Me dejé mirar en un portal de Valencia esa noche
No sé en qué instante decidí escapar, pero esa mañana de jueves desperté con la certeza de que, si pasaba una hora más frente al monitor, iba a explotar. Llevaba meses encadenando reuniones, propuestas urgentes y llamadas a deshoras; el estrés me había secado por dentro. Tiré cuatro cosas en una maleta de cabina, agarré las llaves del coche y enfilé hacia el sur por la A-7.
El cielo estaba abierto y limpio, sin una sola nube. Llevaba un short tejano y un crop top blanco que ya no aguantaba un lavado más. Subí el volumen del estéreo —una mezcla de bachata y reguetón lento— y dejé que el aire entrara a manos llenas. Con cada kilómetro sentía cómo algo se me iba desatando en los hombros, en la mandíbula, en el vientre.
Cerca de Sagunto, un coche se cruzó sin mirar y tuve que frenar de golpe. La Coca-Cola que llevaba en el portavasos saltó entera y aterrizó sobre mi pecho. El líquido frío me empapó el top blanco y se deslizó por los muslos hasta el asiento.
—Joder… —dije, mirando el desastre.
Unos kilómetros más adelante me orillé en el arcén. Los camiones pasaban a un metro escaso, sacudiendo el coche. Saqué del maletero un vestido beige de lino, ligero, tan fino que a cierta luz se transparentaba, y me pasé al asiento trasero para cambiarme. Cerré las puertas, aunque sabía que cualquiera que pasara despacio iba a ver algo.
Abrí un paquete de toallitas y empecé a limpiarme. Primero el cuello, después los pechos. El roce frío sobre los pezones endurecidos me arrancó un gemido bajo que ni yo me esperaba. Seguí pasando la toallita por debajo de los senos, por el ombligo, bajando hacia los muslos. La piel me ardía con un calor que no venía del sol.
Abrí las piernas un poco para limpiarme mejor y, en el movimiento, los dedos rozaron mis labios. Solté otro gemido, esta vez más largo. Estaba húmeda. Pegajosa. Y los camiones seguían pasando.
Imaginé por un instante a un conductor mirando desde su cabina, viendo la silueta de mi cuerpo en el asiento trasero. La idea me encendió tanto que me obligué a cerrar las piernas y respirar hondo.
Aquí no.
Me quité el short y el sostén, los tiré sobre el asiento y me deslicé el vestido sin nada debajo. El lino me erizó la piel de pies a cabeza. Cerré la maleta, volví al volante y retomé el camino. Cada kilómetro era distinto: la tela rozando los pezones, la brisa colándose entre las piernas, el cuero del asiento contra mi piel desnuda.
***
El cartel de bienvenida a Valencia apareció cuando el sol empezaba a inclinarse hacia el mar. Bajé las ventanas y el aire salado se metió bajo el vestido como una mano curiosa. Me mordí el labio.
Aparqué cerca del hotel, en una calle paralela al Paseo de Neptuno, y arrastré la maleta de ruedas por la acera. Cada paso era un pequeño escándalo privado: el lino se me pegaba al cuerpo, los pezones marcaban la tela y el viento se colaba entre mis piernas. Al cruzar el lobby, el aire acondicionado me golpeó como un balde de agua fría.
La recepcionista era joven, rubia, con los ojos celestes y un uniforme ajustado. Me sonrió antes de que llegara al mostrador.
—Bienvenida, ¿tiene reserva?
—Sí, a nombre de Camila —respondí, apoyándome en el mostrador. Sin sostén, los pechos se marcaron aún más bajo el lino. Vi cómo bajaba la mirada un segundo y volvía a subirla con una sonrisa tímida.
—Perfecto, señora Camila.
—Señorita —corregí, ladeando la cabeza.
Se sonrojó. Mientras buscaba mi documento, le pregunté qué me recomendaba para relajarme. Sin dudar, me habló del spa del hotel y de una masajista «que es increíble».
—¿Y tú? —pregunté—. ¿A qué hora sales?
Me sostuvo la mirada un instante más de la cuenta.
—A medianoche.
Un grupo ruidoso entró arrastrando maletas y rompió el momento. Me dio la llave y subí al ascensor, donde dos chicos altos y rubios, hablando entre ellos en alemán, no me quitaron la vista de encima durante los siete pisos. No dije nada. Me dejé mirar.
***
La habitación tenía un balcón estrecho que daba a la calle. Salí, me apoyé en la barandilla y respiré hondo. Pensé que sería fácil pasearme desnuda allí cuando cayera la noche. El deseo ya no era cosquilleo: era una vibración constante entre las piernas.
Llamé a recepción y pedí cita en el spa. Una cancelación, en treinta minutos. Perfecto.
Me duché rápido, me puse un bikini blanco diminuto —el hilo se perdía entre las nalgas— y bajé. El spa olía a azahar y a aceite caliente. Un chico de piel oscura y voz grave me recibió con un albornoz y me explicó los aceites disponibles: lavanda, azahar y uno de naranja con jazmín «para despertar los sentidos». Elegí ese último sin pensarlo dos veces.
