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Relatos Ardientes

El desconocido que se unió mientras yo los miraba

El primer jueves de cada mes, El Mirador abría las salas privadas hasta el amanecer. Yo iba solo, sin pareja conmigo, con una pulsera azul que indicaba lo evidente: mirar sí, tocar no. Había aprendido a no avergonzarme de esa pulsera. Esa noche pensaba pasar por una sala, encender el cuerpo un rato y volver al bar antes de las dos.

La que llaman «la caja» era la única con butacas individuales en lugar de divanes para parejas. Empujé la cortina de terciopelo y entré. Olía a perfume caro y a esa mezcla particular de sudor y madera que solo se respira en estos sitios. Me senté en el sillón del rincón, ajusté los ojos a la luz roja del extractor y los vi.

Estaban en el sofá cama del centro, a tres metros de mí. Él, ancho de espaldas y con el pelo cortado al ras, bombeaba sobre ella con un ritmo metódico, casi cronometrado. Ella tenía las piernas abiertas en una uve perfecta y se aferraba a sus hombros con las dos manos. La luz le daba en la mejilla y le sacaba un brillo de sudor que no sé por qué me pareció más íntimo que cualquier otra cosa que hubiera en esa sala. No me había mirado todavía, ni creo que supiera que yo estaba ahí.

Iba a empezar a desabrocharme el cinturón cuando la cortina volvió a moverse.

El hombre que entró no era de los habituales. Lo supe enseguida. Tenía sesenta cumplidos, o muy cerca, con el pelo blanco peinado hacia atrás y una camisa de lino abierta tres botones. Caminaba como quien sabe exactamente cuánto espacio ocupa. No me vio, o si me vio no le importó. Avanzó hasta el centro de la sala y se quedó parado junto al sofá.

Tardó dos o tres segundos en girarse y descubrirme. Hicimos esa cosa que se hace en los clubes: un cabeceo, una sonrisa apenas insinuada, un permiso silencioso. Le devolví el gesto. Adelante, le decía con la cara, yo solo miro. Volvió a asentir y se acercó a la pareja.

Lo hizo bien. No se lanzó, no preguntó nada, no rompió el ritmo del hombre que penetraba a la mujer. Apoyó la mano en la pantorrilla de ella, primero como quien comprueba la temperatura del agua, y esperó. Ella, sin verlo, sin poder verlo por el cuerpo que la cubría, dejó caer la mano hasta encontrar la suya. Le apretó dos dedos. Una sola palabra: sí.

Yo me hundí en el sillón. Saqué los pies de los zapatos y abrí las piernas. Tenía la cara caliente.

El intruso —porque eso era, un intruso autorizado— subió la mano por el muslo, por la cadera, intentó llegar al pecho. El compañero la tenía demasiado abrazada y el camino se cortaba en la axila. No se enfadó. No dijo nada. Bajó otra vez, más despacio. Esta vez se mojó dos dedos con la lengua y los pasó por la cara interna del muslo hasta el pliegue de la nalga. Allí se detuvo.

—Suave —le dijo en voz baja—. Y hueles rico.

Lo oí desde mi rincón con una claridad absurda. Tenía la voz grave, sin urgencia, como si no estuviera tocándole el culo a una desconocida con la verga de otro dentro.

Ella movió las caderas. Apenas un poco, lo justo para invitarlo. Él entendió. Empezó a hacer círculos sobre su ano con la yema del pulgar, sin prisa, con una paciencia que a mí me estaba volviendo loco. Su pareja seguía embistiéndola con ese ritmo de máquina, sin enterarse o fingiendo no enterarse. Yo creo que se enteraba.

Cuando ella separó un poco más la cadera del sofá, él metió el dedo. Lo metió entero, hasta el nudillo. Vi el gesto en su brazo, vi la mandíbula de ella tensarse y aflojarse en el mismo segundo.

—Siento tu tibieza —le dijo él, casi al oído—. Y siento al otro empujándome desde el otro lado.

