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Relatos Ardientes

Lo que el taxista vio en el retrovisor esa noche

Tomás llevaba años cultivando una forma muy particular de relación: nada de etiquetas, nada de promesas a largo plazo. Salía con varias chicas a la vez, todas sabían de las otras, y ese acuerdo le había evitado más de un drama. Entre ellas estaba Camila, una morena bajita de ojos enormes y risa fácil con la que llevaba más de un año saliendo, y con la que compartía una afición muy concreta: que los miraran.

No era exhibicionismo del puro. Era el placer raro y específico de saber que alguien, desde lejos, estaba mirando sin permiso. Y en eso los dos coincidían como en pocas otras cosas.

Esa noche Camila había quedado en pasar por casa de Tomás al salir del trabajo. La idea era simple: una película, dos copas de vino y, en algún momento de la madrugada, terminar de la única forma en la que solían terminar: con ella a cuatro patas y él cogiéndosela hasta dejarla sin voz. Pero a Tomás le gustaba subir la apuesta. Siempre le ponía un reto.

—Esta noche venís sin ropa interior —le había escrito por la mañana—. Vestido o falda, lo que prefieras. Si alguien ve algo, mejor para él.

Camila releyó el mensaje en el espejo del baño de la oficina. Sonrió. No era la primera vez que le pedía algo parecido, pero seguía dándole ese vuelco en el estómago que tanto le encantaba. Sintió que el coño se le humedecía ahí mismo, apoyada contra el lavabo, de solo imaginarse la escena.

Cuando llegó a su casa, eligió un vestido negro corto que le terminaba un palmo por encima de la rodilla, con un escote en V que dejaba a la vista la parte alta de los pechos. Encima se puso un abrigo largo que cubría exactamente lo mismo que el vestido, ni un centímetro más. Se maquilló con cuidado: labial rojo discreto, los ojos marcados. Se perfumó detrás de las orejas, en las muñecas y, casi sin pensarlo, también entre los muslos, pasándose el dedo por los labios del coño depilado, sintiéndose ya mojada antes de salir.

Llamó al taxi de siempre. Don Aníbal, un señor de unos cincuenta y tantos, vecino del mismo barrio, que trabajaba solo de noche. Lo conocía desde hacía un par de años: la llevaba cuando salía tarde del trabajo, cuando volvía de alguna fiesta o cuando, como esta vez, iba a casa de Tomás. Su familia lo conocía de vista, era de confianza. Por eso lo llamaba.

El coche llegó puntual. Camila bajó a la puerta, abrigada hasta el cuello, y se sentó atrás, como siempre.

—Buenas noches, Camilita —dijo Don Aníbal por el espejo—. ¿A lo de siempre?

—A lo de siempre —respondió ella, cruzando las piernas con mucho cuidado—. Gracias.

El taxi arrancó. La conversación se dio sola: el clima, el trabajo, la sobrina de Don Aníbal que estaba por casarse. Camila contestaba en automático, atenta a las luces que pasaban por la ventana, hasta que sintió el teléfono vibrar dentro del bolso. Lo había dejado a su lado, sobre el asiento. Era Tomás.

Se inclinó para alcanzarlo. Un movimiento mínimo, descuidado, de los que cualquier mujer hace mil veces al día sin pensarlo. Pero el vestido era corto y ella iba sin ropa interior, y al estirarse, las piernas se le separaron apenas un par de centímetros. Lo suficiente.

Lo notó por el espejo. Don Aníbal había movido el retrovisor. No mucho. Apenas un ajuste con dos dedos, como quien acomoda algo sin importancia. Pero ahora apuntaba más abajo. No a su cara.

—Hola —contestó ella, fingiendo no haber notado nada.

—¿Estás ya en el taxi? —preguntó Tomás del otro lado.

—Sí, voy en camino.

—¿Te vio el coño ya?

Camila se mordió el labio. Volvió a mirar el espejo, casi de reojo. Los ojos de Don Aníbal estaban firmes en la carretera. Demasiado firmes, como quien se esfuerza por aparentar que no está mirando lo que sí está mirando.

—Creo que no —dijo ella primero, pero entonces el espejo se ajustó otra vez, un milímetro más abajo—. Espera. Sí. Sí, ya.

Del otro lado se hizo un silencio breve y denso. Cuando Tomás volvió a hablar, se le notaba la voz un tono más grave.

—Abrí las piernas. Dejale ver todo. Que se le ponga la verga dura al viejo. Y cuando llegues acá te lo cojo pensando en eso.

Camila se rió bajito. Sintió cómo el coño se le apretaba solo al escucharlo. No respondió.

