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Relatos Ardientes

Mi esposa, la minifalda blanca y el plan en la finca

Esta historia me ocurrió hace un par de meses, cuando llevaba semanas fantaseando con algo muy concreto: salir a la carretera con mi esposa Carolina en el carro, ella con minifalda y sin ropa interior, dejando que cualquier hombre que se acercara a la ventana viera lo que normalmente solo veo yo. Una mañana de sábado, mientras preparábamos las maletas para un viaje a una finca de clima caliente a las afueras de Pereira, le propuse el plan en voz baja. Ella se rió, se mordió el labio y me dijo que sí.

Salimos temprano. Carolina llevaba una minifalda blanca tan corta que cuando se sentó en el asiento del copiloto se le subió sola hasta la mitad del muslo. Debajo no llevaba nada. Le pedí que cruzara y descruzara las piernas un par de veces, solo para confirmar que aquello iba en serio. Lo hizo. Y se humedeció antes incluso de salir del barrio.

La primera prueba fue la bomba de gasolina. Le pedí que abriera un poco las piernas justo cuando el empleado se acercara a mi ventana. Era un muchacho de unos veintitantos, gorra al revés, manos sucias de aceite. Cuando le pasé el billete por encima de mi regazo, los ojos del chico volaron hacia ella y se quedaron pegados. Se le abrió la boca y tardó un par de segundos en volver a mirarme. Yo tenía gafas oscuras y lo observaba de reojo, fingiendo que revisaba el odómetro.

—¿Le limpio el panorámico, señor? —preguntó él, sin despegar la vista del lado del copiloto.

—Sí, gracias —le dije.

Tardó el doble de lo normal. Pasaba el trapo de un lado a otro, pero la mirada no se movía del mismo punto. Carolina ni se cubrió. Al contrario: descruzó las piernas con calma, como si nada. Cuando arrancamos, le tomé la mano y la sentí temblando.

—Estoy mojada —me dijo, y se rió bajito.

—Lo sé.

***

A media hora de la finca nos perdimos. La carretera se abrió en dos y el GPS no se ponía de acuerdo consigo mismo. Le pedí a Carolina que bajara su ventana cuando vi a un hombre con un bulto al borde del camino. Frenamos. Él se acercó. Era un campesino de unos cuarenta, sombrero de paja, camisa abierta hasta el pecho. Me preguntó qué buscábamos y le expliqué. Mientras hablaba, sus ojos hicieron el recorrido completo: cara, cuello, escote, falda. Y se quedaron en la falda. Yo, mientras tanto, le pasé los dedos a Carolina por el muslo, muy lento, justo donde el hombre podía verlo si miraba. Y miró.

El tipo nos dio las indicaciones casi tartamudeando. Le agradecimos. Cuando arrancamos, Carolina se llevó la mano entre las piernas un segundo y la sacó brillante.

—Toca —me dijo.

Yo tenía una erección que no me dejaba pensar. Estuve a punto de meterme por un camino de tierra y hacerle el amor ahí mismo, dentro del carro, con las ventanas abajo y el olor a monte entrando. Pero el plan era más largo y aún no había empezado lo bueno.

***

Llegamos a la finca cerca del mediodía. Era una propiedad grande, con piscina, hamacas y una zona común donde ya estaban algunos amigos con sus parejas. Conocía a casi todos, menos a dos: Mateo y Andrés, dos muchachos que un amigo había traído de su oficina. Mateo tendría unos veintiocho años, contextura atlética, cara amable, sonrisa de niño bueno. Andrés era más reservado, mayor, hablaba poco y observaba mucho.

Cuando Carolina bajó del carro con esa minifalda, Mateo se quedó tieso. No de forma escandalosa, pero suficiente para que yo lo notara desde el otro lado del estacionamiento. Andrés también miró, pero menos. Mateo no podía despegar los ojos de las piernas de mi esposa. Ellos no sabían lo de la ropa interior. Eso vendría después.

Saludamos, dejamos las maletas en una de las cabañas que nos asignaron y bajamos a la zona común. Cuando me acerqué a Carolina, le susurré:

—Mateo lleva mirándote desde que te bajaste del carro.

