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Relatos Ardientes

La cala secreta donde tres desconocidas me miraron

Este es mi primer relato, así que tened paciencia. Mezcla cosas que pasaron de verdad con otras que me habría gustado que pasaran. Fue el verano de mis veinticuatro años, el más caliente y largo que recuerdo. Como cada agosto, bajé con mis padres al apartamento que tenemos en la costa murciana, ese sitio donde han ocurrido casi todos mis primeros recuerdos sexuales y mis noches más interminables.

Aquel verano fue especial por muchos motivos, pero hay un día concreto que jamás se me ha borrado. Era finales de mes. Las tardes empezaban a acortarse y mis amigos habían ido volviendo, uno a uno, a sus ciudades. Lo que durante semanas había sido una fiesta constante se transformó de golpe en una calma rara, mezcla de tranquilidad y melancolía, esa que llega justo antes de empezar el curso en la universidad.

En uno de esos últimos días estaba yo tirado en el sofá, aburrido como una ostra, cuando me acordé de que el viejo kayak de la familia seguía pudriéndose en el trastero. Dediqué la tarde a limpiarlo y, al día siguiente, me eché a la mar.

Conocía bastante bien aquel tramo de costa, pero hacía siglos que no salía a remar, así que decidí explorar una zona nueva. Quién me iba a decir que acabaría en el lugar más parecido al paraíso que he pisado en mi vida. Empecé a remar desde una playa turística con el sol todavía bajo en el horizonte. Les había avisado a mis padres de que no me esperaran para comer, así que tenía el día entero por delante.

No tardé en quedarme completamente solo, ya algo lejos de la orilla. Pasé un cabo y entonces se complicó la cosa. El viento empezó a zarandearme y la corriente me empujaba con fuerza, sin dejarme avanzar. Los músculos se me tensaron mientras cada paletada levantaba una nube de gotas que me caían en el torso desnudo y lo cubrían de puntos brillantes sobre la piel morena. Agradecí haberme cuidado aquel verano. Por entonces practicaba varios deportes y, sin estar exageradamente musculado, tenía un cuerpo atlético y bien definido.

Así estaba, solo y peleando contra la corriente, cuando algo me llamó la atención. Ante mí se abrió una cala estrecha al pie de un acantilado. No era más que una franja pequeña de arena gruesa encajonada entre la roca y el mar. Allí el agua brillaba turquesa y quieta, protegida del oleaje. Pensé que era el sitio perfecto para parar a descansar, así que remé hacia la orilla y saqué el kayak del agua.

Qué suerte la mía, me dije, tener una barca para llegar a sitios así. Estaba completamente solo en el paraíso y había llegado únicamente gracias a mis brazos. Me invadió una paz enorme y, sin querer, empezaron a venirme a la cabeza los recuerdos de las últimas semanas. En concreto, el de aquella noche en la que terminamos bañándonos desnudos.

Fue una de las noches más memorables del año. La borrachera colectiva acabó en la orilla con Lucía quitándose la ropa delante de todos, diciendo que se quería meter en el agua, y el resto del grupo la seguimos sin pensarlo ni un segundo. En un abrir y cerrar de ojos me vi rodeado de tetas, pollas y culos de mis amigos. La situación fue de lo más morbosa, aunque no pasó de miradas rápidas y algún roce furtivo que ninguno reconoció después.

Aquel recuerdo me empezó a calentar y me dio una idea. Como no había un alma en kilómetros, no lo dudé. Me quité el bañador y dejé la polla al sol. El recuerdo me había puesto a mil y mi cuerpo lo sabía. En cuestión de segundos la tenía dura como el mármol, con el glande hinchado y el tronco surcado de venas gruesas. Me quedé mirándomela. Tenía la costumbre de recortarme el vello, y eso hacía que se viera aún más gorda, sin nada que la disimulara.

La verdad es que a mis veinticuatro años no tenía demasiada experiencia, pero las dos chicas con las que había estado se sorprendieron al vérmela. Sin ser exageradamente larga, lo suyo era el grosor. Las dos coincidieron en lo mismo: nunca les había costado tanto meterse algo dentro, por muy mojadas que estuvieran.

Los recuerdos guarros dieron paso al hambre, así que saqué el bocadillo y disfruté de la calma de aquel rincón. Me sentía tan relajado, con todo el tiempo del mundo por delante, que decidí echarme una siesta tal como estaba, desnudo, mecido por el ir y venir de las olas.

Me desperté confuso. Oía risas y la tenía dura otra vez. ¿Sigo soñando?

—Mira, se está despertando —escuché entre carcajadas.

Con los párpados todavía pegados me giré y conseguí entrever que algo había cambiado. Ya no estaba solo. Como pude, me incorporé e intenté taparme con la toalla bajo la mirada divertida de mis nuevas vecinas.

—Creo que lo hemos asustado —más risas.

Aún medio dormido las miré bien. Eran tres chicas jóvenes, no mucho mayores que yo, que habían aparecido como por arte de magia a unos seis metros de donde estaba. Por lo que deduje, acababan de llegar. Una montaba la sombrilla mientras las otras dos se quitaban las zapatillas.

