Mi amiga me enseñó a espiar por la grieta del muro
Dicen que las mujeres a las que nos gusta mirar somos mucho menos comunes que los hombres. Puede que sea verdad. Pero yo aprendí muy joven que espiar a escondidas tiene una intensidad propia, sobre todo cuando lo que una observa es justo lo que no debería estar viendo. Esta es una historia que nunca le conté a nadie salvo a una persona, y todavía la uso para encenderme cuando estoy sola, con los dedos hundidos entre mis piernas y la respiración entrecortada.
Tenía veinte años y pasaba casi todas las tardes con Mariela, una amiga tres años mayor que vivía a dos calles de mi casa. Íbamos juntas a la facultad por un sendero de tierra que bordeaba unos terrenos baldíos. Ella tenía una risa fácil y una manera de contar las cosas que me dejaba sin aire.
Una mañana, camino a clase, me apretó el brazo y bajó la voz.
—Te tengo que mostrar algo —dijo—. Pero me jurás que no se lo contás a nadie.
Me explicó, entre risitas, que desde hacía semanas espiaba a un hombre de unos treinta y ocho años que vivía solo en un cuartucho al fondo del pasaje. Las paredes eran de madera vieja y tenían rendijas por todos lados. Lo había descubierto una tarde mientras él hojeaba revistas y se hacía la paja sin saber que alguien lo miraba.
—Tiene una polla enorme —me susurró al oído, mordiéndose el labio—. Vieras cómo se la agarra con las dos manos y cómo le brota la corrida al final. Salpica hasta las revistas.
Yo jamás había visto a un hombre desnudo. Ni en fotos. El internet apenas existía en esos años y para mí todo aquello era un territorio inexplorado. Mariela disfrutaba de mi cara de asombro mientras me describía con lujo de detalles cómo el tipo se escupía en la palma, se untaba el glande, se sacudía la verga hasta ponerla morada. Cada palabra suya me hacía arder por dentro, sentía cómo se me endurecían los pezones bajo la remera y cómo un calor pegajoso empezaba a mojarme las bragas.
Fue ella quien me mostró las primeras revistas que escondía en su mochila. Nos encerramos en el baño de la facultad y pasamos hoja tras hoja: mujeres abiertas de piernas con pollas enormes clavadas en el coño, tipos corriéndose sobre tetas grandes, bocas mamando vergas gruesas hasta la garganta. Me quedé impresionada, sintiendo cómo se me empapaba la ropa interior sin que yo pudiera evitarlo, apretando los muslos disimuladamente para calmar el latido entre mis piernas. Mariela me observaba de reojo, divertida y satisfecha, como quien comparte un secreto que sabe que va a cambiarte.
—¿Te gusta? —me preguntó, rozándome el muslo con la punta de los dedos—. A mí me pone loca.
***
Varias tardes pasamos por detrás del cuarto, bien escondidas tras una ladera de tierra que tapaba la parte de atrás. Y una de esas tardes tuvimos suerte.
El hombre estaba de pie, desnudo, con la mirada clavada en una revista y la mano moviéndose despacio sobre una polla gruesa, larga, con la cabeza ya brillante de líquido preseminal. Una emoción me recorrió de la nuca a los talones. Se me secó la boca. Contuve el aliento pegada a la madera, espiando por una grieta apenas más ancha que un dedo.
Lo vi escupirse en la palma y volver a agarrarse la verga con fuerza, subir y bajar el puño por toda la vara, apretando cuando llegaba al glande, dando un tironcito seco al final de cada pasada. Los huevos le colgaban pesados, tirantes, subiendo cada vez más contra el cuerpo. Se pasaba la lengua por los labios, tenía la respiración ronca, y con la mano libre se sobaba el pecho, se pellizcaba una tetilla, se hundía dos dedos en la boca como si estuviera imaginando algo. La polla le palpitaba en la mano. Vi cómo una gota espesa le resbalaba desde la punta y se le enredaba entre los dedos, y a él se le escapó un gemido gutural que me atravesó entera.
Sentí la humedad correrme muslos abajo. Sin pensarlo bajé una mano y me apreté por encima del jean, ahogando un jadeo contra mi propio hombro. Mariela, a mi lado, ya tenía la mano metida bajo la falda.
