Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El chico que solo quería mirar cómo me tienen

Mi hijo Hugo empezó el colegio cuando nos mudamos a un pueblo diminuto, de esos donde todo el mundo se conoce de vista y se saluda por la calle. Cada mañana lo llevaba temprano, hacía un par de recados y volvía a casa con mi marido, que teletrabaja. Aunque «trabajar» es una forma de decirlo: pasábamos buena parte de la mañana en la cama, aprovechando que estábamos solos.

Somos jóvenes —fuimos padres a los veintiuno— y los dos somos bastante adictos al sexo. Yo conservo mi estilo de siempre, entre rockero y gótico: algún piercing, varios tatuajes, el pelo teñido de rojo y mezcla de colores. Soy bajita, con curvas marcadas y un culo que vuelve loco a Marcos. Él es todo lo contrario a mí en tamaño: altísimo, ancho de espalda, la piel muy pálida, el pelo largo y oscuro. Me encanta sentirme suya. Eso me pone como pocas cosas.

Aquel martes fui a recoger a Hugo y, por una vez, Marcos me acompañó. En la puerta esperaba un chico de unos diecinueve años a quien supusimos hermano de alguno de los pequeños. Alto, corpulento, con gafas, marcas de acné y una camiseta de algún anime. El friki de manual. Noté su mirada encima de mí todo el rato, y me dio cierto reparo devolvérsela.

—Te está mirando mucho, ¿no? —se rió Marcos.

—No me he fijado —mentí.

—Cómo lo entiendo. Yo también me quedaría embobado contigo.

Nos reímos y no le dimos importancia. A la salida, Hugo y Marcos iban de la mano muy por delante de mí cuando el chico salía por otra puerta con su hermano. Cruzamos miradas y él se sonrojó de golpe, fijando la vista en el suelo. Marcos va a tener razón, pensé.

***

Pasaron dos días sin verlo. Pensé que había sido casualidad, que quizá el niño era un primo y no volvería. Tampoco entendía por qué le daba vueltas a aquel tío: no me atraía físicamente, para nada. Quizá me gustaba gustarle. Esa diferencia, entonces, no la supe nombrar.

Al tercer día volvió. Esa vez fui sola. Esperaba en la puerta cuando lo sentí aparecer a mi espalda. Otra vez la sensación de estar observada, y otra vez mi timidez impidiéndome girarme. Al final pudo más la curiosidad y lo miré. Se puso colorado.

—Ho... hola. Me llamo Iván. Creo que te conozco. Te... te sigo en redes —parpadeó mucho y se pasó los dedos por la frente perlada de sudor.

—¿Redes? ¿Instagram? Creo que es lo único que tengo. ¿Y eso? —fingí pensativa, pero por dentro estaba sorprendida.

Tenía una cuenta abierta donde subía fotos de vez en cuando, con bastantes seguidores desconocidos. Saber que aquel chico me había visto en bikini, casi desnuda, me revolvió algo por dentro. Como si me hubieran invadido un espacio que creía mío.

—Porque... porque te busqué. Se me da bien el ordenador, las aplicaciones y todo eso. Te encontré rápido. Eres Vera, ¿verdad?

—¿Y por qué me buscaste? —empezaba a sentirme muy incómoda, y aun así algo en mí quería seguir la conversación.

—No... no lo sé.

Sonó el timbre y el conserje abrió. Le sonreí y me dispuse a entrar a por Hugo cuando noté una mano grande sobre mi hombro. Me giré. Era él otra vez.

—No quería asustarte, perdóname. Te busqué porque eres... bueno, eres completamente mi prototipo. Y tranquila, no te estoy tirando los tejos, sé que jamás estarías con alguien como yo. Sé que tienes pareja, el padre del niño. Lo envidio, y a la vez me encantaría ver... cómo te toca.

—Estoy casada... tengo que irme —contesté en shock.

—No te asustes, por favor. No busco molestarte. Solo... si os pudieseis besar delante de mí. Solo quiero ver cómo te tienen, porque me vuelves loco. Perdona todo esto —bajó la mirada con gesto triste.

—No lo sé, ¿vale? Me tengo que ir —le sonreí como pude, hice un gesto de despedida y corrí hacia el aula de Hugo.

***

No sabía ni qué pensar. Todo me resultaba surrealista. ¿Estaba loco aquel chico? ¿Loco por mí, o loco a secas? Ni de broma pensaba darle lo que pedía. Y sin embargo, bajo toda esa negación, ¿qué era eso que me revoloteaba en el estómago? No puede ser excitación, me dije. Imposible. Era solo un pobre chaval salido. Nada más.

