo mucho que la encendía que la tocaran en horario de oficina, con la puerta sin cerrar.

Sentí un cosquilleo bajo el vientre que no esperaba.

«¿Celos? ¿Envidia?». Tenía marido. Lo quería. Hacíamos el amor con cierta regularidad y me lo pasaba bien. Pero todo era previsible: la misma cama, la misma luz indirecta, el mismo turno de quién se ponía encima. Después un abrazo largo. Bonito, sí. Lo necesitaba, sí. Pero nada que me hiciera apretar las piernas en medio de una junta, ni que me dejara húmeda en el pasillo de la oficina como me estaba dejando ese susurro de Damián.

Me odié un poco. Odiaba a Camila por arpía, por trepadora, por usar el cuerpo como atajo. Y al mismo tiempo me la imaginaba sobre el escritorio, de rodillas en la alfombra, y me imaginaba a mí misma entrando en ese despacho y cerrando la puerta detrás de mí y obligándola a quedarse callada mientras le hacía lo que llevaba toda la semana queriendo hacerle: morderle el cuello, ponerla boca abajo, darle dos azotes en ese culo perfecto, lamerle la espalda hasta hacerla temblar.

«Basta», pensé. «Vete a casa».

Pero no me fui.

***

Miré otra vez.

Camila ya no estaba de rodillas. La habían girado. Estaba inclinada sobre el escritorio, con la falda subida hasta la cintura y el tanga corrido a un lado. Damián, detrás, se estaba colocando un preservativo con dedos torpes. La luz de la lámpara le caía sobre el flequillo y le marcaba la mandíbula apretada.

Aguardé hechizada. Ese trasero blanco, alto, todavía marcado por las costuras del pantalón. Las manos de él apoyándose en sus caderas. La línea de la espalda de ella arqueándose, anticipándolo.

Damián empujó.

Lo hizo con cuidado al principio, después más fuerte, y los muslos de Camila empezaron a chocar contra el borde del escritorio en un ritmo seco que hacía vibrar la pantalla apagada del ordenador. Ella tenía la cara girada hacia mi lado, los ojos cerrados, la boca entreabierta. No gemía fuerte: dejaba salir pequeños sonidos cortos, controlados, como si supiera que las paredes son finas y que cualquier exceso podía costarle la vida que se estaba construyendo.

Yo volví a apartarme.

Sin pensarlo, sin decidirlo, me había metido la mano por debajo de la falda. El dedo medio se me coló bajo el elástico de las bragas y encontró todo empapado. Me toqué despacio, con miedo a que se oyeran las telas, con miedo a respirar más alto de la cuenta. Me apoyé en la pared. Cerré los ojos.

Imaginé que era yo la del escritorio. Imaginé que Camila me sostenía las muñecas contra la mesa mientras Damián me embestía. Imaginé que mi marido entraba en ese momento y se quedaba en la puerta, mirando, sin atreverse a hablar.

Metí un dedo. Después dos. La humedad era tanta que casi me dio vergüenza.

Se me escapó un gemido más alto de lo que quería y el pánico me cortó el aliento. Me tapé la boca con la otra mano, esperé tres segundos eternos, escuché. Dentro del despacho, Damián seguía jadeando y Camila había empezado a soltar pequeños quejidos. Nadie me había oído.

No podía seguir allí. Si terminaban, saldrían y me encontrarían en el pasillo con la falda arrugada y la cara roja.

***

Caminé hasta el baño de mujeres procurando no correr. Cerré el pestillo con dos vueltas, me bajé las bragas hasta las rodillas, me subí la falda de un tirón y me senté en la taza con las piernas abiertas. La cerámica fría me hizo soltar un suspiro.

Volví a tocarme. Esta vez sin contención. Una mano sobre el clítoris, dos dedos de la otra dentro. La cabeza apoyada en los azulejos. Los ojos cerrados.

En mi cabeza no estaba mi marido. No estaba la cama. No estaba el ritual amable de los sábados por la noche. Estaba el ojo de la cerradura del despacho, la espalda de Camila, las nalgas de Camila, la boca abierta de Damián. Estaba la idea, nueva y horrible y deliciosa, de entrar en ese despacho la próxima vez. De que me invitaran. De que me hicieran sitio. De decir que sí.

El orgasmo llegó rápido. Casi sin avisar. Apreté los dientes para no gritar y se me escapó un ruido seco, como un hipo, que rebotó en el techo del baño. Las piernas me temblaron durante medio minuto.

Después oriné. Me sequé despacio. Me lavé las manos dos veces. Me miré en el espejo: el rímel intacto, el carmín casi entero, los ojos brillantes de una forma que no me conocía.

Salí del baño con el bolso al hombro. La oficina seguía a oscuras. La puerta del despacho de Damián estaba ahora cerrada del todo, y por debajo ya no salía luz.

En el ascensor me crucé con el limpiador, que me saludó con un cabeceo. Yo le devolví el saludo sin abrir la boca, por miedo a que la voz me delatara.

En el coche, antes de arrancar, me quedé un rato mirando el volante. Mañana volvería. Camila estaría en su sitio, con su sonrisa de portada, y Damián fingiría que no había pasado nada. Yo también fingiría. Pero algo, dentro de mí, ya había cambiado de sitio para no volver.

«No vas a volver a mirar», me dije.

Y supe, mientras lo decía, que era mentira.

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Comentarios (5)

Voyeur_Cba

que buenisimo!!! me dejó sin palabras

RamonVzla

jaja me quedé con ganas de saber qué pasó despues. segunda parte porfa!

curiosohector

me recordó a una situacion parecida que me pasó en el trabajo... uno nunca sabe lo que pasa detrás de esas puertas cerradas

Martina_Rdz

el titulo lo dice todo jajaja, tremendo relato

Elena_Mdz

muy bien narrado, se nota que sabés crear tensión. enganche desde el primer parrafo

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