—Te veo en un rato —murmuró, y cortó.

***

El silencio del taxi se volvió otra cosa. Don Aníbal carraspeó, buscó tema.

—Y dígame, Camilita, ¿hace frío afuera? La ventana del taxi siempre engaña.

—Bastante —respondió ella.

Y mientras hablaba, como si necesitara acomodarse, descruzó las piernas y se removió en el asiento. Esta vez fue deliberado. Lento. Las rodillas se separaron mucho más de lo que cualquier descuido podría justificar, y el dobladillo del vestido subió otro par de centímetros con el movimiento. Camila apoyó la cabeza contra el respaldo y miró por la ventana, como si la postura fuera la más cómoda del mundo. Debajo del vestido, el coño le quedó completamente al aire, los labios ya hinchados y separados, brillantes.

El espejo se movió otra vez. Don Aníbal lo ajustó con los dedos, fingió revisar el tráfico de atrás, pero la mirada le volvió enseguida al espacio entre las piernas de ella. Y ahí lo encontró: nada de ropa interior, la piel completamente depilada, pálida, iluminada a intervalos por las farolas que pasaban por encima del coche. El clítoris hinchado asomando entre los labios como una pequeña perla rosada, el agujero del coño abriéndose y cerrándose apenas con la respiración.

Camila lo sintió. Sintió la mirada como se siente el aliento de alguien muy cerca de la nuca. Y como cada vez que la miraban así, sin permiso pero también sin que ella se opusiera, el cuerpo le respondió antes que la cabeza. Un calor leve entre los muslos. Una humedad mínima al principio, después no tanto. Se le empezó a escurrir un hilo de flujo por la raja del culo, empapándole el asiento.

Cada vez que pasaban bajo una farola, el haz de luz le iluminaba el sexo desnudo durante medio segundo. Y cada vez, la humedad brillaba un poco más. Don Aníbal lo veía. Camila sabía que lo veía. Y no cerró las piernas. Al contrario: bajó una mano al muslo, como distraída, y con la punta del índice se rozó un labio del coño. Solo un roce. Después subió la mano al vestido y se la limpió despacio, sabiendo que él la estaba mirando en el espejo con la boca entreabierta.

—¿Le molesta si abro un poco la ventana? —murmuró ella—. Me está dando calor.

—No, no… para nada —respondió Don Aníbal con la voz espesa.

Camila se llevó los dedos al escote y se tiró de la tela hacia abajo, como buscando aire. El vestido cedió del todo y una teta quedó afuera, el pezón oscuro y duro apuntando al espejo. Ella hizo como que no se daba cuenta. Se la acomodó despacio, apretándose el pezón entre dos dedos al meterla otra vez, un gesto que duró más de la cuenta.

El coche siguió por la avenida, semáforo tras semáforo. Don Aníbal hablaba cada vez menos. Carraspeaba más. En algún momento bajó una mano del volante; Camila alcanzó a ver por el reflejo cómo se acomodaba el bulto duro debajo del pantalón, apretándoselo con la palma sin poder disimularlo. La verga se le marcaba clarita contra la tela, gruesa, torcida hacia un costado. Le bastaba con eso y con el silencio espeso que se había instalado en el coche.

Que mire todo lo que quiera, pensó, abriendo un dedo más las piernas. Que se la agarre. Que se acuerde de mi coño cuando llegue a su casa y se haga la paja pensando en mí.

***

Faltaban tres cuadras. Don Aníbal lo dijo en voz baja, casi con pena:

—Ya casi llegamos.

—Qué pena —respondió ella, sin pensarlo demasiado.

El silencio que siguió fue distinto. Era un silencio que reconocía lo que estaba pasando sin atreverse a nombrarlo.

El taxi se detuvo frente al portal de Tomás. Camila tomó el bolso, sacó un billete y se inclinó hacia adelante, entre los dos asientos delanteros, para entregárselo. El abrigo se le abrió. El escote del vestido cedió hacia abajo con la inclinación y, en lugar del tercio que se le veía normalmente, Don Aníbal tuvo a la vista los dos pechos enteros: pequeños, firmes, con los pezones oscuros y duros del frío y de todo lo demás.

Camila se quedó así más tiempo del necesario. Le tendió el billete y esperó el cambio sin moverse, mirándolo a los ojos. Don Aníbal contó las monedas con dedos que temblaban apenas, pero temblaban. Se las devolvió. Sus dedos rozaron los de ella un segundo más de la cuenta. Ella bajó un momento los ojos y vio la mancha oscura en el pantalón del viejo, ahí donde la punta de la verga se le había humedecido de tanto aguantar.