Lo que más me marcó fue el final: la manera en que su cuerpo se tensó, cómo se dobló ligeramente hacia adelante, el grito ahogado que soltó, y el chorro blanco, grueso, largo, que salió disparado de su polla y salpicó la revista, el piso, sus propios muslos. Después otro, y otro más débil, hasta que la verga siguió escupiendo gotas espesas que le resbalaban por los nudillos. Tuve miedo de que nos descubriera y me alejé sin hacer ruido. Unos pasos más adelante me alcanzó Mariela, sofocada y sonriente, con los dedos brillantes de su propio flujo.
—¿Viste? Te lo dije —susurró, triunfal, y se metió los dedos en la boca para chuparlos.
Esa misma tarde, de vuelta de la facultad, me invitó a su casa con un pretexto cualquiera. Apenas cerró la puerta, se apoyó contra la pared y me miró distinto.
—Tocame —pidió, con la voz quebrada—. Vengo encendida desde que lo vi. Tengo el coño hecho un charco, sentí.
Me tomó la muñeca y me guio la mano bajo la falda. No traía bragas. Sentí de golpe el pelo suave, los labios hinchados, la humedad tibia y espesa que le chorreaba entre los muslos. Se me cortó la respiración. La acaricié como pude, torpe, resbalando entre sus pliegues, hasta que ella me apretó los dedos contra su clítoris hinchado y me hizo dibujar círculos rápidos.
—Así, no pares… más fuerte —jadeaba, con la boca abierta contra mi cuello—. Metémelos, dale, metémelos adentro.
Le hundí dos dedos y los sentí tragados por una carne caliente y palpitante. Ella empezó a mover las caderas contra mi mano, cabalgándome los dedos, mordiéndose el puño para no gritar. La sentía apretarse alrededor de mis dedos, cada vez más chorreada, mientras yo con el pulgar le castigaba el clítoris. Temblaba entera. Se corrió pegada a mí, apretándome el coño contra la mano, dejándome la muñeca empapada.
Cuando terminó, se quedó un momento en silencio, recuperando el aliento. Después se arrodilló frente a mí, me desabrochó el pantalón, me bajó el jean y las bragas de un tirón entre mis débiles protestas, y me abrió los muslos con las dos manos. Sentí su lengua caliente hundirse entre mis labios, subir despacio hasta el clítoris, girar alrededor y después chuparlo entero adentro de su boca. Fue la primera vez de mi vida. Me retorcí, sudando, agarrada de sus hombros, mientras ella me lamía de arriba abajo, me metía la lengua adentro, me chupaba los pliegues, volvía al clítoris con una succión tenaz que me hizo doblar las rodillas. Descubrí de golpe lo que mi cuerpo era capaz de sentir. Me corrí contra su boca gritando, con las piernas temblando tanto que tuvo que sostenerme para que no me cayera al piso.
***
Así empezó todo. Durante meses, cada tarde repetíamos el mismo rito: una parada obligada detrás del cuarto del vecino, espiándolo cuando la suerte nos lo concedía, viéndolo cascársela con la revista abierta o tirado en la cama con los huevos al aire, y después la casa de Mariela, la alfombra del living, nuestras piernas enredadas, mi cara enterrada entre sus muslos y los gritos que ahogábamos contra una almohada. Aprendimos a lamernos a la vez, en tijera, chupándonos los coños al mismo tiempo hasta que ninguna de las dos podía más y quedábamos tiradas boca arriba, con la barbilla brillante y los muslos pegajosos.
Ella había sido la primera en todo. Una tarde, mientras me abrazaba después de correrme con tres de sus dedos adentro, me dijo algo que me erizó la piel.
—¿Te imaginás que ese hombre nos hiciera lo que vemos en las revistas? —murmuró contra mi pelo—. Esa polla enorme metida en el coño, o en la boca, corriéndose en la cara…
Yo temblaba de solo pensarlo. Si los dedos de Mariela me hacían sentir todo esto, ¿qué sería tener una verga como esa clavada adentro? Inventábamos fantasías en torno a él, nos las contábamos una a la otra con la mano entre las piernas de la otra, y terminábamos revolviéndonos como locas sobre el piso, mordiéndonos los pezones, hundiendo dedos, chupándonos hasta quedar deshechas.