Eso la rompió. Soltó un gemido nuevo, distinto al que llevaba acumulado, un gemido que parecía pedir más sin saber de qué. Le rodeó el cuello al recién llegado con la mano libre, lo atrajo, intentó verle la cara. Él se dejó. Y mientras dejaba el dedo dentro de ella, se inclinó y le pasó la boca por la frente como si fuera la primera escena de otra película.

***

Yo tenía la verga afuera. No recuerdo en qué momento la había sacado. La apretaba con el puño cerrado, sin moverla todavía, solo apretándola como quien apaga una mecha que no quiere encender del todo. Si me corría demasiado pronto perdería la mejor parte. Lo sabía.

El intruso se separó un poco. Le tomó los dos tobillos, despacio, como quien recoge algo frágil. Ella todavía llevaba unos calcetines negros, finitos, de esos que se ponen las mujeres con vestido cuando hace frío y no quieren cargar pantis. Le bajó el primero. Luego el otro. Los dejó caer al suelo sin dejar de mirarle los pies.

Y entonces hizo algo que yo no esperaba. Le besó el empeine derecho. Después el izquierdo. Después le pasó la lengua por el arco del pie con una concentración que no encajaba con el resto de la escena. Tenía los pies pequeños, cuidados, con las uñas pintadas de un rojo oscuro casi negro. Eran unos pies que pedían exactamente eso que él les estaba haciendo.

Ella gimió. Un gemido distinto otra vez. Más grave. Casi un quejido. Su pareja sintió el cambio en el cuerpo de abajo y aceleró el ritmo. La mujer levantó el pie izquierdo y lo apoyó sobre el hombro del que la embestía, en una especie de abrazo con la pierna. El pie derecho fue a parar a la boca del intruso. Se lo metió entero, despacio, hasta los nudillos, y empezó a chuparle el dedo gordo como si fuera otra cosa.

—Mírame —dijo ella, con la voz quebrada—. Quiero verte.

Él no le contestó. Soltó el pie, se acomodó al costado del sofá y volvió a buscarle el ano con la otra mano. Esta vez lo encontró abierto, mojado, blando. El dedo entró sin esfuerzo. Después un segundo dedo. Ella se arqueó y él la sujetó con la mano libre por debajo de la nuca, sin apretar, solo para que no perdiera el contacto con sus ojos.

—Relájame —le dijo—. Déjame pasar, princesa.

Yo había empezado a moverme. Lentito, con la mano apenas cerrada, lo justo para no acabar antes que ella. La sala olía cada vez más a sexo y la luz roja del extractor empezó a parecerme hipnótica. El compañero seguía bombeando con un ritmo más rápido ahora, más sucio, más rabioso. Se le escapaban los gruñidos. Estaba cerca.

Ella también.

El intruso le movía los dos dedos dentro del ano con un giro pequeño, casi imperceptible, y le hablaba pegado a la oreja. Yo no oía qué le decía, pero veía cómo le subía y le bajaba la respiración. Veía cómo los dos hombres se compartían el cuerpo de ella como si fueran un solo cuerpo. Y veía sus ojos —los ojos de ella— que iban del techo a la cara del intruso y de la cara del intruso al techo, sin entender muy bien cómo había llegado a estar tan llena.

—Vamos —le dijo el intruso—. Regálame el orgasmo, cariño. Aquí estoy.

Se lo regaló. Le subió desde abajo como una ola y le explotó en un grito que no se parecía a nada que yo hubiera oído en ese sitio. Un grito largo, ronco, con jadeos cortos al final, como si se quedara sin aire en mitad del placer. Su pareja gruñó y bajó la cadera con una embestida brutal, pero no acabó. Aguantó. El intruso le sacó los dedos del culo con la misma paciencia con la que se los había metido, y se inclinó para mirárselos. Los olió. Los olió largo, sin disimular.

—Suave —repitió—. Suave y dulce.

***

Lo que pasó después lo recuerdo en cámara lenta. Ella estiró el brazo, le buscó la mano, intentó retenerlo. Le dijo que no con los labios sin sonido. Pero él ya se estaba apartando. Se levantó, se acomodó la camisa, y antes de salir me hizo a mí el mismo cabeceo que yo le había hecho a él al entrar. Una sonrisa cómplice. Gracias por la butaca.