El lunes siguiente, nada más dejar a Hugo y volver a casa, me puse un conjunto de lencería negra transparente y llamé a Marcos a la habitación.

—Joder, ¿te apetece que te coma de arriba abajo o qué?

—Me apetece que me folles.

Y así lo hizo. Me comió el coño como solo él sabe. He tenido novios antes, pero ninguno como él; se vuelve loco haciéndolo. La tenía durísima cuando me corrí en su boca, así que me subí encima y me la metí hasta el fondo. Lo cabalgué unos minutos, me corrí otra vez con su polla dentro mientras él gemía. Entonces me sujetó del cuello y empezó a embestir él, muy duro. Me encantaba que me follara así.

Como en esa postura nunca aguanta mucho, paró antes de correrse. Me esposó las muñecas con unas esposas que habíamos estrenado hacía poco, me giró y me dejó a cuatro patas con los brazos pegados al colchón, totalmente expuesta y sin poder moverme. Me folló hasta que le pedí que fuera más rápido y, sin aguantarse más, lo descargó todo dentro. El semen me resbalaba por los muslos cuando me soltó las esposas. Y entonces, antes de arrepentirme, se lo solté.

—¿Te vienes conmigo a recoger a Hugo?

***

Llegamos pronto al colegio; apenas había un par de personas charlando algo apartadas. Iván tardó unos cinco minutos en aparecer. Al verme se sonrojó, pero noté un brillo distinto en sus ojos al descubrir que Marcos venía conmigo. Se colocó justo enfrente de nosotros, en la acera de enfrente.

En mi cabeza solo sonaba una idea: me voy a arrepentir de esto. Miré al chico, le asentí, miré a Marcos y le acaricié la cara.

—¿Te ha gustado follarme?

—¿No estás hablando demasiado alto? —rió nervioso—. Claro que me ha gustado.

Lo cogí de la cara y lo besé juguetona. Le mordí el labio, jugué con su lengua. Él se apartó un instante, desconcertado, pero siguió. Me llevó las manos al culo, lo estrujó y me apretó contra su cuerpo. Sonó el timbre y paramos. No pude evitar mirar al chico: estaba visiblemente alterado, tapándose la entrepierna con una bolsa.

Empezó a llegar gente. Marcos insistió en ir a por Hugo y le pedí que se adelantara, que yo iba un momento a la panadería de al lado. Aceptó y se fue. Yo busqué a Iván, escondido tras un coche.

—Hola. Supongo que... gracias. Me voy a sacar a mi hermano y a casa, a arreglar el problema que tengo aquí abajo.

—Mira, quería decirte que lo siento, no debí hacerlo. No...

—No, por favor, me ha encantado. No le gusto precisamente a las chicas, ¿sabes? Me ha gustado muchísimo. ¿Tu novio lo sabe? Yo... quiero ver más.

—¿Más? No va a haber más. Esto ha sido un error, yo...

Justo entonces apareció Marcos con Hugo. Me miró extrañado, pero le dije que ya conocía al chico de otros días y lo dejó pasar. Me despedí de Iván con un gesto y nos fuimos a casa.

***

Cuando el peque se acostó a dormir la siesta, no pude callarme una parte de la verdad.

—Nos estuvo viendo. Liarnos. En el colegio.

—¿Cómo? ¿Quién? —Marcos se puso serio.

—El chico. Ese friki que viene a recoger al hermano.

—¿Te dijo que nos vio besarnos?

—No hizo falta. Sé que lo hizo, sé que le gusto.

Marcos se rió, pero con cara de no entender nada.

—A ver, me encanta que gustes tanto, pero... es raro, ¿no?

—Es un tipo raro, sí. Pero no quiere nada conmigo. Creo que solo quiere mirar. Mirarnos.

—No te voy a mentir, pensar que otro desea comerse lo que yo me como me da morbo —admitió.

Nos reímos y la conversación quedó ahí. Al día siguiente todo fluyó con normalidad hasta que, cerca de la hora de recoger a Hugo, mi madre me llamó histérica: se había dejado las llaves dentro de casa y tenía que irse a trabajar. Salí disparada hacia su pueblo, porque Marcos estaba en una reunión importantísima y no podía moverse. Llamé al conserje, que me avisó de que el niño no podía quedarse mucho rato.

—Serán veinte minutos, lo siento, me ha surgido un imprevisto.

—Ya, señora, pero fuera de horario no podemos quedarnos con Hugo... —se oyeron murmullos—. Espera, hay aquí un chico que pregunta si eres Vera, la madre de Hugo.

—¿Cómo? ¿Qué chico?

