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Relatos Ardientes

El vecino que me espiaba desde su ventana

Hace unos meses dejamos el departamento del centro y nos mudamos a una casa en las afueras, en un pueblo tranquilo donde el aire huele a tierra mojada y nadie toca el claxon. Buscábamos exactamente eso: silencio, espacio, un patio donde el perro pudiera correr. La gente es amable, los vecinos un poco entrometidos, pero a cambio una respira. Después de años de bocinas y paredes delgadas, el cambio se sintió como destapar una ventana que llevaba demasiado tiempo cerrada.

Los días pasaban sin sobresaltos. Hasta que una pareja joven abrió una tiendita de abarrotes justo al costado de mi casa. Él tendría unos veintitrés, ella un par menos, y un bebé que apenas caminaba. La cercanía era una bendición: bastaba cruzar la reja para conseguir lo que faltara. Una mañana me di cuenta de que no tenía nada para el desayuno, así que salí tal como estaba, con unos shorts ajustados, un top y sandalias, porque en ese lugar el calor aprieta desde temprano.

Mientras recorría los estantes diminutos, noté que el chico me seguía con la mirada. Al principio lo atribuí a la desconfianza natural hacia la recién llegada. Pero cuando llegué al mostrador entendí que no era desconfianza. Era otra cosa. Y decidí jugar un poco, nada más para romper el hielo.

—Hola, me llevo pan tostado y un par de manzanas —le dije, mirándolo a los ojos hasta que él los apartó, nervioso.

—¿Algo más que le pueda ofrecer? —preguntó, fingiendo concentrarse en la caja.

—Por ahora no. Si olvidé algo, vuelvo. Vivo al lado —y le sonreí.

—Ya la había visto. Se mudaron hace poco, ¿verdad? —se animó a decir.

—Sí. Y no me digas «señora», que no estoy tan vieja. Soy Renata.

Aquí hago una pausa para presentarme ante ustedes, que me leen. Tengo treinta y seis años y me cuido, mitad por salud, mitad por vanidad. No voy a fingir falsa modestia: desde que tengo memoria me han dicho que soy bonita. Mido un metro sesenta y seis, mis pechos son medianos, nada del otro mundo, y la cintura me cuesta sudor y disciplina porque soy de buen diente. Lo mejor de mí está de la cintura hacia abajo: las piernas y el trasero que me robaban miradas ya desde la preparatoria. Fin de la presentación.

—Un gusto, Renata. Aquí estamos para lo que necesite —dijo el chico, recuperando un poco de aplomo.

—¿Para lo que necesite? Así lo haré. Nos vemos.

Salí de la tienda contoneando las caderas, solo para confirmar que tenía toda su atención. La tenía.

***

Un par de tardes después, estaba en la terraza de la habitación, sentada con el celular, perdida en el chismerío de las redes. De golpe sentí esa presión extraña en la nuca, la certeza de no estar sola. Sin moverme demasiado, empecé a rastrear con los ojos hasta que lo encontré: el chico, asomado a una ventana de su casa, mirándome. Al sentirse descubierto se retiró de inmediato. Esa vez no le di importancia.

Pero los días siguientes el patrón se repitió. Cada vez que salía al jardín o a la terraza, ahí estaba esa miradita furtiva, escondida detrás del visillo, asomada por la rendija de una puerta. No era una vez. Era siempre.

Durante la cena se lo comenté a mi marido.

—Vaya, tienes un admirador secreto —dijo, divertido—. No me sorprende, amor, estás buenísima. ¿Te incomoda?

—No. Al parecer lo hace por morbo, no con mala intención.

—Si no te incomoda, no pasa nada. Dale su taco de ojo, pero que valga la pena. A ver si nos consigue descuento en la cerveza —se rió.

—Si tú no tienes problema, entonces le doy función.

—Solo no me lo perviertas demasiado, pobre criatura —bromeó.