Yo estaba a punto de correrme y no podía dejar de mirarlo a él. Mirarlo a él irse, no mirarla a ella acabar. La pareja terminó dos segundos después. El hombre rugió, se vació encima de su vientre con un par de tirones torpes, y ella cerró los ojos como quien apaga una luz. Yo me corrí en el mismo segundo, sobre mis pantalones, mordiéndome la cara interna de la mejilla para no hacer ruido.

Cuando levanté la vista, el intruso ya no estaba.

***

Me limpié como pude, me acomodé el cinturón y salí. La idea de quedarme un minuto más en esa sala me daba claustrofobia. Necesitaba aire, necesitaba un trago, necesitaba dejar de pensar en los pies de aquella mujer dentro de la boca de un desconocido.

El Mirador tenía una pista de baile pequeña al fondo, con la música a un volumen civilizado, para que la gente pudiera hablar entre canción y canción. Pedí un whisky en la barra y giré para apoyarme de espaldas, con el codo en la madera, y entonces la vi.

Mi pareja.

La había dejado en la barra hacía hora y media con una amiga, prometiéndole volver pronto. Lucía no me preguntaba qué hacía yo en las salas privadas, igual que yo no le preguntaba qué hacía ella aquí mientras yo no estaba. Era nuestro pacto. Una pulsera azul, una pulsera roja, ojos cerrados a la vuelta.

Estaba bailando con él. Con el intruso. Con el hombre que diez minutos antes le había metido los dedos en el culo a una desconocida en mi presencia y se había marchado oliéndoselos.

Me quedé quieto, con el vaso a medio camino entre la barra y la boca. No tenía celos. Tenía otra cosa, algo más extraño, más caliente. Bailaban pegados, sin tocarse demasiado, riéndose de algo que él le había dicho al oído. Y mientras se reían, se llevó la mano a la nariz, despacio, y volvió a olerse los dedos. Los mismos dedos. Sin disimular. Sin dejar de mirar a Lucía a los ojos.

Me acerqué.

No sé qué cara tenía yo en ese momento. Sé que él me reconoció enseguida, porque levantó la barbilla con una sonrisa que era a la vez disculpa y desafío. Lucía se giró, me vio, y me ofreció la mano libre como diciendo bienvenido. Tomé la mano. No solté el vaso.

—¿Cómo huelen? —le pregunté a él, lo más natural que pude, por encima del hombro de mi pareja, sin levantar la voz.

Él se rió.

—Suaves —dijo—. Perfumados. Con muchas ganas de probar más.

Me cedió el sitio. Hizo eso, literalmente: me dio una palmada amable en el hombro y se perdió entre la gente sin mirar atrás. Lucía me pasó las manos por los costados y se apretó contra mí como si nada hubiera pasado. Olía a su perfume de siempre y a otro perfume que no le conocía, uno más amaderado, más antiguo, que se le había quedado pegado en el cuello.

—Bailas conmigo, ¿no? —me dijo.

Bailé con ella. Bailamos las dos canciones siguientes pegados como adolescentes, y yo no le pregunté nada y ella no me contó nada. Pero en algún momento, cuando le acerqué la boca a la oreja para murmurarle una tontería cualquiera, se me ocurrió bajar la mano y olerme los dedos. No tenían nada. No había tocado a nadie esa noche. Aun así me los olí. Y cuando levanté la vista, descubrí que Lucía me estaba mirando hacerlo, con una sonrisa que no era inocente.

Esa noche, ya en casa, le pedí que me contara qué le había dicho aquel hombre al oído. Me dijo que no se acordaba. Y se rió de un modo que me hizo entender que sí se acordaba, perfectamente, y que no me lo iba a contar nunca.

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Comentarios (4)

MiradorFiel

tremendo!!! se hizo cortísimo

SabrinaK

Que final tan intrigante, no puede quedar asi! Esperando la continuación, por favor.

Gastón_ok

Lo describís de una manera que uno se mete en la escena sin darse cuenta. Muy logrado.

ElLectorK

¿Esto fue real? Tiene un nivel de detalle que parece vivido, no inventado jaja

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