—Dice que se llama Iván. Que se queda con él sin problema, que lo espera en la calle y le compra algo en la panadería.

—Vale... vale, en la panadería. Dale las gracias.

No me quedé nada tranquila. ¿Estoy dejando a mi hijo con un pervertido? Pero no parecía mala persona. Me estaba volviendo loca.

Corrí más de lo debido y llegué antes de los veinte minutos. Y ahí estaban: Iván cuidando de Hugo, los dos riéndose mientras compartían una especie de pastel con el otro niño. De golpe toda mi ansiedad se desinfló. Me senté con ellos en la acera mientras los pequeños se ponían a jugar al escondite.

—Lo siento muchísimo. Gracias por quedarte con él, de verdad —me miró colorado.

—No es nada. Te lo debía.

—No me debías nada. Lo hice porque quise.

—Ya. Quedé de pirado, o peor. Pero si te gustó aunque fuera un poco... me encantaría repetirlo. Fue lo más cerca que he estado de... bueno. Me puso muchísimo.

—No puedo seguir liándome con mi marido en la puerta del colegio.

—¿Y en algún sitio más privado?

—No sé qué me estás pidiendo. Marcos no querría...

—¿Puedes al menos preguntárselo? Solo quiero miraros. Algo te tiene que gustar para estar teniendo esta conversación conmigo.

—Te lo debo por cuidar de Hugo, no es que me guste... no lo sé.

—¿Entonces es un quizá?

—No te prometo nada.

***

Esa noche le di vueltas. Sí quería; se lo debía al chico y, además, había algo en todo aquello que me encendía. Eso ya no lo podía negar. Lo difícil era Marcos.

—Mañana igual viene a tomar un café el chico ese. Iván. El del colegio.

—¿El friki voyeur?

—Joder, Marcos, sí, ese. Cuidó de Hugo. Le debo un café.

—¿Y qué más le debes? ¿Más besos delante de él?

—No le debo nada más. Le gusta mirarnos, sí, pero no haremos nada que tú no quieras.

—Un momento. ¿Tú sí quieres? Debería ponerme más a mí que otro te desee y no pueda tenerte.

—No me disgusta que nos miren. No lo sé. Solo viene a tomar un café.

Pero sabía perfectamente que no sería solo un café.

***

A la mañana siguiente dejé a Hugo, compré unos dulces y Iván se vino conmigo. Iba nervioso, sudando, con las piernas temblando. Le dije que se relajara, que solo era un café. Nos recibió Marcos con las tazas hechas. Preparamos la mesa en el porche y nos sentamos a reírnos de una anécdota del vecindario. Los chicos hablaban de videojuegos; Iván estaba cada vez más suelto, incluso simpático.

Yo me aburría un poco de sus temas y empecé a pensar en todo lo que me había llevado hasta ese momento. No sabía cuándo me había empezado a poner aquel chico, o quizá solo era el hecho de gustarle, de que viera cómo otro me tenía. Pero me gustaba. Y quería jugar a su juego.

Puse la mano sobre la pierna de Marcos y la fui llevando despacio hacia su paquete. Le pillé de sorpresa: dio un respingo y me miró extrañado. Pero cuando metí la mano por dentro de la ropa interior y empecé a masturbarle, su expresión cambió, los ojos en blanco y la cabeza ligeramente hacia atrás. Miré a Iván, rojo y nervioso, sin saber dónde poner las manos.

—Acerca tu silla a mí —le dije.

Obedeció. Se arrimó sin saber adónde dirigir la mirada.

—Te gustaría que te estuviera haciendo esto, ¿verdad?

—Sí —dijo.

Lo vi excitarse. Un bulto empezó a marcarse en su pantalón, mientras la de Marcos ya era una erección completa y durísima. Me apetecía tocarlo. Le puse una mano en la rodilla y subí hacia la entrepierna. Era más grande de lo que imaginaba. Sin dejar de masturbar a mi marido, que de vez en cuando echaba un vistazo a lo que pasaba, palpé al chico por encima.

—¿Puedo tocarle, Marcos? Quiero saber cómo se la he puesto.

—Sí. Pero tocarte a ti, no.

Le metí la mano por dentro del pantalón y lo que encontré me gustó: estaba húmedo de líquido preseminal. A Marcos lo masturbaba ya muy fuerte; a Iván lo acariciaba despacio. Él empezó a jadear sin control.

—Si quieres... algo más, no voy a aguantar mucho. Quiero ver cómo se la chupas —pidió.

—Vale —dije.

Le bajé el pantalón a Marcos y me arrodillé entre sus piernas. Con un gesto, llamé a Iván a mi lado.

—Bájate tú también los pantalones.