—No creo descubrirle nada nuevo. Ya ves cómo vienen estas generaciones, más sueltas.

—A la chica también la veo cuando salgo a correr y va por el pan. Tiene lo suyo.

—Ah, pillo. ¿Te gusta? —lo piqué.

—Bonita no es, pero algo tiene que llama la atención.

—¿Sus tetas, será? —dije con mi mejor cara de inocente.

—Jajaja, amor, me conoces de sobra. Son grandes para su tamaño, pero es por la lactancia. Una lástima, un día se le van.

—Pregúntale a su marido y luego me cuentas —le devolví.

—Bueno, bueno. Tal vez juegue un rato con el chico, si no te molesta.

—Claro que no me molesta. Después me cuentas con detalle cómo va el juego. Dale buen show.

Y así quedó pactado. Cada vez que iba a la tienda, el muchacho aprovechaba para escanearme de arriba abajo, y a mí no me molestaba en absoluto. Me sentía deseada, y eso alimentaba algo en mí que llevaba dormido demasiado tiempo.

***

Con los días me volví descarada. Ya tenía sus horarios estudiados, sabía a qué hora abría, a qué hora barría la entrada, a qué hora se quedaba solo tras el mostrador. Hasta preparaba la ropa según el escenario: tanga y top diminuto para la terraza, vestiditos ligeros y escotados para el jardín. Cada salida era una coreografía, y él, mi único espectador.

Una mañana fui a la tienda con toda la intención de provocarlo. Me arreglé un poco: el cabello recogido, un toque de labial, un poco de rímel. Me puse sandalias de tiras, unos leggins que no dejaban nada a la imaginación y una blusa sin sostén. Recorrí el local fingiendo buscar, giraba, me agachaba, me contoneaba, todo para que no perdiera de vista ni un centímetro de mi cuerpo. Lo tenía hipnotizado. Me acerqué al mostrador.

—¿Tienes leche fresca? Dame una —y le recorrí el cuerpo con la mirada, sin disimulo alguno.

No supo qué responder. El momento se rompió cuando su esposa entró cargando al bebé. El chico, rojo hasta las orejas, me alcanzó el cartón de leche. No desaproveché para lanzarle también una mirada traviesa a ella.

—Gracias. Que tengan linda tarde —dije, y salí sonriendo.

***

Esa misma tarde estaba en el jardín, ordenando cosas en la bodega del fondo. Del otro lado del muro que separa nuestra casa de la suya escuché ruidos: pasos cautelosos, el roce de alguien acomodándose. Fingí no notar nada, porque eso era justo lo que buscaba. Saqué el teléfono y le escribí a mi marido, que estaba dentro de la casa.

—Amor, en el jardín está mi admirador. Ven.

El muy vivo no perdió un segundo. Antes de que yo terminara de pensar qué haríamos, me abrazó por la espalda, deslizó las manos bajo mi vestido y empezó a besarme el cuello despacio, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Me giró y nos besamos con ganas, con la lengua, con esa urgencia que pocas veces nos permitíamos a media tarde.

Me subió el vestido y me bajó la tanga sin prisa. Liberó mis pechos y se entretuvo en ellos, lamiendo y mordisqueando los pezones hasta que se me erizó la piel entera. Después me dio la vuelta, se hincó detrás de mí y empezó a besarme las nalgas. Busqué con la mirada al vecino, y ahí estaba, inmóvil, observándolo todo desde su ventana. Cerré los ojos para sentir su mirada sobre mi cuerpo. Saberme observada me encendía de una manera que no sabía explicar.

Mi marido separó mis nalgas y empezó a recorrerme con la lengua. Al sentirla ahí, lenta y húmeda, no pude contener un gemido largo, deliberadamente alto. Quería que el chico lo escuchara, que no se perdiera nada.

—Así, justo así —jadeé.

Sus dedos jugaban entre mis piernas mientras su boca seguía atrás, y yo gemía cada vez más fuerte, sin pudor, regalándole sonido a mi único espectador. Entonces mi marido se incorporó de golpe, se bajó los pantalones, me tomó de las caderas y me penetró de una sola estocada.