¿De dónde habrán salido?, me pregunté. ¿Sería que la cala no era tan inaccesible al fin y al cabo? Observé con disimulo cómo tomaban posesión de su trozo de paraíso. Venían acaloradas, con la cara roja y la piel perlada de sudor. En cuanto clavaron la sombrilla empezaron a desnudarse. Una de ellas, de espaldas a mí, se agachó para bajarse el pantalón corto y me regaló una vista completa de su culo en pompa. El coño apenas se le adivinaba bajo la braga brasileña del bikini, y el contorno se intuía a través de la tela. El turquesa de la braga destacaba contra el blanco de las nalgas.

La mente se me fue por completo. La chica del bikini turquesa seguía dándome la espalda, con el pelo negro y liso cayéndole sedoso sobre los hombros. Entonces se giró y me dedicó una sonrisa amplia, a modo de saludo. Le vi las tetas asomando generosas por la parte de arriba. Me había pillado mirándola de lleno y debí de poner una cara rara, porque la oí reírse por lo bajo.

Aquello parecía una alucinación. Empecé a pensar que el sol me estaba afectando de verdad y que necesitaba un baño. Estuve a punto de ponerme el bañador para meterme en el agua, pero me dije que, si ya me lo habían visto todo mientras dormía, no tenía ningún sentido cubrirme ahora. Me alejé nadando unos metros de la orilla y el agua fresca me sentó de maravilla. Desde allí observé la cala con calma y la vi: en el extremo más apartado se intuía una escalera empinada, medio comida por los matorrales. Por ahí habían bajado.

Nadé de vuelta y, al levantar la cabeza al llegar a la orilla, descubrí que mis compañeras de paraíso se habían entregado al ritual más sagrado de cualquier playa: untarse la crema. La del bikini turquesa volvía a ofrecerme la vista de su culo. Estaba sentada a horcajadas sobre las piernas de su amiga, que yacía boca abajo. Esta última, de piel morena y aspecto atlético, se había desabrochado el sujetador amarillo y se dejaba hacer, relajada.

La amiga le extendía la crema por toda la espalda, los brazos y los costados, rozándole el lateral de las tetas que se aplastaban contra la toalla. Cuando se dio por satisfecha pasó a las piernas. Dejó caer un chorrito desde los tobillos hasta las nalgas y empezó a subir despacio, masajeando con las dos manos. Al llegar al culo apretó más fuerte, estrujando cada nalga. La del bikini amarillo se giró y le dio un manotazo, como apartándola. Lejos de desanimarse, la otra siguió con una sonrisa maliciosa y las oí reírse a las dos.

La masajista se atrevió a ir un poco más allá. Ahora trabajaba la cara interna de los muslos de su amiga y subía poco a poco hacia la entrepierna. No puedo asegurarlo, pero estoy casi convencido de que le rozó el coño por encima del bikini. Lo deduje por el pequeño respingo que pegó la otra y por cómo cerró los ojos y sonrió justo en ese instante.

El espectáculo estaba haciendo efecto. Notaba la erección empujando bajo el agua. Tomé una decisión rápida: salir antes de que fuera demasiado tarde. Resultó que llegar a la orilla era más complicado de lo que esperaba, porque el fondo estaba plagado de rocas puntiagudas. Fui tanteando con los pies y tuve que desviarme de mi rumbo original. Cuando levanté la vista, tenía a apenas unos metros a una de las chicas. Parecía leer, aunque no lo aseguraría, porque se escondía tras unas gafas de sol enormes.

Caminé unos pasos sin notar rocas bajo las plantas. Iba por buen camino y el agua ya solo me llegaba a medio muslo. En ese preciso momento la distraída lectora se dio cuenta de mi presencia. Intentó disimular, pero vi clarísimo cómo levantaba la cabeza apenas unos centímetros. Me estaba mirando. Se sentía protegida detrás del libro y de las gafas.

La polla me empezó a palpitar. Seguía algo dura después del numerito de la crema. Con un poco de concentración conseguí que no se me pusiera del todo tiesa, pero aun así destacaba, brillando húmeda e hinchada bajo el sol, con el glande asomando inflamado. Alcancé la orilla a pocos metros de la cara de la lectora. Entre el morbo y los nervios, acepté la situación absurda en la que estaba metido y decidí disfrutarla.

Reconozco que me recreé más de la cuenta al salir del agua y que avancé unos pasos más de los necesarios en su dirección. Sentí su mirada clavada en mi entrepierna y entonces hizo un gesto sutil que no me pasó desapercibido. No pude verlo con claridad, porque estaba tumbada boca abajo, pero fui testigo de cómo llevaba la mano libre hasta el vientre y movía las caderas muy despacio.

¿Se está tocando delante de mí? Descarté la idea enseguida, pensando que era cosa de mi cabeza calenturienta y que solo se estaría recolocando el bikini. Pero el movimiento se repitió un par de veces más, hasta que sacó la mano. Se había tocado el coño, sin ninguna duda, aprovechando que sus amigas seguían entretenidas con el masaje.

Mi momento exhibicionista llegó a su fin. Llegué hasta mi toalla y me tumbé al sol a secarme, con el corazón todavía acelerado. La cabeza se me fue por su cuenta. Pensaba en el coño húmedo de la lectora, en lo que me habría gustado acercarme y hacerle yo el mismo masaje que se estaban dando sus amigas.

Me estaba volviendo loco. Me imaginaba colocándome detrás de ella mientras seguía boca abajo, sin que soltara el libro, acariciándole el coño por encima de la tela. Quería notar la humedad al apartarle la braga, mojarme los dedos en su flujo y penetrarla muy despacio, sintiendo cómo me apretaba… Pero eso, quizás, sea ya otra historia. Continuará.

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