Casi un año después, una tarde en que lo espiábamos a través de las tablas mientras él se hacía la paja recostado en la cama, con la polla dura apuntando al techo y los huevos apretados en la mano, Mariela se enderezó de golpe.
—Ya está, no aguanto más —dijo—. Voy a entrar. Vos mirá desde acá, por la grieta.
Sentí que el corazón se me caía al estómago. Quise detenerla, pero ella era impulsiva y atrevida, y no me dio tiempo. Vi la puerta abrirse de golpe y a Mariela entrar al cuarto.
***
El hombre pegó un respingo, asustado, tapándose a medias la verga con la revista. Yo empecé a sudar frío, espiando por la rendija, aterrada de imaginar cómo podía reaccionar. Pero Mariela no le dio margen. Empezó a quitarse la ropa frente a sus ojos incrédulos, prenda por prenda: primero el vestido por la cabeza, después el corpiño, dejando saltar dos tetas blancas de pezones oscuros y erguidos, y por último las bragas, que dejó caer hasta los tobillos y pateó a un costado. Se quedó parada, desnuda, con el pubis lampiño y los muslos ya brillantes, en medio de aquel cuarto humilde donde solo cabían una cama, una mesa chica y poco más.
Él la miraba como quien no termina de creer lo que ve. La polla, que había intentado esconder, se le puso durísima otra vez, apuntándola. Después se abalanzó. La besó con una urgencia animal, metiéndole la lengua hasta la garganta, y le bajó la cabeza a los pezones, chupándoselos uno tras otro, mordiéndoselos, tironeándoselos con los labios hasta que Mariela gimió y arqueó la espalda. Le recorrió el cuello con los labios, le bajó una mano al coño, le abrió los labios con dos dedos y hundió el mayor de golpe. La levantó en brazos como si no pesara nada, con los dedos todavía metidos, revolviéndoselos adentro. Era un hombre fornido, de manos grandes y curtidas, y Mariela parecía menuda contra su cuerpo.
La dejó caer sobre la cama y le abrió las piernas de par en par. Yo, del otro lado de la pared, no podía dejar de mirar. Mi amiga apuntaba sin querer hacia mí, hacia la grieta, y me ofrecía una vista directa de su coño rosado, brillante, palpitando de ganas. Verla así me provocaba una mezcla de celos y de un deseo que no entendía del todo. Sin darme cuenta ya me había desabrochado el jean y tenía tres dedos hundidos entre las piernas.
—Despacio, por favor… es mi primera vez con un hombre —lo escuché decir, entre risa nerviosa y temblor.
Él se contuvo. Se arrodilló frente a la cama, le agarró las nalgas con las dos manos, se la levantó hacia la boca y le enterró la cara en el coño. La comió sin apuro, con la lengua plana, subiendo y bajando por los labios, hundiéndose adentro, chupándole el clítoris hasta hacerla gritar. Mariela le empujaba la cabeza con las dos manos, restregándole el coño contra la boca. Después él le metió dos dedos gruesos y se los curvó adentro mientras seguía chupándole el clítoris, y Mariela empezó a soltar unos gemidos largos que yo conocía bien, los mismos que dejaba escapar cuando éramos nosotras dos sobre la alfombra. Tuvo un orgasmo pegada a la boca del hombre, gritando, y otro apenas después, agarrada de las sábanas, con las caderas sacudiéndose descontroladas. Yo, escondida, me castigaba el clítoris con dos dedos empapados, mordiéndome el otro puño para no gemir.
Después vi cómo él se enderezaba y se agarraba la polla, gruesa, larga, con la punta chorreada. Se la pasó por los labios del coño de Mariela, de arriba abajo, restregándosela por el clítoris, empapándose el glande en su humedad. Ella jadeaba, abriendo más las piernas, tirando de él con los talones.
—Metémela… ya, dale, no puedo más…
Cuando por fin él la clavó adentro, Mariela soltó un quejido hondo y cerró los ojos, resistiendo, arqueándose bajo su peso. Yo vi la verga hundirse hasta la mitad, sacarse casi entera, volver a entrar un poco más profundo, y así hasta que el hombre le quedó pegado a la pelvis, con los huevos rozándole el culo. Se movía despacio al principio, susurrándole cosas, consolándola entre sus propios jadeos, saliendo casi entera y volviendo a hundirse muy lento, dejándola sentir cada centímetro. Después la vieja cama empezó a crujir con un ritmo cada vez más salvaje, la cabecera golpeando contra la pared, amenazando con tirar abajo el cuartito entero. El hombre le agarró las piernas por detrás de las rodillas, se las abrió más, se las echó al hombro y empezó a partirla en serio, a estocadas hondas, secas, con las nalgas apretándose y aflojándose con cada envión. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo se mezclaba con los gritos de Mariela.