—Gracias —dijo Camila, con una voz baja que no se parecía a la de antes.

—De nada, Camilita.

Se incorporó despacio. Antes de abrir la puerta, se acomodó en el asiento, y al hacerlo abrió las piernas del todo, sin pretexto ya, mirando el espejo de frente. Esta vez Don Aníbal no disimuló. Se giró en el asiento, medio cuerpo hacia atrás, y le clavó la mirada al coño abierto. La luz interior del taxi, que se había encendido al apoyar ella la mano en la manija, dejó verlo todo con una claridad que no admitía dudas: los labios entreabiertos, brillantes, el clítoris asomado, el agujero rosado del coño empapado, una gota mínima escurriéndose despacio hacia el culo.

Camila se pasó dos dedos por la raja, lento, de arriba abajo, recogiendo el flujo. Se los llevó a la boca y los chupó mirándolo. Don Aníbal soltó un sonido ronco desde la garganta, como si se hubiera atragantado.

Camila salió del coche. Cerró la puerta sin prisa. Después caminó hasta la ventanilla del copiloto, se agachó y golpeó el cristal con los nudillos. Don Aníbal bajó la ventana.

—Buenas noches —dijo ella, y el escote volvió a abrirse con la inclinación, dejándole ver las tetas enteras otra vez, colgando hacia adelante, los pezones duros a un palmo de su cara.

—Buenas… buenas noches —tartamudeó él, sin disimular que le estaba mirando los pechos directamente. Tenía una mano en el regazo, apretándose la verga a través del pantalón.

Camila sonrió, se enderezó y caminó hacia el portal moviendo el culo más de lo necesario. Detrás de ella, el taxi tardó un rato largo en arrancar.

***

Tomás la esperaba en la puerta, apoyado contra el marco, con una sonrisa que decía que llevaba un rato así. La vio acercarse, vio el rubor en las mejillas, vio que se había abierto el abrigo lo suficiente para que él notara los pezones marcados a través de la tela del vestido.

—Cómo te dejó —murmuró cuando ella llegó hasta él.

Camila no respondió con palabras. Le pasó una mano por el cuello, lo besó en la boca con una intensidad que era casi violencia, metiéndole la lengua hasta el fondo, y mientras lo besaba le bajó la otra mano hasta entre las piernas. Lo encontró duro debajo del pantalón, la verga hinchada y palpitante contra la palma. Se la apretó por encima de la tela, midiéndosela, y sonrió contra sus labios.

—Entramos —dijo en voz baja—. Te lo cuento todo. Con detalles. Mientras me la metés hasta el fondo.

Tomás abrió la puerta sin soltarla. Adentro, antes de cerrar, Camila se asomó un segundo a la calle. El taxi de Don Aníbal seguía estacionado en el mismo sitio. Las luces interiores apagadas. La silueta del conductor inmóvil al volante, salvo por el movimiento repetido y frenético del brazo derecho sobre el regazo.

Sonrió. Cerró la puerta.

Tomás no la dejó llegar ni al sofá. La agarró del pelo apenas cerró la puerta, la empujó contra la pared del recibidor y le levantó el vestido de un tirón hasta la cintura. Le metió dos dedos en el coño de una vez, hasta los nudillos, y Camila gimió alto contra su boca al sentir cómo la abrían.

—Estás empapada, hija de puta —le dijo él al oído, moviéndole los dedos adentro con fuerza, sacándolos y metiéndolos con un ruido húmedo que se escuchaba en todo el pasillo—. Chorreando. ¿Todo esto te lo puso el viejo?

—Todo —jadeó ella—. Me miraba el coño en el espejo. Todo el viaje. Se le puso la verga dura. Le vi la mancha en el pantalón.

Tomás gruñó y le mordió el cuello. Le sacó los dedos empapados del coño y se los metió a ella en la boca. Camila se los chupó entera, saboreándose, mirándolo a los ojos mientras se los lamía uno por uno.

—De rodillas —le ordenó él.

Camila se dejó caer al suelo sin dejar de mirarlo. Le desabrochó el cinturón con las dos manos, le bajó el pantalón y el bóxer de un tirón, y la verga de Tomás le saltó a la cara, dura, hinchada, con una gota de líquido preseminal en la punta. Camila sacó la lengua y se la recogió despacio. Después se la metió entera en la boca, hasta el fondo, sintiendo cómo le golpeaba la garganta.

—Así, así, mamámela toda —jadeó Tomás, agarrándola del pelo con las dos manos y empezando a follarle la boca al ritmo que él quería.

