Mi mujer me ató a la silla y llamó a otro
Te desnudaste sin prisa, te tumbaste en el centro de la cama y te mojaste los dedos con lubricante antes de empezar a acariciarte. Suave, pero sin rodeos, como quien lleva horas esperando ese momento. Me habías mandado al supermercado a buscar comida porque arrastrábamos una resaca brutal después de haber invitado a unos amigos la noche anterior, y ninguno de los dos tenía cuerpo para cocinar.
Apenas crucé la puerta con las bolsas, me las hiciste soltar en el recibidor. Sin un beso, sin un «¿cómo fue?», me agarraste de la muñeca y me llevaste directa al dormitorio.
Lo había notado mientras me sentabas en la silla frente a la cama. Estabas distinta. Me cruzaste los brazos a la espalda, pasaste las esposas por los barrotes del respaldo y apretaste hasta que el metal me mordió las muñecas. Estabas nerviosa, con más ganas de lo habitual, con esa electricidad que no sabías disimular.
Lo hacíamos a menudo. Me atabas, te dejabas llevar por mis instrucciones y te follabas con esos juguetes que habíamos ido acumulando con los años, sin permitir que yo te tocara siquiera. Me encanta verte. Hay algo casi hipnótico en mirarte así, disfrutando a un metro de mí, sabiendo que no puedo hacer nada salvo observar.
Solías hacerlo tumbada. Separabas las piernas despacio, te enseñabas, te acariciabas mientras me mirabas a los ojos. Pero aquella noche empezaste de rodillas, con las piernas abiertas sobre una almohada, balanceando las caderas adelante y atrás para frotarte contra la tela. Todavía llevabas puestas unas bragas finas, un salto de cama y una bata negra que te había regalado hacía tiempo. Transparentes los tres. Se te marcaban los pezones a través de la gasa.
—Tócate —te dije.
Me mandaste callar con una sonrisa torcida, esa que pones cuando ya tienes un plan y yo todavía no lo sé.
—Hoy no mandas tú.
Yo estaba desnudo y ya tenía una erección incipiente, solo de verte así, solo de imaginar lo que vendría. Tiré un poco de las esposas, más por costumbre que por intentar soltarme, y el respaldo crujió.
—¿Quieres verme? —preguntaste.
—Claro —contesté.
Llevaste dos dedos hasta tu clítoris y cerraste los ojos un segundo.
—Estoy empapada.
—Enséñamelo.
Te abriste con los dedos y me lo mostraste, brillante bajo la luz tibia de la lámpara de la mesilla. Estabas extrañamente cerca del orgasmo, apenas habías empezado. Lo notaba en cómo respirabas, en la manera en que se te tensaban los muslos.
—Estás a punto —dije.
—Me muero de ganas de follar.
—Pues me tienes atado.
—Porque eres un vicioso.
—Sí.
—Que dice que le encanta verme.
—Sí.
—¿Y te gustaría verme de verdad?
—Sí, joder —contesté, cachondo, con la mirada saltando entre tu cara y los juguetes alineados sobre la sábana.
Entonces hiciste algo que no entraba en el guion de siempre. Te levantaste de la cama y te acercaste a mí. No solías hacerlo, no tan pronto. Te sentaste a horcajadas sobre mis piernas, con el sexo rozándome la polla, y bajaste la voz hasta convertirla en un susurro que me erizó la nuca.
—Eres un vicioso que se emborracha con los amigos, se pone a hablar de sexo, de tríos y de fantasías de verme con otro.
Era verdad. La noche anterior la conversación había acabado donde siempre acaba cuando hay alcohol y confianza: en el sexo. Hablamos de pollas grandes, de cómo veníamos servidos los tíos, de las posturas que preferíais las chicas, de tríos. Tú dijiste, riéndote, que mejor dos chicos que dos chicas, porque con dos pollas había más cosas que hacer. Y yo, envalentonado por la copa, confesé que me parecería divertido verte con otro.
***
Lo recordaba todo con una claridad incómoda mientras te movías sobre mí.
—¿De verdad te gustaría verme follar? —me habías preguntado anoche, una mano en la copa de vino y la otra en mi muslo.
—Ya sabes que soy un vicioso —respondí, como si fuera una broma más.
Pero tú no lo tomaste como una broma. Me buscaste por encima del pantalón, me agarraste con firmeza y repetiste la pregunta palabra por palabra, sin apartar los ojos de los míos.
—¿De verdad te gustaría verme follar?
