Mi novio aceptó que alguien nos mirara en el hotel
El mensaje me llegó al mediodía, mientras tomaba un café en la oficina y trataba de no pensar en otra cosa que no fueran las planillas abiertas en la pantalla. Lo abrí debajo del escritorio, como una adolescente.
—Nene, en quince minutos llego al hotel. ¿Querés venir? —escribí.
La respuesta de Mateo tardó un segundo en aparecer.
—Ey, sí. Avisame cuando estés.
—Perfecto. Tengo una sorpresa para los dos.
—Espero que sea lo que estoy pensando…
No le contesté con un emoji ni con una promesa. Dejé el celular boca abajo sobre el escritorio y volví a las planillas. La sorpresa que tenía preparada no se parecía en nada a lo que él estaba imaginando, y esa diferencia era la mitad del juego.
***
La habitación daba a una calle interna, sin ruido, con una ventana grande que filtraba la luz dorada de las cinco de la tarde. Había pedido la suite del séptimo piso a propósito: era la única con un sillón ancho en el rincón, lejos de la cama, en el ángulo justo para no estorbar y verlo todo.
Me puse el conjunto que había comprado dos semanas antes y que no había estrenado: bombacha, corpiño y portaligas color borgoña, con detalles de encaje negro. Las medias finas, casi transparentes. Los tacos altos. Me miré en el espejo del baño y pensé que tenía cara de estar tramando algo. Lo estaba.
Sebastián llegó primero. Le abrí sin decir demasiado, le señalé el sillón con la barbilla y le serví una copa del vino blanco que ya esperaba en la hielera.
—¿Tenés claras las reglas? —le pregunté, mientras me ajustaba la media derecha.
—Mirar y nada más —dijo él, sin sonreír—. Lo charlamos diez veces, Camila. No me muevo de acá.
—Si en algún momento él te dice que te vayas, te vas. Sin preguntar.
—Sin preguntar.
Lo dejé acomodado, con la copa en la mano y los ojos ya fijos en mí. No había nada incómodo en su mirada, y eso era lo que más me gustaba de él: miraba como quien estudia, no como quien pide.
***
Mateo golpeó la puerta unos minutos después. Le dije que pasara sin levantar la voz, y la cerradura cedió enseguida.
La primera reacción fue exactamente la que esperaba. Sus ojos recorrieron la lencería, los tacos, el pelo recogido en un rodete flojo. Sonrió como sonríe cuando algo le gusta sin que pueda disimularlo.
—Camila…
Y entonces giró la cabeza. Vio a Sebastián. La sonrisa se le quedó congelada en la cara y el cuerpo entero se le tensó hacia atrás, como si fuera a darse vuelta y salir por donde había entrado.
Lo agarré del brazo antes de que la puerta terminara de cerrarse.
—Ey, ey. Quedate un segundo.
—¿Quién es?
—Se llama Sebastián. Y antes de que pienses cualquier cosa: no es un trío. Solo viene a mirar.
—¿A mirar?
—Sin tocar. Sin hablar. Solo a mirar.
Lo sentí dudar. Le pasó el peso de un pie al otro, miró otra vez al sillón, miró a Sebastián, que ni siquiera había movido la mano que sostenía la copa.
—No sé, Cami. No era lo que yo me imaginaba.
Lo solté. Di un paso hacia atrás y giré la cabeza hacia el sillón.
—Sebastián, perdoname. No va a poder ser. Otra vez será.
Sebastián asintió y se inclinó para apoyar la copa sobre la mesa baja, sin protestar.
—Esperá —dijo Mateo—. Esperá. Dejalo.
Lo miré por encima del hombro.
—¿Seguro?
—Si te digo ahora que se vaya, voy a pasar todo el fin de semana pensando en qué me hubiera pasado si se quedaba. Que se quede.
Le pasé una mano por el cuello y le besé el costado de la boca.
—Gracias, amor. No te vas a arrepentir.
Sebastián volvió a tomar la copa y se hundió en el sillón. No miró ni una vez a Mateo a los ojos. Miró todo lo demás.