Pasé por las duchas y entré al área de aguas calientes. Había parejas charlando, dos hombres solos apoyados en el borde, un par de chicas riendo. Bajé los escalones despacio y el agua me cubrió hasta el pecho. Apoyé los brazos en el borde, cerré los ojos y sentí cómo el bikini mojado se volvía casi invisible. Cuando los abrí, varios pares de ojos volvieron demasiado rápido al techo. Sonreí.
Salí del agua y caminé hacia el sauna con la lentitud justa para que la espalda y las nalgas se vieran bien. Después del vapor y un último enjuague, una voz suave me llamó por mi nombre.
—Señorita Camila.
Era ella. Alta, piel dorada, cabello negro recogido, labios carnosos y unos ojos verdes que parecían leerme entera. La masajista. Vestía el uniforme del spa con una elegancia que no se aprende.
—Es hora de su masaje.
La seguí por unas escaleras de madera hasta una sala con velas, música suave y una camilla cubierta de toallas. Vertió el aceite en sus manos y el aroma cítrico y dulce se expandió enseguida.
—Boca abajo, por favor.
Me tumbé y dejé que el albornoz cayera al suelo. La primera caricia caliente me arrancó un suspiro. Sus manos eran firmes, bajaban por los hombros, los costados, rozando apenas el borde de los senos. Cuando llegaron a las nalgas, mi respiración se entrecortó.
—¿Te desato el bikini? —preguntó en voz muy baja.
—Sí.
Un tirón limpio y el sostén quedó liberado. Lo mismo con la tanga. Quedé desnuda, boca abajo, temblando. El aceite resbaló por la espalda hacia las nalgas. Sus dedos amasaban, presionaban, abrían los muslos un milímetro más con cada pasada. Sabía perfectamente lo que se veía desde donde ella estaba.
—Date la vuelta.
Me giré despacio y la pillé humedeciéndose los labios. Empezó por el vientre, dibujando círculos lentos, subiendo hacia los senos. Se detuvo justo antes de los pezones. Una y otra vez, en una geometría perfecta de evitación. Yo apretaba los puños contra la camilla, mordiéndome el labio para no rogarle.
Cuando volvió a bajar, sus dedos pasaron tan cerca del pubis que sentí el calor del aceite vibrar sobre el clítoris. Y ahí, justo en ese punto, cambió de dirección y subió a masajearme el cuello como si nada hubiera pasado.
—Ya casi terminamos.
Quise protestar. No me salió la voz.
Me cubrió con una toalla con una delicadeza casi tierna y salió de la sala. Me quedé tendida unos segundos, respirando hondo, intentando que el corazón volviera a su sitio. No volvía.
***
Subí a la habitación con el cuerpo encendido. Me serví una copa de vino del minibar y salí al balcón. El cielo se teñía de naranja y violeta, las farolas se encendían una a una y el rumor del tráfico subía hasta el séptimo piso mezclado con el del mar.
Me senté en la silla, dejé la copa en el suelo y abrí las piernas. Pensé que cualquiera que levantara la vista podía verme. Esa idea fue la chispa.
Deslicé la mano bajo el hilo de la tanga y me encontré empapada. Solté un gemido y me tapé la boca con la otra mano. Empecé con círculos lentos sobre el clítoris, sintiendo cómo la respiración se aceleraba. Metí dos dedos, los saqué, volví al clítoris lubricándolo con mi propia humedad. Más rápido, más fuerte.
La ciudad seguía abajo, ajena. O quizá no. Quizá alguien, en una ventana de enfrente, sí estaba mirando. La sola posibilidad me sacudió. Mordí mi mano para ahogar el último gemido cuando el orgasmo me partió en dos.
Me quedé temblando en la silla, con la tanga corrida a un lado y la copa de vino aún sin tocar.
***
Después de aquello no podía quedarme encerrada. Me duché otra vez y me puse un vestido de gasa con transparencias, en tonos coral y verde, ceñido a la cintura y con abertura en el muslo. El estampado disimulaba lo justo: a contraluz se me veían las nalgas desnudas y el contorno del pubis. Los senos, apenas atrapados por el escote, marcaban los pezones contra la tela con cada respiración.
Bajé en el ascensor y crucé el lobby sin desviar la mirada. La noche valenciana estaba viva: turistas con la piel enrojecida, música saliendo de cada terraza, el olor del mar mezclado con frituras y vino. Caminé hasta un chiringuito grande en el Paseo de Neptuno, con guirnaldas de luces sobre la terraza.
—¿Mesa o barra? —preguntó el camarero.
—Barra.
Era joven, moreno, con una sonrisa que decía más de lo que debía. Me senté en el centro y crucé las piernas. La gasa se tensó sobre los muslos y dejó claro lo que yo ya sabía. Me incliné un poco sobre la barra para pedir, dejando que el escote se abriera. No necesitaba mirar a nadie para saber que ya me estaban mirando.