En la postura en la que estábamos, mi boca alcanzaba tu pecho. No me molesté en contestar. Aparté la tela del salto de cama con la barbilla y empecé a comerte un pezón como un crío hambriento, mientras tú seguías acariciándome. Pensé que con eso zanjaba el tema. Me equivoqué.
—¿Te gustaría verme follar con otro? —insististe.
A la segunda me quedé quieto. No por falta de ganas, sino porque la pregunta era demasiado concreta, demasiado seria para esquivarla con la lengua. Tú, en cambio, no parabas. Restregabas el clítoris hinchado contra la base de mi polla, lento, midiendo mi reacción.
—Sí —dije al fin.
Apenas lo solté, te frotaste con más fuerza, gemiste contra mi oído y luego te detuviste en seco. No tenías intención de hacerme correr tan pronto. Solo querías sembrar la idea y dejar que creciera.
***
Y ahora, de vuelta en el presente, encima de mí y con las esposas mordiéndome las muñecas, soltaste la frase que lo cambió todo.
—Anoche Daniel me dijo que lo llamara para hacerlo.
Daniel era el más callado del grupo, el que se había pasado media velada escuchando con una media sonrisa. No me extrañó que hubiera sido él. Lo que me dejó sin aire fue el tono con el que lo dijiste, como si ya estuviera decidido.
—Lo sé —contesté, sacándome el pezón de la boca, intentando moverme dentro de la silla—. Estaba delante.
—Me lo quiero follar.
—Viciosa.
Empezaste a subir y bajar sobre mis piernas, despacio, sin dejarme entrar, mirándome con una sonrisa que mezclaba ternura y crueldad a partes iguales.
—Me lo voy a follar —dijiste, ya sin pregunta, como una afirmación.
Moviste las caderas en círculos, presionando, y yo apreté los dientes. El cuerpo me pedía soltarme, agarrarte, hundirme en ti, pero el metal me lo recordaba a cada tirón: esta noche no mandaba yo.
—Lo he llamado —susurraste pegada a mi oído—. Está viniendo.
Te levantaste y te apartaste como si nada, dejándome con la polla dura y el corazón disparado.
—Estás de coña —dije.
No respondiste. Volviste a la cama, te tumbaste de espaldas y empezaste a acariciarte de nuevo, lenta, deliberada, disfrutando de mi cara más que de tus propios dedos. Cada vez que abría la boca para protestar, te llevabas un dedo a los labios y me mandabas callar sin una palabra.
Intenté convencerme de que era un farol. Una de tus torturas, llevarme al límite con una mentira para verme retorcer. Pero había algo en tu calma, en cómo controlabas la respiración, que no encajaba con un juego. Estabas esperando.
—¿En serio lo has llamado? —pregunté, ya con menos firmeza.
—Mira yo —contestaste, parodiando lo que te había dicho antes, y separaste más las piernas.
Te miré. No tenía otra cosa que hacer. Miré cómo dos dedos se hundían y salían, cómo arqueabas la espalda, cómo el placer te subía por el pecho hasta teñirte las mejillas. Y mientras te miraba, una parte de mí, la que tú conocías mejor que yo mismo, empezó a desear que no fuera un farol.
—Te estás imaginando ya cómo será —dijiste, leyéndome—. Mirándonos desde ahí, sin poder tocar.
No lo negué. No podía.
—Le he dicho que la puerta está abierta —añadiste—. Que entre directo al dormitorio.
El estómago me dio un vuelco. Tiré de las esposas con todas mis fuerzas, no para escapar, sino para comprobar hasta dónde me habías atado de verdad. No cedieron ni un milímetro. Lo habías preparado todo con tiempo, con cabeza, mucho antes de mandarme a por la comida.
—Tranquilo —ronroneaste—. Solo tienes que hacer lo que más te gusta. Mirar.
Te incorporaste un poco para mirar el reloj de la mesilla y volviste a tumbarte con una sonrisa nueva, una que no te había visto nunca. Una mezcla de nervios, deseo y un poder absoluto sobre la situación. Sobre mí.
Yo no dije nada más. Me quedé atado, desnudo, empalmado y sin escapatoria, mirándote masturbarte lentamente, contando los segundos sin saber si lo que sentía era pánico o las ganas más intensas de mi vida.
Hasta que sonó el timbre.
Te detuviste. Giraste la cabeza hacia mí y me sostuviste la mirada un instante eterno, los dedos todavía entre las piernas, comprobando que no apartaba la vista.
—Ahí está —dijiste.
Y se abrió la puerta de la calle.