Y lo hizo. Se colocó junto a mí, con los pantalones por los tobillos. Su polla era algo más corta que la de Marcos, pero lo compensaba con un grosor espectacular y unos testículos muy marcados.

Me metí la de Marcos en la boca. Después de tanta masturbación, la tenía a punto. Me la metí hasta la garganta, como a él le gusta, mientras con la otra mano seguía masturbando suavemente a Iván. Fue una de las situaciones más eróticas de mi vida. Y lo que venía, más.

—Quiero ver cómo se corre en tu cara —dijo Iván.

Marcos se sacó la polla de mi boca y se masturbó sobre mí mientras yo sacaba la lengua. En cuestión de segundos, varios chorros espesos me alcanzaron el pelo, los ojos, la boca. Empezaban a caer por mi barbilla cuando sentí la mano y el brazo empapados también: era Iván. Gemía como jamás había oído gemir a un hombre corriéndose conmigo. Acabé chorreando semen, y no voy a mentir: me gustó demasiado.

—Chicos, voy a ducharme.

***

El agua caliente cayéndome por el cuerpo no hizo más que aumentar las ganas de seguir. No sabía qué me apetecía más: un trío, que me miraran, o que me comieran mientras yo tenía una polla en la boca.

Me envolví en una toalla pequeña y salí al salón. Estaban mirando algo en el ordenador y, cuando los dos clavaron los ojos en mí, dejé caer la toalla. Caí entonces en la cuenta de que Iván nunca me había visto del todo desnuda. «Joder», soltó tapándose la boca. «Toca comerte a ti», dijo Marcos. Los tres fuimos a la habitación.

Me tumbé boca arriba, acariciándome los pechos, los pezones duros y erizados. Iván no se perdía detalle, embobado. Se sentó en un puf a los pies de la cama mientras Marcos me abría las piernas y lamía el agua que aún me resbalaba por los muslos. Pronto llegó a mi sexo, húmedo y caliente de toda la excitación acumulada. Me lo comió despacio primero y rápido después, hasta hacerme explotar. Mientras tanto, Iván ya no podía más y se sacaba la polla para tocarse. Me encantaba verlo.

—Te habría encantado comérsela, es buenísima... pero es solo mía. Y ahora me la voy a follar hasta no poder más —le dije.

Marcos me puso a cuatro patas, de cara a Iván. No empezó lento: me folló durísimo desde el principio, agarrándome de las caderas. Me daba algo de vergüenza gemir tanto delante del chico, pero no podía evitarlo. No tardé en correrme otra vez. Iván estaba fuera de sí, masturbándose frenético sin dejar de mirarme a la cara. En un momento se levantó para ver la penetración de cerca y volvió a mi mirada. Quería notar su semen otra vez, pero ahora en la boca. Quería su sabor.

—Marcos, por favor, deja que se corra en mi boca. No le queda mucho y quiero más.

—Pero yo te sigo follando mientras —contestó.

Me puse boca arriba y Marcos me llevó las piernas al pecho para seguir embistiendo en esa postura, tocándome el clítoris. Llamé a Iván a que se arrodillara junto a mi cara. Llevaba un par de minutos ralentizando, parando a ratos para aguantar. Aun así, cuando me metí su polla en la boca, la sentí a punto de reventar: las venas marcadas, una dureza increíble. No quería que terminara, quería seguir y seguir, y entre tanto tuve otro orgasmo, de los más fuertes de mi vida. Pero él no pudo más y me llenó entera la boca de semen caliente y espeso. Al desbordarse, Marcos tampoco aguantó y se corrió también dentro de mí.

Me sentí usada, follada, cubierta de semen por todas partes. Y fue increíble.

Acabamos los tres tumbados en la cama, jadeando. La hora de recoger a los niños se nos echó encima: nos vestimos a la carrera y salimos disparados, nosotros a por Hugo y él a por su hermano. Cuando ya teníamos a los pequeños, nos despedimos con una sonrisa de oreja a oreja.

Pero aquello no podía quedarse así. Quería más.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios (6)

Leti_BA

buenisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo por aca

LauraXBsas

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como termina todo esto

LectorCurioso_44

Muy diferente a lo habitual en esta categoria. Me gusto el enfoque, se siente fresco y autentico

Marito_lector

jajaja eso de que te gustaba gustarle y no el chico... una verdad que muchos no se animan a decir

Tomas72

me recordo a algo parecido que me paso de joven, esa sensacion de ser mirado tiene algo que es dificil de explicar con palabras

DiegoMR91

Increible como algo aparentemente sencillo puede resultar tan intenso cuando esta bien narrado. le doy excelente sin dudarlo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.