—Más fuerte, no te detengas —le pedí entre jadeos.

Embestía sin tregua, mordiéndome el hombro, sujetándome de la cintura con un brazo mientras con la otra mano me apretaba un pezón. Abrí los ojos y volví a buscar al muchacho. Quería que supiera que yo sabía que estaba ahí, que todo aquello era para él. No estuve segura de si nuestras miradas se cruzaron, pero permaneció en la ventana, sin moverse, y eso me bastó.

Mi marido notó lo empapada que estaba y supo leer el momento. Me sujetó suavemente del cuello con una mano y con la otra me dio una nalgada que resonó en el patio.

—¿Dices que eres mía? —murmuró contra mi oído.

—Sí, soy toda tuya —respondí sin aliento.

—Entonces voy a tratarte como mereces.

Me dio otra nalgada, más firme, y yo respondí con un gemido que era mitad protesta, mitad súplica. Me tomó del cabello recogido y me guió hasta dejarme de rodillas frente a él. Me acercó su miembro a los labios.

—Límpialo —ordenó, con esa voz grave que solo usa cuando perdemos el control.

Y obedecí. Lo tomé entero en la boca, lo saqué, lo recorrí con la lengua de la base a la punta, lo volví a tragar hasta el fondo. Con una mano le acariciaba el resto mientras lo miraba hacia arriba, sabiendo que del otro lado del muro había alguien sin aire.

—Cabrona, ¿quieres más? —dijo, levantándome del cabello.

Me puso de nuevo de pie, me tomó los pechos con ambas manos y me recostó sobre la toalla que había quedado tendida en el pasto. Me levantó la pierna derecha, frotó su mano abierta contra mi sexo y volvió a penetrarme, entrando y saliendo con un ritmo que me hacía perder la cabeza. Luego me giró y me puso en cuatro, y entonces sí empujó con todo, nalgueándome, sacándola por completo y clavándola de nuevo.

—Ya me vengo, no pares —apenas pude decir entre gemidos.

El orgasmo me sacudió largo y profundo, justo cuando lo sentí terminar dentro de mí, caliente. Nos quedamos un momento tendidos sobre el pasto, recuperando el aliento. Me besó y me susurró al oído:

—Te dejo así un rato, para que tu admirador no se pierda ningún detalle.

Volvió a besarme y me abrió las piernas, dejándome expuesta al sol de la tarde y a la ventana de enfrente. Permanecí unos minutos así, acariciándome despacio, sin saber si el chico seguía ahí. Cuando me levanté, el vestido era un desastre arrugado en mi cintura, así que simplemente me lo quité. Y entonces volví a ubicarlo: una sombra que se acomodaba detrás del visillo, todavía atento.

Caminé desnuda por el jardín, sin prisa, sintiendo el aire tibio en la piel y la mirada ajena recorriéndome entera. Nunca me había sentido tan poderosa. Cuando por fin me cansé del juego, entré a la casa contoneando las caderas una última vez, cerrando el espectáculo como la actriz que decide cuándo baja el telón.

Esa noche, mientras mi marido me abrazaba en la cama, los dos nos reímos del pobre vecino y de la cara que habría puesto. Pero la verdad es que, desde entonces, cada vez que salgo al jardín, no puedo evitar mirar de reojo aquella ventana. Y a veces, solo a veces, me sorprendo deseando que vuelva a estar ahí.

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Comentarios (4)

NachoCba77

Increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

LectoraDelSur

Me encanto el detalle de la ventana, se siente super real. Sigue escribiendo asi!

Rogelio_BA

Jajaja el final me dejo sin palabras, tremendo

Toulouse

Este tipo de relatos son los que mas me gustan, que construyen tension antes de que pase algo. No es todo de golpe sino que va in crescendo. Muy bien logrado.

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