Me exhibí para él con dos extraños delante
Hola. Me llamo Camila, tengo veinticuatro años y este es el primer relato que me animo a contar. Todavía me cuesta creer que lo hice, pero cada vez que lo recuerdo se me acelera el pulso, así que supongo que necesito sacarlo de adentro.
Para que entiendan el contexto, tengo que explicar un par de cosas. Mi novio y yo llevamos casi tres años a distancia. Él vive a más de mil kilómetros, en otra ciudad, y nos vemos cada par de meses si tenemos suerte. Cuando la distancia se vuelve insoportable, hacemos cosas para mantener viva la llama: mensajes, fotos, videollamadas a horas imposibles. Con el tiempo aprendimos a desearnos a través de una pantalla.
En esa época yo trabajaba en una empresa que quedaba lejísimos de mi casa, al otro extremo de la ciudad. Entraba a las cinco de la mañana, una barbaridad, pero el sueldo era bueno y, como compensación, la empresa nos pagaba el coche para ir y volver. Todas las madrugadas el mismo conductor pasaba a buscarme y, de paso, recogía a un compañero que vivía a tres calles de mi edificio.
Mi compañero se llamaba Andrés y siempre fue un caballero. Se sentaba adelante, junto al conductor, me daba los buenos días con la voz pastosa de sueño y, a los dos minutos, ya estaba dormido contra la ventanilla. Yo viajaba sola atrás, con la frente apoyada en el cristal frío, viendo pasar la ciudad todavía a oscuras.
Esa madrugada empezó como todas. Subí al coche con el pelo recogido a medias, un top rosa ajustado y unos vaqueros azules. Andrés murmuró algo y se acomodó adelante. El conductor arrancó. Las calles vacías, los semáforos parpadeando en ámbar, el motor ronroneando. Todo igual que siempre.
Hasta que vibró mi teléfono.
Era él. Un «buenos días, mi amor» que en otra persona habría sido inocente, pero que en mi novio yo ya sabía leer. Le contesté. Hablamos de tonterías un par de mensajes y, sin que ninguno lo dijera en voz alta, la conversación empezó a subir de temperatura.
—¿Qué tienes puesto? —escribió.
—Un top rosa y los vaqueros. Voy en el coche, camino al trabajo.
Sabía perfectamente lo que ese dato iba a provocarle.
—Quiero verte —respondió enseguida.
Le mandé una foto. Solo el escote, nada comprometedor, pero suficiente para que insistiera. Una foto no le bastaba. Quería verme en vivo, en movimiento, ahora. El teléfono empezó a sonar con la videollamada antes de que yo terminara de decidirme.
Miré hacia adelante. Andrés dormía profundamente, la cabeza colgando hacia un lado. El conductor tenía la vista clavada en la avenida. Bajé el volumen al mínimo, me hundí en el asiento y contesté.
La cara de mi novio llenó la pantalla, iluminada por la luz azulada de su habitación. Sonreía con esa sonrisa torcida que me derrite.
—Hola, preciosa —susurró—. Enséñame.
—Estoy en el coche —le dije bajito, casi sin mover los labios—. Hay gente.
—Lo sé. Por eso. Enséñame.
Y ahí estaba el problema, o más bien la tentación. No era a pesar de la gente. Era por la gente. Sentí ese cosquilleo en el estómago, esa mezcla de miedo y deseo que te empuja a hacer justo lo que no deberías.
Eché un último vistazo al espejo retrovisor. Los ojos del conductor seguían en la carretera. Entonces, despacio, deslicé el top hacia arriba.
El aire de la madrugada me golpeó la piel. Hacía frío dentro del coche, el aire acondicionado a tope, y mis pezones reaccionaron al instante, endureciéndose hasta tensarse. Los míos son de un café claro, y con esa temperatura quedaron tan marcados que se notaban incluso en la penumbra.
—Joder, Camila —dijo mi novio con la voz ronca—. Mírate.
El coche se movía y mis pechos se movían con él, balanceándose con cada bache, con cada frenada suave. La única luz dentro del habitáculo era la de mi propia pantalla y los destellos anaranjados de las farolas que entraban y salían por la ventanilla. A pesar de la oscuridad, se veían perfectamente. Mis pechos son medianos, firmes, y en esa luz tenue parecían sacados de un sueño.
—Tócatelos —me pidió—. Despacio. Para mí.
Obedecí. Me llevé una mano al pecho y empecé a acariciarlo, sintiendo mi propia piel erizada. Apreté con suavidad, luego pellizqué un pezón entre el índice y el pulgar, y el pequeño tirón me arrancó un suspiro que tuve que tragarme. Por la pantalla veía cómo mi novio se mordía el labio, cómo su respiración se volvía más pesada.