—Ya me di cuenta.

—¿Y?

—Y me gusta —dijo, sin mirarme—. Tiene unos ojos muy lindos.

Eso me prendió. No tenía celos. Tenía algo más raro, más fuerte. Quería que la mirara más. Quería que la deseara y supiera que no podía tenerla. Y quería estar ahí cuando se diera cuenta.

***

Después del almuerzo, alguien propuso jugar cartas. Nos sentamos cuatro parejas en la mesa larga del comedor, bajo el techo de palma. Mateo no se sentó: se quedó en una hamaca que tenía vista directa a la mesa, balanceándose con una cerveza en la mano. Como si hubiera elegido el mejor asiento del cine.

Carolina se sentó frente a él, en la silla del medio. Yo me senté a su lado. Mientras repartían las cartas, me incliné y le dije al oído:

—Abre las piernas.

Ella respiró hondo. Y lo hizo. Despacio, milímetro a milímetro, hasta que la falda dejó de tapar nada. Yo, desde mi ángulo, no podía ver. Pero Mateo sí. Y Mateo se quedó muy quieto.

Pasó la primera ronda. Pasó la segunda. Mateo seguía mirando, sin disimular ya, con la botella de cerveza olvidada en la mano. Carolina jugaba sus cartas como si nada, pero cada tanto, cuando le tocaba el turno a otro, cerraba las piernas, se acomodaba y volvía a abrirlas un poco más. Una vez levantó la vista y se cruzó con la de Mateo. No bajó la mirada. Le sostuvo los ojos tres, cuatro segundos. Después volvió a las cartas, como si nada.

Yo, debajo de la mesa, le pasé el dedo por el muslo. Estaba empapada.

***

Esa tarde, antes de que cayera el sol, nos escapamos a la cabaña. No hablamos. La empujé contra la puerta apenas la cerré y le levanté la falda. Estaba tan mojada que el primer empuje fue todo de una vez. Le tapé la boca con la mano porque las cabañas no eran tan independientes como parecían. Ella me mordió la palma y la sentí venirse en menos de dos minutos. Después fui yo. Después caímos sobre la cama y nos reímos como dos adolescentes.

—Estás loco —me dijo.

—Tú también.

—Sí. También.

***

Nos bañamos juntos y bajamos otra vez a la zona común a tomar algo. Las parejas iban llegando del río, otros estaban prendiendo el asado. Mateo seguía ahí, con Andrés, los dos un poco entonados ya. Carolina se cambió y se puso una blusa más decente, un jean corto y sandalias. Otra ropa. Pero la cabeza de Mateo seguía en la minifalda blanca.

Nos sentamos cerca de ellos. Mi esposa pidió una copa de vino y la dejó sobre la mesa de afuera, junto a su celular, que estaba cargando. Lo apoyó de manera que cualquiera pudiera ver que era suyo: tenía un sticker en el reverso, uno que ella había puesto el mes anterior. Mateo lo había visto a media tarde, cuando ella se sentó a su lado un segundo para contestar un mensaje. Aquello era parte del plan.

Cuando ya habían pasado un par de horas y la mesa se iba aflojando, le dije a Carolina en voz alta, lo justo para que se oyera:

—Amor, recoge tu celular para que no se quede.

Ella hizo el gesto de buscarlo, miró, frunció el ceño.

—¿Lo dejé aquí?

—Lo dejaste aquí.

Lo buscamos. No estaba. La gente alrededor se rió, alguien dijo que seguro había ido a parar a otro lado, alguien más bromeó con que se lo había llevado un perro. Yo aproveché y, con la mejor cara de preocupado que pude, anuncié al grupo:

—Si alguien lo encuentra, por favor que nos lo lleve a la cabaña. Estamos en la del fondo, la de las hortensias.

Mateo, con los ojos algo turbios por el aguardiente, asintió despacio. Andrés también. Nos despedimos y nos fuimos.

***

El celular, por supuesto, estaba en el bolsillo de mi pantalón. Lo había sacado yo mismo de la mesa con la excusa de buscar mi encendedor.