—Una copa de vino tinto.
Volvió enseguida. Sus ojos recorrían la tela sin esconder lo que pensaba.
—¿Vas a cenar? Te recomiendo el pulpo con puré de batata.
—Perfecto.
Comí despacio mientras él me miraba de reojo desde el otro extremo de la barra. Cuando terminé y pedí la cuenta, apareció con las manos vacías.
—Invita la casa. Por tu primera noche aquí.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Pasaron cinco minutos. Salió de detrás de la barra y se acercó.
—¿Bailas?
—Por supuesto. Soy latina.
Empezó a sonar una mezcla de flamenco y bachata, lenta, pegajosa. El murmullo del local quedó de fondo. Su mano firme en la cintura, mi cuerpo girando contra el suyo, el vestido moviéndose como una segunda piel. Sabía que no era el único que nos miraba.
—Eres demasiado guapa —me susurró al oído—. Demasiado.
—Tampoco tanto.
—Y graciosa. —Me apretó contra él—. Mis compañeros me odian ahora mismo.
Entre giro y giro, bajó la voz aún más.
—¿Sabes que con ese vestido se te ve todo?
Lo miré a los ojos sin parpadear.
—Sí, lo sé. Me encanta. ¿A ti no?
Sentí cómo se endurecía contra mi vientre. Su mano subió a mi cuello, bajó hasta uno de mis pechos y me besó con hambre, con lengua, sin pedir permiso. La otra mano se enredó en mi pelo y tiró de la nuca para inclinarme hacia él. Cuando nos separamos un par de centímetros, vi en sus ojos algo que ya no era educado.
Me tomó de la mano y, sin decir nada más, me sacó del local.
***
El aire de la noche nos golpeó cargado de salitre. Cruzamos la calle entre grupos de turistas que ni nos notaron y nos metimos en el portal de un edificio antiguo, dos pasos hacia dentro de la sombra. Me empujó suavemente contra la pared y volvió a besarme. Esta vez sin contención. Su mano subía por la espalda, su erección apretaba contra mi vientre.
Me bajé las tiras del escote y le ofrecí los pechos. Atrapó un pezón con los labios, después el otro, lamiendo, mordiendo despacio. Yo arqueé la espalda contra la pared y lo dejé hacer.
Entonces escuchamos pasos. Dos chicos jóvenes, tambaleándose un poco, se pararon en la entrada del portal con los ojos muy abiertos. Él giró la cabeza, agitado.
—¿Qué miráis, chavales? Largo.
Yo, sin apartar la vista de los dos intrusos, sonreí.
—Déjalos. No me molesta.
Me miró un segundo, intentando entender. Y sonrió.
—Si a ti no te molesta, a mí tampoco.
El aire se cargó. Bajé el vestido hasta dejarlo flotando en las caderas. La piel desnuda contra la piedra fría, el calor de la calle, las miradas de los tres encima de mí. Me giró hacia la pared, me sostuvo firme por las caderas, levantó el bajo del vestido y entró de un empujón. Un gemido se me escapó y su mano me cubrió la boca.
Mis ojos buscaron a los chicos. Se habían sacado los miembros y se tocaban sin disimulo. Eso me encendió todavía más.
—Por favor, no pares —rogué.
—Shhh, que nos van a oír.
—Entonces no me lo hagas tan rico.
Me solté un instante y me puse a cuatro patas sobre el suelo de baldosa fría. Él me sujetó por las caderas y siguió. Cada embestida me hacía mecer los pechos contra la nada. Les hice una seña a los dos chicos y se acercaron. Tomé sus miembros, primero con las manos y después con la boca, alternando, sintiendo el sabor salado y el pulso bajo la lengua.
—Joder, qué caliente eres —murmuró él desde atrás.
El orgasmo me llegó como un golpe seco. Me aferré al suelo y temblé entera mientras él se perdía conmigo. Después se apartó, jadeando, y los tres terminaron sobre mi pecho y mi cara. Los chicos se marcharon sin mediar palabra, como si nunca hubiéramos coincidido.
Me incorporé despacio, todavía con las rodillas temblando, y me acomodé el vestido.
—Hay una fuente a unos pasos —dijo él—. Por si quieres.
Me acompañó hasta una fuente vieja en una placita y me empapé de agua fría intentando recomponerme. El vestido mojado se volvió todavía más transparente. Él me miraba sin ningún pudor.
—Joder. Solo de verte así se me está poniendo dura otra vez. Soy Adrián, por cierto.
—Camila. Encantada.
El camino hasta el hotel fue corto. En la entrada me pidió mi número y negué con la cabeza.
—No hace falta. Que esto sea parte de la magia de hoy.
Un beso rápido y subí. Las piernas me temblaban en el ascensor, y la sonrisa no se me borró hasta que el sueño me alcanzó.