—Más fuerte —murmuró—. Así.
Lo hice. Me pellizcaba y me apretaba mientras él, al otro lado, había empezado a tocarse. Bajé un instante la mirada a su parte de la pantalla y se me secó la boca. Lo tenía duro, completamente listo para mí, y verlo así me prendió como una mecha.
Estaba empapada. Solo de verlo, solo de saber que era yo quien lo ponía así.
***
Lo que vino después es lo que de verdad me cuesta confesar.
Mientras me acariciaba para la cámara, mientras mi novio se masturbaba mirándome, ese cosquilleo del principio se convirtió en algo mucho más grande. Andrés seguía dormido a un par de metros de mí. El conductor manejaba como si nada, ajeno a todo. O eso quería creer yo.
Nunca comprobé si me vio por el retrovisor. No me atreví a sostenerle la mirada al espejo. Pero tengo la certeza de que, si en algún momento levantó los ojos del asfalto, me vio con los pechos al aire, jugando conmigo misma en su asiento trasero. Y lo más perturbador, lo que todavía me hace temblar al escribirlo, es que aunque lo hubiera hecho no me habría importado.
Al contrario. Esa posibilidad fue lo que me terminó de encender. La idea de que un desconocido pudiera estar mirándome a escondidas, de que Andrés pudiera despertarse y descubrirme, de que cualquiera de los dos me viera así, expuesta y descarada, me tenía al borde de algo. No quería que ese momento terminara. Una parte oscura de mí quería que todos me miraran, que me vieran tal como soy cuando me dejo llevar del todo.
—Sigue —me rogó mi novio desde la pantalla—. No pares.
Me llevé dos dedos a la boca, los humedecí y los paseé por mis pezones, dejándolos brillantes bajo la luz del móvil. Saqué la lengua para él, imaginando otra cosa, imaginando que era a él a quien lamía. Empecé a mover las caderas sin querer, apretando los muslos, porque la necesidad entre mis piernas se había vuelto insoportable. Sentía la ropa interior completamente mojada, pegada a mí.
Él se tocaba cada vez más rápido. Yo lo veía acercarse, conocía esa cara, la forma en que se le tensaba la mandíbula justo antes. Me mordí los labios para no hacer ruido, conteniendo cada gemido en la garganta para no despertar a Andrés.
—Me corro —jadeó—. Mírame, mi amor, mírame.
Lo miré. Vi cómo se dejaba ir, cómo perdía el control por mí, por una mujer a kilómetros de distancia que se exhibía en el asiento de atrás de un coche con dos extraños delante. Me mordí el labio tan fuerte que casi me hago sangre, ahogando un gemido, retorciéndome en el asiento de pura excitación.
Y justo entonces, como si el universo tuviera sentido del humor, las luces de la entrada de mi empresa aparecieron al final de la avenida.
***
Tuve que reaccionar rápido. Con manos torpes me bajé el top, me lo acomodé como pude, me pasé los dedos por el pelo. Mi novio, todavía recuperando el aliento, me sopló un beso desde la pantalla.
—Eres increíble —dijo.
—Tengo que colgar —susurré, y le devolví el beso antes de cortar.
El coche frenó frente a la puerta. Andrés se despertó con un sobresalto, parpadeó confundido y se desperezó con un bostezo enorme, sin sospechar absolutamente nada de lo que había pasado a su espalda.
—Buenos días otra vez —murmuró, todavía medio dormido.
—Buenos días —le contesté con la sonrisa más inocente que pude fingir.
Le di las gracias al conductor y me bajé del coche como si nada, con la barbilla en alto y el corazón latiéndome a mil. Por dentro era otra cosa: las piernas me temblaban un poco y mi ropa interior era un desastre, empapada de todo lo que había sentido. Caminé hacia la entrada notando el frío de la madrugada en las mejillas encendidas.
Mientras fichaba la entrada, todavía con el pulso disparado, me di cuenta de algo que me asustó y me excitó a partes iguales. No me arrepentía. Para nada. Si esa misma tarde mi novio me lo pedía de nuevo, sabía perfectamente que volvería a hacerlo.
Esa fue la primera vez que descubrí cuánto me gustaba que me miraran. La primera de muchas, aunque eso ya es otra historia. Pero aquella madrugada, en el asiento trasero de un coche cualquiera, entendí por fin esa parte de mí que tanto me había costado admitir: que el peligro de ser vista era, en realidad, lo que más me encendía.