En la cabaña, Carolina se metió a la ducha. Después se puso una blusa blanca, transparente, sin nada debajo, que apenas le llegaba a la mitad del vientre. Nada más. Yo me eché en la cama, vestido todavía, y apagué la mayoría de las luces.

—¿Y si no viene? —preguntó ella desde el espejo.

—Va a venir.

—¿Cómo sabes?

—Porque toda la tarde te miró así.

Pasó una hora. Pasó hora y media. Yo iba a la ventana cada quince minutos, levantaba un poco la cortina, miraba hacia el sendero. Nada. Pensé que la habíamos puesto demasiado complicada, que Andrés se lo habría llevado a dormir, que Mateo no se atrevería. Hasta que al fin, casi pasadas las dos horas, lo vi venir solo por el camino, con una linterna en la mano y caminando muy despacio. Llevaba algo más.

—Ya viene —le dije.

Carolina se acomodó la blusa, se mordió el labio, respiró hondo. Yo me tiré boca abajo en la cama y me hice el dormido, dejando un ojo entreabierto y la mejilla apoyada contra la almohada. Iba a ver. No iba a perderme un solo segundo.

Tocaron la puerta. Tres golpes suaves.

Carolina caminó hasta la entrada. La abrió apenas, lo justo, y se asomó. La luz del corredor le iluminó la espalda y el contorno de la blusa transparente. Mateo, del otro lado, levantó la cabeza y se quedó mudo.

—Hola, es que… —empezó a decir.

—Encontraste mi celular —dijo ella.

—Sí, estaba detrás de la… del…

No terminó la frase. Carolina abrió un poco más la puerta. Lo justo para que él la viera entera. La blusa terminaba donde tenía que terminar, y debajo no había absolutamente nada. Vi cómo Mateo bajaba los ojos, los subía, los volvía a bajar. Vi el celular temblándole en la mano.

—Dámelo.

Él se lo entregó. Carolina le rozó los dedos al recibirlo. Se quedaron así, mirándose, dos o tres segundos largos. Después ella dio un paso hacia atrás, le sonrió y le dijo:

—Te debo una. Gracias, Mateo.

Cerró la puerta. Despacio. Sin portazo. Como si nada hubiera pasado.

Yo ya no me hacía el dormido. Estaba sentado en la cama. Y ella vino directo, se trepó encima de mí y me besó como si llevara un mes sin verme. Lo que pasó después fue de las mejores cosas que he sentido en mucho tiempo. La adrenalina del momento, la imagen de Mateo en el umbral, el saber que estaba a unos metros pensando en lo que acababa de ver: todo eso nos tuvo más de una hora.

***

Al día siguiente, antes de irnos, Mateo se acercó a despedirse. Carolina le dio la mano, lo atrajo y le dejó un beso al lado de la boca, no en la mejilla. Lo justo para que él lo recordara. Después le pidió el teléfono con la excusa de pasarle una foto del grupo que había tomado la tarde anterior. Él se lo dio sin pensar. Carolina se grabó su número y le devolvió el teléfono. Mateo lo miró como si le hubieran entregado una llave.

En el carro, de regreso a Pereira, ella sacó su celular y miró el contacto nuevo. Mateo ya le había escrito. Cinco palabras: «¿Cuándo nos volvemos a ver?».

Carolina me miró. Yo le sonreí.

—Eso es problema tuyo —le dije—. O nuestro.

Lo que pasó la siguiente vez que vimos a Mateo es otra historia. Esa la cuento aparte, otro día.

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Comentarios (6)

Gonza_uy

tremendo relato, me tiene sin palabras jajaja

Valentina_rosario

Dios, que morbo mas rico. Esperando la segunda parte ansiosa!!!

pasajero_curioso

Que bueno cuando la pareja juega asi junta, se nota que hay confianza real entre los dos. Me encanto la dinamica.

NachoCba21

Y el empleado de la gasolinera? El verdadero heroe de la historia jaja. Muy bueno, me rei bastante

Tere_GBA

De lo mejor que lei en esta categoria. El detalle de la minifalda blanca le da mucho realismo, se lo imagina uno perfectamente. Espero que haya continuacion con lo de la finca!!!

Kike_BA

excelente!!! seguí escribiendo por favor

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