Los espiamos en la orilla y acabamos imitándolos
Hay un embalse a media hora de casa al que vamos siempre que podemos. Tiene una cala apartada, casi escondida entre los pinos, donde la gente se baña sin ropa y nadie pregunta nada. Cada verano se llena más, así que aprendimos a ir entre semana, cuando todavía se puede tener un trozo de orilla para uno solo.
Aquella tarde fuimos los tres. Yo me llamo Diego, tengo cuarenta y tantos y llevo once años con Lucía. Estuve casado antes, engordé como engorda uno cuando deja de cuidarse, y hace un par de años decidí que ya estaba bien. Entre el gimnasio y comer como una persona razonable perdí más de veinte kilos. No estoy para una portada, pero me reconozco en el espejo, y eso ya es mucho.
Lucía es la guapa de los dos, sin discusión. Bajita, melena lisa color canela, ojos verdes y una piel tan clara que se quema con mirarla. Tiene los pechos grandes y firmes, una cintura estrecha que ella dice que es demasiado para su talla, y unas caderas que a mí me vuelven loco. Donde vamos atrae miradas de hombres y de mujeres por igual, y a ninguno de los dos nos importa de dónde vengan: somos bisexuales y lo disfrutamos tal cual.
La tercera de la historia es Nuria, amiga de Lucía desde la universidad y compañera suya de trabajo. Después de un divorcio y con un hijo pequeño se fue acercando a nuestro pequeño mundo, primero con timidez y luego con ganas. Es morena, con el pelo liso hasta los hombros, gafas y una sonrisa que no se le borra nunca. Delgada, de pecho pequeño con unos pezones que se endurecen a la mínima, y un culo redondo y respingón que cuando se inclina deja un hueco entre los muslos.
Salieron las dos del trabajo a la misma hora. Yo había quedado en recogerlas con algo de comer para irnos directos al embalse. Al final, cuando Nuria se enteró del plan, preguntó si la llevábamos. Por supuesto que sí. Le metí en el coche una toalla de más, porque ella ya sabía que era zona nudista y no hacía falta bañador.
***
Llegamos y estábamos prácticamente solos, que es lo bueno de ir un martes. Nos desnudamos enseguida y colocamos las toallas en el rincón donde los pinos casi te tapan y desde el camino no se ve nada.
—Joder, Diego, pero cómo te has puesto —soltó Nuria nada más verme sin ropa.
—¿Qué pasa ahora? —pregunté.
—Lucía me había dicho que habías adelgazado, pero no me imaginaba tanto. Estás otro.
—Veintidós kilos, nada menos. Esta me tiene a verdura todo el día.
Nuria se rió y se acercó a Lucía, que se estaba estirando la toalla.
—Tú tampoco te quedas atrás. Mira qué cuerpo se te ha puesto.
Alargó la mano y le sopesó uno de los pechos sin ninguna ceremonia.
—El gimnasio ayuda —dijo Lucía, dejándola hacer.
—Y qué duros. Mucho más que la última vez.
—A ver, déjame comprobar —dije yo.
Lucía me apartó la mano de un manotazo.
—Quita, sobón.
Y así empezó el juego de siempre, el de si me tocas te toco, el de a ver quién está más dura. Le pasé la mano por el pecho a Nuria y sentí cómo el pezón se le ponía firme contra la palma. Mi polla respondió en el acto.
—¿Lo ves? —dijo Lucía, señalándome—. No para nunca.
—¿Esa también hace pesas? —preguntó Nuria, divertida.
—Solo abdominales —contesté.
Ella la rodeó con los dedos, echó la piel hacia atrás y pasó el pulgar por el glande con una lentitud que me cortó la respiración. Esto se nos va de las manos demasiado rápido, pensé, sin la menor intención de impedirlo.
—Acabamos de llegar y ya estáis —protestó Lucía, sin enfadarse de verdad—. ¿Por qué no os dais un baño? El agua estará helada.
—Yo voy —dije.
—Y yo contigo —añadió Nuria.
—Anda, id los dos y dejadme un rato en paz.
***
Fui detrás de Nuria mirándole el culo y muriéndome por echarle mano. El agua estaba congelada, como me gusta. Yo me tiré de cabeza; ella se quedó en la orilla, entrando a saltitos y soltando tacos. Salí riéndome y me acerqué hasta ponerme a su lado.
—Ni se te ocurra —me avisó.
—¿El qué?
—Lo que estás pensando.
La agarré de las nalgas, se las amasé un momento y antes de que reaccionara la levanté en brazos y me metí con ella hasta la cintura. Gritaba que la soltara mientras sus pezones pequeños y duros se me clavaban en el pecho. La solté de golpe, dejé que se hundiera entera y la subí tirándole del brazo.