—¡Más… no pares, así, cogeme! —pedía, entre el dolor y el placer—. ¡Más fuerte, rompeme!
Él la giró boca abajo, le levantó el culo con las dos manos y volvió a metérsela por atrás, agarrándola de la cintura, sacudiéndosela con violencia. Mariela hundía la cara en la almohada y sacaba el culo, ofreciéndoselo. Yo sentía que me desmayaba mirando, con los dedos moviéndose frenéticos entre mis piernas, mordiéndome los labios hasta hacerlos sangrar. Me corrí espiando, con la frente pegada a la madera, ahogando un grito contra el brazo.
Cuando él terminó, lo hizo adentro, con un rugido ronco, empujado hasta el fondo, tomándola de las caderas y descargándole toda la corrida en el coño. Vi cómo se retiraba despacio, la polla brillante y todavía dura, y cómo un hilo blanco espeso se le escurría a Mariela por los muslos. Se dejó caer encima de mi amiga, y los dos quedaron enredados, abrazados, susurrándose palabras que yo no alcanzaba a oír. Me alejé en silencio, con los dedos pringosos de mi propia humedad, antes de que él pudiera enterarse de que los había estado espiando todo el tiempo.
Unos pasos más adelante me alcanzó Mariela, despeinada y demacrada, caminando con dificultad, con las piernas todavía temblándole. Le presté mi peine. Esbozó una sonrisa cansada.
—Apenas puedo dar un paso —dijo—. En un momento creí que este animal me partía en dos. Todavía la tengo chorreada de semen, mirá.
Se separó las piernas apenas y vi el líquido blanco resbalarle por el muslo. Se metió dos dedos, recogió una gota, y se la chupó mirándome a los ojos.
***
A partir de esa tarde, algo se rompió entre nosotras. Bernardo —así se llamaba él— y Mariela quedaron enganchados como dos imanes imposibles de separar. Ella, hechizada por aquella polla y por aquel hombre que ni siquiera era guapo; él, deslumbrado por su cara bonita y su cuerpo joven, agradecido con el cielo por semejante regalo.
Mariela me invitaba a seguir mirándolos, y alguna vez volví: los vi cogiendo en todas las posiciones, ella arriba cabalgándolo con las tetas rebotando, ella de rodillas comiéndosela entera hasta la garganta con los ojos llorosos, él corriéndose sobre su cara y sus tetas mientras ella sacaba la lengua. Pero a mí ya me incomodaba hacerlo. Empezó a faltar a la facultad, encerrándose con él mañanas enteras. Yo vivía con el miedo de que alguien la descubriera y fuera con el cuento a su madre, que era muy dura. Las tremendas tardes que pasaba con Bernardo la dejaban agotada, y poco a poco dejamos de disfrutar la una de la otra.
Al terminar la carrera, yo seguí estudiando. Mariela, en cambio, apenas logró recibirse, entre las faltas y la cabeza puesta en otra parte. Decía que algún día sería actriz, y jugábamos a montar escenas ridículas en las que ella era la estrella. Tenía belleza y talento, y yo se lo decía siempre.
***
Gané una beca y me fui lejos, a una universidad en el extranjero. Allí conocí al que sería mi marido, un profesional diez años mayor que yo, un hombre liberal y sin prejuicios. A él le conté aquella historia, le confesé que muchas veces me masturbaba recordándola, que todavía me corría pensando en Bernardo partiendo a Mariela contra esa cama vieja. En lugar de molestarse, se excitaba escuchándome, y me hacía coger con una intensidad nueva, obligándome a repetirle los detalles mientras me la metía por detrás.
—Contame cómo se la chupaba —me susurraba al oído, embistiéndome—. Contame cómo se corría en su boca.