Camila se dejó hacer. Los ojos se le llenaron de lágrimas por las arcadas, la saliva le chorreaba por la barbilla hasta las tetas, pero no paró. Le agarró los huevos con una mano y se los apretó despacio mientras seguía chupando. Con la otra mano se bajó al coño y empezó a frotarse el clítoris, gimiendo contra la verga que tenía metida en la boca.

—Basta, que me corro —dijo él, sacándosela de golpe—. Quiero cogerte primero.

La levantó del pelo, la giró contra la pared y le abrió las piernas con la rodilla. Le agarró las caderas y le clavó la verga en el coño de una sola embestida, hasta el fondo. Camila gritó, arqueando la espalda, apoyando las manos contra la pared para no caerse.

—Sí, así, cogeme fuerte —le suplicó—. Como si fueras él. Como si el viejo del taxi hubiera subido conmigo.

Tomás la agarró del pelo con una mano y de la cadera con la otra, y empezó a metérsela con todo, embistiéndola con golpes secos que hacían chocar el culo de ella contra su pelvis con un sonido húmedo y rítmico. Cada vez que la penetraba hasta el fondo, Camila soltaba un gemido ronco.

—Contame —jadeó él sin dejar de cogérsela—. Contame lo que le mostraste.

—Todo… le mostré todo —gimió ella entre embestidas—. Abrí las piernas del todo… le enseñé el coño abierto… le enseñé las tetas cuando me agaché… se agarraba la verga en el volante… ay, así, más fuerte… se la agarraba y me miraba…

Tomás gruñó y la sacó de la pared. La empujó al sofá del salón, la puso a cuatro patas sobre los cojines y le volvió a meter la verga por atrás, agarrándola de las caderas con las dos manos. Le pegó una nalgada fuerte que le dejó la marca roja en el culo blanco.

—Puta —le dijo—. Puta calentapollas. Se la pusiste dura al viejo y me venís a cobrar a mí.

—Sí… soy tu puta… tu putita… cogeme más… —jadeaba Camila con la cara contra los cojines, el culo bien alto, dejándose follar a un ritmo cada vez más brutal.

Tomás le mojó el pulgar en el flujo que le chorreaba del coño y se lo apoyó en el culo, presionando despacio hasta metérselo entero. Camila gritó y se apretó contra él.

—Me vas a hacer correr así —gimió ella—, con la verga en el coño y el dedo en el culo, me vas a hacer correr…

Tomás aceleró. Le agarró el pelo, tirándole la cabeza hacia atrás, y le metió la verga con toda la fuerza que tenía, una embestida tras otra, sin parar. Camila empezó a temblar entera, el coño se le apretó contra la verga como un puño, y se corrió gritando contra los cojines, con espasmos que le sacudían las caderas y le hacían mojar los muslos y el pantalón de él.

—Adentro… corrite adentro… —le suplicó todavía temblando.

Tomás gruñó, la agarró fuerte de las caderas, y se corrió a chorros dentro del coño de ella, empujándose hasta el fondo con cada latigazo de semen, llenándola. Se quedaron así unos segundos, jadeando, él encima de ella, la verga aún metida y palpitando adentro.

Cuando Tomás por fin se retiró, un hilo espeso de corrida le empezó a escurrir a Camila por los muslos, cayendo despacio sobre el sofá. Ella se giró boca arriba, con las piernas abiertas, y se pasó dos dedos por el coño empapado. Se los metió en la boca y los chupó lentamente, mirándolo.

—La próxima vez —murmuró todavía sin aliento—, la próxima vez llamo al mismo taxi. Y dejo que suba.

Tomás sonrió, se dejó caer a su lado y le mordió un pezón. Ninguno de los dos dijo nada más. No hacía falta.

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Comentarios(8)

FanaticoDeLaNoche

excelente!!! de lo mejor que lei en esta categoria

Marcos_BsAs

Por favor que haya una segunda parte, con lo bien que narraste la tension no puedo quedarme asi

NellyR77

Jaja esto me recordo a una vez que tome un remis de madrugada, nada tan excitante como esto pero algo parecido. Muy bueno el relato!

Fernanda_sur

increible, se me hizo cortisimo

ViajeroNocturno

Lo del espejo retrovisor le da un morbo especial a toda la historia. Muy bien pensado.

LectorNoc88

Me quede con curiosidad... el taxista era conocido de ella desde antes o fue un encuentro completamente random? igualmente buenisimo

TaxiNoche22

jaja ahora cada vez que tome un taxi voy a estar pensando en esto, gracias por arruinarme los viajes jajaja

Ramiro1987

La narrativa tiene un ritmo muy bueno, no se hace pesado en ningun momento. Segui publicando por favor

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