***
Le ofrecí una copa a Mateo, pero negó con la cabeza. Tenía la mirada todavía atrapada entre el sillón y yo, como si calculara cuánto le iba a costar olvidarse de que había un tercero respirando en el mismo cuarto.
—Mirame —le dije—. Solamente a mí. Olvidate del resto.
Lo agarré del cuello de la camisa y le di un beso chiquito, apenas un roce. No lo solté. Volví a apoyar los labios sobre los suyos, esta vez con la boca abierta, y lo sentí ceder. Sus manos buscaron mi cintura, después la curva baja de la espalda, después las nalgas, y me apretó contra él hasta que no quedó aire entre nuestros cuerpos.
Le pasé la lengua por el mentón, lenta, hasta la punta de la nariz. Me miró con esa cara de hambre que pone cuando ya se olvidó de pensar.
—A la cama —murmuré.
Sebastián se acomodó en el sillón sin un crujido. No movió un músculo más allá del necesario para apoyar la copa.
Empujé a Mateo hasta que cayó sentado sobre el colchón, y me trepé encima. Le hablé al oído mientras le desabrochaba la camisa, botón por botón.
—No pienses en él. Pensá en mí.
—Haceme olvidar que está acá.
Le bajé la cremallera del jean y le rescaté la verga del bóxer. No estaba dura todavía. Estaba cohibido, y se notaba.
—Tranquilo —le dije, y me la metí en la boca antes de que tuviera tiempo de contestarme.
La primera pasada fue larga, todo el largo de la lengua desde la base hasta la punta. La sentí responder enseguida. La segunda pasada bajé apretando los labios y subí con la boca floja, dejándola húmeda. A la tercera ya estaba dura.
—Así, así, así —jadeó—. Comela.
Le sumé la mano izquierda, una paja lenta, y bajé con la boca a los huevos. Lo escuché soltar el primer gemido real, ese que se le escapa sin permiso. Levanté los ojos. Estaba mirando a Sebastián. Y sonreía.
Le pedí que se sentara contra el respaldo. Le terminé de sacar la camisa, el pantalón, el bóxer. Me trepé otra vez. La verga le quedó atrapada entre mis labios, contra el estómago, mojándole la piel. Me froté despacio, hacia adelante y hacia atrás, sin metérmela todavía. Quería que se la imaginara antes de sentirla.
Se incorporó, me llevó las dos manos al corpiño y lo desabrochó con una habilidad que solo se consigue con práctica. Las tetas le cayeron en la cara como si las hubiera estado esperando todo el día. Me las chupó una y otra, me dio mordiscos chiquitos en los pezones, me clavó los dientes en un costado y me hizo gritar.
—Marcame —le dije—. Quiero que mañana, cuando me cambie, las vea.
Me clavó los dientes otra vez, más fuerte. Repitió en el otro pecho. Repitió en el primero.
Me levanté apenas y me la metí. Despacio, todo el largo de una sola vez, hasta sentarme encima. Empecé a moverme, adelante y atrás, lento, con un ritmo que no buscaba el orgasmo sino la espera.
—Comeme las tetas mientras me movés.
Literalmente metió la cara entre ellas y me agarró de las caderas. Marcó el ritmo él, suave, adictivo, perfecto. Yo lo dejaba hacer.
Miré de reojo a Sebastián. Había deslizado una mano debajo del cinturón. No la sacaba. No se la veía. Solo el bulto del antebrazo en movimiento, lento, igualando el ritmo nuestro.
—Te está mirando —le susurré a Mateo.
—No me importa —dijo él, pero las caderas se le aceleraron solas.
***
—Tengo ganas de cogerte el culo —me dijo, sin sacar la cara de mis tetas.
Me quedé quieta encima.
—¿Te animás con él mirándonos?
—Si vos querés, yo encantado.
Me bajé de él, fui hasta la mesita de luz, saqué el gel. Cuando me di vuelta, Mateo estaba parado al borde de la cama, arrodillándose para sacarme la bombacha. No me sacó las medias ni los tacos. Me lo pidió expresamente.