Le dije que aquel hombre del cuarto me había impresionado para siempre. Una tarde sacó una revista de contactos y me mostró una foto. Yo, por mi inexperiencia, no entendí enseguida de qué se trataba: parejas que buscaban a otros para mirar y compartir. Días después me llevó a conocer a uno de esos hombres.
Estaba petrificada. Era un extranjero entrado en años, de trato suave y agradable, que entre charla y charla me tomó de la mano y me llevó hacia la habitación. Mi marido se quedó atrás, discreto, junto a las cortinas.
El hombre me desvistió despacio, entre besos y palabras tranquilas que me fueron calmando los nervios. Me sacó la blusa, el corpiño, me besó los pezones hasta ponérmelos duros como piedras, me chupó cada uno como si tuviera todo el tiempo del mundo. Después me bajó la falda y las bragas, me recostó en la cama y me abrió las piernas con delicadeza. Se arrodilló en el piso y me comió el coño con paciencia de experto, con la lengua puntiaguda hundiéndose entre mis labios, buscándome el clítoris, chupándomelo suave y después con más fuerza, metiéndome dos dedos que se curvaron adentro hasta tocarme un punto que me hizo saltar.
Me corrí contra su boca, agarrándole el pelo canoso, y cuando todavía temblaba se enderezó, se sacó la ropa y me mostró una verga gruesa, con las venas marcadas, no tan enorme como la de Bernardo pero dura como un fierro. Me la acercó a la cara y yo abrí la boca sin que me lo pidiera. La chupé entera, saboreando el líquido salado de la punta, hundiéndomela hasta la garganta hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas. Él me acariciaba la cara, me metía los dedos en la boca junto con la polla, me susurraba lo bien que lo hacía.
Después me tiró de espaldas y se acomodó entre mis piernas. Me la metió despacio, centímetro a centímetro, dejándome sentir cómo me abría. Todo subió de tono poco a poco, hasta que yo misma, a pesar de la incertidumbre, deseé que aquello pasara. Y pasó: lento al principio, con embestidas largas y hondas, después suave otra vez cuando me tenía al borde, y de golpe rápido, brutal, con los huevos golpeándome el culo, arrancándome unos orgasmos uno detrás de otro que me dejaron deshecha, gritando, arañándole la espalda. Terminó afuera, sobre mi vientre y mis tetas, marcándome la piel con chorros gruesos de corrida caliente.
Lo más extraño fue saber que mi marido nos miraba entre las cortinas, en silencio, con la polla afuera y la mano moviéndose, igual que yo había mirado a Mariela y a Bernardo tantas tardes detrás de aquella pared. Por fin entendía, desde el otro lado, el placer de ser observada y de observar. Cuando todo terminó, y el otro hombre se retiró discretamente, fue mi marido quien se me tiró encima, encendido por lo que acababa de ver, y me cogió otra vez sobre las sábanas manchadas, restregando su polla en el semen del otro que todavía me chorreaba por el vientre, hundiéndomela hasta el fondo, corriéndose adentro con un rugido que retumbó en toda la habitación.
***
Pasaron cerca de doce años antes de que volviera a mi tierra. Fui a visitar a unos familiares y, casi sin pensarlo, pregunté por Mariela. Me dijeron que seguía viviendo en el mismo lugar. El corazón se me llenó de alegría y fui a buscarla.
Me encontré con una mujer que apenas reconocí: desaliñada, cansada, mucho mayor de lo que marcaban sus años. En el patio jugaban tres chicos, y el más grande, casi un adolescente, tenía un parecido inconfundible con Bernardo.
Mariela tendía ropa al sol. Me miró sin expresión, ignoró mi sonrisa y los brazos que le abrí de par en par. Solo movió apenas la cabeza, a modo de saludo, y se metió en la casa.
Me quedé sosteniéndome de la cerca vieja, llamándola una y otra vez. Nunca volvió a salir. Me fui desconsolada, y jamás volví a verla en mi vida.
Y sin embargo, todavía hoy, los recuerdos de aquellas tardes detrás del muro siguen siendo el material más vivo de mis fantasías. Los uso para encenderme cuando estoy sola, con dos dedos hundidos en el coño y el otro puño en la boca, y también cuando estoy con alguien que resulta insípido y sin imaginación. Cierro los ojos, vuelvo a ser la chica que miraba por la grieta con la mano metida en las bragas, y todo lo demás desaparece.