—¡Cabrón! ¡Está helada!
Hice amago de volver a soltarla y se me abrazó al cuello, apretándose otra vez contra mí.
—Mira cómo tengo los pezones de fríos —dijo.
Bajé la cabeza y le rodeé uno con los labios. Suspiró.
—¿Era esto lo que querías desde el principio? —murmuró—. Bájame, anda.
Al dejarla resbalar por mi cuerpo notó perfectamente lo dura que la tenía. La agarró con una mano, sin dejar de reírse.
—Al frío no le hace ni caso, ¿eh?
—Está visto que no.
Me besó con la boca abierta, colgada de mi cuello. Mis manos fueron directas a abrirle las nalgas hasta alcanzarle el coño con los dedos. Lo tenía caliente a pesar del agua. Acomodé la punta en su entrada y, sin pensarlo más, empecé a empujar despacio. Ella seguía besándome, jadeando contra mi boca según iba entrando.
—Qué cabrón, cómo la noto —dijo entre dientes.
La sostenía por las caderas y la dejaba caer sobre mí. Cada embestida le arrancaba un grito que ahogaba en mis labios. No tardó nada en correrse, temblando, sin dejar de moverse. Sin darnos cuenta nos habíamos ido acercando a la orilla, desde donde se veía a Lucía tumbada al sol, ajena a todo.
Con el agua ya por las rodillas la dejé en el suelo. Se arrodilló delante de mí, me la metió en la boca y la recorrió de arriba abajo con la lengua.
—Como sigas, me corro ya —le advertí.
—De eso nada. Todavía me tienes que follar bien.
Se puso a cuatro patas y me ofreció todo lo que tenía. No me lo pensé. Dirigí la punta a su ano y fui apretando hasta meterle el glande. Ella empezó a empujar hacia atrás, empalándose poco a poco mientras gemía. Me pegué a su espalda, le subí el cuerpo y le agarré los pechos con las dos manos. Giraba la cabeza para besarme sin parar de moverse, hasta que un segundo orgasmo la sacudió entera. Aguanté lo justo para correrme dentro de ella poco después.
Nos quedamos un rato recuperando el aire antes de meternos a enjuagarnos. Después fuimos a salpicar a Lucía, que se levantó fingiendo enfado para darnos un par de cachetes.
—¿Ya habéis acabado y venís a fastidiarme?
—Acabar, acabar… —dijo Nuria—. Todavía se podría hacer más. Pero le voy a dejar descansar.
—Mira que eres golfa. Luego me lo dejas reventado a mí —rió Lucía.
—¿Qué pasa, que soy un objeto? —pregunté.
Se miraron, se rieron y contestaron a la vez: «Sí».
***
Con tanta broma no nos habíamos dado cuenta de que, a unos metros, había gente. Dos chicos y una chica, treinta y pocos los tres, tumbados boca abajo, observándonos sin disimulo. Uno de los chicos era calvo con una barba fina; el otro, rubio, de pelo corto. A la chica no le veía bien la cara, pero tenía el pelo rizado y largo, color caoba, un bronceado dorado y un culo redondo y respingón.
—Vosotros haciendo el bobo y ni nos enteramos de que había alguien —dijo Lucía.
—¿Y qué más da? —contesté.
Nos tumbamos a secarnos al sol. Yo me había quedado en el extremo más cercano a ellos, así que los veía con facilidad. El rubio se había girado y estaba en medio de los otros dos, con una mano en el culo de la chica y la otra perdida entre las piernas del calvo.
—Me parece que esos tres van a tener fiesta —dije.
Lucía levantó la cabeza justo cuando la chica giraba la suya. Lejos de cortarse, nos sonrió y nos saludó con la mano. Tenía la cara redonda, llena de pecas, y dos ojos verdes enormes. Mientras nos miraba, una de sus manos acariciaba la polla del rubio, que empezaba a despertar.
—El chico viene bien servido —comentó Lucía.
Al oírlo, Nuria también levantó la cabeza.
—Sí. Tiene buena pinta —dijo—. Dame las llaves, que me dejé el tabaco en el coche.
Se las di. Cuando se levantó, la chica le dijo algo al rubio, que la miró y sonrió. Después Lucía se desperezó de pie, alzó los brazos para que se le elevaran los pechos, y los tres se quedaron mirándola como hipnotizados. La chica se incorporó también, dejándome ver unos pechos medianos, redondos, de pezones pálidos.
—Qué exhibicionista eres —le dije a Lucía cuando volvió a sentarse.
—Lo que hay, se luce.
—Y cuanto más, mejor.