—Dejate esto puesto. Y esto. Pero la bombacha la sacamos.
La bombacha quedó en el suelo, hecha un nudo de encaje. Lo siguiente que me dijo no me lo dijo mirándome a mí. Le habló al sillón.
—Ponete en cuatro patas, Cami. Para él.
—¿Seguro?
—Quiero que no se pierda un solo gesto de la cara que vas a poner.
Me arrodillé sobre la cama y le di la espalda. Apoyé los antebrazos en el colchón, las rodillas separadas, los tacos colgando del borde. Sebastián seguía con la mano debajo del pantalón, ahora sin disimular.
Mateo se arrodilló detrás de mí y me comió desde atrás. La lengua entró sin aviso, larga, y me arrancó un sonido que no había planeado.
—Ahhh…
Después fue la verga. La apoyó en la entrada y entró de una. Yo ya estaba demasiado mojada para que costara.
—Ahh, nene, ahhh.
Sentí el frío del gel en el culo. Me masajeó con los dedos, despacio, y me metió uno. Lo sacó, lo metió, lo sacó. Movimientos circulares, sin apuro. Me pajeaba el culo con una mano mientras me cogía la concha con la verga.
—Estás receptiva, Cami. Estás cachondísima.
—Me pone a mil que él nos esté mirando. Ahhh.
—Te meto el segundo.
Entró sin resistencia. Yo ya estaba lista, y los dos lo sabíamos.
—Lista. Estás abierta.
Sentí el vacío de la verga unos segundos en la concha. Después la punta apoyada en el ano. Más gel, frío otra vez, escurriendo. Y empujó.
—Ahhh, sí. Qué gorda que la tenés.
—Me quiero correr acá adentro. Llenarte el culo.
—Sí. Sí, hacelo.
Empezó lento. Lentísimo. Me agarró el pelo y se lo enredó en el puño, tirando justo lo suficiente para hacerme arquear la espalda. Después fue acelerando.
—Sos una perra. Sos mi puta argentina.
—Soy tu puta. Me encanta cómo me estás cogiendo.
—Gemí, dale. Gemí fuerte.
—Ahh, sí. Sí, sí.
Me llevé la mano al clítoris y empecé a frotar. Sentí el primer aviso del orgasmo subiéndome desde adentro, una corriente que no iba a poder frenar.
—Estoy a punto. Lléname.
—¿Toda adentro?
—Toda adentro.
—Tres… dos… uno.
—Dejate ir, nene.
—Ahhh.
Acabé yo primero, con un grito que llenó media habitación. Él aguantó dos embestidas más y se vino arriba mío, hundido hasta el fondo, agarrándome el pelo todavía. Desde el sillón escuché un jadeo corto, controlado, y supe que Sebastián también se había venido.
Los tres, en menos de diez segundos.
***
Me dejé caer boca abajo sobre el colchón y Mateo cayó arriba mío. Me besó la espalda hasta que la verga se le salió sola. Me dio un chirlo y me pidió que la largara. Lo hice. Se rio al ver cómo salía.
—Acabé mucho —me dijo—. Mostrame.
Agarró el celular y me grabó un video corto. No le pregunté qué iba a hacer con él. No me importaba.
—Vamos a bañarnos —me dijo, dándose vuelta hacia el baño.
Llegando a la puerta del baño se giró. Miró a Sebastián, que seguía en el sillón, todavía con la copa medio llena en la mano.
—¿Vos no venís?
Lo miré sorprendida. Mateo bajó la voz, pero no tanto como para que el otro no escuchara.
—Cami, quiero verte empalada por dos vergas. Una vez. Solo una. Y que quede claro —dijo, mirando ahora directamente al sillón—: este culo es solo mío, Sebastián. ¿Estamos?
Sebastián asintió desde el sillón. Apoyó la copa con cuidado y se puso de pie, sin apuro, como si toda la tarde hubiera sido un ensayo para ese momento.
Mateo me agarró del culo y me empujó suave hacia el baño.
—La sorpresa la trajiste vos —me dijo al oído—. La segunda parte la pongo yo.