Volvió Nuria, encendió un cigarro y preguntó qué se había perdido. Le conté lo del paseíllo de Lucía y las tres bocas abiertas. Entonces fue la chica caoba la que se levantó y repitió la jugada: caminó hasta la orilla, se alejó unos metros y volvió pasando más cerca, sin quitarnos ojo. Tenía un cuerpo de los que no sobra ni falta nada, curvas donde tienen que estar.
Justo cuando pasaba a nuestra altura, Lucía alargó la mano, me agarró la polla y me bajó la piel para que asomara el glande. La chica no apartó la vista hasta que volvió con sus amigos.
—¿Era necesario? —pregunté.
—Por supuesto que sí —se rió Lucía.
—Hay que ver el producto antes de comprarlo —añadió Nuria.
Las miré a las dos y entendí que, si aquello iba a más, estaban dispuestas a meterse de lleno.
***
Miré hacia ellos y la chica se había puesto de rodillas, dándonos la espalda, enseñándonos todo mientras se estiraba sobre el rubio. Él le agarró un pecho y deslizó la otra mano por su culo hasta el coño, donde le metió un dedo sin dejar de mirarnos. El calvo se incorporó y se colocó delante de ella; aunque no lo veíamos, estaba claro que se la estaba metiendo en la boca.
La mano de Lucía seguía jugando conmigo, y yo la tenía durísima de mirar la escena, cuando noté unos labios rodeándola y una lengua en el glande. Bajé la vista y vi la cabeza morena de Nuria subir y bajar despacio.
Miré a Lucía, que seguía pendiente de los otros tres, y le agarré un pecho para hacerla reaccionar.
—Joder, cómo me están poniendo esos —jadeó.
Le llevé la mano al coño y le metí dos dedos. Estaba empapada. Se movía sobre ellos mientras yo le lamía un pezón duro, hasta que me empujó y me dejó tumbado para besarme como si no hubiera un mañana.
Cuando volví a mirar, los tres habían cambiado de postura. Ella estaba tumbada con el rubio encima, en un sesenta y nueve, mientras el calvo le lamía el ano por detrás. Entonces Lucía se sentó a horcajadas sobre mi cara, tapándome la vista con sus muslos, y dejó su coño justo encima de mi boca. Empecé a lamerle los labios como sé que le gusta, deslizando la lengua hasta su entrada y buscando luego el clítoris para acariciárselo con suavidad. Se retorció encima de mí hasta correrse entre espasmos.
Se echó a un lado a tiempo para que viera a la chica caoba cabalgando al calvo mientras el rubio, de pie, le daba la boca. Me incorporé, tumbé a Nuria boca arriba, le levanté las piernas y entré en ella de un solo empujón. A mi lado, Lucía se sentó con las piernas abiertas, tocándose mientras no perdía detalle de los desconocidos.
El rubio se colocó detrás de la chica, que seguía cabalgando al calvo, y la penetró por el culo. Solo se oyó un gemido largo cuando entró. Los dos acompasaron sus movimientos a los de ella, y la chica oscilaba adelante y atrás entre las dos pollas. Yo no podía dejar de mirar mientras bombeaba dentro de Nuria, que me abrazaba con las piernas y gemía contra mi hombro.
—¡Sí! ¡No pares! —jadeaba.
Sentí cómo se le contraía el coño, empujé más fuerte y me clavó los dientes en el hombro al correrse. Se quedó deshecha debajo de mí.
—Ahora me toca a mí —dijo Lucía—. Ven.
Me tumbé y se sentó sobre mi polla de un solo movimiento, mirando hacia los tres, dejando que la vieran subir y bajar con los pechos bamboleándose. Enfrente, la chica caoba se corría a gritos. El calvo se salió y, masturbándose rápido, se vació en su cara; ella se relamía recogiéndolo todo. El rubio aguantó un poco más antes de terminar en su culo. Los tres se quedaron sentados, sin cortarse, mirando cómo me cabalgaba mi mujer hasta que se corrió, y yo lo hice dentro de ella casi al instante.
***
Nos quedamos tirados en la toalla, sin aire. Nuria ya se había metido al agua, y al rato fuimos con ella. Desde allí vimos cómo los tres recogían sus cosas. Al pasar por delante nos saludaron con la mano, sin decir una palabra, y se alejaron hacia el camino. Nunca cruzamos una sola frase con ellos. Cuando salimos y llegamos al aparcamiento, vimos una furgoneta camperizada con matrícula extranjera marchándose; supusimos que eran ellos.
Me quedé con las ganas de probar aquel cuerpo dorado, lo reconozco. Pero volví a casa contento, con dos mujeres magníficas y la certeza de que, a veces, lo mejor de un sitio escondido es que no estás tan solo como crees.